Romanticismo, ¿hoy?
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Si hacemos un paseo rápido por las obras de Caspar David Friedrich, sin reparar siquiera en la simbología interna, una visión sensible se percatará en su conjunto, de su aunada esencia romántica y mística, tal como se entendía en los años del artista, principios y primera mitad del siglo XIX, en el contexto del nacimiento del movimiento romántico y, hasta como se entiende hoy la palabra romántica desligada, por supuesto, de su actualización con el kitch. Johann-Friedrich Overbeck, artista coetáneo a Friedrich, fundador del grupo intelectual nazareno, grupo interesado por la iconografía cristiana en la práctica artística y en su forma de vida, nos viene a decir antes de su conversión al catolicismo en 1813, en su texto Los tres caminos del Arte lo siguiente: en estos años de reacción contra la razón de la ilustración, desde el contexto romántico, sitúa tres vías paralelas con el mismo final del artista, acorde con la filosofía romántica, el alcanzar a través del arte, un fin sublime, ideal, verdadero y eterno. Los tres medios, son los que definen según Overbeck, los tres modelos de artistas: el medio de la belleza, el del equilibrio (representado por Rafael, donde encontramos sus seguidores, los nazarenos); el medio de la fantasía (el camino donde el obstáculo del terror, se convierte en lo sublime), y el de la naturaleza (el camino sencillo y recto). En estos dos últimos, podríamos encontrar el proceso artístico de Friedrich; la búsqueda de la eternidad a través de la representación artística de lo divino, lo humano y el mundo de la naturaleza. Una visión divina en la naturaleza, cuando Friedrich representa la luna en algunas obras como Dos hombres contemplando la luna, cómo su destino después de su muerte*, nos lleva a pensar en el Noümen definido por Kant, como lo sagrado de la naturaleza, el ente divino que albergan los espacios naturales y deshabitados por el hombre, dónde los sentidos del hombre son vulnerables para alcanzar lo supranatural, una verdad inalcanzable por los sentidos, pero si percibida por la intuición intelectual.
Vemos como las obras de Friedrich no se ciñen a la mera representación real de la naturaleza, sino que parten de un anhelo ideal, así como viene a decir Hegel, en su Introducción a la Estética: la idea del arte, que es producto del espíritu, se sitúa por encima de la naturaleza. Y sí, realmente, observando estas obras, sin siquiera análisis, vemos sobradamente que se trata de esto, de un producto sufrido y sentido de forma sincera, y no hace falta entrar en términos biográficos, para entenderlo. También nos dicen Mircea Eliade y Rudolf Otto, que lo sagrado, como experiencia esencialmente numinosa, es un poder de orden diferente al de las fuerzas naturales, el “Ganz Andere”, nombrado por Eliade, en el que el hombre es incapaz de expresarlo. Pero sí que pueden representarlo artísticamente, artistas como Friedrich, o Karl Friedrich Schinkel, Georg Friedrich Kersting y Johan Christian Dahl, entre otros, que bien encontramos en la Neue Pinakothek de Munich, y que nos envuelven de misticismo y trascendencia, poco percibida en la vida diaria.
Si después del paseo sensorial por las obras de Friedrich, nos fijamos más detenidamente en los elementos simbólicos, encontramos elementos representativos que visten el mundo descrito anteriormente, que nos hacen entender su influencia familiar religiosa, devotos del puritanismo protestante, unido a su espíritu romántico. Elementos como, la cruz, la iglesia o el tratamiento de la luz como fuente divina y misteriosa, siempre plasmada en el espacio del nacer o al morir la vigilia del día. Así, como escribe Goethe sobre las obras de Friedrich de la exposición de paisajes en Weimar en 1808: “…Más lejos hay otra cruz, y el artista ha introducido en primer término una figura real, que se yergue como una estatua en un pedestal, y es probablemente un símbolo de la Fe o de la Esperanza.” La simbología cristiana como medio de vislumbrar este proceso de la búsqueda del fin inmortal y absoluto. Otros elementos tan característicos del movimiento romántico, como la representación de las ruinas clásicas y los vestigios medievos, encontramos en la observación detallada de las obras. Una mirada a la Edad Media, para volver a los orígenes, una mirada poética tan adecuada en la descripción de estos espacios envueltos por la grandeza del pasado, que nos aporta Novalis, gran autor representante del primer Romanticismo alemán, en su obra “Heinrich von Ofterdingen”: “…Desde una altura divisaron un país romántico: esparcidos por él se veían ciudades, castillos, templos y sepulturas: este paraje aunaba el encanto y la gracia de los llanos habitados con la terrible fascinación del desierto y de las regiones montañosas y escarpadas.” Vemos como la escritura y la pintura reproducen este clímax de añoranza de una arquitectura del pasado, de cúspide también divina o mística, sintetizada con la esencia metafísica de la naturaleza y del ser humano en la nueva época romántica.
Teniendo en cuenta el contexto, dentro del cual se desarrolla el pensamiento romántico, vemos que coincide con la era de la Industrialización, mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX, empezada en Inglaterra y extendida después en Europa. Stendhal en su libro Le Rouge et le Noir nos describe el cambio de la sociedad francesa, debido a la revolución industrial entrada en Francia, en un contexto donde los nobles pasan a ser la burguesía industrial. A inicios del libro, con la descripción de la zona de la ciudad de Verrières, parece molestarle la presencia de una fábrica de clavos, denotando un mero desprecio a la nueva sociedad del dinero. Si extrapolamos este contexto al mundo europeo en proceso de industrialización, podemos encontrar otro motivo de base que promueve el espíritu romántico. De ese modo, podemos ver en Friedrich y en otros artistas románticos, un proceso de introspección y búsqueda de la pureza en los orígenes, como rechazo a esta nueva ciudad naciente.
Aquí, en Cataluña, concretamente en la zona de Olot, encontramos a finales del siglo XIX esta misma idea, el resurgimiento del espíritu religiosos como rechazo a la nueva ciudad capitalista. Esta escena se repite hoy más que nunca en nuestra sociedad capitalista, o sociedad del espectáculo como definió Guy Debord, en los inicios más estruendosos de ésta, llegando a la esperpéntica actual, pero hoy a lo mejor ausente de la reacción opuesta. Quizá retomando estas imágenes de Friedrich u otros románticos, podemos reflexionar sobre donde se encuentra la supremacía espiritual actual, la añoranza del origen, de la otra cara de la superficie, la intuición de lo verdadero, claro está, que en la sociedad de masas actual es imposible, por los medios infames y la ansiedad por el resultado inmediato, la ansía material, pero sí que se siguen encontrando sectores reducidos o individuos aislados y corrientes filosóficas que siguen hilando el significado profundo, herramienta necesaria para contrarrestar en un futuro reciente la carencia de visión actual.
Sandra Sàrrias Comas
2010
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