.. Arquitectura y Ciencia para la Vida: Homenaje de los ecologistas trujillanos a José Fructoso Vivas Vivas Un reconocimiento a sus destacados aportes y la lucha por la ecología y la preservación del ambiente
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Arquitectura y Ciencia para la Vida: Homenaje de los ecologistas trujillanos a José Fructoso Vivas Vivas
Un reconocimiento a sus destacados aportes y la lucha por la ecología y la preservación del ambiente
2026
Arquitectura y Ciencia para la Vida
COMPILACIÓN
Un reconocimiento a sus destacados aportes y la lucha por la ecología y la preservación del ambiente
DOI: 10.5281/zenodo.20051892
Editor:
@Fondo editorial Orinoco Pensamiento y Praxis de la Asociación Civil sin Fines de Lucro "Asociación Fraternidad y Orientación Activa". RIF.- J403372659.
Ediciones:
Revista Orinoco: Pensamiento y Praxis. 2026 1da Edición
COMPILADOR: JAVIER ENRIQUE LEON PEREIRA V145986806
Correos electrónicos:
javier.leon.pereira2023@gmail.com
revistaorinocopensamientoyp@gmail.com
Ciudad Bolívar. Venezuela:
Biblioteca nacional de Venezuela: http://isbn.cenal.gob.ve/catalogo.php?mode=detalle&nt=162339
ISBN: 978-980-18-8615-0
Se aprueba la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra, con la condición de que se acrediten y citen las fuentes, conforme a las diferentes normas internacionales sobre criterios para escritos académicos científicos y se remita un ejemplar al @Fondo editorial Orinoco Pensamiento y Praxis de la Asociación Civil Sin Fines de Lucro "Asociación Fraternidad y Orientación Activa", y a los autores, a las direcciones electrónicas indicadas.® Todos los derechos de la edición en castellano reservados. Ciudad Bolívar. República Bolivariana de Venezuela.
Editorial ORINOCO Pensamiento y Praxis RIF. - J-403372659- Deposito legal:
Ppi201202BO3993
Resumen de la Obra:
Esta compilación investiga las convergencias entre el pensamiento ecosófico del arquitecto Fruto Vivas y las prácticas de gestión territorial en comunidades del estado Trujillo, Venezuela. Objeto: sistematizar una filosofía de transformación comunitaria que integre dimensiones jurídicas, pedagógicas y administrativas bajo un enfoque biocéntrico. Objetivo: fundamentar la sustentabilidad como imperativo axiológico que redefina la contraloría social y la gestión pública desde la conciencia ecológica. Métodos: paradigma cualitativo con enfoque fenomenológico-hermenéutico y sociocrítico, empleando observación participante, entrevistas en profundidad y revisión documental. Discusión: se evidencia que la conciencia ecológica en circuitos comunales como Siete Colinas y Pie de Sabana no es un concepto abstracto, sino una praxis arraigada en saberes ancestrales y estrategias convivenciales (5R). Hallazgos preliminares: el legado de Vivas sigue vigente como herramienta política y pedagógica para la resiliencia territorial, transformando al ciudadano en co-constructor de un hábitat en armonía con la vida. Conclusiones: la sustentabilidad actúa como un imperativo axiológico que articula la reconfiguración ontológica del habitante con el cuidado del territorio. Palabras clave: decolonialidad, conciencia ecológica, gestión comunal, Fruto Vivas, desarrollo sustentable.
Abstract
This compilation investigates the convergences between the ecosophical thought of architect Fruto Vivas and territorial management practices in communities of Trujillo state, Venezuela. Object: to systematize a philosophy of community transformation integrating legal, pedagogical, and administrative dimensions under a biocentric approach. Objective: to establish sustainability as an axiological imperative that redefines social oversight and public management from an ecological consciousness perspective. Methods: qualitative paradigm with phenomenological-hermeneutic and socio-critical approaches, using participant observation, in-depth interviews, and documentary review. Discussion: ecological consciousness in communal circuits such as Siete Colinas and Pie de Sabana is not an abstract concept but a praxis rooted in ancestral knowledge and conviviality strategies (5Rs). Preliminary findings: Vivas’s legacy remains a valid political and pedagogical tool for territorial resilience, transforming citizens into co-builders of a habitat in harmony with life. Conclusions: sustainability acts as an axiological imperative that articulates the ontological reconfiguration of inhabitants with territorial care. Keywords: decoloniality, ecological consciousness, communal management, Fruto Vivas, sustainable development.
Resumo
Esta compilação investiga as convergências entre o pensamento ecosófico do arquiteto Fruto Vivas e as práticas de gestão territorial em comunidades do estado de Trujillo, Venezuela. Objeto: sistematizar uma filosofia de transformação comunitária que integre dimensões jurídicas, pedagógicas e administrativas sob uma abordagem biocêntrica. Objetivo: fundamentar a sustentabilidade como imperativo axiológico que redefine a controladoria social e a gestão pública a partir da consciência ecológica. Métodos: paradigma qualitativo com enfoque fenomenológico-hermenêutico e sociocrítico, empregando observação participante, entrevistas em profundidade e revisão documental. Discussão: a consciência ecológica em circuitos comunitários como Siete Colinas e Pie de Sabana não é um conceito abstrato, mas uma práxis enraizada em saberes ancestrais e estratégias de convivência (5Rs). Resultados preliminares: o legado de. Vivas permanece vigente como ferramenta política e pedagógica para a resiliência territorial, transformando o cidadão em co-construtor de um habitat em harmonia com a vida. Conclusões: a sustentabilidade atua como um imperativo axiológico que articula a reconfiguração ontológica do habitante com o cuidado do território.
Palavras-chave: decolonialidade, consciência ecológica, gestão comunitária, Fruto Vivas, desenvolvimento sustentável.
Epígrafe
La compilación que el lector tiene en sus manos no es un libro de arquitectura, aunque rinda homenaje a un arquitecto. Tampoco es un tratado de ecología, aunque la conciencia ecológica lo atraviese de principio a fin. Es, más bien, un mosaico de voces que convergen desde orillas disciplinares distintas, el derecho, la educación, la administración, para rendir tributo a Frutos Vivas, ese pionero que supo ver, antes que muchos, que el hábitat no se reduce a cuatro paredes y una losa, sino que es el tejido vivo donde la naturaleza, la comunidad y la memoria se entrelazan.
Los siete trabajos que aquí se presentan son el fruto del esfuerzo investigativo de cursantes de doctorado y maestría en el ámbito universitario venezolano. Son, en sentido estricto, memorias académicas. Pero sería injusto reducirlos a un ejercicio de grado; en cada uno de ellos late una preocupación genuina por el territorio, por sus personas, por las formas en que el saber académico puede ponerse al servicio de quienes habitan las barriadas, las quebradas y los consejos comunales del estado Trujillo.
Lejos de un tributo nominal, de esos que se agotan en la mención protocolar del homenajeado, estas páginas actualizan el legado de Frutos Vivas allí donde él mismo situó su mirada: el territorio comunitario. Porque Vivas no proyectaba para la postal; proyectaba para la vida. Y la vida, en Venezuela, ha encontrado algunas de sus expresiones más dignas en espacios como el Circuido Comunal Siete Colinas, la Quebrada Los Araujo o el sector Pie de Sabana, donde la autogestión, la precariedad asumida con ingenio y la voluntad de permanecer han dado forma a un urbanismo que ningún despacho oficial podría planificar.
Los artículos exploran, desde trincheras metodológicas diversas, las rutas mediante las cuales esas comunidades construyen o están en condiciones de construir una conciencia ecológica que no se limite a la consigna, sino que se traduzca en prácticas. La fenomenología presta sus lentes para mirar el habitar desde la experiencia vivida. La educación popular recupera la pedagogía del oprimido para sembrar saberes ambientales en los patios y las asambleas. La axiología de la gestión pública interroga los valores que orientan o desorientan las políticas territoriales. La contraloría social exige transparencia donde antes reinaba la opacidad. La convivencialidad de las 5R (reducir, reutilizar, reciclar, recuperar, resignificar) ofrece un horizonte ético y práctico para relacionarse con los residuos. Y la memoria ancestral de mitos y leyendas devuelve a la palabra hablada su potencia para transmitir, de generación en generación, un saber ecológico que no está en los manuales pero que ha mantenido vivos a los pueblos.
Presentamos, así, un libro de pensamiento territorial vivo. Un homenaje que no mira al maestro desde el pedestal, sino que camina con él hacia los espacios que él amó: las barriadas donde la gente resuelve, las quebradas que aún guardan agua y memoria, los consejos comunales donde la democracia se ejerce sin micrófono. Porque honrar a Frutos Vivas no es repetir su nombre en actos protocolares, ni adornar con su efigie la portada de un volumen que luego dormirá en un estante. Es, más bien, continuar su obstinación: la de un hombre que creyó, hasta el último día, que un hábitat digno, ecológicamente responsable y estéticamente valioso es posible. Y que esa posibilidad no depende de los grandes capitales, sino de la inteligencia colectiva, la sensibilidad y el arraigo de quienes habitan el territorio.
A los lectores que se asomen a estas páginas, pues, les invitamos a no buscar aquí respuestas cerradas. Encontrarán, en cambio, preguntas en marcha, hallazgos parciales, testimonios que conmueven y propuestas que desafían. Encontrarán, sobre todo, la certeza de que el pensamiento de Frutos Vivas no es pieza de museo, sino semilla. Y como toda semilla, sigue germinando donde encuentra tierra fértil, agua y manos dispuestas a trabajarla.
Msc. Javier Leon
Prologo
No es casualidad que estas memorias lleven por título el nombre de un hombre que supo ver en la arquitectura algo más que muros y techos. Para Frutos Vivas, construir fue, ante todo, un acto de profundo respeto por la vida. En un país como Venezuela, bendecido por una naturaleza abrumadora pero, paradójicamente, a menudo violentado por sus propios habitantes, la voz de este arquitecto pionero se alzó como un faro lúcido y necesario. Nos enseñó que el hábitat humano no debe imponerse al paisaje, sino dialogar con él; que la técnica debe aliarse con la ecología, y que el desarrollo sostenible no es una moda académica, sino una urgencia ética.
Este libro que el lector tiene en sus manos no es una biografía más, ni un catálogo de obras. Es el testimonio vivo de cómo una semilla, la que Frutos Vivas plantó con su pensamiento integral y su praxis ecológica sigue germinando en el terreno fértil de la universidad venezolana. Las páginas que siguen reúnen ocho trabajos científicos concebidos como un coro polifónico. No se trata de un homenaje unidisciplinar, cerrado en los límites de la arquitectura, sino de un tributo que brota desde la confluencia del Derecho, la Educación y las Ciencias de la Administración. Un homenaje, en definitiva, a la altura de la complejidad del propio Frutos Vivas.
¿Quiénes rendirán esta honra? Ocho profesionales venezolanos —cinco abogados, dos educadoras y dos licenciadas en Ciencias de la Administración—, todos ellos inmersos en la vorágine de la investigación científica universitaria, transitando los exigentes caminos de sus doctorados y maestrías. Ellos, que han aprendido a mirar los problemas desde la rigurosidad del método, comprendieron que el mejor modo de honrar a un maestro es tomar la posta de su compromiso. Así, cada artículo de esta compilación es, a su manera, una respuesta a la pregunta que Frutos Vivas nos dejó formulada: ¿cómo construimos una sociedad que no destruya su propio medio?
Desde el Derecho, los autores analizan el entramado normativo que define la relación entre el ser humano y los ecosistemas, preguntándose por la eficacia de las leyes ambientales en Venezuela y la necesidad de una justicia que mire con ojos de ecologista. Desde la Educación, se exploran las pedagogías necesarias para formar ciudadanos conscientes, capaces de heredar y custodiar el legado de Frutos Vivas. Y desde las Ciencias de la Administración, se diseccionan los modelos de gestión que pueden hacer viable un desarrollo territorial realmente sustentable, en contraste con las prácticas extractivistas que han depredado nuestro territorio.
Estas ocho memorias son, por tanto, mucho más que un requisito académico. Son un acto deliberado de memoria y de futuro. Un reconocimiento a que el pensamiento de Frutos Vivas no es una pieza de museo, sino una herramienta vigente para leer, criticar y transformar nuestra realidad. Los editores de este volumen, estudiantes de posgrado que han asumido el reto de la investigación con pasión y disciplina, nos demuestran que dentro de la universidad venezolana, a pesar de todas las dificultades, aún late un pensamiento crítico y comprometido con la vida.
Al cerrar este prólogo e invitarles a adentrarse en los artículos, queremos hacer explícito aquello que nos convoca: la certeza de que la ecología no es una especialidad, sino una perspectiva transversal. Frutos Vivas nos mostró que un arquitecto puede ser ecologista; estos ocho profesionales nos demuestran, con su ejemplo, que un abogado, un educador o un administrador también deben serlo. La lucha por un territorio vivo es una lucha de todos.
Que estas memorias sirvan no solo como homenaje, sino como punto de partida. Que cada lector encuentre en estas páginas no solo datos y conclusiones, sino también el ímpetu para sumar su propia voz y su propia acción a la construcción de un país en armonía con su naturaleza. Gracias, Frutos Vivas, por la siembra. Y gracias a estos ocho investigadores por mostrarnos que la cosecha recién comienza.
MSc Alirio de Jesús Mejía
ÍNDICE
Conciencia Ecológica como Herramienta para Fortalecer la Filosofía de la Transformación Comunitaria, Estudio Fenomenológico en el Circuito Comunal Siete Colinas (Parte Alta), Municipio Valera, Estado Trujillo. Autores: Javier León, Alirio Mejía.
Sociopóiesis de la Educación Ambiental, Una Experiencia de Transformación desde la Educación Popular Comunitaria. Autores: Alirio Mejía, Javier León.
Reconfiguración Ontológica del Turismólogo desde la Ética Ambiental Comunitaria para la Regeneración del Desarrollo Humano. Autores: Ledgin Benitez, Belkis Ramírez, Alirio Mejía.
La Sustentabilidad como Imperativo Axiológico, Una Mirada de la Gestión Eco-Ambiental en el Poder Popular. Autores: Tauli Salas, Alirio Mejía.
Dimensión Sociocultural de la Contraloría Social en la Configuración de Prácticas de Conservación Ambiental Comunitaria. Autores: María Alejandra Hernández, Doris Rojas Prada.
Construcción Convivencial de la Cultura Ambiental: Aproximación Interpretativa alas 5r en el Contexto Comunal. Autores: Maira Andreina Zue, Javier León.
Mitos y Leyendas como Estrategia Socio Comunitaria para el Fomento de una Cultura de Preservación del Ambiente: Estudio Fenomenológico en La Quebrada Los Araujo, Sector Pie de Sabana, Parroquia José Leonardo Suárez, Municipio San Rafael De Carvajal, Estado Trujillo. Autores: Belkis Ramírez, Ledgin Benitez, Javier León.
CONCIENCIA ECOLÓGICA COMO HERRAMIENTA PARA FORTALECER LA FILOSOFÍA DE LA TRANSFORMACIÓN COMUNITARIA: ESTUDIO FENOMENOLÓGICO EN EL CIRCUITO COMUNAL SIETE COLINAS (PARTE ALTA), MUNICIPIO VALERA, ESTADO TRUJILLO
ECOLOGICAL CONSCIOUSNESS AS A TOOL TO STRENGTHEN THE PHILOSOPHY OF COMMUNITY TRANSFORMATION: A PHENOMENOLOGICAL STUDY IN THE SIETE COLINAS COMMUNAL CIRCUIT (UPPER AREA), VALERA MUNICIPALITY, TRUJILLO STATE
Autores: Javier León
javier.leon.pereira2023@gmail.com
ORCID iD: 0009-0000-1221-7192
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
Alirio Mejía
ORCID iD: 0009-0003-4031-7176
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
RESUMEN
La crisis ambiental contemporánea no solo exige respuestas técnicas o normativas, sino también transformaciones profundas en la forma en que las comunidades se conciben a sí mismas y a su relación con el entorno. En este contexto, la conciencia ecológica emerge no como un concepto abstracto, sino como una disposición ética y existencial que puede orientar la acción colectiva hacia la construcción de formas alternativas de habitar el territorio. El presente artículo se propone como propósito general: promover la conciencia ecológica como una herramienta para fortalecer la filosofía de la transformación comunitaria en el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta), del municipio Valera, estado Trujillo. Metodológicamente, el estudio se inscribe en el paradigma cualitativo interpretativo, asumiendo la fenomenología como enfoque epistemológico y la hermenéutica como técnica de análisis de los significados vividos por los habitantes del territorio. A partir de entrevistas en profundidad centradas en la vivencia y del análisis de narrativas comunitarias, se busca develar cómo la conciencia ecológica se manifiesta en la experiencia cotidiana de los miembros del circuito comunal y cómo esta conciencia se articula con los procesos de transformación comunitaria que ellos mismos reconocen como valiosos. El estudio aspira a contribuir al debate sobre desarrollo comunitario desde una perspectiva ecológica situada, reconociendo que la transformación social sostenible requiere no solo cambios estructurales, sino también una reconfiguración de la subjetividad y de los vínculos éticos con el territorio.
Palabras clave: conciencia ecológica, transformación comunitaria, fenomenología hermenéutica, circuito comunal, Trujillo, sostenibilidad.
ABSTRACT
The contemporary environmental crisis demands not only technical or normative responses, but also profound transformations in the way communities conceive themselves and their relationship with the environment. In this context, ecological consciousness emerges not as an abstract concept, but as an ethical and existential disposition that can guide collective action towards the construction of alternative ways of inhabiting the territory. This article aims to promote ecological consciousness as a tool to strengthen the philosophy of community transformation in the Siete Colinas Communal Circuit (upper area), Valera municipality, Trujillo state. Methodologically, the study is situated within the qualitative interpretive paradigm, assuming phenomenology as epistemological approach and hermeneutics as technique for analyzing the lived meanings of the territory's inhabitants. Through in depth interviews focused on lived experience and analysis of community narratives, the study seeks to reveal how ecological consciousness manifests itself in the daily experience of members of the communal circuit and how this consciousness articulates with the community transformation processes that they themselves recognize as valuable. The study aims to contribute to the debate on community development from a situated ecological perspective, recognizing that sustainable social transformation requires not only structural changes, but also a reconfiguration of subjectivity and ethical ties with the territory.
Keywords: ecological consciousness, community transformation, hermeneutic phenomenology, communal circuit, Trujillo, sustainability.
INTRODUCCIÓN
La época contemporánea no se define únicamente por la aceleración tecnológica ni por la expansión de los mercados globales; se caracteriza, sobre todo, por una fractura silenciosa pero profunda en la forma en que las comunidades humanas habitan sus territorios y se conciben a sí mismas como agentes de transformación. Más que una "crisis ambiental" entendida como un fenómeno externo y mensurable, lo que se evidencia es una ruptura en la experiencia del habitar: una separación entre la acción cotidiana y sus consecuencias ecológicas, pero también entre el deseo de cambio comunitario y las herramientas efectivas para lograrlo. En este contexto, la conciencia ecológica deja de ser un concepto reservado a especialistas ambientales para convertirse en una interrogante ontológica y ética: ¿qué significa que una comunidad asuma el cuidado del entorno como parte constitutiva de su proyecto de transformación?
A escala global, diversos informes internacionales han advertido que las intervenciones de desarrollo comunitario que no integran la dimensión ecológica tienden a ser insostenibles en el mediano y largo plazo. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 2020) ha señalado que los proyectos de fortalecimiento comunitario que logran mayor permanencia en el tiempo son aquellos que articulan objetivos sociales, económicos y ambientales, generando sinergias entre la transformación de las condiciones de vida y el cuidado del territorio. Este dato no es meramente programático; revela que la sostenibilidad de los procesos comunitarios depende de la internalización de una ética ecológica que oriente las decisiones cotidianas, ésas que se toman en la cocina, en el patio, en la asamblea de vecinos.
En América Latina, esta problemática adquiere matices particulares debido a la coexistencia de desigualdades estructurales, procesos de urbanización no planificada y una rica tradición de organización comunitaria que ha demostrado resiliencia frente a contextos adversos. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2021), la región enfrenta déficits significativos en la integración de la dimensión ambiental en los procesos de planificación comunitaria, así como en la formación de liderazgos locales con sensibilidad ecológica. Sin embargo, América Latina también posee una experiencia acumulada en formas de organización territorial —consejos comunales, mesas técnicas, circuitos comunales— que ofrecen un potencial singular para el desarrollo de una filosofía de transformación comunitaria anclada en la conciencia ecológica; un potencial que no siempre se nombra, pero que está allí, esperando.
En el caso venezolano, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999) consagra en sus artículos 70, 127 y 128 el derecho a participar en los asuntos públicos —incluyendo la gestión ambiental— y el deber de proteger el ambiente para las generaciones presentes y futuras. Este mandato constitucional se complementa con la Ley Orgánica de los Consejos Comunales (2009) y la Ley Orgánica del Ambiente (2006), que establecen mecanismos de participación ciudadana en la gestión territorial. No obstante, la brecha entre el reconocimiento normativo y la práctica cotidiana evidencia que la existencia de figuras organizativas no garantiza automáticamente que estas incorporen la conciencia ecológica como un eje transversal de su quehacer; una cosa es lo que dice la ley y otra lo que ocurre en el territorio cuando nadie está fiscalizando.
El estado Trujillo, enclavado en la región andina venezolana, concentra una diversidad de ecosistemas de alta fragilidad, pero también una tradición de organización comunitaria que ha sabido enfrentar desafíos económicos y sociales. El municipio Valera, particularmente el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta), constituye un territorio donde confluyen dinámicas residenciales, agrícolas y organizativas que demandan una reflexión profunda sobre el sentido de la transformación comunitaria. ¿Transformación para qué? ¿Transformación hacia dónde? ¿Y cuál es el lugar del ambiente en ese proyecto de transformación? Preguntas que no se responden con un eslogan ni con un plan de gobierno, sino con un trabajo paciente de escucha y articulación.
En este contexto específico, la conciencia ecológica emerge como una categoría central. No se trata solo de "saber" que hay que reciclar o cuidar el agua. Se trata de una disposición existencial que impregna la forma en que los habitantes del circuito comunal se relacionan con su territorio, con los recursos, con las generaciones futuras y entre sí mismos. Una comunidad que cultiva conciencia ecológica no solo implementa proyectos ambientales; transforma su propia filosofía de la transformación: ya no concibe el progreso como sinónimo de acumulación o extracción, sino como un proceso de cuidado, regeneración y equilibrio. La promoción de la conciencia ecológica como herramienta para fortalecer esta filosofía de transformación comunitaria requiere, sin embargo, una comprensión profunda de cómo es vivida esta conciencia en la experiencia concreta de los actores comunitarios. No se trata de imponer desde fuera un conjunto de "buenas prácticas ambientales", sino de reconocer que las comunidades ya poseen —aunque a veces de manera implícita o fragmentada— saberes, valores y disposiciones que pueden ser potenciados para articular un proyecto de transformación con base ecológica.
En el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta), como en muchas otras comunidades venezolanas, existen prácticas cotidianas que expresan una cierta conciencia ecológica: el cuidado de la huerta familiar, la reutilización del agua, la siembra de árboles en los patios, la organización para limpiar las quebradas, la transmisión de saberes sobre plantas medicinales. Sin embargo, estas prácticas a menudo no son reconocidas como parte de una filosofía de transformación comunitaria explícita y articulada. Permanecen en el ámbito de lo implícito, de lo no tematizado, de lo que "se hace porque siempre se ha hecho" pero no se sabe por qué ni para qué. El desafío, entonces, no es crear conciencia ecológica desde cero, sino promover su explicitación, articulación y puesta en valor como herramienta estratégica para repensar el sentido mismo de la transformación comunitaria. Esto implica un trabajo de acompañamiento reflexivo que permita a los habitantes del circuito comunal reconocer en sus propias prácticas ecológicas los gérmenes de una filosofía alternativa de desarrollo; unos gérmenes que ya están sembrados, aunque nadie los haya puesto sobre la mesa de discusión.
En consecuencia, la presente investigación se sitúa en la intersección entre la ecología, la filosofía práctica y los estudios comunitarios. Desde una perspectiva cualitativa e interpretativa, se propone promover la conciencia ecológica como una herramienta para fortalecer la filosofía de la transformación comunitaria en el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta), indagando cómo esta conciencia es vivida, interpretada y resignificada por los actores comunitarios y cómo puede ser potenciada para articular un proyecto colectivo de transformación territorial con base ecológica. La relevancia de este estudio radica en su capacidad para articular escalas: desde los desafíos globales de la crisis ambiental hasta la experiencia concreta de una comunidad trujillana, demostrando que la transformación comunitaria sostenible se gesta en el ámbito donde el sujeto reconoce su entorno no como un escenario externo, sino como extensión constitutiva de su propio ser y como horizonte de su acción colectiva.
Planteamiento del problema
En lo que va del siglo XXI, la idea de desarrollo comunitario ha dado un vuelco. Ya no alcanza con colocar cemento, repartir financiamiento o mandar asistencia técnica. Se ha visto, y más de una vez, que los proyectos que no llevan dentro una preocupación ética por lo ambiental terminan repitiendo la misma lógica de consumo y descuido que provocó el desastre (Gudynas, 2011; Leff, 2014). En Venezuela, los circuitos comunales —que juntan varios consejos comunales en un territorio más amplio— han sido empujados como una vía para que la gente participe y se autogestione. Pero la literatura especializada ha mostrado algo que ya se percibe en el terreno: aunque estos espacios han sabido gestionar obras concretas —viviendas, servicios, vialidad—, les cuesta armar una filosofía de transformación que mire más allá de lo inmediato y que ponga la sostenibilidad ecológica en el centro (Uzcátegui, 2019; Rojas et al., 2020).
En el estado Trujillo, y más exactamente en el municipio Valera, los circuitos comunales han acumulado experiencias que valen la pena. Sin embargo, la transformación comunitaria se sigue pensando sobre todo en ladrillos y metros lineales. Lo ecológico, cuando aparece, se reduce a campañas de reciclaje o jornadas de limpieza; no atraviesa el proyecto completo. Detrás de esto podría estar la falta de una conciencia ecológica que se haya puesto sobre la mesa, que se haya discutido, que se haya vuelto herramienta para repensar el rumbo. En el Circuito Comunal Siete Colinas, en su parte alta, el asunto toma una forma concreta. Lo que se ha podido ver hasta ahora sugiere varias cosas.
Primero, que la gente sí hace cosas: cuida la huerta, reaprovecha el agua, siembra árboles. Pero esas prácticas no se hablan, no se comparten, no se entienden como parte de una filosofía de transformación colectiva. Se quedan en la casa, en lo callado, en lo que se hace sin que nadie lo nombre.
Segundo, que la conciencia ecológica, cuando aflora, suele ser una reacción a un problema: se contaminó la quebrada, hubo sequía, faltó comida. Pero no se queda como un horizonte fijo que guíe lo que se planea. Aparece con el apuro y se va cuando el apuro cede.
Tercero, que las urgencias materiales —comer, conseguir medicinas, generar algo de ingreso— empujan con tanta fuerza que la discusión sobre lo ecológico a largo plazo se pospone. El futuro se encoge y lo que apremia es hoy.
Y cuarto, que cuando se habla de "transformación comunitaria", la gente piensa en lo que se toca y se mide: una vía, una casa, un comedor. La conciencia ecológica, en cambio, se ve como algo accesorio, un lujo que estaría bien tener pero que no es lo primero.
Puestas, así las cosas, la pregunta que se abre no es si el circuito tiene o no tiene conciencia ecológica. Eso sería quedarse en la superficie. De lo que se trata es de entender cómo la viven quienes habitan allí, qué significa para ellos, qué emociones la acompañan, qué les impide llevarla a lo colectivo y qué potencialidades le reconocen. Porque la conciencia ecológica no es un interruptor que se enciende un día y ya. La literatura sobre ética ambiental y filosofía práctica lo ha dicho con insistencia: es un proceso que se construye conversando, reflexionando, acompañándose (Leff, 2014; Gudynas, 2011). Promoverla como herramienta para fortalecer la filosofía de transformación comunitaria no pasa por diagnosticar si está presente o ausente, sino por abrir condiciones para que se explicite, se comparta y se ponga en valor junto con otros. Algo más parecido a sembrar que a instalar.
El problema de investigación, entonces, toma cuerpo en esta necesidad: promover la conciencia ecológica como herramienta para fortalecer la filosofía de transformación comunitaria en el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta), partiendo de una comprensión profunda de cómo la viven sus actores y de qué facilita o estorba su articulación en un proyecto que sea de todos. Un proyecto que no necesita ser traído de fuera, porque ya tiene raíces en lo que la comunidad hace, sabe y valora; solo que todavía no ha encontrado las palabras para decirlo.
Preguntas de investigación
1. ¿De qué manera es vivida, interpretada y resignificada la conciencia ecológica por los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta)?
2. ¿Cómo se articula la conciencia ecológica con la filosofía de transformación comunitaria que los actores locales valoran o proyectan?
3. ¿Cuáles son los facilitadores y obstaculizadores que los miembros del circuito comunal reconocen en relación con la promoción de la conciencia ecológica como herramienta de transformación?
Propósito general
Promover la conciencia ecológica como una herramienta para fortalecer la filosofía de la transformación comunitaria en el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta), del municipio Valera, estado Trujillo.
MARCO TEORICO
Teorías Generales
Martin Buber – Relación Yo-Tú
Lo que Buber (1923) planteó con su filosofía del diálogo fue un vuelco en la manera de entender el lazo entre las personas, sin hablar de contratos ni de utilidades sino de dos modos de relacionarse: el Yo-Ello, donde el otro es una cosa que se usa, y el Yo-Tú, donde el otro es una presencia viva que no se deja reducir a lo que pueda servir. Cuando una comunidad se mueve bajo el primer modo el vínculo se seca y la gente se vuelve pieza de un engranaje, pero cuando opera bajo el segundo aparece algo distinto, un reconocimiento mutuo que no se firma en ningún acta pero que sostiene la voluntad de hacer cosas juntos; el capital relacional, mirado así, deja de ser una red técnica de contactos y pasa a ser una experiencia viva de encuentro. Llevado al terreno ambiental el asunto cambia de raíz, porque el entorno deja de ser un depósito de recursos y se vuelve parte del diálogo, algo con lo que la comunidad conversa sin necesidad de ponerlo en palabras. Boff (2012) lo dice a su manera: el cuidado no es una táctica ecológica, es una actitud que brota de lo más hondo del ser humano, de modo que preservar no se hace solo por obligación legal sino porque la gente se reconoce parte de lo mismo, y ese lazo es el que permite seguir adelante incluso cuando los recursos materiales escasean. Donde hay reciprocidad genuina, la falta se enfrenta con lo que el vínculo ofrece.
Emmanuel Lévinas – Ética de la Responsabilidad
Lévinas (1961) fue todavía más lejos al plantear que la responsabilidad no viene después de la libertad, como si uno primero decidiera y luego se hiciera cargo, sino que viene antes: el rostro del otro exige una respuesta que no se elige, se impone. La ética no nace de los acuerdos ni de las normas, nace de la fragilidad compartida, y en una comunidad esto significa que el cuidado del otro y del entorno no es una concesión generosa sino una respuesta que ya estaba ahí antes de que nadie la formulara. El capital relacional, en esta clave, no es una estrategia de cooperación sino una sensibilidad ética, la capacidad de dejarse interpelar por lo que no es uno mismo, y cuando esa sensibilidad se apaga los procesos colectivos se quiebran. Mirar la conservación ambiental desde aquí cambia el tono, porque ya no se trata de cumplir con un plan de manejo sino de responderles a quienes comparten el territorio y a quienes vendrán después. Jonas (1979) lo expresó con claridad: hay un principio de responsabilidad que obliga a cuidar el futuro de la vida, un principio que no es optativo sino que constituye lo que hace posible que la especie humana siga; así, el capital relacional termina siendo la matriz ética que aguanta la acción ambiental cuando la ley no alcanza o cuando no hay quien la haga cumplir, una matriz que no se impone desde fuera sino que se teje en el día a día.
Filosofía Comunitaria Latinoamericana – Enrique Leff y Enrique Dussel
La filosofía que ha brotado en América Latina ha puesto el dedo en la llaga de las maneras de conocer que vienen de afuera y que parten el mundo en pedazos, naturaleza por un lado y sociedad por otro. Dussel (2013) insiste en que la ética tiene que arrancar desde quienes han sido excluidos y desde las situaciones históricas concretas, porque no hay transformación que valga si se impone con moldes prestados: se construye desde la memoria de la gente y desde lo que han vivido juntos. La comunidad, entonces, no es un grupo de beneficiarios sino un sujeto histórico que puede volver a imaginar su propio horizonte, y el capital relacional es la fuerza ética que amarra la resistencia, la solidaridad y el proyecto compartido. Leff (2019), por su lado, habla de una racionalidad ambiental que le planta cara a la lógica de la máquina y el rendimiento, donde el ambiente no es un stock de recursos sino territorio de vida y cultura. La sostenibilidad no se decreta desde un ministerio sino que se va haciendo en las prácticas de todos los días, ésas que mezclan lo que sabían los abuelos con lo que se aprende ahora; el capital relacional es lo que permite que esas prácticas se mantengan porque fortalece la confianza y la reciprocidad, un activo que no aparece en los balances pero que cuando falta todo lo demás hace agua.
Ontología Relacional – Kenneth Gergen y Arturo Escobar
La ontología relacional parte de una idea que suena simple pero que lo cambia todo: el ser no existe suelto, se va haciendo en el roce con los demás. Gergen (2009) sostiene que la identidad no es una esencia guardada bajo llave sino el resultado de procesos relacionales que no se detienen, de modo que la comunidad no es el escenario donde la gente actúa sino lo que la gente es, y el cuidado ambiental no puede separarse de cómo se llevan las personas entre sí; cuando las relaciones son sólidas, la acción colectiva encuentra su cauce natural. Escobar (2018) suma otra pieza con el concepto de pluriverso, esa idea de que conviven muchas formas de vida y de que el territorio es un tejido de dependencias mutuas entre lo humano y lo no humano. El capital relacional, desde aquí, no es una red social sino la trama que hace posible que lo ecológico se regenere, porque cuidar el ambiente no responde a una orden externa sino a la co-presencia, a estar juntos en el mismo sitio y saberse parte de lo mismo.
Peter Blau – Teoría del Intercambio Social
Blau (1964) y quienes trabajaron en esa línea sostienen que las relaciones entre las personas se arman sobre intercambios recíprocos que generan cohesión, y no siempre son intercambios de dinero o de favores contabilizados sino que incluyen el apoyo que no se mide y el reconocimiento que no se factura. En las comunidades, la reciprocidad de todos los días —el plato de comida, la mano con el niño, el dato a tiempo— va tejiendo pertenencia y estabilidad, y el capital relacional brota cuando esos intercambios dejan de ser cálculo y se vuelven una norma ética que todos comparten sin haberla escrito. Cuando la cooperación se sostiene en el tiempo se consolida una economía afectiva que mantiene en pie los procesos colectivos incluso donde el dinero no llega, y así se entiende que la transformación social no dependa solo de recursos financieros sino de la densidad de las relaciones que atraviesan la vida comunitaria.
Conciencia ecológica: una aproximación fenomenológica y ética
El concepto de conciencia ecológica ha sido trabajado desde muchos ángulos: la ecología profunda (Naess, 1973), la filosofía ambiental (Leopold, 1949), la ética ecológica (Jonas, 1984) y la psicología ambiental (Corral Verdugo, 2010). Pero cuando se lo mira desde la fenomenología, la conciencia ecológica deja de ser una lista de conocimientos o de actitudes medibles y se vuelve una forma de habitar el mundo (Heidegger, 1997), una disposición ética que cala hondo: la certeza vivida de que el ser humano no está separado de lo que lo rodea, sino que forma con ello una sola trama. Una trama que no se estudia, se vive, y se vive cuando alguien riega una planta no porque le toca sino porque la siente parte del mismo cuerpo.
Al respecto, Leff (2014) sostiene:
La conciencia ecológica no es un saber que se agrega desde fuera al sujeto; es una dimensión constitutiva de su ser. Se despierta cuando el sujeto advierte que su propia existencia está entrelazada con la trama de la vida, que su bienestar no puede desligarse del bienestar del ecosistema que habita. Esta conciencia no es meramente cognitiva; es afectiva, práctica, corporal. (p. 89)
Tabla 1.Dimensiones de la Conciencia Ecológica
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Dimensión |
Descripción |
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Cognitiva |
Conocimiento de los ciclos ecológicos, de los impactos de las acciones humanas, de las alternativas sostenibles |
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Afectiva |
Emociones de cuidado, respeto, asombro, preocupación o responsabilidad hacia el entorno |
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Ética |
Interiorización de principios como la responsabilidad intergeneracional, la justicia ambiental y el respeto por todas las formas de vida |
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Práctica |
Disposición a actuar de manera coherente con los principios y conocimientos ecológicos en la vida cotidiana |
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Práctica |
Disposición a actuar de manera coherente con los principios y conocimientos ecológicos en la vida cotidiana |
Fuente:Leff (2014)
En los circuitos comunales venezolanos, la conciencia ecológica se asoma de muchas maneras: en el cuidado de la huerta familiar, en la participación en asambleas ambientales, en el agua que se reutiliza sin que nadie lo ordene, en la defensa del territorio cuando alguien amenaza con meter máquinas. Lo que ocurre es que esas manifestaciones suelen estar allí pero no se hablan, no se ponen sobre la mesa, quedan en lo que cada quien hace por su cuenta. Una de las tareas centrales de la investigación es justamente visibilizarlas, sacarlas del silencio doméstico y ponerlas a circular, porque lo que no se nombra difícilmente se vuelve palanca de cambio.
Filosofía de la transformación comunitaria: más allá del asistencialismo
El concepto de transformación comunitaria ha sido usado en la literatura latinoamericana para hablar de procesos de cambio estructural que nacen de las propias comunidades, a contracorriente de los enfoques asistencialistas o paternalistas. Zibechi (2012) lo plantea así:
La transformación comunitaria no se reduce a la suma de proyectos concretos. Es una reconfiguración del sentido de la vida colectiva, una apuesta por construir formas de organización que no reproduzcan las lógicas de dominación, exclusión y depredación propias del sistema hegemónico. Supone un cambio en la subjetividad, en las prácticas cotidianas y en las relaciones con el territorio. (p. 45)
En Venezuela, los circuitos comunales nacieron como una figura pensada para articular territorios que iban más allá del consejo comunal, una escala intermedia que permitiera saltar de los proyectos sueltos a una planificación con más vuelo. El problema, como bien lo señaló Uzcátegui (2019), es que esa planificación todavía no ha logrado poner la sostenibilidad ecológica en el centro; a lo sumo la coloca como un añadido, algo que se menciona para cumplir pero que no atraviesa las decisiones. La filosofía de la transformación comunitaria —esos principios y valores que guían lo que la gente hace junta— necesita hacerse cargo de unas cuantas preguntas que no son para salir del paso: ¿el territorio se ve como una cantera de la que se saca o como un bien que se cuida entre todos?, ¿lo que importa es crecer ya o asegurar que los que vienen después tengan condiciones dignas?, ¿los saberes ecológicos que guardan los abuelos y los campesinos valen o se los mira con desdén? La manera de planificar, de decidir y de actuar dice más que cualquier respuesta ensayada.
Conciencia ecológica y transformación comunitaria: articulaciones posibles
Los estudios más recientes sobre transiciones socioecológicas han insistido en algo que parece obvio pero que cuesta llevar a la práctica: cambiar la relación entre la sociedad y la naturaleza no se logra solo con nueva tecnología ni con incentivos económicos; hace falta que las comunidades incorporen una ética ecológica que oriente lo que hacen todos los días y lo que proyectan hacia adelante (Ostrom, 2011; Toledo & Barrera Bassols, 2008). No se trata de que alguien llegue de afuera a imponer contenidos, sino de acompañar un proceso reflexivo donde la propia gente pueda sacar a flote, ordenar y fortalecer esas disposiciones ecológicas que ya tiene, aunque estén dispersas o no las haya puesto nunca en palabras. La semilla está; lo que falta es regarla y llamarla por su nombre.
La ecología social como crítica radical del capitalismo y el Estado
Para entender el vínculo entre conciencia ecológica y transformación comunitaria desde una mirada que vaya al fondo, hay que traer a la mesa los aportes de la ecología social, esa corriente que Murray Bookchin empezó a desarrollar en los años sesenta. Lo que esta teoría plantea es que la crisis ambiental no es un fenómeno suelto ni un asunto puramente técnico, sino el resultado de las jerarquías, la dominación y las lógicas de crecimiento sin freno que definen al capitalismo y al Estado moderno. Dicho con otras palabras: no se pueden resolver los problemas ecológicos si no se transforman al mismo tiempo las estructuras sociales que los producen, porque de nada sirve sembrar árboles si se mantienen intactas las lógicas que los arrasan. La ecología social obliga a mirar la raíz y no solo los síntomas, y a entender que defender el territorio es también defender formas de vida que el mercado y el Estado tienden a barrer sin demasiados miramientos.
Como señala Bookchin (1998), en su formulación clásica de la ecología social:
La crisis ecológica es esencialmente una crisis social. Por muy profunda que sea, no puede entenderse ni resolverse si no se reconoce que se origina en los problemas sociales. No es la naturaleza la que debe ser gestionada, sino la sociedad. Los problemas ecológicos surgen de problemas sociales: de la dominación jerárquica, de la lógica del crecimiento capitalista, de la concentración del poder en el Estado y de las relaciones de producción y consumo que cosifican tanto a los seres humanos como al mundo natural. (Bookchin, 1998, p. 45)
Esta perspectiva implica un giro radical respecto a los enfoques ambientalistas que se limitan a promover cambios conductuales individuales (reciclar, ahorrar agua) sin cuestionar las estructuras de poder que perpetúan la degradación ecológica. La ecología social propone que la transformación ambiental es inseparable de la transformación social, y que ambas requieren procesos de democratización radical de las comunidades. En el contexto latinoamericano, esta corriente ha sido retomada y resignificada por autoras y autores que enfatizan la dimensión comunitaria y territorial de la ecología política. Como señalan Alimonda, Toro Pérez y Martín (2017), coordinadores de una obra fundamental sobre ecología política latinoamericana:
La Ecología Política en América Latina ha dejado de ser una propuesta algo exótica de algunos especialistas para ir adquiriendo una relevancia notable en las demandas del espacio público. Se constituye como un campo de análisis, crítica y enunciación plural, que se fue formando a partir de la conformación de redes académicas latinoamericanas, ubicadas en relación de continuidad con las tradiciones regionales de pensamiento crítico y con la problemática compleja de la construcción de la identidad de nuestras sociedades. Esta Ecología Política es tributaria de la historia latinoamericana, y se propone reescribir la historia de la región a partir de la reconstrucción de las relaciones entre sociedades, culturas y naturalezas. (Alimonda et al., 2017, p. 241)
Este enfoque resulta particularmente pertinente para el estudio del Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta), en la medida en que permite comprender las prácticas ecológicas comunitarias no como gestos aislados, sino como expresiones de una cultura política alternativa que cuestiona el modelo hegemónico de desarrollo.
Municipalismo libertario y confederalismo democrático
Una de las contribuciones más fecundas de la ecología social para fortalecer la transformación comunitaria es el concepto de municipalismo libertario. Biehl (1998), quien trabajó de cerca con Bookchin y sistematizó buena parte de su pensamiento, define esta propuesta en los siguientes términos:
El municipalismo libertario busca revivir las posibilidades democráticas latentes en los gobiernos locales existentes y transformarlos en democracias directas. Su objetivo es descentralizar estas comunidades políticas para que estén a escala humana y adaptadas a sus entornos naturales. Busca restaurar las prácticas y cualidades de la ciudadanía, para que hombres y mujeres puedan asumir colectivamente la responsabilidad de gestionar sus propias comunidades, según una ética de compartir y cooperar, en lugar de depender de élites. Una vez creadas las democracias directas, los municipios democratizados podrían tejerse en confederaciones que, en última instancia, podrían desafiar al capitalismo y al Estado-nación, conduciendo a una sociedad anarquista ecológica racional. (Biehl, 1998, p. 17)
Este planteamiento dialoga de manera directa con la figura de los circuitos comunales en Venezuela, que fueron creados como espacios de articulación territorial donde confluyen varios consejos comunales. Si bien el municipalismo libertario se pensó originalmente para los contextos de la democracia representativa occidental, sus principios —democracia directa, descentralización, escala humana y confederación de comunidades que se autogobiernan— resuenan con las bases del poder popular recogidas en la Constitución de 1999 y en la Ley Orgánica de los Consejos Comunales. Ahora bien, hay una diferencia que importa marcar: mientras el municipalismo libertario propone transformar las instituciones desde los gobiernos locales ya existentes —alcaldías, ayuntamientos—, la experiencia venezolana ha ido construyendo formas paralelas de organización comunitaria —consejos comunales, circuitos comunales, comunas— que conviven, y a veces forcejean, con las instituciones del Estado formal. Esta particularidad histórica y política no puede dejarse de lado cuando se intenta poner a dialogar la teoría sociocrítica con lo que ocurre en el Circuito Comunal Siete Colinas.
Pensamiento crítico latinoamericano y ecología política
América Latina ha ido tejiendo una tradición propia de pensamiento ambiental crítico, una que hunde sus raíces en las luchas por el territorio, en la resistencia frente al extractivismo y en la memoria de comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes. Escobar (2017), una de las voces más importantes de esta corriente, lo plantea así:
:
El pensamiento crítico latinoamericano (PCL) ha producido categorías, saberes y conocimientos que desafían la estructura epistémica de la modernidad. Cualquier ejercicio de balance del PCL tiene que incluir necesariamente a las categorías, saberes y conocimientos de las comunidades y sus organizaciones como una de sus expresiones más potentes. La ecología política latinoamericana no es una mera adaptación de teorías europeas o norteamericanas; es un terreno de pensamiento propio con relevancia internacional. (Escobar, 2017, p. 242)
En esa misma línea, Leff (2014), a quien ya se ha mencionado antes, propone una racionalidad ambiental que amarra saberes locales, justicia social y sostenibilidad ecológica en un solo tejido. Para este autor, la crisis ambiental no es un desperfecto técnico, sino una crisis de civilización, y salir de ella exige bastante más que cambiar tecnologías o ajustar la economía: hace falta una sacudida epistémica que reconozca que hay muchas maneras de conocer y de habitar el mundo, y que todas merecen un lugar en la mesa.
En el contexto venezolano, el ecosocialismo ha sido planteado como una alternativa política frente al capitalismo extractivista. Barreto (2020) lo explica así:
La lucha contra el cambio climático se materializa en una lucha entre dos visiones de la sociedad: dominación capitalista o ecosocialismo igualitario. Lo ambiental se ha convertido en tema de campañas electorales, programas de gobierno y encuentros internacionales donde se toman decisiones de impacto global. Es tiempo de revisión de paradigmas y de decidir si optamos por una 'nueva normalidad' basada en un capitalismo más humanitario o emprendemos los cambios verdaderos que impacten las estructuras de un modelo que nos llevó al grado de destrucción del que somos testigos. (Barreto, 2020, párr. 2)
Esta propuesta surgió del propio proceso político venezolano y, más allá de sus tropiezos a la hora de aterrizar en lo concreto, ha puesto sobre la mesa una idea que no sobra: la lucha contra el capitalismo no puede ir por un carril y la defensa del ambiente por otro. El ecosocialismo venezolano, con sus límites y sus contradicciones, ha intentado juntar ambas cosas y sumarles la construcción de formas de organización comunitaria que descansen en la corresponsabilidad y el poder popular. Para el Circuito Comunal Siete Colinas, este marco ofrece pistas valiosas para pensar la conciencia ecológica no como un discurso prestado, sino como una herramienta de transformación que puede anclarse en lo que la gente ya hace y ya valora.
Enfoque sociocrítico y transformación comunitaria
El enfoque sociocrítico tuvo su cuna en la pedagogía, de la mano de autores como Freire (2005) y Habermas, pero con el tiempo fue trasladándose también al terreno de los procesos comunitarios y ambientales. Lo que este enfoque dice, en esencia, es que las estructuras sociales no son neutras: están atravesadas por relaciones de poder, dominación y desigualdad. Y si se quiere transformar algo de verdad, no alcanza con lamentarse ni con esperar a que venga alguien de afuera a arreglarlo. Hace falta que los sujetos tomen conciencia crítica de la realidad que los rodea, entiendan por qué las cosas son como son y se organicen para moverlas. Así de simple y así de complejo.
Tabla 2.Dimensiones de la Conciencia Ecológica desde el enfoque sociocrítico
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Dimensión |
Implicación para la conciencia ecológica comunitaria |
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Crítica ideológica |
Cuestionar los discursos hegemónicos que naturalizan el consumismo, el extractivismo y la degradación ambiental. |
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Concientización |
Promover procesos reflexivos que permitan a la comunidad identificar las causas estructurales de los problemas ambientales que enfrenta |
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Acción transformadora |
Articular la conciencia ecológica con prácticas organizativas que incidan en las condiciones materiales de vida y en las relaciones de poder. |
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Diálogo de saberes |
Integrar conocimientos científicos y saberes locales en la construcción de soluciones contextualizadas. |
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Empoderamiento comunitario |
Fortalecer la capacidad de la comunidad para autogestionar sus recursos y decidir colectivamente sobre su territorio. |
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Fuente: Freire (2005)
Visto así, la conciencia ecológica no es algo que se agote en la buena voluntad de cada quien, en eso de poner la basura en su lugar o cerrar el grifo mientras uno se enjabona. Desde una mirada sociocrítica, tener conciencia ecológica es caer en cuenta de que los problemas del ambiente están amarrados a relaciones de poder, a desigualdades que vienen de lejos y a formas de explotación que no son solo del suelo o del agua, sino también de la gente. Y si es así, entonces superarlos no depende solo de cambiar hábitos individuales, sino de empujar transformaciones de fondo y de hacerlo juntos. Lo ecológico también es político, aunque a veces se nos olvide.
Articulación con el circuito comunal Siete Colinas
Traer la teoría sociocrítica de la ecología comunitaria y social al terreno del circuito permite darle otro peso al propósito de esta investigación. Promover la conciencia ecológica como herramienta para fortalecer la filosofía de transformación comunitaria no puede quedarse en la idea de "capacitar" a los vecinos en reciclaje o en uso racional del agua. Eso sería quedarse en la cáscara. De lo que se trata, más bien, es de:
I. Poner en cuestión el modelo de desarrollo dominante que ha ido degradando el ambiente y ensanchando las brechas sociales en el territorio trujillano.
II. Reconocer y darle fuerza a los saberes ecológicos que ya andan por la comunidad, esos que muchas veces no se ven o se miran en menos.
III. Robustecer lo que el circuito comunal ya sabe hacer en materia de autogestión ambiental, apoyándose en los principios de democracia participativa y corresponsabilidad que recoge la Constitución.
IV. Amarrar la conciencia ecológica con las otras dimensiones de la transformación comunitaria —la salud, la alimentación, la vivienda, la economía—, rompiendo con la lógica de los compartimentos estancos que tanto le gusta a las políticas públicas.
V. Ayudar a construir una filosofía de transformación donde la sostenibilidad ecológica esté en el centro y no sea un adorno de última hora.
En el Circuito Comunal Siete Colinas, en su parte alta, aplicar este enfoque sociocrítico supone meterse a indagar cómo vive y qué significa para la gente el forcejeo entre lo que urge —comer, resolver, sobrevivir— y lo que importa a largo plazo —planificar, cuidar, perdurar—, entre lo que saben los abuelos y lo que traen los técnicos de afuera, entre la autonomía que la comunidad quiere y las políticas que bajan del Estado, entre el cuidado del territorio que se pisa y las presiones económicas que lo acechan. Esas tensiones no hay que verlas como estorbos. Son justamente el material vivo que permite entender cómo se va armando —o cómo se traba— la conciencia ecológica cuando lo que está en juego es la transformación del lugar donde se vive. Son el terreno donde la filosofía de la transformación se la juega de verdad.
MARCO METODOLÓGICO
La naturaleza del fenómeno investigado —la vivencia de la conciencia ecológica y su relación con la filosofía de transformación comunitaria— exige un abordaje metodológico coherente con su carácter experiencial, simbólico y contextual. En consecuencia, la presente investigación se inscribe dentro del paradigma cualitativo interpretativo, cuyo propósito central no es medir variables ni establecer relaciones causales generalizables, sino comprender la estructura de sentido que los sujetos atribuyen a su experiencia en el mundo de la vida (Schütz, 2003). El enfoque cualitativo, según Denzin y Lincoln (2018), se orienta a estudiar los fenómenos en sus contextos naturales, intentando interpretar los significados que las personas les otorgan. Desde esta perspectiva, el rigor no se fundamenta en la replicabilidad estadística, sino en la profundidad interpretativa, la coherencia epistemológica y la transparencia reflexiva del investigador.
Enfoque y diseño de investigación
El enfoque asumido es fenomenológico hermenéutico. Esta elección responde a la intención de develar las estructuras de significado que emergen de la vivencia concreta de los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta) en relación con la conciencia ecológica y su articulación con la transformación comunitaria. Desde la perspectiva de Heidegger (1997), comprender implica interpretar el ser en el mundo de los sujetos, es decir, sus formas concretas de habitar, de relacionarse con el territorio, con los otros y consigo mismos. La conciencia ecológica, desde esta óptica, no es un atributo psicológico individual, sino un modo de habitar responsablemente el mundo. El diseño es fenomenológico hermenéutico no experimental, transversal y de profundidad interpretativa.
Participantes
Se priorizarán sujetos de la experiencia cuya vivencia en relación con la conciencia ecológica y la transformación comunitaria sea significativa. Los criterios de inclusión son:
1. Haber residido en el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta) durante al menos cinco años.
2. Participación activa en espacios organizativos del circuito comunal (asambleas, comités, proyectos).
3. Reconocimiento comunitario como persona comprometida con el bienestar colectivo.
4. Voluntariedad y disposición a participar en entrevistas en profundidad.
5. Se estima un número de participantes entre 5 y 7, hasta alcanzar saturación interpretativa (Van Manen, 2016).
Técnicas de captura del significado
Entrevista fenomenológica centrada en la vivencia: Inspirada en Van Manen (2016), busca provocar la evocación de experiencias concretas, situadas en tiempo y espacio. También se tiene la Observación participante y notas de campo: Se registrarán prácticas cotidianas, interacciones y narrativas espontáneas en espacios comunitarios.
Criterios de rigor
Se adoptarán los criterios de credibilidad, transferibilidad, dependencia y confirmabilidad (Lincoln & Guba, 1985), mediante inmersión prolongada, descripción densa, documentación del proceso analítico y reflexividad explícita del investigador.
A MANERA DE CIERRE
Los esfuerzos desarrollados en este trabajo se orientan a promover la conciencia ecológica como una herramienta para fortalecer la filosofía de la transformación comunitaria en el Circuito Comunal Siete Colinas (parte alta). Lejos de concebir esta promoción como una imposición externa de "buenas prácticas ambientales", se entiende como un acompañamiento reflexivo que permite a los actores comunitarios explicitar, articular y potenciar las disposiciones ecológicas que ya poseen aunque sea de manera implícita o fragmentada.
Analizar cómo la conciencia ecológica es vivida, interpretada y resignificada en el entramado cotidiano del circuito comunal implica reconocer que la transformación comunitaria no se reduce a la acumulación de proyectos o infraestructuras. Implica una reconfiguración del sentido de la vida colectiva, una apuesta por construir formas de organización que integren el cuidado del territorio como un valor central y no como un añadido secundario.
En el plano académico, la investigación aspira a enriquecer el debate sobre desarrollo comunitario y sostenibilidad incorporando una perspectiva fenomenológica que dialogue con los enfoques instrumentales predominantes. En el ámbito social, promover la conciencia ecológica como herramienta de transformación podría ofrecer insumos para fortalecer los procesos organizativos de los circuitos comunales, contribuyendo a que la sostenibilidad ecológica no sea un discurso externo sino una práctica vivida y significada desde el territorio.
Dado que la investigación se encuentra en desarrollo, estas reflexiones no constituyen conclusiones definitivas, sino proyecciones comprensivas que orientan el trabajo de campo y el análisis empírico. La profundización en las narrativas de los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas permitirá matizar, ampliar o reconfigurar las comprensiones iniciales aquí esbozadas. Lejos de clausurar el debate, este cierre mantiene abierta la indagación sobre la conciencia ecológica como práctica vivida, como experiencia compartida y como horizonte de transformación dentro de un territorio el de Siete Colinas.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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SOCIOPÓIESIS DE LA EDUCACIÓN AMBIENTAL: UNA EXPERIENCIA DE TRANSFORMACIÓN DESDE LA EDUCACIÓN POPULAR COMUNITARIA
SOCIOPOIESIS OF ENVIRONMENTAL EDUCATION: AN EXPERIENCE OF TRANSFORMATION FROM COMMUNITY POPULAR EDUCATION
Autores: Alirio Mejía
ORCID iD: 0009-0003-4031-7176
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
Javier León
javier.leon.pereira2023@gmail.com
ORCID iD: 0009-0000-1221-7192
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
RESUMEN
A la educación ambiental de corte convencional se le ha señalado una y otra vez su tendencia a quedarse en lo informativo y en lo conductual, repitiendo sin quererlo las mismas lógicas de fragmentación y verticalidad que sostienen el modelo de desarrollo que nos tiene contra las cuerdas. Frente a eso, la educación popular comunitaria apuesta por algo distinto: un proceso dialógico, pegado al terreno, donde el ambiente no es un telón de fondo ni un tema de cartelera, sino una dimensión que atraviesa la vida colectiva y que se transforma con ella. En este cruce de caminos aparece la noción de sociopoiesis —del griego socius, colectivo, y poiesis, creación—, una palabra que intenta nombrar la capacidad que tienen las comunidades para generar, desde su propia reflexión crítica y desde lo que hacen todos los días, otras maneras de relacionarse con el ambiente.Este artículo se propuso algo concreto: comprender la sociopoiesis de la educación ambiental como una experiencia de transformación vivida desde la educación popular comunitaria en el Consejo Comunal "Armando Carmona", municipio Valera, estado Trujillo, Venezuela. El estudio se inscribió en el paradigma cualitativo interpretativo, apoyándose en un enfoque fenomenológico práctico y en la investigación cualitativa interpretativa básica. Con la Ecología del Desarrollo Humano como marco de referencia, se buscó entender cómo interactúan los procesos microsistémicos, mesosistémicos y exosistémicos en la configuración de experiencias educativas ambientales que realmente empujen la transformación comunitaria. El trabajo aspira a sumar al debate sobre educación ambiental desde una mirada decolonial, situada y sociopoiética; una mirada que no le pide permiso a los modelos importados para pensar lo que ocurre en el territorio.
Palabras clave: sociopoiesis, educación ambiental, educación popular, transformación comunitaria, ecología del desarrollo humano, Venezuela.
ABSTRACT
Conventional environmental education has been repeatedly criticized for its tendency to remain merely informational and behavioral, unintentionally replicating the same logics of fragmentation and verticality that sustain the development model that has pushed us to the brink. In response, community popular education bets on something different: a dialogical process rooted in the territory, where the environment is neither a backdrop nor a headline topic, but a dimension that cuts through collective life and transforms along with it. At this crossroads, the notion of sociopoiesis emerges from the Greek socius (collective) and poiesis (creation) a word that seeks to name the capacity of communities to generate, through their own critical reflection and daily practices, alternative ways of relating to the environment. This article set a concrete goal: to understand the sociopoiesis of environmental education as a lived experience of transformation within community popular education at the "Armando Carmona" Communal Council, Valera municipality, Trujillo state, Venezuela. The study was situated within the qualitative-interpretive paradigm, drawing on a practical phenomenological approach and basic qualitative interpretive research. Using the Ecology of Human Development as a reference framework, the study sought to understand how microsystemic, mesosystemic, and exosystemic processes interact in shaping environmental educational experiences that truly drive community transformation. This work aims to contribute to the debate on environmental education from a decolonial, situated, and sociopoietic perspective —a lens that does not seek permission from imported models to reflect on what occurs within the territory.
Keywords: sociopoiesis, environmental education, popular education, community transformation, ecology of human development, Venezuela.
INTRODUCCIÓN
La educación ambiental en América Latina ha recorrido varios caminos. Hubo un tiempo en que lo único que parecía importar era conservar, como si la naturaleza fuera una pieza de museo, y entonces se entregaban folletos, se daban charlas y se creía que con datos ecológicos la cosa estaba resuelta. Después fueron abriéndose paso otras miradas, menos conformes, que empezaron a atar cabos: el ambiente no es un tema suelto, sino que se enreda con la justicia social, con quién decide y quién no, con las estructuras que mantienen a unos arriba y a otros abajo. En ese ir y venir, la educación popular —la que se nutre del pensamiento de Paulo Freire— se fue mostrando como una corriente especialmente útil para pensar procesos educativos que no caen del cielo ni llegan en un oficio, sino que nacen del diálogo, del sitio donde la vida duele y se sueña, y del impulso de cambiar lo que está mal.
Freire (2005) habló de concientización, y no era una palabra de relleno: se refería a ese momento en que las personas dejan de ver su realidad como algo que siempre fue igual y empiezan a mirarla como algo que puede ser diferente. No para agachar la cabeza, sino para moverse. Pasado por el filtro ambiental, esto cambia las cosas: aprender ya no es repetir datos sobre el clima o la contaminación, sino generar una praxis que transforma, una acción que se piensa y un pensamiento que se hace carne, todo ello sembrado en lo que la comunidad vive y en lo que la comunidad sabe. Porque las comunidades tienen saberes ambientales; lo que pasa es que rara vez aparecen en los planes de estudio o en las políticas públicas.
Ahí es donde aparece la idea de sociopoiesis, un término que ha ido rodando por las ciencias sociales y la educación popular para ponerle nombre a algo que la gente hace aunque no lo llame de ese modo: la capacidad de crear, desde su propia reflexión y desde lo que hace a diario, otras formas de organizarse, de conocer y de relacionarse con lo que la rodea. De Sousa Santos (2010), una de las voces más agudas del pensamiento crítico latinoamericano, lo dice así:
La sociopóiesis es la producción de sociedad por sí misma, la capacidad que tienen los grupos humanos de crear, mantener y transformar sus formas de vida colectiva a partir de sus propias experiencias, saberes y luchas. Se contrapone a la heteropóiesis, donde las formas de vida son impuestas desde fuera. En el ámbito educativo, la sociopóiesis implica que los procesos formativos no son reproducción de contenidos externos, sino creación colectiva de sentido. (De Sousa Santos, 2010, p. 78)
La sociopoiesis de la educación ambiental, dicho sin rodeos, es lo que pasa cuando una comunidad, usando sus propias formas de educarse y de organizarse, produce maneras distintas de entender el ambiente y de relacionarse con él. No se trata de aplicar recetas que ya vienen armadas desde afuera —esos manuales de buenas prácticas que se escriben en una oficina y luego se intentan meter con calzador en cualquier lado—, sino de acompañar procesos donde la propia gente va armando sus saberes, sus modos de hacer y sus propios significados sobre lo ecológico. Un acompañamiento que camina al lado, no que empuja.
En Venezuela, los consejos comunales nacieron como espacios de participación y autogestión pensados para la transformación comunitaria. La Constitución de 1999, en los artículos 70, 127 y 128, reconoce el derecho a participar en los asuntos públicos y el deber de proteger el ambiente, y la Ley Orgánica de los Consejos Comunales de 2009 estableció las reglas para la planificación participativa y la gestión de proyectos. Pero una cosa es lo que está escrito y otra lo que ocurre en el día a día. Los estudios lo han señalado: tener leyes avanzadas no asegura que los procesos educativos comunitarios funcionen con una lógica de diálogo, crítica y producción propia de saberes. Sigue habiendo un forcejeo entre el enfoque que trata a la comunidad como un envase vacío al que hay que llenar de información y el enfoque que acompaña a la gente para que produzca sus propios conocimientos (Freire, 2005; Sauvé, 2005).
En el estado Trujillo, más exactamente en el municipio Valera, el Consejo Comunal "Armando Carmona" es un espacio donde se cruzan la vida de los vecinos, las actividades productivas y las dinámicas educativas. Y ahí surgen preguntas que no son para salir del paso: ¿qué tipo de educación ambiental se ha venido haciendo allí?, ¿ha sido un proceso que baja información sin preguntar o uno que se construye conversando entre todos?, ¿ha podido la comunidad producir sus propios saberes ecológicos o ha terminado repitiendo lo que otros dicen?
Para meterse con estas preguntas, el marco de la Ecología del Desarrollo Humano (Bronfenbrenner, 1987) ofrece una buena entrada. Este enfoque explica que el desarrollo humano no sucede en el aire, sino que es el resultado de la interacción entre distintos niveles. Está el microsistema, que son los entornos más cercanos donde la persona se mueve —la familia, la escuela, los amigos, la asamblea comunitaria—. Está el mesosistema, que se forma cuando dos o más de esos entornos se conectan —por ejemplo, la relación entre la escuela y el consejo comunal—. Está el exosistema, que incluye lo que afecta a la persona aunque ella no participe directamente —las políticas públicas, los medios de comunicación, las leyes—. Está el macrosistema, donde entran la cultura, los valores, las creencias y las formas de ver el mundo de una sociedad. Y está el cronosistema, que recoge los cambios históricos y las transiciones que van ocurriendo con el tiempo.
Aplicado al estudio de la educación ambiental comunitaria, este marco ayuda a mirar cómo los procesos educativos en el Consejo Comunal "Armando Carmona" son influidos por todos esos niveles, y cómo la producción propia de saberes puede abrirse paso o encontrarse con trabas según cómo esos niveles se conecten —o se desconecten— entre sí. En lo que sigue se desarrollan el planteamiento del problema, el marco teórico —que reúne la educación popular, la sociopoiesis, la teoría sociocrítica de la educación popular ecológica, la transformación ecológica comunitaria y la ecología del desarrollo humano—, el marco metodológico y las reflexiones de cierre.
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
En Venezuela, la educación ambiental ha tenido avances en las leyes y se han puesto en marcha muchas iniciativas, tanto del lado del gobierno como de organizaciones no gubernamentales. Pero aun así arrastra dificultades que no se resuelven con más normas ni con más talleres. El problema de fondo tiene que ver con cómo se enseña y con la poca fuerza que han tenido esos esfuerzos para generar cambios que realmente calen en la vida de la gente. Distintos estudios coinciden en que buena parte de los programas de educación ambiental siguen atrapados en un enfoque que solo busca pasar información: se explican los problemas ecológicos, se dan cifras, se muestran ejemplos, pero ese saber no termina de traducirse en actitudes distintas ni en prácticas que se mantengan en el tiempo (González Gaudiano, 2012; Sauvé, 2005).
Cuando se mira lo que pasa en los consejos comunales venezolanos, esa tendencia se nota con claridad. Se hacen talleres de reciclaje, de ahorro de agua, de cómo manejar los residuos, y eso está bien, algo suma. Pero casi siempre son actividades sueltas, que no se conectan con un proceso más amplio donde la comunidad pueda detenerse a pensar por qué las cosas son como son, cuáles son las causas de fondo de los problemas ambientales que padece. Sin esa reflexión, el taller se convierte en un paréntesis: se asiste, se escucha, se vuelve a casa y la rutina sigue igual. Como señala Leff (2014):
La educación ambiental no puede limitarse a una pedagogía de la información ecológica. Debe ser una pedagogía de la complejidad, que integre saberes científicos y saberes locales, que cuestione las relaciones de poder que sostienen el modelo hegemónico de desarrollo, y que acompañe a las comunidades en la construcción de sus propias racionalidades ambientales. (p. 156)
En el municipio Valera, estado Trujillo, el Consejo Comunal "Armando Carmona" viene impulsando algunas experiencias de educación ambiental desde hace un tiempo. Lo que se ha podido observar hasta ahora, de manera preliminar, deja ver varias cosas que merecen ser miradas más de cerca. Por un lado, la gente valora la educación ambiental, la ve como algo que puede ayudar a mejorar sus condiciones de vida. Pero al mismo tiempo persiste la idea de que el conocimiento viene de afuera, de los expertos —profesores, técnicos, funcionarios— y no tanto de lo que la propia comunidad ya sabe. Por otro lado, las iniciativas que se han hecho suelen responder a problemas concretos: se contamina una quebrada, escasea el agua, aparece un basurero improvisado. Se reacciona, se actúa, pero no hay un plan educativo comunitario que mire más allá. Se apagan incendios sin construir una estrategia de largo plazo.
También se nota un forcejeo entre dos tipos de saber. Están los saberes que guarda la comunidad, ésos que pasaron de abuelos a nietos sobre las plantas, el agua, la tierra, lo que sirve y lo que no. Y están los saberes técnicos y científicos que llegan desde las instituciones. Lo que suele pasar es que los primeros quedan en silencio, como si no contaran, mientras los segundos ocupan todo el escenario. Además, la participación en las actividades de educación ambiental va y viene, depende de si la gente tiene tiempo, de si le ve utilidad, de si quien facilita logra enganchar.
Mirado desde la sociopoiesis, lo que estos primeros indicios sugieren es que el Consejo Comunal "Armando Carmona" podría estar moviéndose —aunque sea a tientas y sin ponerle nombre— hacia formas más autogestionadas de educación ambiental. Pero el camino está lleno de obstáculos. Pesa la costumbre de los enfoques bancarios, ésos que tratan a la comunidad como si no supiera nada. Y pesan también las condiciones materiales de la vida diaria: cuando lo urgente es comer, conseguir medicinas o trabajar, lo educativo y lo ambiental pasan a un segundo plano. El reto es cómo hacer para que la producción propia de saberes ecológicos no sea un lujo, sino parte de lo que la comunidad hace para vivir mejor.
Preguntas de investigación
1. ¿De qué manera pudiera promover la educación popular desarrollada en el Consejo Comunal "Armando Carmona" procesos de sociopóiesis en el ámbito de la educación ambiental?
2. ¿Cómo es vivida la educación ambiental por los miembros del consejo comunal?
Propósito general
Comprender la sociopóiesis de la educación ambiental como una experiencia de transformación desde la educación popular comunitaria en el Consejo Comunal "Armando Carmona", municipio Valera, estado Trujillo, Venezuela.
MARCO TEÓRICO
Educación popular: fundamentos freireanos para la transformación comunitaria
La educación popular, tal como la pensó Paulo Freire y la han seguido desarrollando quienes recogieron su legado, representa un paradigma pedagógico que le planta cara al modelo bancario de siempre. Freire (2005) fue tajante al respecto: la educación no puede ser neutral, no existe esa posibilidad. O se pone al servicio de la dominación, reproduciendo lo que hay, o se vuelve práctica de liberación, ayudando a que la gente despierte y actúe. En sus propias palabras:
La educación bancaria, por su propia naturaleza, es una práctica de dominación. Transmite una visión del mundo que desestimula la creatividad, la reflexión crítica y la acción transformadora. En contraste, la educación problematizadora —propia de la educación popular— es una práctica de libertad. Parte de la realidad concreta de los educandos, los invita a problematizarla y les devuelve su condición de sujetos de su propia historia. (Freire, 2005, p. 88)
Llevado al terreno ambiental, el enfoque de la educación popular se traduce en varias cosas concretas. Primero, diálogo: el que facilita no llega a depositar conocimientos sobre el ambiente como quien llena un saco vacío, sino que conversa con la comunidad arrancando de lo que la gente ya sabe y ha vivido. Segundo, problematización: no se reparten respuestas prefabricadas, sino que se invita a identificar y a poner en cuestión las causas de los problemas ambientales, ésas que a menudo quedan fuera de los talleres. Tercero, tematización: los contenidos no se imponen desde un programa rígido, sino que se organizan alrededor de temas que nacen de la realidad concreta de la comunidad, de lo que le preocupa y le ocupa. Cuarto, concientización: se busca que la comunidad vaya armando una comprensión crítica de su realidad ambiental y de lo que puede hacer para transformarla. Y quinto, praxis: la reflexión no se queda en el aire, sino que se amarra con la acción transformadora en un movimiento que va y viene, que se corrige y se relanza.
En América Latina, la educación popular ha sido puesta en práctica en muchas experiencias de educación ambiental, y de ahí han nacido metodologías como los talleres de educación popular ambiental, las cartografías sociales participativas, las redes comunitarias de monitoreo ambiental y las escuelas de campo agroecológicas (González Gaudiano, 2012; Sauvé, 2005).
Teoría sociocrítica de la educación popular ecológica
Sumar la teoría sociocrítica al estudio de la educación ambiental comunitaria permite ir más allá de los enfoques que se limitan a cambiar conductas o a transmitir técnicas, y ubicar el análisis en el terreno de las estructuras de poder, la desigualdad y la dominación que están detrás tanto de la crisis ambiental como de las propuestas educativas dominantes. Carcelén (2018), un referente de la pedagogía crítica en el ámbito iberoamericano, lo dice así: "Las pedagogías alternativas no pueden reducirse a metodologías activas o a técnicas participativas. Requieren una base sociocrítica que cuestione las relaciones de poder en el aula, en la escuela y en la sociedad. Sin este cuestionamiento, la innovación pedagógica puede cooptarse por el sistema y terminar reproduciendo lo que dice querer transformar" (p. 45).
En el campo de la educación ambiental, la teoría sociocrítica ofrece al menos cuatro elementos importantes. El primero es la crítica de la economía política del ambiente: desenmascarar cómo el capitalismo, el extractivismo y el consumismo generan degradación ambiental y desigualdad social. El segundo es la visibilización de los conflictos socioambientales: identificar quiénes son los actores, cuáles son sus intereses y cómo se juegan las relaciones de poder en torno al uso de los recursos naturales en el territorio del consejo comunal. El tercero es la emancipación del saber local: reconocer y poner en valor los conocimientos ecológicos tradicionales, ésos que durante siglos han sostenido la relación con la tierra, frente al dominio del saber técnico-científico. Y el cuarto es la transformación de las estructuras: amarrar la acción educativa ambiental con la lucha por cambios en las políticas públicas, en la tenencia de la tierra, en el acceso al agua.
Un referente clave de esta corriente es McLaren (2018), quien ha trabajado una pedagogía crítica revolucionaria que puede aplicarse a la educación ambiental. Desde este enfoque, una educación ambiental sociocrítica no se conforma con preguntar "¿cómo reciclar?", sino que se atreve a preguntar "¿quiénes se benefician de que nosotros sepamos solo reciclar y no pongamos en duda el modelo que produce tantos residuos?". La pregunta desplaza el foco: ya no se trata solo de lo que hace el individuo, sino del sistema que lo empuja a hacerlo. En la misma dirección, Giroux (2020) ha insistido en que la educación debe formar sujetos críticos, capaces de leer el mundo y de meterse en él para cambiarlo. Aplicado a la educación ambiental comunitaria, esto significa que los procesos formativos no pueden quedarse en pasar datos técnicos; tienen que ayudar a que los participantes desarrollen la capacidad de analizar críticamente las causas estructurales de los problemas ambientales que los afectan.
Transformación ecológica comunitaria y ecología política latinoamericana
La transformación ecológica comunitaria, que es una categoría central de este estudio, se apoya en los aportes de la ecología política latinoamericana. Alimonda, Toro Pérez y Martín (2017) definen este campo en los siguientes términos:
La Ecología Política en América Latina ha dejado de ser una propuesta algo exótica de algunos especialistas para ir adquiriendo una relevancia notable en las demandas del espacio público. Se constituye como un campo de análisis, crítica y enunciación plural, que se fue formando a partir de la conformación de redes académicas latinoamericanas, ubicadas en relación de continuidad con las tradiciones regionales de pensamiento crítico y con la problemática compleja de la construcción de la identidad de nuestras sociedades. Esta ecología política es tributaria de la historia latinoamericana, y se propone reescribir la historia de la región a partir de la reconstrucción de las relaciones entre sociedades, culturas y naturalezas. (Alimonda et al., 2017, p. 241)
Para transformar ecológicamente una comunidad hacen falta varias cosas. La primera es dejar de creer que el conocimiento válido solo lo tienen los que estudiaron en la universidad o los que trabajan en las instituciones. Las comunidades saben mucho del ambiente, lo han aprendido con los años, viendo lo que funciona y lo que no, escuchando a los viejos, y ese saber merece el mismo respeto que cualquier otro. La segunda es la justicia ambiental, un asunto que no se puede esquivar: la contaminación y el daño ecológico siempre golpean más fuerte a los que menos tienen, y si no se habla de eso se está hablando de otra cosa. La tercera es la autonomía, que la comunidad pueda decidir lo que quiere hacer con su tierra y con su agua sin que le bajen la línea desde una oficina. La cuarta es juntar los saberes, que el ingeniero y el abuelo se sienten a conversar sin que uno mire al otro por encima del hombro. Y la quinta es el buen vivir, una idea que viene de los pueblos indígenas andinos y amazónicos y que plantea algo muy simple: vivir bien no es acumular cosas, es estar en paz con la naturaleza y con los demás.
En Venezuela, el ecosocialismo ha querido ser una salida frente al modelo que solo busca sacar y vender. Barreto (2020) lo explica en estos términos:
:
La lucha contra el cambio climático se materializa en una lucha entre dos visiones de la sociedad: dominación capitalista o ecosocialismo igualitario. Lo ambiental se ha convertido en tema de campañas electorales, programas de gobierno y encuentros internacionales donde se toman decisiones de impacto global. Es tiempo de revisión de paradigmas y de decidir si optamos por una 'nueva normalidad' basada en un capitalismo más humanitario o emprendemos los cambios verdaderos que impacten las estructuras de un modelo que nos llevó al grado de destrucción del que somos testigos. (Barreto, 2020, párr. 2)
Esta propuesta salió de la propia trayectoria política venezolana y ofrece pistas útiles para entender la sociopoiesis de la educación ambiental en el Consejo Comunal "Armando Carmona". El ecosocialismo venezolano ha tenido muchos tropiezos para volverse realidad, eso no se puede negar, pero ha puesto sobre la mesa una idea que no sobra: la pelea contra el capitalismo y la defensa del ambiente no pueden marchar por caminos separados, y ambas necesitan echar raíces en formas de organización comunitaria donde la corresponsabilidad y el poder popular sean algo más que palabras de cartel.
Sociopoiesis: la autoproducción del saber comunitario
La palabra sociopoiesis se ha venido armando en la confluencia de la sociología del conocimiento, la teoría de sistemas sociales y la educación popular. Lo que busca nombrar es sencillo de entender aunque no sea fácil de lograr: se trata de esos procesos en los que una comunidad produce por cuenta propia sus modos de organizarse, de conocer y de actuar, sin depender de que alguien venga de afuera a explicarle cómo son las cosas. Justo lo contrario de la heteropoiesis, que ocurre cuando las formas de vida y de saber llegan impuestas desde fuera, ya cocinadas, y se entregan sin preguntar (Maturana y Varela, 1984; De Sousa Santos, 2010).En el ámbito educativo, la sociopóiesis implica:
La capacidad de un colectivo para generar sus propios saberes, metodologías y prácticas formativas, a partir de su reflexión crítica sobre la realidad que vive y de su lucha por transformarla. No se trata de "aplicar" un modelo pedagógico preexistente, sino de "crear" colectivamente formas educativas situadas, pertinentes y emancipadoras. (De Sousa Santos, 2010, p. 79)
Llevada al terreno de la educación ambiental, la sociopoiesis se empieza a notar cuando una comunidad hace ciertas cosas que indican que el rumbo lo está marcando ella y no alguien de afuera. Se nota cuando la comunidad señala cuáles son los problemas ambientales que más le preocupan, no porque se lo diga un técnico sino porque realmente le duelen. Se nota cuando la gente empieza a valorar lo que saben sus abuelos sobre las plantas, el agua, la tierra, el clima, y ese saber se pone a circular sin pedir permiso. Se nota cuando dejan de repetir explicaciones prestadas y empiezan a armar sus propias narrativas, ésas que mezclan lo que dice la ciencia con lo que enseña la experiencia. Se nota cuando los proyectos ambientales no son ejecutados por gente de afuera sino pensados y llevados adelante por la propia comunidad. Se nota cuando hay espacios para detenerse a mirar lo que se ha aprendido y lo que todavía falta, sin miedo a decir que algo no funcionó. Y se nota, sobre todo, cuando lo aprendido corre de vecino a vecino y de generación en generación sin necesidad de que nadie lo imponga.
En el Consejo Comunal "Armando Carmona", meterse a indagar la sociopoiesis de la educación ambiental significa explorar hasta dónde los procesos educativos que se han dado han ayudado —o podrían ayudar— a que la comunidad produzca sus propios saberes y prácticas ecológicas, sin esperar que vengan de fuera.
Ecología del Desarrollo Humano: un marco sistémico para la educación ambiental comunitaria
La Ecología del Desarrollo Humano, propuesta por Bronfenbrenner (1987), ofrece un encuadre muy útil para entender la complejidad de los procesos educativos ambientales cuando ocurren en contextos comunitarios. Bronfenbrenner (1987) define su objeto de estudio así:
La ecología del desarrollo humano estudia el progresivo acomodamiento mutuo entre un ser humano activo, en crecimiento, y las propiedades cambiantes de los entornos inmediatos en los que esa persona vive, en la medida en que este proceso se ve afectado por las relaciones que se establecen entre esos entornos y por los contextos de mayor alcance en los que esos entornos se inscriben. (Bronfenbrenner, 1987, p. 40)
En el Consejo Comunal "Armando Carmona", juntar estas piezas permite plantear algunas ideas de trabajo que luego habrá que mirar de cerca en el terreno para ver si se sostienen. La primera es que la educación ambiental tiende a ser más sociopoiética —es decir, más producida por la propia comunidad— cuando se apoya en los principios de la educación popular: diálogo de verdad, problematización de lo que ocurre, arranque desde lo que la gente vive y no desde un programa armado de antemano. La segunda es que la sociopoiesis gana fuerza cuando la comunidad logra una comprensión crítica de las causas de fondo de sus problemas ambientales, ésas que no se ven a simple vista pero que la teoría sociocrítica ayuda a desentrañar. La tercera es que la sociopoiesis se frena cuando dominan los enfoques bancarios —los que tratan a la comunidad como si no supiera nada— y cuando los saberes locales son ignorados o mirados en menos. Y la cuarta es que los distintos niveles de la Ecología del Desarrollo Humano no funcionan por separado, sino que se cruzan y se afectan entre sí, y según cómo lo hagan pueden facilitar o poner trabas a los procesos donde la comunidad produce sus propios saberes.
MARCO METODOLÓGICO
Enfoque y diseño de investigación
Esta investigación se inscribe en el paradigma cualitativo interpretativo, con un enfoque fenomenológico práctico, en la línea de quienes han puesto el acento en comprender la acción cotidiana y los significados que se van tejiendo en las prácticas sociales. A diferencia de la fenomenología trascendental de Husserl, que se lanza a buscar esencias puras, este estudio se orienta por la fenomenología de la práctica (Sandel, 2013), que se ocupa de cómo los sujetos actúan, deciden y dan sentido a lo que viven en contextos reales, pegados al terreno.
El diseño es de tipo cualitativo interpretativo básico (Merriam y Tisdell, 2016), centrado en buscar los significados que los participantes le dan a sus experiencias, sin pretender generalizaciones estadísticas. Este diseño resulta especialmente adecuado para estudiar procesos educativos comunitarios, porque permite agarrar la complejidad y el contexto de las situaciones donde la gente aprende (Stake, 2010).
Participantes
Siguiendo lo planteado por Páramo (2015), quien sostiene que en la investigación cualitativa los participantes se eligen por lo que pueden aportar y no por cuántos son, se seleccionarán miembros del Consejo Comunal "Armando Carmona" teniendo en cuenta varios criterios: antigüedad en la comunidad, con residentes que lleven al menos cinco años viviendo en el sector; participación en procesos educativos ambientales, es decir, que hayan asistido a talleres, charlas o proyectos de este tipo; rol organizativo, incluyendo a integrantes de la junta directiva, comités de trabajo o promotores ambientales; y diversidad generacional, abarcando jóvenes de 18 a 30 años, adultos de 31 a 60 y adultos mayores de 61 en adelante. El tamaño se regirá por el principio de saturación teórica definido por Ferreira (2018): se dejará de recoger información cuando las nuevas entrevistas ya no sumen elementos distintos a lo que se ha venido encontrando. Se calcula trabajar con un grupo de entre 10 y 15 participantes.
Técnicas e instrumentos de recolección de información
Para acercarse a la experiencia vivida por los miembros del Consejo Comunal "Armando Carmona", se usarán tres técnicas. La primera es la entrevista semiestructurada en profundidad: como bien dicen Kval y Brinkmann (2015), la entrevista cualitativa no es un interrogatorio, sino un encuentro donde el sentido se construye entre dos. Las preguntas estarán pensadas para traer experiencias concretas, no opiniones sueltas. Por ejemplo: "¿recuerda algún taller o actividad de educación ambiental en la que haya participado? Cuénteme cómo fue, qué hicieron, qué aprendió", o "¿hay alguna práctica en su casa o en la comunidad que usted considere que cuida el ambiente? ¿Cómo la aprendió? ¿Se la ha enseñado a alguien más?", o también "¿qué opina de que la comunidad misma pueda generar sus propias ideas y soluciones para los problemas ambientales? ¿Ha vivido algo parecido?".
La segunda es la observación no participante sistemática: de acuerdo con Anguera (2014), la observación estructurada permite registrar con más orden las prácticas de cada día, las interacciones y las actividades educativas que ocurren en el consejo comunal. Se usará un cuaderno de campo y una guía de observación con categorías como tipo de actividad, participantes, temas tratados, formas de interacción y señales de sociopoiesis.
La tercera son los grupos de discusión comunitaria: retomando lo propuesto por Canales (2018), el grupo de discusión no es un grupo focal cualquiera, sino un espacio donde el sentido se produce en conjunto y la conversación entre los participantes hace aflorar cosas que en una entrevista individual no saldrían. Se harán dos grupos de discusión, con 6 a 8 participantes cada uno, de unos 90 minutos, guiados por un moderador y registrados en audio y video.
Análisis de la información
El análisis de la información se hará combinando dos miradas que se complementan. Por un lado, el análisis temático reflexivo de Braun y Clarke (2022), que no consiste en codificar de manera mecánica sino en interpretar reconociendo que el investigador está ahí, con su propia posición, y que eso cuenta. Las fases incluyen familiarizarse con los datos, generar códigos iniciales, armar temas, revisarlos, definirlos y nombrarlos, y finalmente producir el informe.
Por otro lado, el análisis crítico del discurso, en la línea de Fairclough (2015), que distingue tres planos: el texto —lo que se dice y cómo se dice—, la práctica discursiva —cómo se produce y se interpreta— y la práctica social —el contexto sociocultural más amplio donde eso ocurre—. Esta herramienta ayudará a ver cuándo los participantes repiten discursos dominantes sobre el ambiente y la educación, y cuándo los desafían.
A MANERA DE CIERRE
Este artículo ha presentado el marco teórico y metodológico para analizar la sociopoiesis de la educación ambiental como una experiencia de transformación vivida desde la educación popular comunitaria en el Consejo Comunal "Armando Carmona". La integración de la educación popular (Freire), la teoría sociocrítica (Carcelén, McLaren, Giroux), la ecología política latinoamericana (Alimonda, Escobar), la sociopoiesis (De Sousa Santos, Maturana y Varela) y la Ecología del Desarrollo Humano (Bronfenbrenner) ofrece una mirada de varias capas para entender cómo las comunidades logran —o no— producir sus propios saberes y prácticas ambientales transformadoras.
El Consejo Comunal "Armando Carmona" es un caso valioso para meterse a explorar estas dinámicas, tanto por su experiencia organizativa como por estar en un contexto trujillano donde conviven, a veces en tensión, los saberes locales y los discursos técnicos, las políticas públicas y la autonomía de la comunidad.
Se espera que lo que surja de esta investigación sirva para enriquecer el debate académico sobre educación ambiental desde una mirada decolonial, situada y sociopoiética, para fortalecer lo que el consejo comunal ya sabe hacer en cuanto a la autogestión de sus procesos educativos ambientales, y para dar pistas a las políticas públicas de modo que reconozcan y potencien la capacidad de las comunidades para producir sus propios saberes.
El trabajo de campo será el que permita confirmar, matizar o ampliar lo que aquí se ha esbozado. Lejos de poner un punto final, este cierre deja abierta la pregunta por la sociopoiesis, la educación popular, la teoría sociocrítica y la Ecología del Desarrollo Humano como marcos para pensar la transformación ambiental comunitaria en Venezuela.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
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RECONFIGURACIÓN ONTOLÓGICA DEL TURISMÓLOGO DESDE LA ÉTICA AMBIENTAL COMUNITARIA PARA LA REGENERACIÓN DEL DESARROLLO HUMANO
ONTOLOGICAL RECONFIGURATION OF THE TOURISM PROFESSIONAL FROM COMMUNITY ENVIRONMENTAL ETHICS FOR THE REGENERATION OF HUMAN DEVELOPMENT
ORCID iD: 0009-0004-1566-1642
UPA Frutos Vivas
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Belkis Ramírez
ORCID iD: 0009-0002-7366-6471
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Alirio Mejía
ORCID iD: 0009-0003-4031-7176
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
RESUMEN
La crisis civilizatoria contemporánea ha evidenciado el agotamiento del modelo de formación turística basado en el marketing verde y la racionalidad instrumental. Este artículo tiene como propósito general interpretar la reconfiguración ontológica del turismólogo desde la ética ambiental comunitaria para la regeneración del desarrollo humano en el contexto de la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo . Bajo un paradigma socio crítico y un enfoque fenomenológico hermenéutico, se discute la necesidad de trascender el enfoque sostenible como mero "mantenimiento del daño" hacia un turismo regenerativo que restaure activamente los sistemas socio ecológicos. A través de una triangulación teórica que integra la Teoría Ecológica de Sistemas (Bronfenbrenner, 1987), la Ecología de los Saberes (Santos, 2017), el Pensamiento Complejo (Morin, 2005), el Turismo Regenerativo (Wahl, 2016) y las teorías sociocríticas del turismo ecológico (Higgins Desbiolles, 2023; Ateljevic, 2024), los hallazgos demuestran que el profesional debe trascender su rol técnico para convertirse en un guardián de la Casa Común. Se concluye que la ética ambiental comunitaria debe actuar como eje transversal del currículo, permitiendo que el turismo se posicione como motor de transformación económica y resiliencia biocultural frente al modelo rentista extractivista.
Palabras clave: reconfiguración ontológica, turismólogo, ética ambiental comunitaria, turismo regenerativo, desarrollo humano.
ABSTRACT
The contemporary civilizational crisis has evidenced the exhaustion of the tourism training model based on green marketing and instrumental rationality. This article aims to interpret the ontological reconfiguration of the tourism professional from community environmental ethics for the regeneration of human development in the context of the Territorial Polytechnic University of Trujillo state. Under a socio critical paradigm and a phenomenological hermeneutic approach, it discusses the need to transcend the sustainable approach as mere "damage maintenance" towards a regenerative tourism that actively restores socio ecological systems. Through a theoretical triangulation integrating Ecological Systems Theory (Bronfenbrenner, 1987), the Ecology of Knowledge (Santos, 2017), Complex Thought (Morin, 2005), Regenerative Tourism (Wahl, 2016), and socio critical theories of ecological tourism (Higgins Desbiolles, 2023; Ateljevic, 2024), the findings demonstrate that the professional must transcend their technical role to become a guardian of the Common Home. It is concluded that community based environmental ethics should act as a cross cutting theme in the curriculum, allowing tourism to position itself as a driver of economic transformation and biocultural resilience against the rentier extractive model.
Keywords: ontological reconfiguration, tourism professional, community environmental ethics, regenerative tourism, human development.
INTRODUCCIÓN
En la contemporaneidad, el turismo atraviesa una crisis de sentido que revela el agotamiento de una racionalidad moderna que ha convertido a la naturaleza en un simple objeto de consumo. Esta crisis no es superficial ni coyuntural; es la expresión de un modelo civilizatorio que ha separado al ser humano de su entorno, reduciendo la experiencia del viaje a una mercancía más en el mercado global. En este escenario, la formación del turismólogo en Venezuela y América Latina presenta un nudo crítico: un divorcio profundo entre el diseño curricular y la realidad ecosistémica del territorio, entre las aulas universitarias y la urgencia de la crisis climática.
La educación superior turística ha adoptado lo que Peattie (1995) define como marketing verde, entendiéndolo de forma reduccionista como un maquillaje ecológico que ignora la interdependencia del macrosistema (Bronfenbrenner, 1987). Esta visión, lejos de transformar la relación del profesional con el ambiente, prioriza la imagen de destino verde sobre la transformación ética del estudiante, impidiendo el desarrollo de competencias reales para la preservación de la vida. Como señala Higgins Desbiolles (2023), gran parte de lo que se presenta como "turismo sostenible" no es más que una adaptación superficial del mismo modelo extractivista, ahora con etiquetas verdes.
La crisis del modelo civilizatorio actual no es un fenómeno solo ambiental, sino esencialmente ontológico y de conocimiento. Como señala Leff (2004):
Nos enfrentamos a una falla en la racionalidad de la modernidad que ha reducido la naturaleza a una variable económica y al ser humano a un consumidor de paisajes. La racionalidad ambiental emerge como una crítica a esta reducción, proponiendo una reapropiación social de la naturaleza y una reconstrucción del mundo desde la diversidad cultural y ecológica. (Leff, 2004, p. 45)
En el contexto venezolano, esta crisis se agudiza por la persistencia de un modelo extractivista y rentista que percibe al territorio como un reservorio de recursos. El turismo, bajo esta lógica, ha operado como una extensión del extractivismo, promoviendo lo que Santos (2000) define como espacios de flujos vacíos de contenido social, en lugar de espacios de fijos donde reside la memoria y la identidad. Cabe resaltar que, ante el modelo rentista petrolero, el turismo ha sido relegado a un plano secundario, lo que ha permeado las universidades impidiendo reconocer la ecología de los saberes (Santos, 2017) como ciencia válida. Este cambio requiere una transformación en la subjetividad del docente y una inmersión fenomenológica en la práctica de campo.
El presente artículo busca demostrar la urgencia de una reconfiguración ontológica en la formación del turismólogo, proponiendo un giro epistemológico que arraigue una cultura ecológica ambiental fundamentada en la sostenibilidad y la ética comunitaria.
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
La formación del turismólogo en Venezuela enfrenta una tensión fundamental entre dos visiones antagónicas que no siempre son explícitas en los diseños curriculares, pero que operan en la práctica cotidiana de las aulas y los territorios. Por un lado, persiste un enfoque instrumental que concibe al turismo como una actividad económica extractivista, centrada en la rentabilidad y el crecimiento de volumen. Esta visión, denunciada por Max Neef (1993) en su teoría del Desarrollo a Escala Humana, sostiene la falacia del crecimiento económico infinito en un planeta de recursos finitos. Por otro lado, emerge la necesidad urgente de una formación basada en la ética ambiental comunitaria, que reconozca los límites de la biosfera y la interdependencia de los sistemas ecológicos y sociales.
Esta tensión no es meramente académica; tiene consecuencias concretas en la praxis profesional. El turismólogo formado bajo el paradigma instrumental tiende a diseñar productos turísticos que, aunque etiquetados como "sostenibles", no cuestionan el modelo de consumo subyacente ni la relación de poder entre el visitante y el territorio. Peattie (1995) ya advertía sobre el riesgo del "greenwashing" educativo: formar profesionales que saben hablar de sostenibilidad pero no saben practicarla ni encarnarla en su ser profesional.
Mientras las políticas públicas insisten en el crecimiento económico infinito una falacia denunciada por Max Neef (1993), la realidad climática nos exige una pausa reflexiva. La educación superior turística ha adoptado un "marketing verde" reduccionista (Peattie, 1995), entendiéndolo como un maquillaje ecológico que ignora la interdependencia del macrosistema (Bronfenbrenner, 1987). Por tanto, es imperativo que el turismólogo deje de ser formado para alimentar el ciclo de acumulación y sea educado bajo una pedagogía de la autonomía (Freire, 1996) para entender que el desarrollo real se mide en la armonía con la vida.
En el contexto específico de la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo, esta tensión adquiere matices particulares. Las universidades politécnicas venezolanas fueron concebidas con un enfoque de formación endógena, vinculada al desarrollo territorial y a la transformación social. Sin embargo, en la práctica, persisten inercias curriculares que reproducen modelos tradicionales de formación turística, centrados en la gestión empresarial y el marketing, con una incorporación marginal de contenidos ecológicos y éticos. Ante esta realidad, surge la necesidad de una reconfiguración ontológica del turismólogo. No se trata solo de añadir contenidos ambientales al currículo, ni de incorporar una unidad temática sobre "ética ecológica". Se trata de transformar el ser del profesional, su forma de habitar el mundo y relacionarse con el territorio. Como señala Heidegger (1997) desde la fenomenología existencial, la transformación auténtica no ocurre en el nivel de los conocimientos agregados, sino en la estructura misma del ser en el mundo.
Un turismólogo puede saber todo sobre reciclaje y huella de carbono, pero si su ser sigue siendo el de un explotador de territorios, su práctica no será transformadora. Las proyecciones globales refuerzan esta urgencia. ONU Turismo (2025) advierte que para 2026 la competitividad de los destinos dependerá estrictamente de su resiliencia climática. Investigaciones de vanguardia (Gössling, 2026) sostienen que, ante la automatización técnica y la inteligencia artificial aplicada a la gestión turística, el valor diferencial del profesional residirá en su agencia ética y su capacidad de mediar entre la tecnología y la preservación de la vida. La técnica puede optimizar rutas y reducir emisiones, pero no puede tomar decisiones éticas sobre qué territorios merecen ser protegidos o cómo reparar el daño ya causado. El modelo de crecimiento por volumen ha colapsado ante la irreversibilidad climática. Como señalan Higgins Desbiolles et al. (2023), estamos asistiendo al surgimiento del post turismo , no como el fin del viaje, sino como el fin del turismo depredador. En este nuevo paradigma, la formación del turismólogo no puede seguir siendo la misma.
Preguntas de investigación
1. ¿Cómo es significada la formación turística actual por los actores involucrados (docentes, estudiantes, egresados, comunidades) en la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo?
2. ¿Cómo puede la ética ambiental comunitaria actuar como eje transversal para la regeneración del desarrollo humano desde la formación turística?
Propósito general
Interpretar la reconfiguración ontológica del turismólogo desde la ética ambiental comunitaria para la regeneración del desarrollo humano en el contexto de la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo.
MARCO TEÓRICO
Racionalidad Ambiental y crisis civilizatoria
La noción de racionalidad ambiental , desarrollada por Enrique Leff (2004), constituye un punto de partida fundamental para comprender la necesidad de transformar la formación turística. Leff (2004) sostiene que la crisis ambiental no es un problema técnico resoluble con parches ecológicos, sino el síntoma del agotamiento de una racionalidad económica y cultural que ha reducido la naturaleza a objeto de explotación. Desde esta perspectiva, la educación superior turística requiere un giro epistemológico que integre la complejidad, la diversidad cultural y los límites ecosistémicos. Este giro implica abandonar la pretensión de neutralidad de la ciencia y reconocer que toda formación profesional es, en última instancia, una apuesta ética y política.
Ecología del Desarrollo Humano y formación turística
La Teoría Ecológica de Sistemas de Bronfenbrenner (1987) permite comprender la formación del turismólogo como un fenómeno atravesado por múltiples niveles de influencia que interactúan de manera compleja. Bronfenbrenner (1987) define su objeto de estudio en los siguientes términos:
La ecología del desarrollo humano estudia el progresivo acomodamiento mutuo entre un ser humano activo, en crecimiento, y las propiedades cambiantes de los entornos inmediatos en los que esa persona vive, en la medida en que este proceso se ve afectado por las relaciones que se establecen entre esos entornos y por los contextos de mayor alcance en los que esos entornos se inscriben. (Bronfenbrenner, 1987, p. 40)
Tabla 1.Ecología del Desarrollo Humano aplicado a la formación turística
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Nivel ecológico |
Aplicación a la formación turística |
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Microsistema |
El aula, las prácticas de campo, la relación docente estudiante, los grupos de trabajo. |
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Mesosistema |
La articulación entre la universidad y las comunidades, entre la universidad y el sector turístico. |
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Exosistema |
Las políticas públicas de turismo y educación superior, los planes de desarrollo municipal y estatal. |
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Macrosistema |
La cultura extractivista venezolana, los imaginarios sobre el desarrollo, la valoración social del turismo. |
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Cronosistema |
La crisis económica, las migraciones, los cambios en las demandas turísticas globales. |
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Fuente: Benitez (2026)
Una formación auténticamente ecológica debe considerar todos estos niveles y sus interacciones, superando el reduccionismo que localiza el problema exclusivamente en el aula o exclusivamente en las políticas públicas.
Teorías sociocríticas del turismo ecológico
El turismo ecológico ha sido tradicionalmente definido como aquel que se desarrolla en áreas naturales con criterios de sostenibilidad. Sin embargo, desde una visión sociocrítica, esta definición resulta insuficiente si no incorpora el análisis de las relaciones de poder, la justicia distributiva y la participación comunitaria efectiva. Como señala Higgins Desbiolles (2023):
El turismo no es una actividad neutral. Puede ser una herramienta de dominación y extractivismo, o puede ser una herramienta de liberación y transformación social. La diferencia no está en la tecnología o en las certificaciones, sino en quién toma las decisiones, qué saberes se validan y cómo se distribuyen los beneficios. El turismo ecológico crítico debe preguntarse no solo "¿cómo impactamos menos?", sino "¿quién decide, quién gana y quién pierde?". (Higgins Desbiolles, 2023, p. 240)
En esta misma línea, Ateljevic (2024) propone el concepto de turismo transformador , que va más allá de la experiencia individual de viaje para incidir en las estructuras sociales y en la subjetividad del profesional. Desde esta perspectiva, la formación del turismólogo debe apuntar a desarrollar una conciencia crítica que permita identificar y cuestionar las relaciones de poder que sostienen el modelo turístico hegemónico.
Tabla 2.teorías sociocríticas del turismo ecológico aportan cuatro elementos centrales para la reconfiguración ontológica del turismólogo
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Elemento sociocrítico |
Aplicación a la formación turística |
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Crítica del colonialismo turístico |
Desenmascarar cómo el turismo puede reproducir dinámicas neocoloniales de apropiación de territorios y culturas. |
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Justicia distributiva |
Cuestionar la concentración de beneficios del turismo en pocas manos (grandes operadores) y la externalización de costos ambientales en comunidades locales |
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Participación real de comunidades |
Diferenciar entre consulta simbólica y participación vinculante en la planificación turística del territorio. |
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Desmercantilización de la naturaleza |
Reconocer que ciertos territorios, especies o paisajes tienen valor por sí mismos, no solo como recursos para el turismo. |
Fuente: Benitez (2026)
Ecología de los Saberes y diálogo comunitario
Boaventura de Sousa Santos (2017) propone la ecología de los saberes como una alternativa epistemológica a la hegemonía de la ciencia moderna. Aplicado a la formación turística, este enfoque implica reconocer que las comunidades locales poseen saberes ancestrales sobre el cuidado del territorio que deben ser validados e integrados al currículo, no como "folklore" o "conocimiento complementario", sino como saber fundante. Santos (2017) afirma:
No hay justicia social global sin justicia cognitiva global. La ecología de los saberes consiste en dar visibilidad a aquellos conocimientos que han sido silenciados, marginados o destruidos por la ciencia hegemónica. En el ámbito del turismo, esto significa reconocer que las comunidades locales no son objetos de estudio o destinos a gestionar, sino sujetos con saberes legítimos sobre cómo habitar y cuidar sus territorios. (Santos, 2017, p. 56)
La formación del turismólogo debe, por tanto, incluir espacios de diálogo horizontal con comunidades locales, donde el estudiante no vaya a "enseñar" o "aplicar" sus conocimientos técnicos, sino a aprender de quienes han habitado el territorio durante generaciones. Este giro epistemológico es condición necesaria para la reconfiguración ontológica, pues transforma la identidad del profesional: de experto externo a aprendiz en diálogo.
Turismo Sostenible vs. Turismo Regenerativo
Es fundamental establecer la diferencia técnica entre ambos paradigmas. El Turismo Sostenible , según la crítica de Wahl (2016) y Pollock (2019), se ha convertido en un concepto de mantenimiento del daño: busca que el impacto negativo sea menor, pero sigue operando bajo la lógica del consumo y el crecimiento. Por el contrario, el Turismo Regenerativo se fundamenta en la capacidad de los sistemas vivos para auto organizarse y sanar activamente. Wahl (2016) define este enfoque en los siguientes términos:
El diseño regenerativo va más allá de la sostenibilidad, que se ha convertido en un concepto de "daño reducido" o "menos malo". La sostenibilidad intenta mantener el statu quo, pero el statu quo es insostenible. Lo regenerativo, en cambio, busca crear sistemas que tengan la capacidad de co evolucionar con los sistemas vivos, restaurando activamente la salud de los ecosistemas y las comunidades. No se trata de ser menos malo, sino de ser activamente bueno para la vida. (Wahl, 2016, p. 67)
Mientras lo sostenible intenta no ensuciar, lo regenerativo busca limpiar y devolver la vida. La formación del turismólogo debe, por tanto, integrar la capacidad de diseñar proyectos que no solo generen empleo, sino que restauren acuíferos, recuperen bosques, reconstituyan suelos degradados y dignifiquen la cultura local. Este es el salto cualitativo que exige la crisis climática.
La formación ética de los profesionales del turismo
La formación ética no puede ser una unidad temática agregada al currículo, como si la ética fuera una "asignatura más" entre marketing y gestión hotelera. Desde una perspectiva fenomenológica, la formación ética implica una transformación de la subjetividad del profesional, de su forma de percibir, valorar y actuar en el mundo. Como sostiene Hoyos (2023):
El cuidado no es una capacidad que se añade desde fuera; es una dimensión constitutiva del desarrollo ético humano. Cuidar no es solo una acción que se realiza, sino una forma de ser que se cultiva. La formación ética de un profesional no consiste en enseñarle un código de normas externo, sino en acompañar el desarrollo de su capacidad de respuesta ante el sufrimiento y la vulnerabilidad del otro, humano o no humano. (Hoyos, 2023, p. 12)
Leonardo Boff (2002) aporta la dimensión espiritual y ética del cuidado como eje central de la formación humana. Boff (2002) afirma:
El cuidado es más que un gesto de atención o preocupación. Es una forma de ser, una manera de relacionarse con el mundo que reconoce la interdependencia de todos los seres. Cuidar es entrar en sintonía con la realidad, es responsabilizarse por el otro, es cultivar la ternura como actitud fundamental ante la vida. Sin cuidado, la vida se vuelve dura, insensible, explotadora. (Boff, 2002, p. 34)
En esta misma línea, Amartya Sen (1982) desarrolla el concepto de agencia ética : la capacidad del sujeto para actuar de manera responsable y transformadora en su entorno. Sen (1982) diferencia entre bienestar (tener condiciones de vida dignas) y agencia (capacidad de actuar para transformar las condiciones propias y ajenas). La formación del turismólogo debe, por tanto, apuntar a fortalecer esta agencia, superando la mera gestión rentable para abrazar el cuidado regenerativo del territorio.
Pensamiento Complejo y formación transversal
Edgar Morin (2005) propone el pensamiento complejo como antídoto a la fragmentación del saber moderno. Morin (2005) sostiene:
El pensamiento complejo no es un pensamiento que rechaza la claridad, el orden o la determinación. Es un pensamiento que reconoce que el mundo no es una máquina perfectamente ordenada, sino un tejido de inter retro acciones, de incertidumbres, de bucles causales. En educación, esto implica que no podemos seguir separando lo económico de lo ecológico, lo técnico de lo ético, lo local de lo global. (Morin, 2005, p. 23)
Aplicado a la formación turística, implica que la ecología ambiental no puede ser una unidad temática aislada, sino un eje transversal que sature todas las unidades curriculares. La ética ambiental no debe ser una norma externa que se aplica desde fuera, sino una ontología de vida que se encarna en cada decisión profesional: en el diseño del producto, en la relación con el cliente, en la negociación con proveedores, en la comunicación del destino.
Pedagogía de la Autonomía y educación liberadora
Finalmente, Paulo Freire (1996) aporta los fundamentos pedagógicos para esta transformación. La educación del turismólogo debe trascender la instrucción técnica para convertirse en una Educación Ambiental Integral que forme sujetos críticos y autónomos, no ejecutores dóciles de recetas externas. Freire (1996) sostiene:
Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción. Quien enseña aprende al enseñar y quien aprende enseña al aprender. La autonomía se va construyendo en la medida en que nos hacemos cargo de nuestra propia capacidad de conocer y transformar la realidad. Enseñar exige respeto a la autonomía del ser del educando, pero también exige la convicción de que esa autonomía puede y debe ser desarrollada. (Freire, 1996, p. 25)
El aula debe ser un espacio de diálogo de saberes donde la universidad no imponga la técnica sobre la comunidad, sino que aprenda de ella. Esta es la pedagogía de la autonomía aplicada a la formación turística: formar profesionales que no necesitan que les digan qué hacer, porque han desarrollado la capacidad crítica y ética para decidir por sí mismos, en diálogo con el territorio y con la comunidad.
METODOLOGÍA
Para develar aquello que el marketing turístico impone sobre la realidad y acceder a la experiencia vivida por los actores de la formación turística en la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo, este estudio se inscribe en el paradigma cualitativo interpretativo , asumiendo un enfoque fenomenológico hermenéutico de orientación socio crítica.
La fenomenología hermenéutica es particularmente adecuada para este estudio porque no busca medir cuánto sabe el estudiante sobre ética ambiental, sino comprender cómo vive, cómo siente y cómo significa su proceso de formación. Como señala Van Manen (2016), la fenomenología se interesa por la experiencia tal como es vivida, no tal como es conceptualizada desde fuera.
El diseño se fundamenta en la hermenéutica dialéctica de Martínez Miguélez (2004), quien plantea que este método no es solamente una técnica de análisis, sino un proceso de ver más allá de lo aparente a través de una oscilación constante entre la parte el currículo, la práctica formativa, los discursos de docentes y estudiantes y toda la crisis global, el sistema social, el modelo extractivista venezolano. Martínez Miguélez (2004) señala:
La hermenéutica dialéctica no se conforma con interpretar el sentido de los textos o las prácticas sociales; busca desvelar las contradicciones que los atraviesan y las posibilidades de transformación que de ellas emergen. Es un método que asume la realidad como proceso y conflicto, no como dato estático. El investigador no es un observador neutral, sino un intérprete situado que busca contribuir a la transformación de aquello que estudia. (Martínez Miguélez, 2004, p. 78)
Martínez Martínez (2015), continuador de esta tradición en el ámbito latinoamericano, profundiza en la dimensión existencial de la fenomenología aplicada a la educación. Martínez Martínez (2015) sostiene:
La fenomenología en educación no puede limitarse a describir estructuras de conciencia abstractas. Debe asumir la tarea de comprender cómo los sujetos educativos docentes, estudiantes, directivos viven su estar en la institución, cómo significan sus prácticas, cómo se relacionan con el conocimiento y con el poder. Esta comprensión no es un fin en sí misma; es el punto de partida para una praxis transformadora. (Martínez Martínez, 2015, p. 112)
Siguiendo a Freire (1970), este proceso metodológico se asume como una praxis liberadora, donde el investigador busca una concientización que permita al turismólogo dejar de ser un espectador técnico para convertirse en un sujeto histórico capaz de transformar su territorio. Freire (1970) sostiene:
La praxis es reflexión y acción de los hombres sobre el mundo para transformarlo. Sin ella, la teoría se convierte en puro verbalismo y la acción en activismo ciego. La educación auténtica no se hace de A para B ni de A sobre B, sino de A con B, con la mediación del mundo. El investigador crítico no estudia la realidad desde afuera; se implica en ella, la problematiza, busca junto con los sujetos los caminos de transformación. (Freire, 1970, p. 88)
El procedimiento se estructuró en tres fases de reducción fenomenológica (epojé) , adaptadas de la propuesta de Martínez Miguélez (2004):
Fase analítica: Deconstrucción del discurso curricular dominante en la formación turística de la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo. Se analizarán los planes de estudio, los programas de las unidades curriculares, las guías docentes y los discursos oficiales sobre la formación del turismólogo.
Fase dialéctica: Contrapunteo sistémico y ancestral entre saberes académicos y saberes comunitarios. Se identificarán las tensiones, contradicciones y silencios en los discursos formativos, contrastándolos con las voces de actores comunitarios y con las exigencias de la crisis climática.
Fase sintética: Emergencia de la categoría central: el turismólogo como custodio del patrimonio biocultural. En esta fase se construirá una interpretación integradora que articule los hallazgos analíticos y dialécticos con el marco teórico.
La triangulación teórica entendida como el cruce sistemático de múltiples perspectivas teóricas sobre un mismo fenómeno permitió integrar los aportes de la Teoría Ecológica de Sistemas (Bronfenbrenner, 1987), la Ecología de los Saberes (Santos, 2017), el Pensamiento Complejo (Morin, 2005), el Turismo Regenerativo (Wahl, 2016), las teorías sociocríticas del turismo ecológico (Higgins Desbiolles, 2023; Ateljevic, 2024) y las perspectivas de formación ética (Hoyos, 2023; Boff, 2002; Sen, 1982) para construir una interpretación multidimensional de la reconfiguración ontológica del turismólogo.
El contexto de estudio es la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo , específicamente los programas de formación en turismo. Los participantes potenciales incluyen docentes, estudiantes, egresados y actores comunitarios vinculados a la formación turística. El muestreo es intencional o estratégico, priorizando sujetos con experiencia significativa en procesos de formación turística y en diálogo con comunidades locales. Se estima un número de participantes entre 12 y 20, hasta alcanzar saturación interpretativa.
Las técnicas de producción de información incluyen:
Entrevista fenomenológica en profundidad (Kvale & Brinkmann, 2015): centrada en la vivencia, con preguntas que evocan experiencias concretas más que opiniones abstractas.Análisis documental de planes de estudio, programas de unidades curriculares y proyectos de vinculación comunitaria.Grupos de discusión con estudiantes y docentes para explorar colectivamente las tensiones y posibilidades de la formación turística.
El análisis de la información se realizará mediante el círculo hermenéutico (Gadamer, 1998): un movimiento iterativo entre las partes y el todo de los textos, que permite que el sentido emerja progresivamente sin forzar categorías previas. Se identificarán unidades de significado, se agruparán por tematización y se articularán con el marco teórico.
Los criterios de rigor asumidos son los de credibilidad, transferibilidad, dependencia y confirmabilidad (Lincoln & Guba, 1985), adaptados a la investigación fenomenológica, mediante triangulación de técnicas, descripción densa del contexto, reflexividad explícita del investigador y verificación con los participantes.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
Tras el proceso de triangulación teórica y reflexión fenomenológica, emergen hallazgos que demuestran que el cambio necesario radica en una transformación de la consciencia profesional, no solo en una actualización de contenidos curriculares. Se identificó que la formación actual padece de una alienación donde el profesional actúa como agente externo al ecosistema, sin reconocerse como parte constitutiva de él. Esta alienación se expresa en múltiples dimensiones: en la tendencia a diseñar productos turísticos "verdes" que no interrogan el modelo de consumo subyacente; en la incapacidad de leer críticamente los conflictos socioambientales del territorio; y en la dificultad para establecer relaciones de diálogo horizontal con las comunidades locales.
La discusión revela la necesidad de un Turismólogo Humano con agencia ética (Sen, 1982), superando la gestión rentable para abrazar el Turismo Regenerativo como paradigma de formación y práctica. Este nuevo profesional no se concibe a sí mismo como un gestor de destinos turísticos en el sentido convencional, sino como un guardián sistémico , capaz de mitigar la crisis climática mediante la transformación de la conducta del visitante y la regeneración activa de los ecosistemas. Su labor es educar la alteridad del turista, convirtiendo el viaje en un acto de comunión con la casa común.
El diálogo de saberes con la comunidad, como lo plantea Sousa Santos (2017), se revela como la matriz epistémica fundamental en la formación del turismólogo. El profesional aprende de los cuidadores ancestrales campesinos, pescadores, indígenas, mujeres rurales las prácticas de respeto a la tierra, reconociendo que la universidad no es la única depositaria del saber válido. Este aprendizaje no es complementario; es fundante de la nueva ontología profesional.
Autores contemporáneos como Higgins Desbiolles et al. (2023) enfatizan que la formación debe priorizar la justicia climática , entendida no solo como mitigación de emisiones, sino como distribución equitativa de los costos y beneficios de la actividad turística. Se constata que la ética ambiental no puede seguir siendo una unidad temática optativa al final del currículo; debe transformarse en una ontología de vida transversal que atraviese cada decisión de planificación, cada diseño de producto, cada interacción con el turista y cada relación con la comunidad.
Integrando la complejidad de Morin (2005) y la racionalidad de Leff (2004), se discute que el turismólogo requiere una formación transversal donde la ecología sature todas las unidades curriculares. Esto implica, por ejemplo, que el curso de marketing turístico no puede enseñar estrategias de promoción sin preguntarse por los impactos de esa promoción en el territorio; que el curso de planificación no puede diseñar rutas sin considerar los límites de carga de los ecosistemas; que el curso de gestión hotelera no puede formar en eficiencia sin interrogarse por la huella hídrica y energética.
El aporte central de esta investigación es la definición del turismólogo como un guardián sistémico del patrimonio biocultural. Este concepto integra cuatro dimensiones: (a) guardián del agua (protección de fuentes hídricas), (b) guardián del suelo (prevención de erosión y contaminación), (c) guardián de la biodiversidad (protección de especies y ecosistemas) y (d) guardián de las culturas (respeto y valoración de los saberes y tradiciones locales). Esta multidimensionalidad responde a la complejidad de los desafíos que enfrenta el territorio venezolano en la actualidad.
A MANERA DE CIERRE
La reconfiguración ontológica del turismólogo no es una opción pedagógica ni una sugerencia curricular; es un imperativo ético para la supervivencia sistémica del turismo como actividad compatible con la vida en el planeta. La formación de profesionales que seguirán diseñando experiencias de viaje bajo la lógica del marketing verde, mientras la crisis climática se profundiza, no es solo ineficaz; es cómplice de la destrucción que dicen querer evitar.
Este estudio contribuye al Desarrollo Humano proponiendo la Agencia Ética Ambiental como categoría central de la formación turística, donde la relación con otras especies y con los ecosistemas se convierte en una capacidad central para una vida digna (Nussbaum, 2011). La agencia ética ambiental implica que el turismólogo no solo sabe qué hacer técnicamente, sino que puede decidir éticamente, que no solo respeta las normas ambientales existentes, sino que puede cuestionarlas si son insuficientes, que no solo implementa proyectos sostenibles, sino que puede imaginar y construir proyectos regenerativos.
La visión de futuro exige una reestructuración curricular donde la Ecología Ambiental sea el eje transversal , no una unidad temática aislada. Esto permitirá que el egresado actúe como un arquitecto de la sostenibilidad capaz de diseñar planes de saneamiento profundo de ecosistemas y experiencias de post turismo conscientes. El post turismo, como señalan Higgins Desbiolles et al. (2023), no es el fin del viaje, sino el fin del turismo depredador: el fin del turismo que extrae sin restituir, que visita sin aprender, que fotografía sin respetar, que consume sin cuidar.
Finalmente, se concluye que este nuevo profesional el turismólogo reconfigurado ontológicamente es el catalizador necesario para transformar la matriz productiva nacional. En países dependientes del extractivismo como Venezuela, donde la renta petrolera ha generado una economía de enclave desvinculada del territorio, el turismólogo formado en la ética comunitaria lidera la transición hacia una economía de la biodiversidad: una economía que no extrae recursos no renovables, sino que regenera los recursos renovables; que no depreda ecosistemas, sino que los restaura; que no excluye comunidades, sino que las incluye y potencia.
El turismo, gestionado desde la conciencia y el cuidado de la Casa Común (Boff, 2002), se convierte en el principal motor de ingreso soberano y resiliencia biocultural para un país que debe diversificar su matriz productiva más allá del petróleo. La universidad y particularmente la Universidad Politécnica Territorial del estado Trujillo, con su mandato de formación endógena y vinculación territorial tiene la responsabilidad histórica de egresar guardianes capaces de convertir el potencial natural en una realidad de progreso eco humano.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
Ateljevic, I. (2024). Transformative tourism and the regeneration of the earth: A 2025 vision. JournalofSustainableTourism , 32(1), 45 62.
Boff, L. (2002). El cuidado esencial: Ética de lo humano, compasión por la tierra . Trotta Editorial. https://consciousfoodsystems.org/wpcontent/uploads/2025/01/Boff 2002. El Cuidado Esencial.pdf
Bronfenbrenner, U. (1987). La ecología del desarrollo humano . Paidós. https://es.scribd.com/document/263057492/ECOLOGIA DEL DESARROLLO HUMANO URIE BRONFENBRENNER
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido . Siglo XXI Editores.
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Heidegger, M. (1997). Ser y tiempo . Editorial Universitaria.
Higgins Desbiolles, F., et al. (2023). Degrowing tourism: Rethinking tourism for our times. Journal of Sustainable Tourism , 31(2), 234 255. https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/09669582.2023.2219037
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LA SUSTENTABILIDAD COMO IMPERATIVO AXIOLÓGICO: UNA MIRADA DE LA GESTIÓN ECO-AMBIENTAL EN EL PODER POPULAR.
SUSTAINABILITY AS AN AXIOLOGICAL IMPERATIVE: A PERSPECTIVE ON ECO-ENVIRONMENTAL MANAGEMENT WITHIN POPULAR POWER.
Autores: Tauli Salas
ORCID iD: 0009-0007-7466-7499
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
Alirio Mejía
ORCID iD: 0009-0003-4031-7176
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
RESUMEN
La presente investigación aborda la sustentabilidad desde una perspectiva axiológica en el contexto del Poder Popular Organizado, entendiendo que la gestión eco-ambiental comunitaria no depende exclusivamente de dispositivos normativos o técnicos, sino de la aprehensión vivencial de valores que orientan la acción colectiva. El estudio se sitúa en un circuito comunal específico del estado Trujillo, Venezuela, como escenario donde convergen dinámicas participativas, tensiones deliberativas y prácticas de gestión territorial. El propósito general es Comprender la sustentabilidad como imperativo axiológico: una mirada de la gestión eco-ambiental en el poder popular Organizado en el Circuito Comunal Siete Colinas. Metodológicamente, la investigación se inscribe en el paradigma cualitativo, bajo una orientación fenomenológica descriptiva. Se emplea la inducción eidética como vía para captar la esencia de la experiencia valorativa, mediante entrevistas fenomenológicas profundas y observación no participante estructurada. El muestreo es intencional estratégico y la recolección de información se extiende hasta alcanzar saturación teórica. El análisis sigue los procedimientos de horizonalización, tematización y síntesis estructural de la esencia. Como reflexión en desarrollo, se advierte que la sustentabilidad pareciera adquirir mayor fuerza operativa cuando es asumida como valor compartido y legitimado intersubjetivamente, más que como mandato formal. La investigación continúa en curso, manteniendo apertura interpretativa y rigor epistemológico.
Palabras clave: Sustentabilidad, axiología, Poder Popular, gestión eco-ambiental, fenomenología, gobernanza comunitaria.
ABSTRACT
This research approaches sustainability from an axiological perspective within the context of Organized Popular Power, recognizing that community-based environmental management does not rely solely on normative or technical mechanisms, but rather on the lived apprehension of values guiding collective action. The study is situated in a communal circuit in Trujillo State, Venezuela, where participatory dynamics, deliberative tensions, and territorial management practices converge. The general purpose is to understand sustainability as an axiological imperative: a look at eco-environmental management in popular power Organized in the Siete Colinas Communal Circuit. Methodologically, the study is framed within the qualitative paradigm, adopting a descriptive phenomenological orientation. Eidetic induction is employed to grasp the essence of value experience through in-depth phenomenological interviews and structured non-participant observation. Strategic purposive sampling is used, and data collection continues until theoretical saturation is reached. Analysis follows the processes of horizontalization, thematic clustering, and structural synthesis of essence. Preliminary reflections suggest that sustainability appears to gain operative strength when it is assumed as a shared and intersubjectively legitimized value rather than merely a formal mandate. The research remains ongoing, maintaining interpretative openness and epistemological rigor.
Keywords: Sustainability, axiology, Popular Power, eco-environmental management, phenomenology, community governance.
INTRODUCCIÓN
La crisis ambiental contemporánea ha puesto en evidencia que los marcos jurídicos, los instrumentos técnicos y las políticas públicas, aunque necesarios, resultan insuficientes cuando no están sustentados en una transformación profunda del horizonte ético de las comunidades. Desde la publicación del informe de la World Commission on Environment and Development (Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo), conocido como "Our Common Future" (Nuestro Futuro Común), la sustentabilidad fue definida como el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias (WCED, 1987). Sin embargo, esta formulación, ampliamente citada, ha sido interpretada en muchos contextos como una directriz programática más que como un imperativo axiológico. Ello ha generado una brecha entre la proclamación normativa y la práctica social efectiva, especialmente en escenarios de gestión comunitaria donde el conflicto entre beneficios inmediatos y bienes futuros se manifiesta con particular intensidad.
En América Latina, esta tensión adquiere una dimensión estructural. La tradición del desarrollo ha estado históricamente asociada a modelos extractivistas y a lógicas de crecimiento económico que, como advierte Leff, 2004, han subordinado la racionalidad ambiental a la racionalidad instrumental del mercado. Desde esta perspectiva, la sustentabilidad no puede reducirse a un conjunto de indicadores técnicos, sino que debe comprenderse como una reconstrucción del sentido cultural y ético de la relación sociedad–naturaleza. Leff (2004) sostiene que la crisis ecológica es, en esencia, una crisis de civilización, lo que implica que su superación requiere una transformación de los valores que orientan la acción colectiva. Esta afirmación resulta crucial para fundamentar investigaciones que sitúan el problema ambiental no en la mera ineficiencia administrativa, sino en la estructura axiológica que guía las decisiones comunitarias.
En el ámbito filosófico, la reflexión sobre los valores encuentra un referente insoslayable en la obra de Scheler (1913–1916) donde propone una ética material de los valores donde estos no son construcciones subjetivas ni simples convenciones sociales, sino objetos intencionales aprehendidos emocionalmente. El “a priori material” de los valores implica que la jerarquía axiológica no se deduce lógicamente, sino que se experimenta en la vivencia concreta. Aplicado al campo de la gestión ambiental comunitaria, este enfoque permite comprender que la sustentabilidad solo se consolida como principio rector cuando es interiorizada como valor superior en la conciencia colectiva. Sin esta aprehensión emocional, las normas ambientales permanecen externas, frágiles y fácilmente desplazables por intereses coyunturales.
Complementariamente, la teoría social contemporánea ha profundizado en las condiciones de legitimidad de la acción colectiva. De allí que Habermas (1981), argumenta que las decisiones socialmente válidas emergen de procesos de acción comunicativa orientados al entendimiento mutuo. La distinción entre racionalidad instrumental y racionalidad comunicativa permite analizar por qué muchos espacios participativos degeneran en negociaciones estratégicas de intereses particulares, debilitando la posibilidad de consensos duraderos en torno a bienes comunes como el ambiente. En contextos de poder popular y autogestión territorial, la sustentabilidad requiere no solo de reglas formales, sino de procesos deliberativos donde los actores reconozcan la primacía del bien común ambiental sobre ventajas inmediatas. Cuando la deliberación es colonizada por lógicas instrumentales —burocráticas, clientelares o economicistas— el valor de la sustentabilidad pierde centralidad y se transforma en retórica.
En el terreno empírico de la gobernanza de bienes comunes, el aporte de Ostrom (1990) demostró que las comunidades pueden gestionar de manera eficaz los recursos comunes sin depender exclusivamente del Estado o del mercado, siempre que establezcan reglas claras, mecanismos de monitoreo y sanciones graduadas. No obstante, investigaciones posteriores han señalado que la sostenibilidad institucional de estas reglas depende de la confianza, la reciprocidad y los valores compartidos (Ostrom, 1990; 2005). Así, la dimensión axiológica no es un añadido ornamental, sino la condición de posibilidad para la resiliencia normativa. Cuando las reglas no están respaldadas por convicciones éticas interiorizadas, su cumplimiento se vuelve contingente y vulnerable ante presiones externas.
En el contexto latinoamericano, la emergencia del paradigma del Buen Vivir —incorporado constitucionalmente en países como Ecuador y Bolivia— ha propuesto una relectura biocéntrica de la sustentabilidad. Autores como Acosta (2013) sostienen que el SumakKawsay no se limita a la gestión eficiente de recursos, sino que redefine el horizonte ético del desarrollo al situar la armonía entre comunidad y naturaleza como fin en sí mismo. Esta perspectiva dialoga críticamente con la tradición occidental moderna, cuestionando la primacía del crecimiento económico y proponiendo una ética relacional donde la naturaleza es sujeto de derechos. Tal enfoque refuerza la idea de que la sustentabilidad debe ser comprendida como valor superior que orienta la acción política comunitaria, y no simplemente como estrategia técnica de mitigación.
Asimismo, la ética del cuidado propuesta por Boff (1999) amplía la comprensión de la sustentabilidad al vincularla con una actitud existencial de responsabilidad hacia la vida en todas sus formas. Boff (1999) argumenta que el cuidado constituye la condición ontológica de posibilidad de la convivencia humana y ecológica. Desde esta óptica, la gestión ambiental comunitaria solo puede consolidarse cuando el cuidado se convierte en disposición permanente y no en reacción circunstancial frente a crisis puntuales. Este planteamiento fortalece la hipótesis de que la sustentabilidad, para ser efectiva, debe elevarse desde una utilidad táctica hacia un imperativo teleológico que estructure la identidad colectiva.
De este modo, la sustentabilidad deja de concebirse como un simple atributo técnico de políticas ambientales para convertirse en indicador de la madurez ética de un sistema comunitario. Solo cuando el valor de la continuidad intergeneracional es interiorizado y jerarquizado por encima de intereses inmediatos, la gestión eco-ambiental puede trascender la inercia normativa y consolidarse como práctica resiliente. En consecuencia, este proceso investigativo se inscribe en esta tradición crítica, proponiendo que el fundamento invisible de la eficacia política local reside en la experiencia vivida del valor, en la aprehensión emocional que transforma la sustentabilidad en principio irrenunciable de la deliberación y la acción colectiva.
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
En América Latina y el Caribe, la sustentabilidad ha dejado de ser un concepto exclusivamente asociado a la gestión técnica de los recursos naturales para convertirse en un eje transversal de debate político, social y ético. La región enfrenta desafíos estructurales vinculados a la degradación ambiental, la expansión urbana desordenada, la presión sobre ecosistemas estratégicos y el incremento de conflictos socioambientales. En este contexto, la adopción del Acuerdo de Escazú (2018), promovido por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, pareciera reflejar el reconocimiento institucional de que la problemática ambiental en la región no radica únicamente en la ausencia de normas, sino en la necesidad de fortalecer la participación ciudadana, el acceso a la información y la justicia ambiental como condiciones indispensables para la sostenibilidad territorial.
Diversos análisis sobre gobernanza ambiental latinoamericana sostienen que, aunque los marcos normativos han evolucionado hacia una mayor inclusión participativa, la implementación efectiva de estos principios continúa enfrentando limitaciones estructurales (Gudynas, 2011; Leff, 2014). En muchos territorios, la participación comunitaria pareciera mantenerse en niveles consultivos o instrumentales, sin consolidarse como instancia decisoria con incidencia real en la gestión de bienes comunes. Esta brecha entre norma y práctica podría indicar que la sustentabilidad no siempre logra internalizarse como valor colectivo, permaneciendo en ocasiones como discurso político o requisito procedimental.
Investigaciones sobre conflictos socioambientales en América Latina han señalado que el aumento de disputas por el uso del territorio, la explotación de recursos y la preservación ecológica revela tensiones profundas entre modelos de desarrollo y visiones comunitarias del ambiente (Svampa, 2019). Dichas tensiones sugieren que la sustentabilidad, para consolidarse, requiere no solo instrumentos técnicos sino también procesos de construcción axiológica que permitan a las comunidades integrar criterios ambientales dentro de su sistema de valores compartidos.
En el caso de la Venezuela, el ordenamiento jurídico reconoce ampliamente el derecho a un ambiente sano y la corresponsabilidad ciudadana en su preservación. La Constitución de 1999 consagra principios ecológicos y promueve la participación protagónica de las comunidades en la gestión pública. Sin embargo, informes recientes han advertido que la institucionalidad ambiental venezolana podría estar enfrentando debilidades relacionadas con limitaciones presupuestarias, fragmentación administrativa y reducción de capacidades técnicas (PROVEA, 2022; Transparencia Venezuela, 2023). Estas circunstancias parecieran incidir en la efectividad de las políticas ambientales y en la posibilidad de acompañamiento técnico sostenido a las comunidades organizadas.
Estudios académicos han mostrado además que la gestión de servicios ambientales básicos —como agua potable, saneamiento y manejo de residuos— presenta disparidades significativas entre municipios venezolanos (Buitrago-Boret et al., 2023). Tales diferencias territoriales podrían sugerir que la sustentabilidad no se expresa de manera homogénea en el país, sino que depende en gran medida de la capacidad organizativa local, del capital social disponible y del grado de articulación entre Estado y comunidad.
En el estado Trujillo, investigaciones agroecológicas han documentado procesos de deterioro ambiental asociados a prácticas productivas tradicionales sin acompañamiento técnico sostenido, así como a la limitada articulación entre actores institucionales y comunitarios (Jaimes et al., 2006). Aunque estos estudios se enfocan principalmente en cuencas y sistemas agroecológicos, sus hallazgos podrían extrapolarse a dinámicas comunitarias donde la sustentabilidad requiere ser asumida no solo como normativa externa sino como principio orientador de la acción colectiva.
Este panorama territorial permite situar la problemática en el ámbito del Poder Popular Organizado. Las figuras de consejos comunales y circuitos comunales fueron concebidas como instancias de autogestión y corresponsabilidad en la administración de recursos y proyectos locales. No obstante, investigaciones sobre participación comunitaria en Venezuela señalan que la eficacia de estas estructuras pareciera depender de la cohesión interna, la transparencia administrativa y la legitimidad de sus normas internas (López Maya, 2018). Cuando estos elementos no se consolidan, la gestión puede orientarse prioritariamente hacia la resolución de demandas inmediatas, postergando proyectos estratégicos de largo plazo.
En el Circuito Comunal Siete Colinas, municipio Valera, parroquia Mercedes Díaz, se percibe una realidad que pareciera articularse con los elementos descritos en los niveles anteriores. Desde la observación de la investigadora, podría sugerirse que existe un desfase entre los estatutos formales relacionados con la gestión ambiental y la práctica cotidiana en la toma de decisiones comunitarias. Las normativas internas contemplan criterios de organización y administración de recursos; sin embargo, su aplicación práctica pareciera ser irregular o dependiente de coyunturas específicas.
En los espacios deliberativos —asambleas y mesas de trabajo— se observa que las discusiones ambientales complejas podrían derivar en debates centrados en necesidades sociales urgentes, como infraestructura o servicios básicos. Esta dinámica podría estar asociada a una priorización comprensible de demandas inmediatas, pero también podría indicar que la sustentabilidad no ocupa una posición jerárquica estable dentro del sistema axiológico comunitario. De acuerdo con los planteamientos de Habermas (1981), cuando predomina una racionalidad estratégica orientada a intereses particulares, la posibilidad de construir consensos comunicativos duraderos tiende a reducirse, afectando la capacidad de planificación ambiental a largo plazo.
Asimismo, pareciera identificarse una tendencia a privilegiar proyectos de impacto inmediato por encima de iniciativas con proyección ecológica intergeneracional. Esta situación podría interpretarse como resultado de múltiples factores: limitaciones presupuestarias, urgencias sociales acumuladas o falta de formación ambiental especializada. No obstante, desde la perspectiva de esta investigación, podría sugerirse que subyace una dimensión axiológica aún no consolidada, donde la sustentabilidad no se ha integrado plenamente como valor rector en la toma de decisiones colectivas.
La persistencia de esta dinámica podría generar efectos acumulativos en el tiempo: debilitamiento de la cultura ambiental comunitaria, dificultad para planificar acciones preventivas y reducción de la resiliencia territorial frente a riesgos ecológicos. De mantenerse esta orientación, la gestión eco-ambiental del circuito comunal podría configurarse como reactiva y episódica, más que estratégica y estructural.
En consecuencia, la problemática que sustenta la presente investigación no se limita a identificar deficiencias técnicas o administrativas, sino que se sitúa en la dimensión axiológica del Poder Popular Organizado. La interrogante central gira en torno a cómo se construye, jerarquiza e internaliza el valor de la sustentabilidad dentro del Circuito Comunal Siete Colinas, y de qué manera dicha configuración valorativa pareciera incidir en la eficacia de su gestión eco-ambiental.
Abordar la sustentabilidad como elemento axiológico implica reconocer que la transformación ambiental no depende exclusivamente de recursos materiales o normativas formales, sino de procesos de conciencia colectiva, deliberación ética y formación comunitaria. Desde esta perspectiva, la investigación se orienta a comprender las dinámicas valorativas que atraviesan el Poder Popular Organizado, con la finalidad de generar aportes teóricos y prácticos que contribuyan a potenciar una gestión eco-ambiental más coherente, participativa y sostenible en el tiempo.
A partir del planteamiento problemático expuesto, y considerando que la sustentabilidad podría no estar plenamente internalizada como valor rector dentro de las dinámicas organizativas del Poder Popular en el Circuito Comunal Siete Colinas, emergen las siguientes interrogantes:
¿Cómo es comprendido e interpretado el valor de la sustentabilidad por los actores que integran el Poder Popular Organizado en el Circuito Comunal Siete Colinas?
¿Qué jerarquización de valores orienta los procesos deliberativos y la toma de decisiones comunitarias relacionadas con la gestión eco-ambiental?
¿Cómo se manifiesta la relación entre los principios normativos ambientales formales y las prácticas reales de gestión comunitaria?
¿Qué elementos axiológicos podrían contribuir al fortalecimiento de una gestión eco-ambiental más coherente y sostenible en el territorio comunal?
Las interrogantes formuladas permiten delimitar el campo de indagación y orientan la necesidad de una aproximación comprensiva a las dinámicas valorativas que atraviesan al Poder Popular Organizado en el Circuito Comunal Siete Colinas. En este sentido, la investigación no se limita a describir prácticas ambientales, sino que busca interpretar los fundamentos axiológicos que podrían estar configurando dichas prácticas. Desde esta perspectiva, los propósitos que se plantean a continuación se orientan a develar, comprender y aportar elementos que permitan fortalecer la sustentabilidad como principio rector en la gestión eco-ambiental comunitaria.
PROPÓSITOS DE LA INVESTIGACIÓN
Propósito General
Comprender la sustentabilidad como imperativo axiológico: una mirada de la gestión eco-ambiental en el poder popular Organizado en el Circuito Comunal Siete Colinas
MARCO TEÓRICO
Fundamentación Epistemológica
Filosofía de la Experiencia y Sociología de la Acción
Es importante destacar que este proceso investigativo, se edifica sobre una matriz de interconexión epistemológica que integra la filosofía de la experiencia con la sociología de la acción, superando la simple acumulación de referentes teóricos. Esta articulación permite comprender la sustentabilidad no únicamente como categoría técnica o administrativa, sino como fenómeno axiológico que se manifiesta en la conciencia y en la praxis colectiva del Poder Popular Organizado.
Desde esta perspectiva, la sustentabilidad se asume como valor vivido, deliberado y eventualmente institucionalizado. La triangulación entre fenomenología, teoría comunicativa y gobernanza comunitaria garantiza la solidez conceptual del estudio y su pertinencia sociopolítica, especialmente en el contexto venezolano, donde el Poder Popular representa una forma particular de organización territorial con pretensiones de autonomía.
La Fenomenología de los Valores
El primer eje teórico se fundamenta en la ética material de los valores desarrollada por Max Scheler. Para Scheler (1913/1923), los valores no se descubren por deducción racional, sino que se aprehenden emocionalmente como objetos intencionales. Esta tesis rompe con el racionalismo ético clásico y establece que el conocimiento axiológico posee un carácter fenomenológico: el valor se da en la experiencia afectiva.La noción del “a priori material de los valores” permite comprender que la sustentabilidad, en tanto valor, no se impone externamente mediante normas, sino que se intuye como algo valioso en sí mismo. En consecuencia, la investigación no puede limitarse a registrar opiniones discursivas sobre el ambiente, sino que debe describir la estructura de la vivencia mediante la cual los líderes comunales experimentan el valor de la sustentabilidad.Este enfoque justifica la metodología fenomenológica adoptada, pues busca captar el acto eidético por el cual la sustentabilidad se presenta como necesaria para el bienestar colectivo. De esta manera, el estudio trasciende el análisis normativo y se adentra en la conciencia valorativa que fundamenta la acción comunitaria.
Acción Comunicativa y Legitimidad
El segundo pilar teórico se apoya en la teoría de la acción comunicativa formulada por Jürgen Habermas (1981). Habermas sostiene que la legitimidad de las decisiones sociales descansa en procesos deliberativos orientados al entendimiento mutuo. La racionalidad comunicativa, a diferencia de la racionalidad instrumental, busca consensos basados en argumentos compartidos y no en la imposición estratégica de intereses.
Aplicado al Poder Popular Organizado, este marco permite analizar si las decisiones ambientales en el Circuito Comunal Siete Colinas emergen de procesos deliberativos auténticos o si, por el contrario, responden predominantemente a lógicas instrumentales inmediatas. La hipótesis subyacente sugiere que la sustentabilidad solo puede consolidarse como elemento axiológico cuando es validada intersubjetivamente mediante consenso.Así, la investigación examina si la gestión eco-ambiental constituye el resultado de acuerdos comunicativos o si refleja negociaciones pragmáticas desvinculadas de un horizonte ético compartido.
Gobernanza de los Recursos Comunes
El anclaje empírico se encuentra en los aportes de Ostrom (1990), quien demostró que las comunidades pueden gestionar exitosamente los recursos comunes siempre que establezcan reglas operativas claras y mecanismos de vigilancia y sanción legítimos.No obstante, esta investigación propone una integración conceptual más profunda: las reglas operativas descritas por Ostrom solo alcanzan resiliencia cuando están cimentadas en un consenso axiológico previo. Es decir, la norma comunal sería la expresión visible de una estructura valorativa invisible.En el caso del Circuito Comunal Siete Colinas, se analizará si las reglas ambientales existentes responden a una aprehensión axiológica compartida o si operan como formalidades administrativas carentes de arraigo emocional y deliberativo.
Teorías Sustantivas de la Acción Política
Hegemonía y lo Político
Desde la perspectiva de Laclau y Mouffe (1985), lo político se define por el antagonismo constitutivo de la sociedad. La sustentabilidad puede interpretarse como un significante en disputa, cuyo contenido depende de la construcción hegemónica que logre imponerse en el espacio comunitario.
Este enfoque permite analizar la gestión eco-ambiental como campo de tensión donde diferentes actores intentan definir qué significa “sustentabilidad” y qué prácticas deben derivarse de ella. Así, el conflicto no se interpreta únicamente como falla comunicativa, sino como dimensión constitutiva del ejercicio del poder local.
Buen Vivir y Autonomía
El paradigma del Buen Vivir (SumakKawsay), desarrollado en contextos andinos y recogido en constituciones como la de Ecuador (2008), propone una concepción biocéntrica del desarrollo basada en la armonía entre comunidad y naturaleza.Este marco ofrece un código axiológico alternativo al desarrollo instrumental. En la investigación se explorará si la sustentabilidad en el Circuito Comunal Siete Colinas se orienta hacia una lógica de control de recursos o hacia una lógica relacional de cuidado y coexistencia.
Ética Aplicada y Transformación
Ética del Cuidado
La ética del cuidado desarrollada por Boff (1999) introduce el principio de “cura” como actitud fundamental ante la fragilidad de la vida. El cuidado no es mera obligación normativa, sino disposición existencial.Este enfoque permite evaluar la gestión eco-ambiental no solo por su eficacia técnica, sino por el grado de responsabilidad ética que se manifiesta en las relaciones comunitarias y territoriales. La sustentabilidad, desde esta perspectiva, se materializa en prácticas de cuidado sostenido.
Acción Colectiva
Los aportes de Sidney Tarrow y Charles Tilly permiten analizar el repertorio de acción colectiva del Poder Popular. Se examinará si la sustentabilidad trasciende el plano discursivo para traducirse en prácticas organizativas concretas y sostenidas.
Constructos Temáticos y Modelos de Gestión
Resiliencia Socio-Ecológica
La resiliencia de sistemas socio-ecológicos, desarrollada por Ostrom y otros autores, se entiende como la capacidad de una comunidad para absorber perturbaciones manteniendo su funcionalidad. En este estudio, la fuerza del valor de la sustentabilidad será analizada como factor que confiere durabilidad a las normas comunales ante crisis económicas o políticas.
Gobernanza Territorial y Escala
El concepto de gobernanza territorial permite examinar cómo el circuito comunal gestiona un problema global —la sustentabilidad— en un espacio local delimitado. Se analizará la tensión entre autonomía comunal y exigencias institucionales superiores, interpretando las narrativas de los líderes sobre burocratización y corresponsabilidad.
La matriz teórica propuesta articula fenomenología, teoría comunicativa, gobernanza de bienes comunes, teoría política y ética aplicada. Esta integración permite abordar la sustentabilidad como valor vivido, deliberado, disputado y eventualmente institucionalizado.En consecuencia, el marco teórico no solo sustenta metodológicamente la investigación, sino que configura una arquitectura conceptual capaz de explicar cómo la sustentabilidad puede convertirse en elemento axiológico estructurante del Poder Popular Organizado y, desde allí, potenciar de manera duradera la gestión eco-ambiental en el Circuito Comunal Siete Colinas.
MARCO METODOLÓGICO
Enfoque y Diseño de la Investigación
La presente investigación se inscribe en el paradigma cualitativo interpretativo, el cual, según Denzin y Lincoln (2018), busca comprender los fenómenos sociales desde la perspectiva de los actores que los experimentan, privilegiando el significado y la construcción intersubjetiva de la realidad. En coherencia con lo antes planteando el estudio adopta específicamente la orientación fenomenológica descriptiva, fundamentada en los planteamientos metodológicos de Moustakas (1994) y Giorgi (2009).
La fenomenología descriptiva tiene como propósito trascender la descripción empírica superficial para develar la estructura invariante o esencia (eidos) de una experiencia vivida. En este caso, el fenómeno de interés es la aprehensión y jerarquización del valor de la sustentabilidad en la conciencia de los actores del Poder Popular Organizado. Este enfoque metodológico encuentra su fundamento filosófico en la reducción fenomenológica propuesta por Edmund Husserl (1913), que plantea la necesidad de suspender presupuestos previos para acceder a la experiencia tal como se manifiesta.
En consecuencia, el método central será la inducción eidética, proceso reflexivo mediante el cual la investigadora ascenderá desde las descripciones singulares de los participantes hacia la captación de la esencia universal del fenómeno axiológico estudiado. Este procedimiento no persigue generalizaciones estadísticas, sino comprensiones profundas y estructurales del significado vivido.
Selección de los Participantes
El estudio empleará un muestreo intencional estratégico, coherente con la tradición cualitativa (Patton, 2015), seleccionando actores clave del Circuito Comunal Siete Colinas que hayan participado activamente en procesos deliberativos vinculados a la gestión eco-ambiental. Entre ellos se incluirán voceros comunales, líderes de consejos comunales y miembros fundadores del circuito.
La selección no responderá a criterios cuantitativos, sino a la riqueza experiencial de los relatos. La recolección de datos se extenderá hasta alcanzar la saturación teórica, entendida como el momento en que las nuevas narrativas no aporten dimensiones sustancialmente diferentes a la estructura emergente del fenómeno (Strauss & Corbin, 2002).
Rigor Metodológico y Reducción Fenomenológica
El rigor científico se garantizará mediante la aplicación sistemática de la epoché o suspensión del juicio, orientada a neutralizar las preconcepciones axiológicas de la investigadora respecto a lo que constituye una “gestión adecuada” o un “valor correcto”. Según Moustakas (1994), la reducción fenomenológica es condición indispensable para preservar la pureza descriptiva del fenómeno.
Asimismo, se atenderán los criterios de credibilidad, transferibilidad y confirmabilidad propuestos por Lincoln y Guba (1985), a través de estrategias como triangulación de fuentes, revisión por participantes (memberchecking) y contraste entre discurso y observación práctica.
Técnicas de Recolección de Información
1. Entrevista Fenomenológica Profunda
La técnica principal será la entrevista fenomenológica en profundidad con protocolo abierto, orientada a provocar descripciones vivenciales y no meras opiniones racionalizadas. Siguiendo a Seidman (2013), las preguntas buscarán situar al participante en momentos concretos de experiencia, por ejemplo: “¿Podría describir el momento en que el Consejo tuvo que decidir entre un beneficio inmediato y una acción ambiental de largo plazo?”
El interés no radica en justificar decisiones, sino en comprender cómo se experimenta internamente la tensión axiológica entre valores en conflicto.
2. Observación No Participante Estructurada
De manera complementaria, se empleará la observación no participante durante asambleas y espacios deliberativos, registrando dinámicas comunicativas, códigos argumentativos y formas de legitimación discursiva. Esta técnica permitirá analizar empíricamente la racionalidad comunicativa o instrumental descrita por Jürgen Habermas (1981), contrastando discurso y práctica.
Protocolo de Análisis
El análisis seguirá el procedimiento sistematizado por Moustakas (1994) y Giorgi (2009):
- Horizonalización: Identificación y aislamiento de todas las expresiones significativas en las transcripciones, otorgándoles valor igualitario inicial.
- Agrupación temática: Organización de unidades de significado en temas y subtemas emergentes que describan la vivencia axiológica.
- Síntesis estructural: Integración de los hallazgos en una descripción textual y estructural que formule la esencia del fenómeno.
El resultado final será la declaración de la estructura invariante de la vivencia del valor de la sustentabilidad en el Poder Popular Organizado del Circuito Comunal Siete Colinas.
Pertinencia Institucional y Aporte Científico
Metodológicamente, esta investigación se alinea con la propuesta formativa de la Universidad Frutos Vivas al centrarse en la estructura social intermedia comunitaria como núcleo de transformación. El estudio parte de la premisa de que la potenciación de la gestión eco-ambiental no depende exclusivamente de normativas o recursos externos, sino de la consolidación de un fundamento axiológico compartido.
Así, la sustentabilidad es abordada no como indicador técnico, sino como manifestación de madurez ética comunitaria. La acción sostenible, desde este enfoque, podría entenderse como expresión de valores vividos y consensuados, más que como simple cumplimiento normativo, contribuyendo a enriquecer el campo de la gobernanza comunitaria desde una dimensión ético-existencial profunda.
A MANERA DE CIERRE
Asumir la sustentabilidad como elemento axiológico dentro del Poder Popular Organizado implica un ejercicio constante de revisión interior y vigilancia epistemológica. Esta investigación no solo interpela una realidad comunitaria concreta —el Circuito Comunal Siete Colinas— sino también las propias comprensiones sobre lo que significa gestionar ambientalmente un territorio desde la ética y la participación.
Desde el inicio del proceso, se decide confrontar la tendencia natural a evaluar la gestión comunitaria desde parámetros normativos previamente asumidos como “correctos”. Sin embargo, el enfoque fenomenológico ha exigido suspender tales juicios para abrirse a la posibilidad de que la sustentabilidad, lejos de responder a una definición única o técnica, se manifieste en formas diversas, incluso contradictorias, dentro de la conciencia colectiva. Esta exigencia metodológica ha sido, al mismo tiempo, un desafío intelectual y una oportunidad formativa.
Se comprende que investigar la dimensión axiológica del Poder Popular implica adentrarse en un terreno donde el valor no siempre se declara explícitamente, sino que se revela en tensiones, silencios, prioridades y decisiones concretas. En ocasiones, lo que desde una mirada externa podría interpretarse como incoherencia o debilidad en la gestión eco-ambiental, al analizarse desde dentro pareciera responder a jerarquías de valores condicionadas por urgencias sociales, limitaciones estructurales o experiencias históricas acumuladas.
De igual manera, el contexto venezolano imprime una complejidad adicional a este estudio. El Poder Popular no es únicamente una estructura organizativa; es un espacio atravesado por discursos políticos, expectativas institucionales y dinámicas de poder que influyen en la manera en que los actores expresan y viven sus valores. Esta realidad ha llevado a cuestionar constantemente hasta qué punto la sustentabilidad es asumida como convicción profunda o como exigencia contextual.
Otro elemento crítico ha sido reconocer que la sustentabilidad puede convertirse en un significante ampliamente aceptado en el discurso, pero no necesariamente consolidado en la práctica cotidiana. Este hallazgo preliminar obliga a mantener prudencia analítica, evitando afirmaciones categóricas antes de que el proceso de análisis alcance su madurez interpretativa.
Asimismo, este recorrido investigativo ha reforzado la convicción de que la transformación ambiental no puede imponerse desde marcos exclusivamente técnicos o administrativos. Si la sustentabilidad no se arraiga como valor compartido, cualquier estrategia de gestión corre el riesgo de fragmentarse frente a las presiones inmediatas. No obstante, esta intuición personal debe ser sometida al rigor del método y a la validación intersubjetiva propia del proceso investigativo.
En el plano ético, se asume la responsabilidad de representar fielmente las voces de los actores comunitarios, evitando instrumentalizar sus narrativas para confirmar expectativas teóricas. La fenomenología exige describir antes que juzgar, comprender antes que evaluar. Esta disciplina interior constituye quizá uno de los aprendizajes más significativos de la investigación.
Finalmente, este estudio también transforma a quien lo realiza. Interrogar la sustentabilidad como valor en el seno del Poder Popular ha llevado a revisar las propias jerarquías axiológicas y a comprender que la coherencia entre discurso y acción es un desafío tanto colectivo como individual. En consecuencia, esta investigación no solo busca aportar conocimiento académico, sino también propiciar una reflexión crítica sobre el fundamento ético de nuestras prácticas sociales y políticas.El proceso continúa abierto, y con él, la disposición a interpelar por la experiencia vivida de los actores del Circuito Comunal Siete Colinas, entendiendo que solo desde esa escucha profunda podrá emerger una comprensión auténtica de la sustentabilidad como elemento axiológico capaz de potenciar una gestión eco-ambiental verdaderamente significativa.
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DIMENSIÓN SOCIOCULTURAL DE LA CONTRALORÍA SOCIAL EN LA CONFIGURACIÓN DE PRÁCTICAS DE CONSERVACIÓN AMBIENTAL COMUNITARIA
SOCIAL OVERSIGHT AS A SOCIOCULTURAL ELEMENTTOOPTIMIZEENVIRONMENTALCONSERVATIONPRACTICES IN THE SIETE COLINAS COMMUNITYCIRCUIT, IN THE VALERA MUNICIPALITYOF TRUJILLO STATE.
Autoras: María Alejandra Hernández
mariahernandez.orcid@gmail.com
ORCID iD:0009-0009-4515-8315
UPA Frutos Vivas
Doris Prada
rojaspradadorisnataly@gmail.com
ORCID iD: 0009-0007-1005-3623
UPA Frutos Vivas
RESUMEN
Interpretar la dimensión sociocultural de la contraloría social en la configuración de prácticas de conservación ambiental comunitaria, entendiendo que la contraloría no es solo un mecanismo normativo de supervisión, sino una experiencia culturalmente situada que produce sentidos, valores y formas de regulación moral en la vida colectiva. Desde esta perspectiva, la conservación ambiental es abordada como práctica social construida intersubjetivamente, donde la vigilancia comunitaria, el compromiso ético y las tensiones relacionales configuran un horizonte simbólico que estructura el actuar cotidiano. Así, la contraloría social se interpreta como fenómeno sociocultural que incide en la racionalidad ambiental y en la organización moral del espacio comunitario. El propósito es Comprender la dimensión sociocultural de la contraloría social en la configuración de prácticas de conservación ambiental comunitaria del Circuito Comunal Siete Colinas, parroquia Mercedes Díaz, municipio Valera, estado Trujillo. Metodológicamente, la investigación se inscribe en el paradigma cualitativo-interpretativo y adopta la Fenomenología Interpretativa (IPA), sustentada en la tradición fenomenológica iniciada por Husserl (1970). No obstante, asume también el giro hermenéutico desarrollado por Heidegger (1962), según el cual toda comprensión implica interpretación. En este marco, la IPA incorpora lo que Smith et al. (2009) denominan la doble hermenéutica, que permite transitar de la descripción de la experiencia vivida a su interpretación sociocultural. Finalmente, el estudio no pretende ofrecer conclusiones cerradas, sino abrir un campo de comprensión crítica sobre la contraloría social como práctica encarnada, intersubjetiva y moralmente significativa, destacando su potencial configurador en la construcción de racionalidades ambientales comunitarias.
Palabras clave: contraloría social, dimensión sociocultural, conservación ambiental, fenomenología interpretativa, racionalidad ambiental comunitaria.
ABSTRACT
Interpret the sociocultural dimension of social comptrollership in the configuration of community environmental conservation practices, understanding that comptrollership is not only a regulatory supervision mechanism, but a culturally situated experience that produces meanings, values and forms of moral regulation in collective life. From this perspective, environmental conservation is approached as an intersubjectively constructed social practice, where community surveillance, ethical commitment and relational tensions configure a symbolic horizon that structures daily actions. Thus, social comptrollership is interpreted as a sociocultural phenomenon that affects environmental rationality and the moral organization of community space. The purpose is to understand the sociocultural dimension of social oversight in the configuration of community environmental conservation practices of the Siete Colinas Communal Circuit, Mercedes Díaz parish, Valera municipality, Trujillo state. Methodologically, the research is part of the qualitative-interpretive paradigm and adopts Interpretive Phenomenology (IPA), based on the phenomenological tradition initiated by Husserl (1970). However, it also assumes the hermeneutical turn developed by Heidegger (1962), according to which all understanding implies interpretation. In this framework, IPA incorporates what Smith et al. (2009) call double hermeneutics, which allows moving from the description of the lived experience to its sociocultural interpretation. Finally, the study does not intend to offer closed conclusions, but rather to open a field of critical understanding of social oversight as an embodied, intersubjective and morally significant practice, highlighting its configurative potential in the construction of community environmental rationalities.
Keywords: social oversight, sociocultural dimension, environmentalconservation, interpretative phenomenology, communityenvironmentalrationality.
INTRODUCCIÓN
En las últimas décadas, el debate académico-político sobre la sostenibilidad ambiental ha transitado desde una lógica predominantemente técnica y normativa hacia una perspectiva más relacional, cultural y socioespacial. Esto significa que los enfoques tradicionales, basados en políticas públicas diseñadas desde estructuras centralizadas, han mostrado límites cuando se aplican a contextos locales donde el comportamiento colectivo y las prácticas culturales son determinantes para la conservación de los ecosistemas (CEPAL, 2025).
En el ámbito internacional, instrumentos como el Acuerdo de Escazú, ratificado por múltiples países de América Latina y el Caribe, consagran el derecho a la participación pública en decisiones ambientales, reconociendo que la protección del medio ambiente no puede ser concebida únicamente como una cuestión técnico-legal, sino como una práctica social que expresa valores, significados y conflictos compartidos en las comunidades. Este giro conceptual ha impulsado la investigación en gobernanza ambiental, donde la contraloría social —es decir, la vigilancia y el monitoreo comunitario sobre la gestión de los recursos comunes— emerge como un elemento fundamental para conectar la normativa con la cotidianidad de las comunidades. Sin embargo, a nivel académico, la contraloría social aún es abordada mayoritariamente como un mecanismo instrumental o jurídico (rendición de cuentas o auditoría ciudadana), desatendiendo su dimensión cultural y su enraizamiento en prácticas sociales profundas.
En América Latina, la gestión ambiental participativa ha cobrado particular relevancia en la agenda de desarrollo sostenible, dadas las profundas tensiones socioambientales derivadas de la sobreexplotación de recursos naturales, la desigualdad y los conflictos territoriales. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha señalado que la participación ciudadana no solo es deseable, sino necesaria para la transformación territorial sostenible, puesto que permite que las comunidades ejerzan un papel activo en la toma de decisiones que afectan directamente sus medios de vida y su entorno ecológico. Esto implica que el control social de la gestión ambiental trasciende la mera fiscalización de políticas públicas; se convierte en una práctica cultural que articula saberes locales, valores compartidos y estrategias de resiliencia frente a las crisis ecológicas.
Este proceso es particularmente significativo en países como Venezuela, donde las formas organizativas comunitarias tienen un arraigo histórico en dinámicas de autogestión o gestión de bienes comunes. La Constitución de 1999, así como la Ley Orgánica de Consejos Comunales habilitaron nuevas formas de participación como la contraloría social que buscan empoderar a las comunidades en la vigilancia de proyectos, programas o políticas públicas. En el contexto venezolano, la contraloría social se ha promovido como un derecho ciudadano, al igual que una práctica vinculada a la profundización de la democracia participativa, con un énfasis explícito en la transparencia y la corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad.
Sin embargo, estudios sobre la contraloría social dentro de los consejos comunales venezolanos han revelado tensiones entre lo normativo y lo vivido. La investigación de Montes de Oca, Torrealba y Graterol (2016) mostró que, aunque existen directrices constitucionales al igual que legales que sustentan los procesos de participación y contraloría, la implementación práctica de estos mecanismos depende de las capacidades organizativas, así como de las dinámicas internas de las comunidades, particularmente en torno a la gestión de recursos o servicios públicos. Esto indica que el despliegue formal de la contraloría social no garantiza por sí mismo la internalización de prácticas ambientales sostenibles; es decir, no basta con tener instancias creadas por la ley, sino que es necesario que estas instancias penetren en la cultura, los valores y las prácticas cotidianas de los habitantes.
A escala regional, en el estado Trujillo, específicamente en la ciudad de Valera, las comunidades organizadas han desplegado formas particulares de gestión o autogestión que incorporan tanto dimensiones culturales como prácticas de conservación de recursos, especialmente en contextos donde la capacidad estatal ha sido limitada o inconsistente. Documentos institucionales municipales reflejan la inclusión de estrategias de participación ciudadana y contraloría social en sus manuales de organización, lo cual sugiere un intento por institucionalizar la vigilancia comunitaria de la gestión pública en el nivel local. Sin embargo, poco se ha analizado cómo estas instancias impactan realmente en prácticas ambientales y cómo se negocia su significado dentro de la vida cotidiana de los habitantes.
En la Parroquia Mercedes Díaz, dentro del circuito comunal denominado Siete Colinas, la conservación ambiental —entendida en términos de manejo de desechos, protección de áreas verdes, uso racional del agua y mantenimiento de la calidad de vida local— representa una arena donde convergen tensiones entre autonomía comunitaria, normas legales y valores culturales compartidos. La contraloría social en este contexto no es un simple mecanismo para auditar o vigilar el uso de recursos públicos; es una práctica social compleja que implica interacciones continuas entre vecinos, confrontaciones éticas, negociaciones de confianza y definiciones colectivas de lo que significa “cuidar” el entorno. Es decir, se trata de un ejercicio de responsabilidad colectiva que se articula tanto en las estructuras formales de organización comunal como en los hábitos, narrativas o expectativas compartidas por los habitantes.
Ante este panorama, resulta insuficiente analizar la contraloría social únicamente desde una perspectiva normativa o administrativa. Es necesario comprenderla como un fenómeno sociocultural, en el que la conservación ambiental se convierte en una práctica de sentido que estructura las relaciones comunitarias, más allá de la simple vigilancia de la gestión pública. Este enfoque exige indagar en las experiencias vividas, los valores subyacentes, así como las negociaciones diarias que ocurren cuando un vecino interpela a otro por prácticas ambientales, y cómo este acto es interpretado, aceptado, resistido o resignificado por los sujetos implicados. Así, la contraloría social deja de ser un concepto abstracto y se transforma en un elemento constitutivo de la cultura comunitaria, revelando su potencial para fomentar una gestión ambiental sostenible desde las bases mismas de la convivencia humana en el espacio comunal.
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
La crisis ambiental contemporánea ha adquirido una dimensión estructural que compromete no solo la estabilidad ecológica del planeta, sino también los marcos culturales y políticos desde los cuales las sociedades organizan la gestión de sus bienes comunes. Informes recientes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierten que el deterioro ambiental global no puede explicarse exclusivamente por fallas técnicas o regulatorias, sino por patrones de comportamiento colectivo arraigados en modelos de consumo, producción y gobernanza (PNUMA, 2023). En este sentido, la sostenibilidad ha comenzado a concebirse como una construcción sociocultural que exige la implicación activa de las comunidades en la vigilancia y cuidado de su entorno inmediato.
Desde la teoría de la gobernanza ambiental, se ha señalado que la eficacia de las políticas públicas depende de la articulación entre estructuras institucionales y dinámicas sociales locales. Kooiman (2003) sostiene que la gobernanza implica “interacciones sociopolíticas” donde actores estatales y no estatales comparten responsabilidades en la conducción de asuntos públicos. Lo que este autor sugiere es que el control y la regulación no pueden residir únicamente en el aparato estatal; deben desplegarse en redes horizontales donde la ciudadanía asuma un papel corresponsable. Esta perspectiva permite comprender la contraloría social como parte de un entramado relacional más amplio, donde el monitoreo ciudadano forma parte de la arquitectura misma de la gobernanza.
En América Latina, la problemática adquiere matices particulares debido a la histórica desigualdad social y a los conflictos en torno a los recursos naturales. Gudynas (2011) advierte que los modelos extractivistas han generado tensiones entre desarrollo económico y sostenibilidad, lo que ha impulsado la emergencia de prácticas comunitarias de vigilancia ambiental. Es decir, que la sustentabilidad en la región requiere transformaciones culturales profundas, no solo ajustes normativos. Esta reflexión permite inferir que la contraloría social ambiental podría constituirse como una herramienta estratégica para fortalecer la participación comunitaria en la defensa del territorio, siempre que logre trascender su carácter meramente formal.
Asimismo, estudios sobre participación ciudadana en América Latina han señalado que la institucionalización de mecanismos participativos no garantiza automáticamente su efectividad. Cunill Grau (2004) advierte que muchos dispositivos de control social creados por ley presentan debilidades cuando no están respaldados por capital social o prácticas culturales consolidadas. En palabras de la autora, “la participación puede convertirse en una formalidad si no se acompaña de procesos reales de apropiación social” (Cunill Grau, 2004, p. 58). Esta afirmación sugiere que la contraloría social ambiental enfrenta el desafío de convertirse en una práctica significativa para los actores locales, más allá de su existencia normativa.
En el contexto venezolano, la participación comunitaria ha sido promovida como eje fundamental del modelo político contemporáneo. No obstante, investigaciones sobre el funcionamiento real de los consejos comunales indican que la dinámica participativa puede verse afectada por factores como la fragmentación interna, la politización o la debilidad organizativa. Lander (2010) señala que la democracia participativa requiere procesos culturales sostenidos que fortalezcan la autonomía comunitaria y eviten la instrumentalización de los mecanismos de control. De esta forma, el ejercicio de la contraloría social podría experimentar tensiones cuando no logra consolidarse como valor compartido dentro del tejido comunitario.
En el estado Trujillo, caracterizado por una tradición organizativa vinculada a la resolución colectiva de problemas locales, las comunidades han desarrollado históricamente mecanismos informales de regulación social. Investigaciones regionales sobre organización comunitaria sugieren que estas prácticas tradicionales podrían coexistir —y en ocasiones entrar en fricción— con las estructuras formales de contraloría establecidas por la legislación nacional. Pareciera que la incorporación de normas externas en contextos con dinámicas propias de control social genera procesos de reinterpretación cultural, donde la aceptación o resistencia a la vigilancia depende de su compatibilidad con los valores locales.
En la ciudad de Valera, particularmente en la parroquia Mercedes Díaz, el Circuito Comunal Siete Colinas constituye un espacio donde convergen desafíos ambientales asociados al manejo de residuos sólidos, la preservación de áreas verdes y el uso racional del agua. Aunque existen estructuras formales de contraloría social, podría percibirse una distancia entre la existencia normativa de tales instancias y su integración efectiva en las prácticas cotidianas de conservación ambiental.
En el ámbito específico del circuito comunal, se observan situaciones que parecieran revelar tensiones en torno al ejercicio de la vigilancia ambiental entre vecinos. Podría interpretarse que algunos habitantes experimentan incomodidad al interpelar conductas consideradas perjudiciales para el entorno, tal vez por temor a afectar relaciones de convivencia. Asimismo, parecería que la gestión de residuos o el uso del agua no siempre se ajusta plenamente a las orientaciones colectivas acordadas, lo que sugiere posibles dificultades en la internalización de normas ambientales compartidas. Estas manifestaciones no se presentan como afirmaciones concluyentes, sino como apreciaciones preliminares que invitan a profundizar en la experiencia vivida por los actores involucrados.
En este contexto, podrían identificarse factores que estarían incidiendo en la complejidad del fenómeno: una posible priorización de la armonía interpersonal sobre la fiscalización directa; una eventual percepción de la contraloría como acto confrontativo más que como práctica de cuidado; y la coexistencia de reglas no escritas que regulan la convivencia cotidiana. Tales elementos, lejos de constituir diagnósticos cerrados, sugieren la necesidad de comprender cómo se construyen los significados del control ambiental dentro del circuito comunal.
Las implicaciones de esta situación podrían ser significativas. Si la contraloría social no logra consolidarse como elemento sociocultural integrado en la identidad colectiva, cabría suponer que las prácticas de conservación ambiental podrían depender exclusivamente de iniciativas individuales o coyunturales. Esto eventualmente limitaría la sostenibilidad a largo plazo de los bienes comunes locales. Por otra parte, si el ejercicio de la vigilancia es percibido como intromisión, podría afectar los niveles de confianza interpersonal y debilitar la cohesión comunitaria, generando un dilema entre control y convivencia.
El problema central radica, entonces, en la posible desconexión entre la contraloría social concebida como mecanismo legal y su vivencia como experiencia cultural en el Circuito Comunal Siete Colinas. No se trata únicamente de verificar la existencia de estructuras formales de control, sino de indagar cómo los habitantes interpretan, justifican o resisten el acto de vigilar prácticas ambientales de sus pares. El vacío de conocimiento se ubica en la ausencia de estudios que aborden este fenómeno desde una perspectiva fenomenológica e interpretativa, permitiendo descifrar la estructura de significados que subyace al ejercicio de la contraloría social ambiental en contextos comunales venezolanos.
Comprender esta dimensión resulta fundamental para diseñar estrategias que fortalezcan la sostenibilidad desde la base cultural de la comunidad, evitando que la contraloría permanezca como una “cáscara normativa” desvinculada de la experiencia vivida. La investigación se orienta, por tanto, a revelar cómo se configura el sentido ético del cuidado ambiental cuando el ciudadano se asume —o rehúsa asumirse— como contralor de su propio hábitat.
La problematización expuesta conduce necesariamente a la formulación de interrogantes que orienten la indagación desde una perspectiva interpretativa. Dado que el interés de esta investigación no se centra en medir la frecuencia del control ambiental, sino en comprender el significado vivido de la contraloría social como práctica sociocultural, las preguntas se configuran como ejes hermenéuticos que buscan desentrañar la estructura de sentido que subyace a la experiencia de vigilancia y cuidado en el Circuito Comunal Siete Colinas. Estas interrogantes no pretenden confirmar hipótesis previas, sino abrir el campo de comprensión sobre cómo se construye, negocia y resignifica la contraloría social ambiental en el entramado relacional de la comunidad.
¿Cómo se configura la contraloría social como elemento sociocultural en las prácticas de conservación ambiental del Circuito Comunal Siete Colinas, parroquia Mercedes Díaz, municipio Valera, estado Trujillo?
¿Qué tensiones socioculturales se manifiestan en la interacción entre las normas formales de contraloría social y las prácticas cotidianas del circuito comunal?
A partir de las interrogantes planteadas, se formulan los propósitos que orientan el desarrollo del estudio. Estos no se reducen a objetivos operativos, sino que expresan la intencionalidad epistemológica del trabajo: comprender el fenómeno en su profundidad vivencial y cultural. En coherencia con el enfoque fenomenológico-hermenéutico adoptado, los propósitos buscan revelar la esencia de la experiencia de contraloría social ambiental tal como es vivida por los sujetos del circuito comunal, articulando el análisis descriptivo con la interpretación del entramado simbólico y moral que sostiene dicha práctica.
Propósito general
Comprender la dimensión sociocultural de la contraloría social en la configuración de prácticas de conservación ambiental comunitaria del Circuito Comunal Siete Colinas, parroquia Mercedes Díaz, municipio Valera, estado Trujillo
MARCO TEÓRICO
Fundamentos Ontológicos, Filosóficos Y Sociopolíticos
Ontología del Cuidado y Existencia Comunitaria
El análisis de la Contraloría Social en la conservación ambiental del Circuito Comunal Siete Colinas exige, en primer término, una comprensión ontológica del ser humano como entidad constitutivamente relacional, histórica y situada. En efecto, antes de abordar la vigilancia como mecanismo normativo o herramienta institucional, resulta necesario interrogar su fundamento existencial. Desde esta perspectiva, la categoría de Cuidado (Sorge) desarrollada por Heidegger (1927) constituye el punto de partida para comprender la vigilancia como fenómeno arraigado en la estructura misma del ser humano. En Ser y tiempo, Heidegger (1927) sostiene de manera categórica “El Dasein es un ente para el cual, en su ser, le va este mismo ser. El ser del Dasein es cuidado. Este cuidado no significa una actitud ocasional, sino la estructura unitaria que integra facticidad, existencia y caída” (p. 199).
Esta afirmación implica que el cuidado no debe interpretarse como una emoción pasajera o una disposición moral voluntaria, sino como la estructura fundamental del ser-en-el-mundo. Es decir, el ser humano no puede sustraerse de su implicación con el entorno, ya que existir significa estar comprometido con aquello que le rodea. En consecuencia, habitar un territorio supone asumir responsabilidad sobre él. De allí que la conservación ambiental no aparezca como una opción secundaria, sino como una dimensión inherente al modo de existir comunitariamente.
Ahora bien, si el cuidado constituye la esencia existencial del Dasein, también es cierto que Heidegger advierte la posibilidad de la inautenticidad. El individuo puede diluir su responsabilidad en el anonimato del “uno”, es decir, en la impersonalidad de lo que “se hace” o “se dice”. Cuando una comunidad normaliza prácticas que deterioran el ambiente y adopta una postura indiferente frente a la contaminación o el uso inadecuado de los recursos, podría interpretarse que se produce una forma de abandono del cuidado. En tal sentido, el debilitamiento de la Contraloría Social no sería únicamente una deficiencia organizativa, sino una manifestación de inautenticidad colectiva.
Desde una lectura aplicada al contexto del Circuito Comunal Siete Colinas, el vecino que interpela a otro por arrojar residuos o desperdiciar agua no actúa exclusivamente como ejecutor de una norma formal. Más bien, su acción puede entenderse como expresión concreta del cuidado por el mundo compartido. En consecuencia, cuando la vigilancia se enmarca en esta lógica ontológica, adquiere legitimidad profunda, pues se fundamenta en la responsabilidad existencial y no solo en la regulación jurídica.
Intencionalidad Fenomenológica y Constitución de Sentido
La ontología del cuidado encuentra un complemento necesario en la fenomenología trascendental de Husserl (1913), quien aporta herramientas para comprender cómo los sujetos constituyen sentido en sus experiencias cotidianas. El autor citado sostiene que toda conciencia es intencional, es decir, siempre está dirigida hacia algo. De allí que afirme “La conciencia es siempre conciencia de algo; en toda vivencia intencional se halla implicada una referencia a un objeto, aunque este objeto no exista en el mundo natural, pues su modo de ser es el de aparecer para la conciencia”. En virtud de esta premisa, la Contraloría Social no puede considerarse un acto neutro ni meramente procedimental. Toda acción de vigilancia está orientada hacia un objeto intencional que le confiere sentido. Dicho objeto puede ser la preservación del ambiente, la protección de los recursos hídricos o la defensa del orden comunitario. Así, el acto de controlar se configura como experiencia cargada de significación.
En este marco, resulta pertinente distinguir entre diferentes orientaciones intencionales. Por una parte, podría identificarse una intencionalidad positiva, centrada en la preservación del futuro común y en la protección de los bienes colectivos. Por otra parte, podría manifestarse una intencionalidad negativa, orientada predominantemente hacia la sanción o la corrección del comportamiento ajeno. Fenomenológicamente, esta distinción adquiere relevancia porque determina la vivencia subjetiva del control.
En este orden de ideas, cuando la vigilancia es experimentada como gesto solidario y preventivo, tiende a fortalecer la cohesión comunitaria; en cambio, cuando se percibe como acto moralizante o coercitivo, puede generar tensiones y resentimientos. En consecuencia, el enfoque fenomenológico interpretativo permitirá explorar cómo los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas significan la experiencia de la Contraloría Social: si la asumen como expresión del cuidado compartido o si la viven como intromisión en la esfera privada.
Teoría de la Práctica y Bienes Internos
La comprensión ontológica y fenomenológica debe, a su vez, articularse con una teoría ética que permita analizar la conservación ambiental como práctica social. En este sentido, el aporte de MacIntyrev (1981) resulta fundamental“Cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa socialmente establecida mediante la cual se realizan bienes internos a esa forma de actividad, bienes que solo pueden alcanzarse participando en ella conforme a estándares de excelencia apropiados” (p. 187).
Desde esta definición, la conservación ambiental puede entenderse como práctica comunitaria cuyos bienes internos son la calidad del aire, la disponibilidad de agua y la sostenibilidad ecológica. Dichos bienes no pueden obtenerse de manera individual ni externa a la práctica misma; requieren cooperación y compromiso colectivo. En consecuencia, la Contraloría Social se configura como virtud necesaria para proteger esos bienes internos frente a la negligencia o el descuido.
MacIntyre advierte, además:“Sin las virtudes, las prácticas se corrompen y los bienes internos se subordinan a bienes externos como el poder o el prestigio” (p. 191).Esta afirmación adquiere especial relevancia en el ámbito comunitario. Si la vigilancia se instrumentaliza como herramienta de dominación política o como mecanismo de rivalidad interpersonal, deja de ser virtud y se convierte en instrumento de poder. Por ello, la legitimidad de la Contraloría Social depende de su orientación ética hacia la preservación de bienes compartidos.
Complementariamente, Pierre Bourdieu introduce el concepto de habitus, entendido como conjunto de disposiciones duraderas que orientan la acción. Bourdieu (1972) señala:“Elhabitus es un sistema de disposiciones duraderas y transferibles que, integrando experiencias pasadas, funciona en cada momento como matriz generadora de percepciones, apreciaciones y acciones” (p. 88).
En consecuencia, la sostenibilidad de la Contraloría Social dependerá de que la corresponsabilidad ambiental se incorpore al habitus comunitario. Si el cuidado del entorno forma parte de las disposiciones internalizadas, la vigilancia surgirá de manera casi espontánea; en cambio, si no existe tal incorporación cultural, la práctica dependerá exclusivamente de la coerción normativa y será frágil en el tiempo.
Gobernanza Horizontal y Vigilancia entre Pares
Finalmente, desde el plano político-institucional, la Contraloría Social debe analizarse a la luz de la teoría contemporánea de la gobernanzaRhodes (1996) sostiene que el Estado moderno opera cada vez más mediante redes interorganizacionales. En este sentido, afirma:“Gobernar sin gobierno implica redes interorganizacionales autoorganizadas caracterizadas por la interdependencia y reglas de juego negociadas.” Esta perspectiva indica que el ejercicio del poder no se concentra exclusivamente en las instituciones formales, sino que se distribuye en redes sociales donde los actores interactúan de manera interdependiente. De forma complementaria, Kooiman argumenta que gobernar implica procesos interactivos en los que participan múltiples actores sociales, públicos y privados.
En este marco conceptual, la Contraloría Social puede interpretarse como expresión de gobernanza horizontal, en la cual el control emerge desde la base comunitaria y no desde una autoridad centralizada. La vigilancia del par sobre el par introduce una redistribución del poder simbólico, pues otorga legitimidad a los ciudadanos para supervisar prácticas que afectan el bien común.Sin embargo, esta modalidad de gobernanza también genera tensiones socioculturales. La legitimidad del control dependerá de la aceptación colectiva de las reglas y de la confianza mutua. De lo contrario, la vigilancia podría percibirse como invasión o conflicto. Por ello, la Contraloría Social se sitúa en una zona de equilibrio delicado entre corresponsabilidad y coerción, entre autonomía y regulación.
En síntesis, la articulación entre ontología del cuidado, fenomenología de la intencionalidad, teoría ética de la práctica y gobernanza horizontal permite comprender la Contraloría Social como fenómeno complejo, donde convergen dimensiones existenciales, culturales, morales y políticas. Su eficacia en la conservación ambiental del Circuito Comunal Siete Colinas dependerá, en última instancia, de que sea vivida como expresión auténtica del cuidado compartido y no simplemente como mecanismo formal de control.
Gestión de Recursos de Uso Común
El aporte de Ostrom (1990) resulta central al señalar que “Las comunidades que gestionan con éxito recursos de uso común desarrollan sistemas de monitoreo en los cuales los propios usuarios supervisan el comportamiento de los demás”. Como se puede observar, Ostrom desmonta la inevitabilidad de la “Tragedia de los Comunes”. La sostenibilidad depende de monitoreo interno y sanciones graduales.
La Contraloría Social en Siete Colinas constituye precisamente ese mecanismo de monitoreo mutuo.
Teoría de la Acción Comunicativa
Al respecto, Habermas (1987) distingue entre acción comunicativa y acción estratégica. En Teoría de la acción comunicativaafirma:“La acción comunicativa se orienta al entendimiento; presupone que los participantes coordinan sus planes de acción sobre la base de pretensiones de validez susceptibles de crítica”.Si la interpelación ambiental busca entendimiento, fortalece legitimidad. Si busca imposición, se transforma en acción estratégica.El concepto de Mundo de la Vida permite contextualizar la vigilancia dentro de tradiciones y valores compartidos.
Capital Social y Confianza
El constructo de capital social desarrollado por Putnam (2000) aporta dimensión relacional, de allí que sostiene“El capital social se refiere a las conexiones entre individuos —redes sociales y normas de reciprocidad y confianza— que surgen de ellas” .La Contraloría Social opera como prueba del capital social existente.Si destruye confianza, revela fractura comunitaria.Si fortalece reciprocidad, consolida cohesión.
ENFOQUE METODOLÓGICO Y ESTRUCTURA DEL ANÁLISIS
El presente estudio se inscribe de manera rigurosa en el paradigma cualitativo-interpretativo, el cual se distancia de la lógica estadística, explicativa o causal propia del positivismo, y se orienta hacia la comprensión profunda de los significados construidos por los sujetos en su mundo de vida. Desde esta perspectiva, la realidad social no se concibe como un objeto externo susceptible de medición, sino como una trama de sentidos que emerge en la interacción cotidiana y que debe ser interpretada en su contexto histórico y cultural. Tal como lo plantea Schütz (1967), la acción social solo puede comprenderse si se atiende a las interpretaciones que los propios actores elaboran sobre su experiencia.
En coherencia con este fundamento epistemológico, la investigación asume que la Contraloría Social en el Circuito Comunal Siete Colinas no puede reducirse a procedimientos administrativos ni a indicadores formales de control, sino que constituye una experiencia vivida, cargada de significados morales, tensiones interpersonales y valoraciones culturales. En este sentido, el abordaje metodológico se orienta a comprender cómo los sujetos significan el ejercicio de la vigilancia ambiental dentro de su propia comunidad, reconociendo que dicha práctica se inscribe en un entramado simbólico más amplio.
El núcleo del diseño se fundamenta en la Fenomenología Interpretativa o Interpretative PhenomenologicalAnalysis (IPA), desarrollada sistemáticamente por Smith, Flowers y Larkin (2009). Este enfoque se propone explorar en profundidad el proceso mediante el cual las personas intentan dar sentido a eventos que resultan cruciales en su experiencia vital. De esta manera, la IPA ofrece un marco idóneo para analizar cómo los actores comunitarios comprenden, justifican y emocionalmente experimentan el ejercicio de la contraloría ambiental.
Diseño y Perspectiva Metodológica: Fenomenología Interpretativa
La Fenomenología Interpretativa se sustenta en la tradición fenomenológica iniciada por Husserl (1970), quien propuso atender a la experiencia tal como se manifiesta a la conciencia. No obstante, este estudio asume también el giro hermenéutico desarrollado por Heidegger (1962), según el cual toda comprensión implica interpretación, dado que el sujeto siempre se encuentra situado en un horizonte histórico y cultural que condiciona su manera de entender el mundo. En este marco, la IPA incorpora lo que Smith et al. (2009) denominan la doble hermenéutica. Este principio señala que el participante intenta dar sentido a su experiencia, mientras que el investigador, a su vez, interpreta ese intento de significación. No se trata, por tanto, de una mera descripción literal del discurso, sino de un proceso reflexivo mediante el cual se busca comprender el significado profundo de lo narrado.
Esta característica resulta especialmente pertinente para el estudio de la Contraloría Social en el Circuito Comunal Siete Colinas, ya que el acto de interpelar, supervisar o vigilar prácticas ambientales puede vivirse como deber moral, compromiso colectivo o fuente de tensión comunitaria. Comprender este fenómeno exige ir más allá del “qué ocurrió” para adentrarse en el “cómo se vivió” y el “cómo se justifica” dicha acción. En otras palabras, se busca revelar el componente sociocultural que subyace al ejercicio de control comunitario. Asimismo, la IPA posee un carácter idiográfico, lo cual implica un análisis detallado y profundo de cada caso antes de establecer conexiones entre ellos (Smith et al., 2009). Esta orientación metodológica resulta coherente con el propósito de captar la singularidad de las experiencias dentro de un contexto comunitario específico, evitando generalizaciones apresuradas.
Muestreo y Técnicas de Captura de la experiencia
En consonancia con el carácter idiográfico de la IPA, se adoptará un muestreo intencional y homogéneo. Este tipo de selección responde a la necesidad de trabajar con sujetos que hayan experimentado de manera directa y significativa procesos vinculados a la Contraloría Social en materia ambiental. Como señalan Smith et al. (2009), la IPA privilegia muestras pequeñas —generalmente entre cinco y diez participantes— con el fin de maximizar la profundidad analítica y garantizar una descripción densa de la experiencia. En consecuencia, se seleccionarán participantes cuya vivencia en torno a la vigilancia ambiental haya sido vívida y relevante, ya sea por haber ejercido funciones de contraloría o por haber sido directamente involucrados en dichas dinámicas. La intención no es alcanzar representatividad estadística, sino explorar con profundidad la experiencia compartida en un grupo relativamente homogéneo.
La técnica principal de recolección de información será la entrevista semiestructurada con orientación fenomenológica. Este tipo de entrevista permite estimular narraciones detalladas, facilitando que el participante describa situaciones concretas, emociones asociadas y reflexiones posteriores. Kvale y Brinkmann (2009) sostienen que la entrevista cualitativa constituye un espacio dialógico donde el significado se construye en interacción, lo cual resulta coherente con el enfoque interpretativo asumido en este estudio.
Además, el protocolo de entrevista se enriquecerá con la perspectiva de la corporalidad fenomenológica propuesta por Merleau-Ponty (2005), quien afirma que la experiencia humana es esencialmente encarnada. Desde esta mirada, el análisis no se limitará al contenido verbal del relato, sino que indagará en las manifestaciones corporales asociadas al ejercicio de la contraloría: sensaciones físicas al interpelar a un vecino, gestos que acompañaron el acto de supervisión o percepciones corporales vinculadas a situaciones de conflicto. Esta atención al cuerpo-sujeto permitirá anclar la interpretación en la experiencia concreta y perceptiva del participante. Las entrevistas serán registradas mediante grabación digital, previa obtención del consentimiento informado, y posteriormente transcritas de manera literal. La fidelidad en la transcripción garantiza que los matices del discurso —pausas, énfasis, expresiones emocionales— se conserven para el análisis interpretativo.
Protocolo de Análisis Hermenéutico Estructurado
El análisis de los datos se desarrollará a través de un ciclo iterativo que articula los pasos propios de la IPA con la hermenéutica de la acción planteada por Ricoeur (1986). Este procedimiento permitirá transitar de la descripción detallada del relato hacia una interpretación cultural más profunda. En una primera etapa, se realizará una lectura atenta y reiterada de cada transcripción, con el objetivo de lograr una inmersión comprensiva en el mundo narrativo del participante. Durante esta fase se elaborarán notas iniciales que recojan impresiones sobre el tono emocional, la intensidad del relato y los significados preliminares identificados (Smith et al., 2009).
Posteriormente, se procederá a la identificación de unidades de sentido descriptivas, es decir, segmentos del texto que encapsulen aspectos específicos de la experiencia de contraloría, tales como momentos de conflicto, justificación moral o percepción de reconocimiento comunitario. Estas unidades permitirán organizar el material sin fragmentar su coherencia narrativa. En una tercera fase, las unidades de sentido serán agrupadas en temas de significado emergentes. Dichos temas revelarán patrones interpretativos que configuran la estructura de la experiencia del participante. Por ejemplo, podrían emerger categorías como la vigilancia entendida como responsabilidad ética o la confrontación percibida como gesto de liderazgo comunitario.
Aunado a ello, se desarrollará el análisis hermenéutico propiamente dicho, inspirado en la propuesta de Ricoeur (1986), quien concibe la acción humana como texto susceptible de interpretación. Una vez fijada en el relato, la acción de contraloría será leída como expresión cultural que revela procesos de negociación normativa, tensiones relacionales y construcción colectiva de la moralidad ambiental. Finalmente, se formularán temas super ordenados que integren los hallazgos individuales en una síntesis interpretativa más amplia. Esta etapa permitirá articular el significado vivido por los sujetos con el marco sociocultural que estructura la práctica comunitaria, cerrando así el círculo hermenéutico entre experiencia particular y comprensión contextual. De esta manera, el abordaje metodológico propuesto garantiza coherencia epistemológica, rigor analítico y profundidad interpretativa, permitiendo comprender la Contraloría Social como fenómeno vivido, encarnado y culturalmente situado dentro del Circuito Comunal Siete Colinas.
Consideraciones De Cierre
El recorrido desarrollado hasta este punto permite afirmar que la Contraloría Social, entendida más allá de su dimensión normativa o procedimental, constituye un campo de análisis que interpela directamente la relación entre cultura, poder y ética ambiental en los espacios comunitarios. En consecuencia, el interés de esta investigación no radica únicamente en describir mecanismos de supervisión, sino en problematizar el sentido que adquiere el acto de vigilar, interpelar y cuidar en el entramado cotidiano de una comunidad específica.
En este orden de ideas, situar el estudio en el Circuito Comunal Siete Colinas implica reconocer que los procesos de conservación ambiental no se sostienen exclusivamente en regulaciones formales, sino en prácticas sociales que se legitiman —o se tensionan— en el ámbito de las relaciones vecinales. Allí, la contraloría puede adquirir múltiples significaciones: gesto de compromiso colectivo, expresión de liderazgo, acto de responsabilidad moral o, eventualmente, fuente de incomodidad y conflicto. Explorar estas posibilidades no supone anticipar resultados, sino abrir un espacio de comprensión sobre cómo se configuran las dinámicas de control en contextos donde los vínculos sociales son cercanos y permanentes.
Asimismo, el estudio busca aportar a la discusión académica sobre participación y gestión ambiental desde una perspectiva que privilegia la experiencia vivida. En lugar de asumir la contraloría como categoría cerrada, se propone analizarla como práctica cultural situada, cuya comprensión exige atender a los significados que los propios actores construyen en su interacción cotidiana. De esta manera, la investigación se inscribe en una línea que reconoce la centralidad del sujeto en la producción de sentido y, por ende, en la configuración de la acción colectiva. Por otra parte, este trabajo se proyecta como una contribución que puede dialogar tanto con el campo de los estudios socioculturales como con el ámbito de la gestión ambiental comunitaria. En efecto, comprender la contraloría social desde su dimensión simbólica y relacional puede ofrecer claves para repensar estrategias de participación, fortalecimiento organizativo y construcción de corresponsabilidad ambiental en escenarios locales.
En esta perspectiva, la investigación también invita a reconsiderar la manera en que se conciben las prácticas de control dentro de las organizaciones comunitarias. Lejos de entenderlas exclusivamente como mecanismos de supervisión, podrían interpretarse como espacios de negociación de normas, redefinición de responsabilidades y construcción de legitimidad. Ello supone reconocer que la sostenibilidad ambiental en contextos locales no depende únicamente de recursos materiales o lineamientos institucionales, sino del entramado simbólico que sostiene la acción colectiva. Del mismo modo, el análisis en curso puede contribuir a visibilizar las tensiones inherentes a toda forma de control social ejercida entre pares. En comunidades donde los lazos son cercanos, el ejercicio de vigilancia ambiental podría implicar dilemas éticos, conflictos latentes o reconfiguraciones de liderazgo. Comprender estas dinámicas permitirá ofrecer una lectura más compleja y menos simplificada de la participación comunitaria, evitando miradas idealizadas o meramente normativas.
Finalmente, la investigación se encuentra en una etapa de construcción interpretativa, abierta a los matices que emerjan del trabajo de campo. Más que presentar afirmaciones concluyentes, el propósito es consolidar un horizonte reflexivo que guíe el análisis posterior, permitiendo que las voces de los actores comunitarios revelen, en su propia densidad narrativa, los sentidos que configuran la Contraloría Social como elemento sociocultural en las prácticas de conservación ambiental. De este modo, el estudio mantiene su carácter abierto y proyectivo, en coherencia con la naturaleza comprensiva y contextual de la investigación cualitativa.
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CONSTRUCCIÓN CONVIVENCIAL DE LA CULTURA AMBIENTAL: APROXIMACIÓN INTERPRETATIVA A LAS 5R EN EL CONTEXTO COMUNAL.
CONVIVIALCONSTRUCTIONOFENVIRONMENTAL CULTURE: ANINTERPRETIVEAPPROACHTO THE 5R IN THE COMMUNALCONTEXT
ORCID iD: 0009-0009-6146-5681
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
Javier León
Javier.leon.pereira2023@gmail.com
ORCID iD: 0009-0000-1221-7192
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
RESUMEN
La crisis socioambiental contemporánea ha generado la necesidad de repensar las formas en que las comunidades construyen cultura ambiental desde su cotidianidad. En este escenario, las 5R (reducir, reutilizar, reciclar, reparar y rechazar) pueden comprenderse no solo como lineamientos técnicos, sino como prácticas que inciden en la convivencia, en la organización doméstica y en los vínculos comunitarios. Desde esta perspectiva, el propósito es Interpretar la construcción convivencial de la cultura ambiental: aproximación interpretativa a las 5r en el contexto del Circuito Comunal Siete Colinas, del Municipio Valera del Estado Trujillo, atendiendo a los significados que los actores sociales atribuyen a dichas prácticas en su experiencia vivida. Metodológicamente, el trabajo se orientó desde un enfoque cualitativo interpretativo, sustentado en la fenomenología hermenéutica (Heidegger, 1927; Gadamer, 1960) y en la propuesta metodológica de Van Manen (1990) sobre la investigación del significado vivido. Se asumió un muestreo intencional (Patton, 2002), seleccionando sujetos con experiencias significativas en la aplicación de las 5R, priorizando la densidad interpretativa sobre la representatividad estadística. La técnica principal fue la entrevista en profundidad centrada en la vivencia (Van Manen, 1990), complementada con el análisis del lenguaje y las narrativas comunitarias. El proceso de interpretación se desarrolló mediante el círculo hermenéutico (Gadamer, 1960), transitando de las partes al todo y del todo a las partes para alcanzar coherencia comprensiva. El estudio plantea que la consolidación de una cultura ambiental comunitaria podría vincularse estrechamente con procesos de resignificación convivencial, donde los hábitos ecológicos se integran a la trama simbólica y relacional del territorio.
Palabras clave: 5R, prácticas convivenciales, cultura ambiental, fenomenología hermenéutica, comunidad, sostenibilidad.
ABSTRACT
The contemporary socio-environmental crisis has generated the need to rethink the ways in which communities build environmental culture from their daily lives. In this scenario, the 5Rs (reduce, reuse, recycle, repair and reject) can be understood not only as technical guidelines, but as practices that affect coexistence, domestic organization and community ties. From this perspective, the purpose is to interpret the convivial construction of environmental culture: an interpretive approach to the 5r in the context of the Siete Colinas Communal Circuit, of the Valera Municipality of Trujillo State, taking into account the meanings that social actors attribute to said practices in their lived experience. Methodologically, the work was oriented from a qualitative interpretive approach, supported by hermeneutic phenomenology (Heidegger, 1927; Gadamer, 1960) and by Van Manen's (1990) methodological proposal on the investigation of lived meaning. Purposive sampling was assumed (Patton, 2002), selecting subjects with significant experiences in the application of the 5Rs, prioritizing interpretive density over statistical representativeness. The main technique was the in-depth interview focused on experience (Van Manen, 1990), complemented with the analysis of language and community narratives. The interpretation process was developed through the hermeneutic circle (Gadamer, 1960), moving from the parts to the whole and from the whole to the parts to achieve comprehensive coherence. The study suggests that the consolidation of a community environmental culture could be closely linked to processes of coexistence resignification, where ecological habits are integrated into the symbolic and relational fabric of the territory.
Keywords: 5R, convivialpractices, environmental culture, hermeneuticphenomenology, community, sustainability.
INTRODUCCIÓN
La época contemporánea no se define únicamente por avances tecnológicos o por la expansión de los mercados globales; se caracteriza, sobre todo, por una transformación silenciosa pero profunda en la forma en que la humanidad habita el planeta. Más que una “crisis ambiental” entendida como un fenómeno externo, lo que se evidencia es una fractura en la experiencia del habitar: una ruptura entre la acción cotidiana y sus consecuencias ecológicas. Esta dislocación ha generado un modo de relación con los objetos, los recursos y los territorios marcado por la aceleración, la obsolescencia y la desvinculación ética. En este contexto, la sostenibilidad deja de ser un concepto técnico para convertirse en una interrogante ontológica: ¿qué significa habitar responsablemente un mundo finito?
A escala global, diversos informes internacionales han advertido que la producción y gestión inadecuada de residuos sólidos constituye uno de los síntomas más visibles de esta ruptura civilizatoria. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2021) ha señalado que la humanidad genera más de 2.000 millones de toneladas de residuos municipales al año, con proyecciones crecientes si no se modifican los patrones de consumo. Este dato no es meramente estadístico; revela un modelo lineal de producción y descarte que configura una cultura del desecho como práctica normalizada. De allí que el debate internacional haya evolucionado desde enfoques centrados exclusivamente en la disposición final hacia estrategias preventivas como la economía circular y la jerarquía de residuos, donde las 5R (Rechazar, Reducir, Reutilizar, Recuperar/Reparar y Reciclar) adquieren centralidad ética y práctica.
En América Latina, esta problemática adquiere matices particulares debido a la coexistencia de desigualdades estructurales, urbanización acelerada y limitaciones institucionales en la gestión ambiental. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (2020), la región enfrenta déficits significativos en infraestructura de manejo de residuos, así como en educación ambiental orientada a la transformación cultural. Sin embargo, América Latina también posee una riqueza comunitaria y tradiciones de organización territorial que ofrecen un potencial singular para el desarrollo de prácticas convivenciales de sostenibilidad. Instrumentos como el Acuerdo de Escazú reflejan un esfuerzo regional por fortalecer la participación ciudadana en asuntos ambientales, reconociendo que la gobernanza ecológica no puede sostenerse sin la implicación activa de las comunidades.
En el caso venezolano, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999) consagra el derecho a un ambiente sano y el deber correlativo de protegerlo para las generaciones presentes y futuras. Este mandato constitucional se complementa con la Ley de Gestión Integral de la Basura (2010) y con la adhesión del país a convenios internacionales sobre residuos peligrosos y cambio climático. No obstante, la brecha entre el reconocimiento normativo y la práctica cotidiana evidencia que la sostenibilidad no se impone exclusivamente por vía jurídica. La interiorización de una cultura ambiental requiere procesos de resignificación del entorno que atraviesen la experiencia vivida de los sujetos.
El estado Trujillo, enclavado en la región andina venezolana, no es ajeno a estas tensiones. La ciudad de Valera, como núcleo urbano dinámico, enfrenta desafíos asociados a la generación y disposición de residuos, así como a la necesidad de fortalecer mecanismos de participación comunitaria en la gestión ambiental. En este contexto territorial específico, la Parroquia Mercedes Díaz constituye un espacio donde confluyen dinámicas residenciales, comerciales y organizativas que demandan respuestas articuladas entre ciudadanía y estructuras comunales.
Dentro de este entramado local, el Circuito Comunal Siete Colinas emerge como un escenario privilegiado para la indagación sobre prácticas convivenciales fundamentadas en las 5R. Al tratarse de una instancia formalmente registrada de organización comunitaria, su estructura ofrece condiciones institucionales para la autogestión y la deliberación colectiva. Sin embargo, la eficacia de cualquier iniciativa ambiental en este espacio no depende exclusivamente de lineamientos administrativos, sino de la manera en que sus habitantes integren las 5R en su cotidianidad, transformando la gestión de residuos en un componente identitario del habitar.
La adopción de las 5R en este contexto no puede comprenderse únicamente como una estrategia técnica para disminuir volúmenes de basura. Rechazar un producto innecesario, reducir el consumo, reutilizar un envase, reparar un objeto o reciclar materiales constituyen actos que modifican la relación con el tiempo, el espacio y la comunidad. Cada gesto cotidiano introduce una interrupción en la lógica lineal del consumo y abre la posibilidad de una temporalidad circular basada en el cuidado y la prolongación de la vida útil de los bienes. Así, el acto de reparar no solo recupera un objeto; recupera también la experiencia de agencia y responsabilidad del sujeto frente a su entorno.
En la Parroquia Mercedes Díaz, la incorporación de estas prácticas puede reconfigurar la espacialidad doméstica —al redefinir la frontera entre residuo y recurso— y fortalecer vínculos comunitarios mediante dinámicas de cooperación y aprendizaje compartido. El Circuito Comunal Siete Colinas, como unidad territorial organizada, se convierte entonces en un laboratorio vivo donde la cultura ambiental puede emerger no como imposición externa, sino como construcción colectiva de sentido.
En consecuencia, la presente investigación se sitúa en la intersección entre estudios ambientales y comprensión existencial del habitar. Desde una perspectiva cualitativa e interpretativa, se propone indagar cómo las prácticas convivenciales fundamentadas en las 5R transforman la experiencia vivida de los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas y cómo esta transformación incide en la consolidación de una cultura ambientalista sostenible. La relevancia de este estudio radica en su capacidad para articular escalas: desde los desafíos globales de la gestión de residuos hasta la vivencia concreta de una comunidad trujillana, demostrando que la sostenibilidad auténtica se gesta en el ámbito donde el sujeto reconoce su entorno no como un escenario externo, sino como extensión constitutiva de su propio ser.
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
En las primeras décadas del siglo XXI, el debate ambiental ha experimentado una inflexión significativa al evidenciarse que los avances normativos, tecnológicos y programáticos en materia de sostenibilidad no han logrado modificar de forma estructural los patrones cotidianos de relación entre los seres humanos y su entorno. Diversos estudios coinciden en señalar que el deterioro ambiental persiste incluso en contextos donde existen políticas públicas, marcos legales y campañas de sensibilización, lo que sugiere que el problema no se localiza exclusivamente en la ausencia de regulaciones o de conocimiento técnico, sino en la dificultad de traducir dichos dispositivos en prácticas de vida sostenidas y culturalmente interiorizadas (Leff, 2018).
Desde esta perspectiva, el manejo inadecuado de los residuos sólidos urbanos se ha constituido en uno de los indicadores más visibles de la brecha entre el discurso ambiental y la acción cotidiana. Investigaciones internacionales advierten que los enfoques centrados en la gestión final del residuo —recolección, transporte y disposición— tienden a reproducir una lógica correctiva que actúa sobre los efectos del problema sin incidir de manera profunda en las dinámicas culturales que lo generan (Ghisellini et al., 2016). En consecuencia, el modelo lineal de consumo y descarte pareciera mantenerse no solo por razones económicas, sino por una forma de comprender los objetos como entidades efímeras, desvinculadas de cualquier responsabilidad prolongada.
En América Latina, esta problemática adquiere particular densidad debido a la coexistencia de procesos de urbanización acelerada, desigualdad estructural y transformaciones en los estilos de vida. Se ha señalado que, aunque el discurso de la sostenibilidad ha sido incorporado en agendas públicas y académicas, las prácticas ambientales siguen enfrentando obstáculos asociados a imaginarios culturales arraigados y a limitaciones en los procesos formativos orientados a la resignificación del desecho (Merlinsky, 2021). En este sentido, el residuo no aparece únicamente como un elemento material que debe ser gestionado, sino como un fenómeno simbólico que expresa cómo se concibe el valor, el tiempo y la responsabilidad colectiva.
Desde la psicología ambiental y la teoría de la conducta proambiental, se ha argumentado que el conocimiento ambiental no garantiza, por sí mismo, la transformación de hábitos (Corral-Verdugo, 2010). La repetición de prácticas de descarte inmediato, aun cuando existe conciencia de sus efectos, podría estar vinculada a procesos de normalización cultural que disocian el acto individual de sus implicaciones comunitarias. Esta disociación pareciera explicar por qué múltiples campañas educativas no logran consolidar cambios duraderos, especialmente cuando no se acompañan de procesos reflexivos que permitan integrar el cuidado ambiental al núcleo identitario del sujeto.
En el caso venezolano, la problemática de los residuos sólidos se inscribe en un escenario donde coexisten un marco jurídico ambiental formalmente sólido y desafíos operativos y socioculturales que dificultan su materialización cotidiana. Estudios nacionales han sugerido que la gestión de residuos en entornos urbanos continúa estando marcada por prácticas de disposición informal, baja separación en origen y escasa integración de estrategias de reducción y reutilización en el ámbito doméstico (Uzcátegui, 2019). Esta situación podría estar relacionada con la percepción del residuo como un asunto que se resuelve fuera del hogar, trasladando la responsabilidad hacia instancias institucionales.En ciudades intermedias venezolanas, se ha documentado que la acumulación de desechos en espacios públicos, la quema ocasional de basura y la saturación de contenedores generan impactos visibles en la calidad del entorno urbano y en la percepción de bienestar colectivo (Rojas et al., 2020). Sin embargo, estos diagnósticos tienden a concentrarse en aspectos operativos, dejando en segundo plano la dimensión experiencial y cultural que podría estar sosteniendo dichas prácticas.
En el estado Trujillo, particularmente en la ciudad de Valera, el crecimiento urbano y la diversificación de patrones de consumo parecen haber incrementado la generación de residuos domésticos, mientras que las prácticas sistemáticas de separación, reducción o reparación no evidencian aún consolidación como hábitos generalizados (Mendoza & Pérez, 2018). Esta configuración sugiere la necesidad de explorar no solo las condiciones materiales de la gestión de residuos, sino también las estructuras de sentido que organizan la experiencia cotidiana del habitar.
En la Parroquia Mercedes Díaz, donde territorialmente se ubica el Circuito Comunal Siete Colinas, estas dinámicas adquieren una expresión concreta y compleja. A partir de aproximaciones preliminares y observación contextual, pareciera advertirse que la gestión del residuo doméstico se integra a rutinas marcadas por la inmediatez, la priorización de otras urgencias familiares y la ausencia de rituales cotidianos vinculados a la clasificación o recuperación de materiales. La práctica de separar, reutilizar o reparar objetos podría estar condicionada por factores como la limitación de espacio físico en los hogares, la falta de dispositivos organizativos internos o la inexistencia de circuitos claros de aprovechamiento posterior.
Asimismo, podría observarse que el residuo continúa siendo percibido predominantemente como aquello que debe salir del espacio doméstico lo más pronto posible, más que como un recurso potencialmente resignificable. Esta percepción tal vez se refuerce cuando no existen mecanismos visibles de retroalimentación comunitaria que muestren resultados tangibles derivados de prácticas como el reciclaje o la reducción. En ausencia de tales evidencias, la motivación para sostener conductas ambientalmente responsables podría debilitarse progresivamente.También pareciera configurarse una tensión entre la identidad comunal formalmente constituida y la vivencia cotidiana de la corresponsabilidad ambiental. Aunque el Circuito Comunal Siete Colinas posee estructura organizativa y reconocimiento legal, la internalización del cuidado ambiental como rasgo identitario compartido podría no haberse consolidado plenamente. Esta posible brecha entre organización formal y praxis ambiental efectiva podría generar sentimientos de distancia entre los discursos comunitarios y la experiencia real de los habitantes.
En el plano relacional, podrían manifestarse dinámicas donde el cuidado del entorno común no siempre es reconocido socialmente como un valor prestigioso o prioritario. Si las prácticas asociadas a las 5R no reciben legitimación simbólica dentro del colectivo, podrían quedar relegadas a esfuerzos individuales aislados. Tal situación podría propiciar desmotivación en quienes intentan sostener dichas prácticas, generando la percepción de que el esfuerzo personal no encuentra eco en el conjunto comunitario.
Desde una perspectiva temporal, la reparación y reutilización de objetos implican inversión de tiempo y energía en contextos donde la inmediatez y la resolución rápida de necesidades parecen imponerse. Esta tensión entre el tiempo del cuidado y el tiempo de la urgencia cotidiana podría incidir en la baja adopción de prácticas prolongadas de mantenimiento y recuperación de bienes. De igual forma, la reducción del consumo podría verse limitada por dinámicas comerciales locales que promueven productos de uso breve o empaques no retornables.
En términos espaciales, la configuración física de la comunidad podría no estar plenamente adaptada para facilitar la clasificación diferenciada de residuos o el almacenamiento temporal de materiales reutilizables. La carencia de espacios comunales destinados al acopio o intercambio podría contribuir a que los esfuerzos individuales no encuentren continuidad colectiva.Las implicaciones de esta configuración podrían extenderse más allá del ámbito estrictamente ambiental. La persistencia de prácticas de descarte inmediato podría incidir en la calidad visual y sanitaria del entorno, en la percepción de orden comunitario y en el fortalecimiento —o debilitamiento— de vínculos de cooperación. Asimismo, la ausencia de una cultura ambiental compartida podría afectar la sostenibilidad de los procesos de autogestión, al limitar la capacidad de articular objetivos comunes en torno al cuidado del hábitat.
La literatura sobre gobernanza comunitaria ha señalado que la sostenibilidad de iniciativas colectivas depende en gran medida de la construcción de normas compartidas y de una identidad vinculada al territorio (Ostrom, 2015). Cuando estas dimensiones no logran consolidarse, los proyectos tienden a fragmentarse o a depender excesivamente de liderazgos circunstanciales.En este escenario, las prácticas convivenciales fundamentadas en las 5R representan una posibilidad de reconfiguración profunda del vínculo entre los habitantes y su entorno. No obstante, su implementación efectiva requiere comprender cómo son vividas, interpretadas y resignificadas por quienes habitan el Circuito Comunal Siete Colinas. Sin esta comprensión, cualquier intervención podría reproducir la lógica instrumental que la literatura crítica ha señalado como insuficiente.
El problema de investigación, por tanto, se configura como la necesidad de interpretar el significado vivido que los sujetos atribuyen a las prácticas convivenciales fundamentadas en las 5R y explorar cómo dichas prácticas pueden —o no— transformar la cultura ambiental y el sentido del habitar en el Circuito Comunal Siete Colinas, Parroquia Mercedes Díaz, municipio Valera, estado Trujillo. Esta indagación busca trascender la descripción conductual para acceder a la dimensión ontológica de la praxis ambiental comunitaria, aportando comprensión profunda a un fenómeno cuya relevancia trasciende el ámbito local y dialoga con los desafíos globales de la sostenibilidad.
La complejidad de la situación descrita no puede comprenderse únicamente desde indicadores operativos o diagnósticos normativos; exige una aproximación que permita develar el sentido que los propios actores comunitarios atribuyen a sus prácticas cotidianas vinculadas al manejo de residuos y a la cultura ambiental. Cuando el fenómeno se aborda desde una perspectiva fenomenológica–hermenéutica, la pregunta se convierte en el eje articulador del proceso investigativo, pues es a través de ella que se abre el horizonte de comprensión del mundo vivido. En consecuencia, formular interrogantes pertinentes implica reconocer que el conocimiento no se impone desde fuera, sino que emerge del diálogo reflexivo con la experiencia concreta de los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas, en la Parroquia Mercedes Díaz del municipio Valera, estado Trujillo.
¿De qué manera son comprendidas, vividas y resignificadas las prácticas convivenciales fundamentadas en las 5R por los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas, y cómo dichas prácticas podrían estar incidiendo en la configuración de una cultura ambiental comunitaria?
¿De qué manera la identidad comunal y el sentido de pertenencia territorial podrían estar relacionados con la consolidación de prácticas ambientales sostenibles?
En coherencia con la perspectiva comprensiva adoptada, los propósitos no se formulan como metas instrumentales orientadas únicamente a medir variables, sino como horizontes interpretativos que guían la profundización del fenómeno estudiado. En investigaciones de corte cualitativo–fenomenológico, el propósito expresa la intención de revelar estructuras de significado y de aportar comprensión situada sobre la experiencia humana. Desde esta orientación, los siguientes propósitos se articulan como rutas para develar la dimensión vivencial, cultural y comunitaria de las prácticas ambientales en el contexto estudiado.
Propósito general
Interpretar la construcción convivencial de la cultura ambiental: aproximación interpretativa a las 5r en el contexto del Circuito Comunal Siete Colinas, del Municipio Valera del Estado Trujillo
MARCO TEÓRICO
Crisis civilizatoria y cuestión ambiental contemporánea
El debate ambiental contemporáneo no puede comprenderse como un fenómeno aislado ni meramente técnico; constituye una expresión de una crisis civilizatoria de alcance planetario. La degradación de ecosistemas, el incremento de residuos sólidos urbanos, la pérdida de biodiversidad y la alteración de ciclos naturales han sido interpretados como manifestaciones de un modelo de desarrollo centrado en la acumulación y el consumo ilimitado. Desde esta perspectiva crítica, la problemática ambiental no se reduce a una falla en la gestión de recursos, sino que revela una fractura en la racionalidad que organiza la relación sociedad–naturaleza.
Al respecto, Leff (2014) sostiene que “la crisis ambiental es la crisis del pensamiento moderno”, señalando que el paradigma económico dominante ha subordinado los procesos ecológicos a la lógica de mercado. Lo que el autor plantea implica que la degradación ambiental no se explica únicamente por carencias tecnológicas, sino por una racionalidad instrumental que ha separado al sujeto del entorno, cosificando la naturaleza como objeto de explotación. Desde esta mirada, la sostenibilidad exige una transformación epistemológica y cultural.
En el ámbito internacional, el Informe de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo introdujo el concepto de desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las de las futuras generaciones (Brundtland, 1987). Sin embargo, múltiples análisis posteriores han señalado que, aunque el concepto se institucionalizó globalmente, su implementación ha sido ambivalente. Sachs (2015) argumenta que los Objetivos de Desarrollo Sostenible representan un avance normativo, pero su cumplimiento depende de cambios estructurales en patrones de producción y consumo que no siempre se concretan en la práctica.
En América Latina, la discusión adquiere matices propios debido a la histórica dependencia extractiva y a las desigualdades socioeconómicas persistentes. Gudynas (2011) advierte que el modelo extractivista ha sido presentado como estrategia de desarrollo, pero reproduce dinámicas de degradación ecológica y conflictos socioambientales. Según este autor, la región enfrenta el desafío de transitar hacia modelos alternativos que integren justicia social y sostenibilidad ecológica.
Lo que estos planteamientos sugieren es que la problemática ambiental no puede analizarse exclusivamente desde indicadores técnicos; debe comprenderse como un fenómeno cultural, político y ético. En este sentido, la investigación sobre prácticas convivenciales fundamentadas en las 5R se inscribe dentro de una discusión más amplia sobre transformación cultural y reconstrucción del vínculo con el entorno.
Cultura ambiental y construcción de significados
La noción de cultura ambiental ha sido desarrollada como una categoría que articula valores, creencias, prácticas y representaciones vinculadas al entorno natural. No se trata únicamente de conocimientos ecológicos, sino de formas de habitar el mundo. Desde una perspectiva sociológica, la cultura configura marcos interpretativos que orientan la acción cotidiana.Geertz (2003) define la cultura como un sistema de significados compartidos que orienta la conducta humana. Aplicado al ámbito ambiental, ello implica que las prácticas relacionadas con el manejo de residuos, el consumo o la reutilización están mediadas por sentidos colectivos que pueden favorecer o limitar comportamientos sostenibles.
Cabe destacar, que autores como Leff (2010) han insistido en que la construcción de una racionalidad ambiental implica reconfigurar imaginarios sociales. El autor sostiene que la sostenibilidad requiere “reaprender el mundo”, lo cual supone integrar saberes locales y procesos educativos críticos. Esta afirmación sugiere que la transformación ambiental no puede imponerse verticalmente; necesita emerger de procesos participativos y comunitarios.Desde la psicología ambiental, Corral-Verdugo (2010) ha estudiado la conducta proambiental, señalando que ésta depende de variables como normas sociales, valores altruistas y percepción de eficacia personal. El autor indica que la adopción de comportamientos sostenibles se fortalece cuando existe coherencia entre valores internalizados y prácticas comunitarias. Esto implica que el contexto social desempeña un papel decisivo en la consolidación de hábitos ambientales.
En consecuencia, la cultura ambiental no se construye exclusivamente mediante campañas informativas; requiere procesos de significación compartida. En comunidades organizadas, como los circuitos comunales venezolanos, la dimensión cultural adquiere relevancia estratégica, pues la identidad colectiva puede actuar como catalizador de prácticas sostenibles.
Educación ambiental crítica y transformación comunitaria
La educación ambiental ha evolucionado desde enfoques conservacionistas hacia perspectivas críticas que vinculan ambiente, justicia social y participación ciudadana. Freire (2005) planteó que la educación debe orientarse hacia la concientización, entendida como proceso reflexivo que permite a los sujetos comprender su realidad para transformarla. Aplicado al ámbito ambiental, ello implica que el aprendizaje no se limita a adquirir información, sino que busca generar praxis transformadora.
Sauvé (2005) identifica múltiples corrientes de educación ambiental, entre ellas la crítica, que promueve la reflexión sobre estructuras sociales y económicas que generan degradación ecológica. Según la autora, la educación ambiental debe fomentar ciudadanía ecológica, es decir, sujetos capaces de actuar colectivamente en defensa del entorno.De allí que en Latinoamérica la educación ambiental ha sido concebida como herramienta para fortalecer procesos comunitarios. González Gaudiano (2012) sostiene que los desafíos ambientales de la región exigen enfoques participativos que integren saberes locales y construcción colectiva de soluciones. Esto resulta especialmente pertinente en espacios comunales donde la gestión del territorio es compartida.
La adopción de prácticas fundamentadas en las 5R puede interpretarse como resultado de procesos educativos formales e informales. No obstante, su consolidación depende de la internalización de valores ambientales y de la percepción de corresponsabilidad. Por ello, el estudio de dichas prácticas requiere aproximarse a la experiencia vivida de los actores comunitarios, más allá de indicadores cuantitativos.
Economía circular y paradigma de las 5R
La transición del modelo lineal de producción–consumo–desecho hacia esquemas circulares ha sido planteada como estrategia para enfrentar la crisis de residuos. Ghisellini, Cialani y Ulgiati (2016) describen la economía circular como un sistema restaurativo y regenerativo que busca mantener el valor de productos y materiales el mayor tiempo posible.En este marco surge el enfoque de las 5R (reducir, reutilizar, reciclar, rechazar y reparar), ampliando el tradicional esquema de las 3R. Kirchherr et al. (2017) argumentan que la economía circular implica un cambio sistémico que abarca modelos de negocio, patrones de consumo y marcos culturales.
Sin embargo, la literatura también advierte que la economía circular no puede limitarse a innovación tecnológica; requiere cambios en estilos de vida. Hobson (2020) señala que la transición hacia prácticas circulares depende de la participación activa de ciudadanos y comunidades, lo que subraya la dimensión cultural del proceso.En contextos comunitarios, la aplicación de las 5R trasciende la gestión técnica de residuos; puede convertirse en práctica convivencial que fortalezca identidad territorial y cooperación. No obstante, su implementación enfrenta desafíos vinculados a hábitos arraigados, disponibilidad de infraestructura y significados sociales asociados al consumo.
Gobernanza comunitaria y acción colectiva en la gestión ambiental
La literatura sobre acción colectiva ha demostrado que las comunidades poseen capacidad para gestionar recursos comunes cuando existen normas compartidas, confianza y mecanismos de participación. Ostrom (2011) cuestionó la idea de que los bienes comunes inevitablemente conducen a la sobreexplotación, mostrando que la cooperación puede emerger cuando los actores establecen reglas consensuadas y mecanismos de monitoreo. En contextos latinoamericanos, la gobernanza ambiental comunitaria ha sido analizada como una alternativa frente a modelos centralizados de gestión. Merlinsky (2013) sostiene que los conflictos socioambientales en la región revelan tensiones entre modelos de desarrollo y formas locales de organización territorial. La autora argumenta que la participación ciudadana es clave para construir legitimidad en políticas ambientales.
Asimismo, Leff (2014) plantea que la sustentabilidad requiere democracia ambiental, entendida como proceso donde los actores sociales intervienen activamente en la definición de su relación con la naturaleza. Desde esta perspectiva, los circuitos comunales podrían constituirse en espacios de gobernanza local capaces de promover prácticas sostenibles si logran articular identidad colectiva y corresponsabilidad. En el caso venezolano, las formas de organización comunal reconocidas constitucionalmente abren posibilidades para la autogestión territorial. Sin embargo, la efectividad de estos espacios depende de la apropiación cultural de los proyectos ambientales y de la internalización de valores ecológicos compartidos.
Marco jurídico ambiental venezolano y corresponsabilidad social
La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999) reconoce en su artículo 127 el derecho y deber de cada generación de proteger el ambiente. Este marco normativo se complementa con la Ley Orgánica del Ambiente (2006) y la Ley de Gestión Integral de la Basura (2010), que establecen principios de reducción, reutilización y reciclaje como parte de la gestión integral de residuos. No obstante, diversos análisis han señalado que la existencia de marcos legales avanzados no garantiza automáticamente la transformación de prácticas cotidianas. Aguilar (2016) indica que en América Latina persiste una brecha entre normatividad ambiental y aplicación efectiva, especialmente en contextos locales con limitaciones operativas.
Esto sugiere que la sostenibilidad no depende únicamente de disposiciones legales, sino de procesos culturales que permitan internalizar la corresponsabilidad ambiental. En espacios comunales, la ley puede funcionar como referente normativo, pero la consolidación de hábitos sostenibles parece requerir procesos educativos y convivenciales más profundos.
Estudios empíricos sobre residuos sólidos y cultura ambiental en Venezuela
Investigaciones nacionales han documentado la persistencia de prácticas informales de disposición de residuos, aun cuando existen campañas de sensibilización. Uzcátegui (2019) encontró que la participación ciudadana en programas ambientales tiende a fluctuar cuando no se integran procesos formativos continuos. Rojas, Hernández y Silva (2020) señalaron que la gestión comunitaria de residuos enfrenta desafíos relacionados con infraestructura limitada y hábitos culturales arraigados. Los autores sugieren que la sostenibilidad de los proyectos depende de la apropiación colectiva y del fortalecimiento de identidad territorial.
En ciudades intermedias venezolanas, estudios diagnósticos han identificado dificultades en la separación en origen y en la consolidación de programas de reciclaje (Mendoza & Pérez, 2018). Estos hallazgos refuerzan la idea de que el problema no es exclusivamente técnico, sino cultural y organizativo.
Prácticas convivenciales y construcción de cultura ambiental
La noción de prácticas convivenciales remite a formas de interacción cotidiana que configuran la vida comunitaria. Desde la teoría social, Bourdieu (2007) planteó que los hábitos se estructuran mediante disposiciones internalizadas —habitus— que orientan la acción. En el ámbito ambiental, ello implica que la repetición de prácticas sostenibles podría consolidarse cuando se integran a la rutina y adquieren reconocimiento social. Shove (2010) propone analizar las prácticas sociales considerando materiales, competencias y significados. Según la autora, la transformación ambiental ocurre cuando estos tres elementos se reconfiguran simultáneamente. Esto resulta pertinente para comprender la implementación de las 5R, pues no basta con disponer de infraestructura; es necesario que existan habilidades y sentidos compartidos.
Desde esta perspectiva, el estudio de las 5R en el Circuito Comunal Siete Colinas implica explorar cómo se articulan recursos materiales, conocimientos prácticos y valores colectivos. La sostenibilidad comunitaria podría depender de la convergencia de estos factores en la experiencia vivida.
MARCO METODOLÓGICO
La naturaleza del fenómeno investigado —el significado vivido de las prácticas convivenciales fundamentadas en las 5R— exige un abordaje metodológico coherente con su carácter experiencial, simbólico y contextual. En consecuencia, la presente investigación se inscribe dentro del paradigma cualitativo-interpretativo, cuyo propósito central no es medir variables ni establecer relaciones causales generalizables, sino comprender la estructura de sentido que los sujetos atribuyen a su experiencia en el mundo de la vida (Schütz, 2003).
El enfoque cualitativo, según Denzin y Lincoln (2018), se orienta a estudiar los fenómenos en sus contextos naturales, intentando interpretar los significados que las personas les otorgan. Desde esta perspectiva, el rigor no se fundamenta en la replicabilidad estadística, sino en la profundidad interpretativa, la coherencia epistemológica y la transparencia reflexiva del investigador. Por ello, esta investigación asume como principio metodológico la epoché o puesta entre paréntesis, planteada originalmente por Husserl (2002), entendida como el ejercicio consciente de suspensión de juicios previos con el fin de aproximarse a la experiencia tal como es vivida por los participantes.
Este compromiso implica reconocer que el investigador forma parte del proceso interpretativo y que su reflexividad constituye un componente esencial del rigor metodológico. Gadamer (1998) advierte que toda comprensión está mediada por prejuicios históricos; no obstante, la conciencia de estos presupuestos permite someterlos a examen crítico dentro del círculo hermenéutico.
Diseño y muestreo ontológico
El diseño adoptado es fenomenológico hermenéutico. Esta elección responde a la intención de interpretar las estructuras de significado que emergen de la vivencia concreta de los habitantes del Circuito Comunal Siete Colinas en relación con las prácticas de reducir, reutilizar, reciclar, rechazar y reparar. A diferencia de diseños descriptivos o etnográficos centrados en patrones culturales observables, la fenomenología hermenéutica busca revelar la esencia del fenómeno tal como se manifiesta en la experiencia (Van Manen, 2016).Desde la perspectiva de Heidegger (1997), comprender implica interpretar el ser-en-el-mundo de los sujetos; por tanto, el diseño no se concibe como flexible en el sentido instrumental, sino profundo y denso, orientado a la riqueza del sentido más que a la amplitud muestral. La profundidad narrativa prevalece sobre la cantidad de participantes.
En coherencia con esta orientación, el muestreo es intencional o teórico. Patton (2015) señala que el muestreo intencional permite seleccionar casos ricos en información que aporten comprensión profunda del fenómeno. En este estudio, se priorizarán Sujetos de la Experiencia cuya vivencia haya sido intensa, significativa o conflictiva en relación con la implementación de las 5R. Se incluirán tanto experiencias que evidencien apropiación exitosa como aquellas marcadas por tensiones, frustraciones o resistencias, pues estas últimas pueden revelar con mayor nitidez las estructuras culturales subyacentes.La selección no busca representatividad estadística, sino maximizar la potencialidad interpretativa de los relatos. Como sostiene Ricoeur (2006), el sentido se despliega en la narración, y es en la narratividad donde se revela la configuración temporal de la experiencia.
Técnicas de captura del significado
Las técnicas empleadas están diseñadas para acceder al significado profundo de la vivencia, evitando respuestas estandarizadas o socialmente deseables. La estrategia central será la entrevista fenomenológica de significado vivido, inspirada en la propuesta de Van Manen (2016), quien plantea que la entrevista debe invitar al participante a narrar experiencias concretas, situadas en tiempo y espacio, enfatizando momentos específicos más que opiniones abstractas.Las preguntas estarán orientadas a provocar la evocación de situaciones reales vinculadas con las 5R. Por ejemplo, se indagará cómo se experimenta el acto de rechazar una bolsa plástica en un contexto comunitario determinado, qué emociones emergen al decidir reparar un objeto en lugar de desecharlo, o cómo se percibe la reacción de otros vecinos ante estas prácticas. El interés se centrará en los detalles densos de la experiencia, atendiendo a los matices emocionales, relacionales y simbólicos.
Asimismo, se incorporará el análisis del habla y del lenguaje comunal. Desde la perspectiva heideggeriana, el lenguaje es la “casa del ser” (Heidegger, 1997), lo que implica que los cambios en el vocabulario reflejan transformaciones en la forma de habitar el mundo. Se analizarán metáforas, expresiones y modismos relacionados con el desecho, el cuidado y la responsabilidad colectiva, interpretando cómo el discurso cotidiano podría estar configurando una identidad ambiental emergente.El registro de la información incluirá grabaciones de audio, transcripciones textuales completas y notas de campo reflexivas. Estas últimas permitirán documentar las impresiones del investigador, fortaleciendo la reflexividad y la transparencia analítica (Denzin & Lincoln, 2018).
Protocolo de análisis hermenéutico
El análisis seguirá el método del círculo hermenéutico, entendido como un movimiento constante entre la parte y el todo del texto (Gadamer, 1998). Este proceso implica una lectura iterativa y reflexiva de las narrativas, permitiendo que el sentido emerja progresivamente. La primera fase consistirá en una lectura naive profunda, orientada a captar el sentido global del relato sin imponer categorías teóricas previas. Posteriormente, se procederá al aislamiento de unidades de significado, identificando expresiones densas que condensan experiencias relevantes. Estas unidades serán tematizadas mediante un proceso de reducción fenomenológica, buscando estructuras esenciales de la vivencia (Husserl, 2002).
En esta etapa se prestará especial atención a dimensiones existenciales descritas por Heidegger (1997), tales como la temporalidad (relación entre presente y futuro en la práctica ambiental), la espacialidad (reconfiguración del espacio doméstico para incorporar la reducción o reutilización) y la relacionalidad (impacto de las 5R en el tejido social comunitario).
La siguiente fase corresponderá a la escritura interpretativa. Van Manen (2016) sostiene que la escritura no es mera exposición de resultados, sino método de indagación en sí mismo. A través de la redacción temática, el investigador articula el diálogo entre las narrativas y el marco teórico, construyendo categorías interpretativas que emergen del texto. Esta etapa implica una fusión de horizontes entre la experiencia del participante y la comprensión teórica (Gadamer, 1998).
Finalmente, se realizará una verificación interpretativa por coherencia interna. La interpretación será contrastada con la totalidad de los relatos para asegurar que las conclusiones mantengan fidelidad al sentido expresado por los participantes. Este proceso busca garantizar credibilidad, entendida como correspondencia entre interpretación y experiencia narrada (Lincoln & Guba, 1985).
Criterios de rigor científico
En lugar de validez y confiabilidad en términos positivistas, se adoptarán los criterios de credibilidad, transferibilidad, dependencia y confirmabilidadpropuestos por Lincoln y Guba (1985). La credibilidad se fortalecerá mediante la inmersión prolongada en el campo y la revisión constante de interpretaciones. La transferibilidad se favorecerá a través de descripciones densas del contexto. La dependencia se garantizará documentando detalladamente el proceso analítico. La confirmabilidad se apoyará en la reflexividad y en el registro sistemático de decisiones metodológicas.
A MANERA DE CIERRE
Los esfuerzos desarrollados en este trabajo se orientan a comprender las prácticas de las 5R como una experiencia sociocultural situada, no únicamente como un conjunto de acciones ambientales prescritas. Analizar cómo estas prácticas son vividas, interpretadas y resignificadas en el entramado cotidiano del Circuito Comunal Siete Colinas implica reconocer que los cambios asociados a la reducción, reutilización, reciclaje, reparación y rechazo no se producen en el vacío, sino en un contexto de relaciones, valores, tensiones y aprendizajes compartidos.
Estudiar las 5R desde la experiencia concreta de quienes las ponen —o intentan poner— en práctica permite desplazar la mirada de los discursos generales sobre sostenibilidad hacia los significados que emergen en la vida diaria: las negociaciones familiares, las percepciones de esfuerzo o sacrificio, las posibles transformaciones en la organización del hogar y las dinámicas de reconocimiento o cuestionamiento entre vecinos. Este enfoque busca aportar una comprensión más profunda sobre cómo se configuran los hábitos ambientales cuando se insertan en una cultura comunitaria específica.
En el plano académico, la investigación aspira a enriquecer el debate sobre educación y cultura ambiental incorporando una perspectiva interpretativa que dialogue con los enfoques conductuales y normativos predominantes. Sin desestimar la relevancia de campañas informativas o lineamientos institucionales, se plantea que la sostenibilidad podría depender también de cómo las personas dotan de sentido a sus acciones y de cómo estas acciones se integran —o entran en tensión— con sus formas previas de habitar, consumir y relacionarse. Explorar estas dimensiones podría contribuir a ampliar las categorías desde las cuales se estudian los procesos de cambio socioambiental en contextos comunitarios.
En el ámbito social, comprender las 5R desde su vivencia cotidiana podría ofrecer insumos para el diseño de estrategias más contextualizadas, sensibles a las realidades locales y a las dinámicas simbólicas del territorio. Reconocer que los hábitos no se transforman únicamente por prescripción, sino mediante procesos graduales de apropiación cultural, podría abrir posibilidades para fortalecer iniciativas ambientales que dialoguen con la identidad y la historia organizativa del circuito comunal.
Dado que la investigación se encuentra en desarrollo, estas consideraciones no constituyen conclusiones definitivas, sino proyecciones reflexivas que orientan el análisis empírico en curso. La profundización en las narrativas de los sujetos permitirá matizar, ampliar o incluso reconfigurar las comprensiones iniciales aquí expuestas. Lejos de clausurar el debate, este cierre mantiene abierta la indagación sobre las 5R como práctica vivida, como experiencia compartida y como proceso en construcción dentro de un espacio comunitario específico. En esa apertura reside tanto su potencial interpretativo como su relevancia social.
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MITOS Y LEYENDAS COMO ESTRATEGIA SOCIO COMUNITARIA PARA EL FOMENTO DE UNA CULTURA DE PRESERVACIÓN DEL AMBIENTE: ESTUDIO FENOMENOLÓGICO EN LA QUEBRADA LOS ARAUJO, SECTOR PIE DE SABANA, PARROQUIA JOSÉ LEONARDO SUÁREZ, MUNICIPIO SAN RAFAEL DE CARVAJAL, ESTADO TRUJILLO
MYTHS AND LEGENDS AS A SOCIO-COMMUNITY STRATEGY FOR FOSTERING A CULTURE OF ENVIRONMENTAL PRESERVATION: A PHENOMENOLOGICAL STUDY AT THE LOS ARAUJO CREEK, PIE DE SABANA SECTOR, JOSÉ LEONARDO SUÁREZ PARISH, SAN RAFAEL DE CARVAJAL MUNICIPALITY, TRUJILLO STATE
Autores: Belkis Ramírez
ORCID iD: 0009-0002-7366-6471
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
Ledgin Benitez
ORCID iD: 0009-0004-1566-1642
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
Javier León
Javier.leon.pereira2023@gmail.com
ORCID iD: 0009-0000-1221-7192
UPA Frutos Vivas
Valera Venezuela
RESUMEN
La crisis ambiental contemporánea no solo demanda respuestas técnicas o normativas, sino también transformaciones profundas en las formas simbólicas y culturales mediante las cuales las comunidades se relacionan con su entorno. En este contexto, los mitos y leyendas —expresiones de la memoria colectiva y de la cosmovisión territorial— pueden ser comprendidos no como meros relatos folclóricos, sino como dispositivos socio-simbólicos que articulan valores, prescripciones éticas y narrativas de cuidado del ambiente. El presente artículo se propone como propósito general: comprender los mitos y leyendas como estrategia socio comunitaria para el fomento de una cultura de preservación del ambiente, tomando como caso la quebrada Los Araujo del sector Pie de Sabana, parroquia José Leonardo Suárez, municipio San Rafael de Carvajal, estado Trujillo. Metodológicamente, el estudio se inscribe en el paradigma cualitativo-interpretativo, asumiendo la fenomenología como enfoque epistemológico y la hermenéutica como técnica de análisis de los significados vividos por los habitantes del territorio. A partir de entrevistas en profundidad centradas en la vivencia y del análisis de narrativas comunitarias, se busca develar cómo los relatos tradicionales vinculados a la quebrada Los Araujo configuran prácticas de cuidado, regulan conductas de riesgo y fortalecen la identidad territorial. El estudio aspira a contribuir al debate sobre educación ambiental comunitaria desde una perspectiva decolonial y situada, reconociendo los saberes locales como fuentes legítimas para la construcción de sostenibilidad.
Palabras clave: mitos y leyendas, cultura ambiental, fenomenología hermenéutica, quebrada Los Araujo, saberes locales, Trujillo.
ABSTRACT
The contemporary environmental crisis demands not only technical or normative responses, but also profound transformations in the symbolic and cultural ways through which communities relate to their environment. In this context, myths and legends—expressions of collective memory and territorial worldview—can be understood not as mere folkloric tales, but as socio-symbolic devices that articulate values, ethical prescriptions, and narratives of environmental care. This article aims to understand myths and legends as a socio-community strategy for fostering a culture of environmental preservation, taking as a case study the Los Araujo creek in the Pie de Sabana sector, José Leonardo Suárez parish, San Rafael de Carvajal municipality, Trujillo state. Methodologically, the study is situated within the qualitative-interpretive paradigm, assuming phenomenology as epistemological approach and hermeneutics as technique for analyzing the lived meanings of the territory's inhabitants. Through in-depth interviews focused on lived experience and analysis of community narratives, the study seeks to reveal how traditional stories linked to the Los Araujo creek shape care practices, regulate risk behaviors, and strengthen territorial identity. The study aims to contribute to the debate on community environmental education from a decolonial and situated perspective, recognizing local knowledge as legitimate sources for building sustainability.
Keywords: myths and legends, environmental culture, hermeneutic phenomenology, Los Araujo creek, local knowledge, Trujillo.
INTRODUCCIÓN
La época contemporánea no se define únicamente por la aceleración tecnológica o por la expansión de los modelos económicos globalizados; se caracteriza, sobre todo, por una transformación silenciosa pero profunda en la forma en que las comunidades humanas habitan sus territorios. Más que una "crisis ambiental" entendida como un fenómeno externo y mensurable, lo que se evidencia es una fractura en la experiencia del habitar: una ruptura entre las narrativas comunitarias que durante generaciones regularon el vínculo con la naturaleza y las lógicas actuales de consumo, desecho y desterritorialización. En este contexto, la preservación del ambiente deja de ser un asunto exclusivamente técnico o normativo para convertirse en una interrogante ontológica y cultural: ¿qué significa habitar responsablemente un territorio cuando las historias que anclaban ese habitar se han debilitado o han sido reemplazadas?
A escala global, diversos informes internacionales han advertido que la pérdida de biodiversidad, la contaminación de fuentes de agua y la degradación de ecosistemas constituyen algunos de los síntomas más visibles de esta ruptura civilizatoria. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2021) ha señalado que los ecosistemas de agua dulce incluyendo quebradas, ríos y lagos han sufrido una degradación acelerada en las últimas décadas, afectando tanto la calidad del agua como la disponibilidad del recurso para las comunidades que dependen de ellos. Este dato no es meramente estadístico; revela un modelo de relación con los cuerpos de agua basado en la extracción, el vertido de desechos y la desatención de los ciclos ecológicos que sostienen la vida.
En América Latina, esta problemática adquiere matices particulares debido a la coexistencia de desigualdades estructurales, procesos de urbanización no planificada y limitaciones institucionales en la gestión ambiental. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (2020), la región enfrenta déficits significativos en infraestructura de saneamiento hídrico, así como en programas de educación ambiental que integren los saberes locales y las cosmovisiones territoriales de las comunidades. Sin embargo, América Latina también posee una riqueza simbólica y narrativa expresada en mitos, leyendas, relatos orales y prácticas rituales que ofrece un potencial singular para el desarrollo de estrategias socio-comunitarias de preservación ambiental. Instrumentos como el Acuerdo de Escazú reflejan un esfuerzo regional por fortalecer la participación ciudadana en asuntos ambientales, reconociendo que la gobernanza ecológica no puede sostenerse sin la implicación activa de las comunidades y sin el reconocimiento de sus formas culturales de relacionarse con el entorno.
En el caso venezolano, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999) consagra en sus artículos 127 y 128 el derecho a un ambiente sano y el deber correlativo de protegerlo para las generaciones presentes y futuras, así como la obligación del Estado de promover una cultura ecológica basada en la participación ciudadana. Este mandato constitucional se complementa con la Ley Orgánica del Ambiente (2006) y con la adhesión del país a convenios internacionales sobre diversidad biológica y cambio climático. No obstante, la brecha entre el reconocimiento normativo y la práctica cotidiana evidencia que la preservación ambiental no se impone exclusivamente por vía jurídica. La interiorización de una cultura de cuidado del ambiente requiere procesos de resignificación del territorio que atraviesen la experiencia vivida de los sujetos y que se anclen en sus repertorios simbólicos más profundos: aquellos que han sido transmitidos por generaciones a través de relatos orales, mitos fundacionales y leyendas territoriales.
El estado Trujillo, enclavado en la región andina venezolana, no es ajeno a estas tensiones. El municipio San Rafael de Carvajal, particularmente la parroquia José Leonardo Suárez, concentra una diversidad de ecosistemas de alta fragilidad, entre ellos cuerpos de agua como la quebrada Los Araujo, que cumplen funciones vitales para las comunidades aledañas. Estas quebradas no solo proveen recursos hídricos para consumo doméstico y actividades productivas de pequeña escala; también constituyen espacios de encuentro, recreación y memoria colectiva. Sin embargo, como en muchas otras regiones del país, estas fuentes de agua enfrentan amenazas crecientes asociadas a la disposición inadecuada de residuos sólidos, la deforestación de sus márgenes y la pérdida de prácticas tradicionales de cuidado que antaño regulaban la relación de las comunidades con estos ecosistemas.
En este contexto territorial específico, el sector Pie de Sabana —ubicado en la parroquia José Leonardo Suárez— constituye un espacio donde confluyen dinámicas residenciales, agrícolas y simbólicas que demandan respuestas articuladas entre ciudadanía, saberes locales y estructuras comunales. Dentro de este entramado local, la quebrada Los Araujo emerge como un escenario privilegiado para la indagación sobre mitos y leyendas como estrategias socio-comunitarias de preservación ambiental. Al tratarse de un cuerpo de agua con una historia de significaciones compartidas —relatos sobre apariciones, criaturas protectoras o eventos fundacionales— su estudio permite explorar cómo las narrativas tradicionales pueden operar como dispositivos de regulación conductual y de fortalecimiento de la identidad territorial.
La adopción de mitos y leyendas como estrategia socio-comunitaria en este contexto no puede comprenderse únicamente como una recuperación folclórica de relatos del pasado. Narrar una leyenda vinculada a la quebrada, recordar la historia de un suceso extraordinario ocurrido en sus aguas o transmitir a las nuevas generaciones la advertencia contenida en un mito constituyen actos que modifican la relación con el tiempo, el espacio y la comunidad. Cada relato compartido introduce una interrupción en la lógica del olvido y el descuido, y abre la posibilidad de una temporalidad circular basada en la memoria, el respeto y la corresponsabilidad. Así, el acto de narrar no solo preserva una historia; preserva también la experiencia de pertenencia y responsabilidad del sujeto frente a su territorio.
En el sector Pie de Sabana y en la quebrada Los Araujo, la revitalización de estas narrativas puede reconfigurar la espacialidad doméstica y comunitaria —al redefinir la frontera simbólica entre lo sagrado y lo profano, entre lo que se cuida y lo que se abandona— y fortalecer vínculos comunitarios mediante dinámicas de transmisión oral y aprendizaje compartido. La parroquia José Leonardo Suárez, como unidad territorial organizada, se convierte entonces en un laboratorio vivo donde la cultura de preservación ambiental puede emerger no como imposición externa, sino como construcción colectiva de sentido anclada en el acervo simbólico de la comunidad.
En consecuencia, la presente investigación se sitúa en la intersección entre estudios ambientales, antropología simbólica y fenomenología del habitar. Desde una perspectiva cualitativa e interpretativa, se propone comprender cómo los mitos y leyendas vinculados a la quebrada Los Araujo —y al territorio circundante— configuran la experiencia vivida de los habitantes del sector Pie de Sabana y cómo esta configuración incide en el fomento de una cultura de preservación del ambiente. La relevancia de este estudio radica en su capacidad para articular escalas: desde los desafíos globales de la crisis ambiental hasta la vivencia concreta de una comunidad trujillana, demostrando que la sostenibilidad auténtica se gesta en el ámbito donde el sujeto reconoce su entorno no como un escenario externo, sino como extensión constitutiva de su propio ser y como territorio narrado.
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
En las primeras décadas del siglo XXI, el debate sobre la preservación ambiental ha experimentado una inflexión significativa al evidenciarse que los avances normativos, tecnológicos y programáticos en materia de conservación no han logrado modificar de forma estructural los patrones cotidianos de relación entre las comunidades y sus ecosistemas locales. Diversos estudios coinciden en señalar que la degradación de cuerpos de agua quebradas, ríos, lagunas persiste incluso en contextos donde existen políticas públicas, marcos legales y campañas de sensibilización, lo que sugiere que el problema no se localiza exclusivamente en la ausencia de regulaciones o de infraestructura, sino en la dificultad de traducir dichos dispositivos en prácticas de cuidado sostenidas y culturalmente interiorizadas (Leff, 2014; Gudynas, 2011).
Desde esta perspectiva, el deterioro de las quebradas en zonas rurales y periurbanas venezolanas se ha constituido en uno de los indicadores más visibles de la brecha entre el discurso ambiental y la acción cotidiana. Investigaciones internacionales advierten que los enfoques centrados exclusivamente en la infraestructura encauzamientos, sistemas de recolección de residuos, plantas de tratamiento tienden a reproducir una lógica correctiva que actúa sobre los efectos del problema sin incidir de manera profunda en las dinámicas culturales que lo generan (Ghisellini et al., 2016). En consecuencia, el modelo de relación con los cuerpos de agua basado en la extracción, el vertido y el descuido pareciera mantenerse no solo por razones económicas o técnicas, sino por una forma de comprender el entorno como un recurso inagotable, desvinculado de cualquier responsabilidad simbólica o ética prolongada.
En América Latina, esta problemática adquiere particular densidad debido a la coexistencia de procesos de urbanización acelerada, desigualdad estructural y transformación de las cosmovisiones tradicionales. Se ha señalado que, aunque el discurso de la sostenibilidad ha sido incorporado en agendas públicas y académicas, las prácticas de cuidado ambiental siguen enfrentando obstáculos asociados a la pérdida de saberes locales y a la debilitación de las narrativas que antaño regulaban la conducta de las comunidades respecto a ciertos espacios considerados sagrados, peligrosos o merecedores de respeto (Merlinsky, 2021; Escobar, 2016). En este sentido, la quebrada no aparece únicamente como un elemento hidrológico que debe ser gestionado técnicamente, sino como un fenómeno simbólico que expresa cómo se concibe el territorio, la memoria y la responsabilidad colectiva.
Desde la antropología ambiental y la etnoecología, se ha argumentado que el conocimiento ecológico tradicional no garantiza, por sí mismo, la preservación de los ecosistemas si no está acompañado de procesos de transmisión intergeneracional efectiva y de reconocimiento comunitario de su valor (Toledo & Barrera-Bassols, 2008). La pérdida de la oralidad y el debilitamiento de los relatos míticos vinculados a lugares específicos como quebradas, montañas o árboles centenarios podrían estar vinculados a procesos de desterritorialización que disocian el acto individual de descuido de sus implicaciones comunitarias y simbólicas. Esta disociación pareciera explicar por qué múltiples campañas educativas ambientales no logran consolidar cambios duraderos en la relación de las comunidades con sus cuerpos de agua, especialmente cuando no se acompañan de procesos reflexivos que permitan integrar el cuidado del entorno al núcleo identitario del sujeto y a su memoria colectiva.
En el caso venezolano, la problemática de la preservación de quebradas y fuentes de agua se inscribe en un escenario donde coexisten un marco jurídico ambiental formalmente sólido y desafíos socioculturales que dificultan su materialización cotidiana. Estudios nacionales han sugerido que la gestión de cuencas hidrográficas en entornos rurales y periurbanos continúa estando marcada por prácticas de disposición inadecuada de residuos, vertimiento de aguas servidas y deforestación de riberas, así como por una escasa integración de estrategias de educación ambiental que recuperen los saberes locales (Uzcátegui, 2019; Rojas et al., 2020). Esta situación podría estar relacionada con la percepción de la quebrada como un asunto marginal, que se resuelve fuera del espacio doméstico o que no requiere una corresponsabilidad activa por parte de la comunidad.
En el estado Trujillo, particularmente en el municipio San Rafael de Carvajal, el crecimiento de asentamientos humanos no planificados y la diversificación de actividades económicas parecen haber incrementado la presión sobre fuentes de agua locales como la quebrada Los Araujo, mientras que las prácticas sistemáticas de cuidado, limpieza colectiva o monitoreo comunitario no evidencian aún consolidación como hábitos generalizados (Mendoza & Pérez, 2018). Esta configuración sugiere la necesidad de explorar no solo las condiciones materiales de la gestión de la quebrada, sino también las estructuras de sentido que organizan la experiencia cotidiana del habitar en torno a este cuerpo de agua.
En la parroquia José Leonardo Suárez, donde territorialmente se ubica el sector Pie de Sabana y la quebrada Los Araujo, estas dinámicas adquieren una expresión concreta y compleja. A partir de aproximaciones preliminares y observación contextual, pareciera advertirse que la relación de la comunidad con la quebrada se inscribe en rutinas marcadas por la funcionalidad inmediata extracción de agua para uso doméstico o agrícola sin que medien rituales cotidianos o narrativas compartidas de cuidado. La práctica de retirar residuos sólidos de sus márgenes, denunciar vertimientos o proteger su cauce podría estar condicionada por factores como la debilidad de la memoria colectiva respecto a relatos tradicionales asociados a la quebrada, la ausencia de mecanismos de transmisión intergeneracional de esos relatos o la inexistencia de espacios comunitarios de deliberación ambiental.
Asimismo, podría observarse que la quebrada continúa siendo percibida predominantemente como un recurso funcional del que se extrae agua, más que como un espacio con una historia simbólica que merece ser preservada. Esta percepción tal vez se refuerce cuando no existen narrativas compartidas que otorguen a la quebrada un estatus especial como espacio de apariciones, de encuentro con entidades protectoras o de eventos fundacionales que movilicen emociones de respeto, temor o veneración. En ausencia de tales narrativas, la motivación para sostener conductas de cuidado podría debilitarse progresivamente.
También pareciera configurarse una tensión entre las generaciones de mayor edad, que aún recuerdan relatos vinculados a la quebrada, y las generaciones jóvenes, que han crecido en un contexto de debilitamiento de la oralidad y de predominio de imaginarios mediáticos desterritorializados. Esta posible brecha generacional en el acceso al acervo simbólico local podría generar sentimientos de distancia entre las memorias de los ancianos y la experiencia cotidiana de los más jóvenes, que podrían percibir la quebrada como un espacio sin historia o sin relevancia simbólica.
En el plano relacional, podrían manifestarse dinámicas donde el cuidado de la quebrada no siempre es reconocido socialmente como un valor prestigioso o prioritario dentro de la comunidad. Si las prácticas asociadas a su preservación no reciben legitimación simbólica a través de narrativas compartidas —relatos que vinculen el descuido con consecuencias negativas o el cuidado con bendiciones— podrían quedar relegadas a esfuerzos individuales aislados. Tal situación podría propiciar desmotivación en quienes intentan sostener dichas prácticas, generando la percepción de que el esfuerzo personal no encuentra eco en el conjunto comunitario.
Desde una perspectiva temporal, la preservación de la quebrada implica inversión de tiempo y esfuerzo colectivo en contextos donde la inmediatez de las necesidades diarias parece imponerse sobre la planificación a largo plazo. Esta tensión entre el tiempo del cuidado ambiental —que requiere constancia, monitoreo y trabajo colectivo— y el tiempo de la urgencia cotidiana podría incidir en la baja adopción de prácticas sostenidas de protección del cuerpo de agua. De igual forma, la ausencia de narrativas que vinculen el presente con las futuras generaciones podría limitar la disposición a realizar esfuerzos cuyos beneficios no son inmediatamente visibles.
En términos espaciales, la configuración física del sector Pie de Sabana podría no estar plenamente adaptada para facilitar el acceso comunitario a la quebrada con fines de monitoreo o limpieza colectiva. La carencia de senderos, señalizaciones o zonas de encuentro en las márgenes podría contribuir a que la relación con la quebrada sea predominantemente funcional y no reflexiva.
Las implicaciones de esta configuración podrían extenderse más allá del ámbito estrictamente ambiental. La persistencia de prácticas de descuido de la quebrada podría incidir en la calidad del agua, en la salud de los habitantes, en la percepción de orden y belleza del territorio, y en el fortalecimiento o debilitamiento de vínculos de cooperación comunitaria. Asimismo, la ausencia de una cultura de preservación articulada en torno a narrativas compartidas podría afectar la sostenibilidad de los procesos de autogestión comunitaria, al limitar la capacidad de articular objetivos comunes en torno al cuidado del hábitat.
La literatura sobre gobernanza ambiental comunitaria y etnoecología ha señalado que la sostenibilidad de iniciativas colectivas de preservación de cuerpos de agua depende en gran medida de la construcción de narrativas compartidas y de una identidad vinculada al territorio (Ostrom, 2011; Toledo & Barrera-Bassols, 2008). Cuando estas dimensiones simbólicas no logran consolidarse, los proyectos de conservación tienden a fragmentarse o a depender excesivamente de liderazgos circunstanciales, perdiendo continuidad en el tiempo.
En este escenario, los mitos y leyendas como estrategia socio-comunitaria representan una posibilidad de reconfiguración profunda del vínculo entre los habitantes y su entorno hídrico. No obstante, su implementación efectiva como estrategia de fomento de una cultura de preservación requiere comprender cómo son vividos, interpretados y resignificados estos relatos por quienes habitan el sector Pie de Sabana y se relacionan cotidianamente con la quebrada Los Araujo. Sin esta comprensión, cualquier intervención que intente recuperar mitos y leyendas con fines ambientales podría reproducir la lógica instrumental que la literatura crítica ha señalado como insuficiente, utilizando los relatos como meros instrumentos sin atender a su densidad existencial.
El problema de investigación, por tanto, se configura como la necesidad de comprender los mitos y leyendas como estrategia socio comunitaria para el fomento de una cultura de preservación del ambiente, indagando el significado vivido que los sujetos atribuyen a estos relatos tradicionales y explorando cómo dichas narrativas pueden —o no— transformar la relación de la comunidad con la quebrada y el sentido mismo de habitar su territorio. Esta indagación busca trascender la descripción de los mitos como contenidos folclóricos para acceder a la dimensión ontológica de la narrativa ambiental comunitaria, aportando comprensión profunda a un fenómeno cuya relevancia trasciende el ámbito local y dialoga con los desafíos globales de la sostenibilidad y la revitalización de saberes locales.
La complejidad de la situación descrita no puede comprenderse únicamente desde indicadores de calidad del agua o diagnósticos de residuos sólidos; exige una aproximación que permita develar el sentido que los propios actores comunitarios atribuyen a sus narrativas y prácticas vinculadas a la quebrada. Cuando el fenómeno se aborda desde una perspectiva fenomenológica–hermenéutica, la pregunta se convierte en el eje articulador del proceso investigativo, pues es a través de ella que se abre el horizonte de comprensión del mundo vivido. En consecuencia, formular interrogantes pertinentes implica reconocer que el conocimiento no se impone desde fuera, sino que emerge del diálogo reflexivo con la experiencia concreta de los habitantes del sector Pie de Sabana, de la parroquia José Leonardo Suárez, del municipio San Rafael de Carvajal, estado Trujillo.
Pregunta de investigación
¿De qué manera los mitos y leyendas asociados a la quebrada Los Araujo y al territorio del sector Pie de Sabana son comprendidos, vividos y resignificados por sus habitantes?, y
¿cómo dichas narrativas tradicionales podrían estar incidiendo o podrían incidir potencialmente en el fomento de una cultura de preservación del ambiente en la comunidad?
En coherencia con la perspectiva comprensiva adoptada, los propósitos no se formulan como metas instrumentales orientadas únicamente a medir variables, sino como horizontes interpretativos que guían la profundización del fenómeno estudiado. En investigaciones de corte cualitativo–fenomenológico, el propósito expresa la intención de revelar estructuras de significado y de aportar comprensión situada sobre la experiencia humana. Desde esta orientación, los siguientes propósitos se articulan como rutas para develar la dimensión vivencial, simbólica y comunitaria de los mitos y leyendas como estrategia ambiental en el contexto estudiado.
Propósito general
Comprender los mitos y leyendas como estrategia socio comunitaria para el fomento de una cultura de preservación del ambiente, tomando como caso la quebrada Los Araujo del sector Pie de Sabana, parroquia José Leonardo Suárez, municipio San Rafael de Carvajal, estado Trujillo.
MARCO TEÓRICO
Crisis ambiental, saberes locales y desterritorialización narrativa
El debate ambiental contemporáneo no puede comprenderse como un fenómeno aislado ni meramente técnico; constituye una expresión de una crisis civilizatoria de alcance planetario que interpela las formas en que las comunidades humanas construyen sentido en relación con su territorio. La degradación de cuerpos de agua, la pérdida de biodiversidad y la alteración de los ciclos ecológicos han sido interpretadas como manifestaciones de un modelo de desarrollo centrado en la extracción y el consumo, pero también como síntomas de una fractura en los sistemas simbólicos que antaño regulaban el vínculo entre las comunidades y sus entornos (Leff, 2014; Gudynas, 2011). Desde esta perspectiva crítica, la problemática ambiental no se reduce a una falla en la gestión de recursos, sino que revela una fractura en la racionalidad y en las narrativas que organizan la relación sociedad–naturaleza.
Al respecto, Leff (2014) sostiene que "la crisis ambiental es la crisis del pensamiento moderno" (p. 45), señalando que el paradigma económico dominante ha subordinado los procesos ecológicos a la lógica de mercado y ha desestimado los saberes locales que durante siglos permitieron la reproducción sustentable de la vida. Lo que el autor plantea implica que la degradación ambiental no se explica únicamente por carencias tecnológicas o de infraestructura, sino por una racionalidad instrumental que ha separado al sujeto del entorno, cosificando la naturaleza como objeto de explotación. Desde esta mirada, la sostenibilidad exige una transformación epistemológica y cultural que incluya la recuperación de los repertorios simbólicos de las comunidades.
En el ámbito de la antropología ambiental, se ha acuñado el concepto de desterritorialización narrativa para describir el proceso mediante el cual las comunidades pierden los relatos que vinculaban su identidad con lugares específicos, debilitando así los mecanismos simbólicos de regulación conductual (Escobar, 2016). Este proceso se acelera en contextos de migración, mediatización cultural y debilitamiento de la transmisión oral intergeneracional. En el caso de las quebradas y cuerpos de agua, la desterritorialización narrativa implica que estos espacios dejan de ser reconocidos como escenarios de historias sagradas, advertencias o enseñanzas, y pasan a ser percibidos exclusivamente como recursos funcionales o incluso como obstáculos a sortear.
En América Latina, la discusión adquiere matices propios debido a la histórica tensión entre conocimientos científicos y saberes locales, así como a las desigualdades socioeconómicas que han marginado a las comunidades rurales en la definición de las políticas ambientales. Gudynas (2011) advierte que el extractivismo ha sido presentado como estrategia de desarrollo en la región, pero reproduce dinámicas de degradación ecológica y de despojo simbólico de los territorios. Según este autor, la región enfrenta el desafío de transitar hacia modelos alternativos que integren justicia social, sostenibilidad ecológica y reconocimiento de las cosmovisiones locales.
Lo que estos planteamientos sugieren es que la problemática ambiental vinculada a cuerpos de agua como la quebrada Los Araujo no puede analizarse exclusivamente desde indicadores fisicoquímicos o técnicos; debe comprenderse como un fenómeno cultural, simbólico y ético. En este sentido, la investigación sobre mitos y leyendas como estrategia socio-comunitaria se inscribe dentro de una discusión más amplia sobre la revitalización de saberes locales y la reconstrucción del vínculo narrativo con el territorio.
Cultura de preservación ambiental y construcción de significados comunitarios
La noción de cultura de preservación ambiental ha sido desarrollada como una categoría que articula valores, creencias, prácticas y representaciones vinculadas al cuidado del entorno natural. No se trata únicamente de conocimientos ecológicos o de disposición a reciclar, sino de formas de habitar el mundo que integran la responsabilidad ambiental como un componente identitario. Desde una perspectiva sociológica y antropológica, la cultura configura marcos interpretativos que orientan la acción cotidiana (Geertz, 2003). Aplicado al ámbito ambiental, ello implica que las prácticas relacionadas con el cuidado de una quebrada están mediadas por sentidos colectivos que pueden favorecer o limitar conductas de preservación.
Cabe destacar que autores como Leff (2010) han insistido en que la construcción de una racionalidad ambiental implica reconfigurar imaginarios sociales. El autor sostiene:
La sustentabilidad no es un estado de equilibrio alcanzable mediante ajustes técnicos; es un proceso de reaprender el mundo, de reordenar los sentidos que dan significado a la vida y de reconstruir los vínculos entre las comunidades y sus territorios. Este reaprender supone integrar saberes locales a menudo desestimados por la racionalidad dominante y procesos educativos críticos que cuestionen las premisas del modelo extractivista. (Leff, 2010, p. 78)
Esta afirmación sugiere que la transformación de la cultura ambiental no puede imponerse verticalmente mediante campañas o decretos; necesita emerger de procesos participativos y comunitarios que reconozcan y potencien los repertorios simbólicos existentes, entre ellos los mitos y leyendas que aún perviven en la memoria colectiva.
Desde la psicología ambiental y los estudios de conducta proambiental, Corral-Verdugo (2010) ha estudiado los determinantes de los comportamientos sostenibles, señalando que éstos dependen de variables como normas sociales, valores altruistas, percepción de eficacia personal y —crucialmente— el arraigo territorial. El autor indica que la adopción de prácticas de cuidado ambiental se fortalece cuando existe coherencia entre valores internalizados, narrativas comunitarias de pertenencia y prácticas colectivas de monitoreo y sanción social. Esto implica que el contexto social y simbólico desempeña un papel decisivo en la consolidación de hábitos de preservación.
En consecuencia, la cultura de preservación ambiental no se construye exclusivamente mediante campañas informativas o sanciones legales; requiere procesos de significación compartida anclados en el territorio. En comunidades rurales y periurbanas como el sector Pie de Sabana, la dimensión simbólica adquiere relevancia estratégica, pues la identidad colectiva expresada y alimentada por mitos y leyendas puede actuar como catalizador de prácticas de cuidado de la quebrada Los Araujo.
Mitos, leyendas y regulación simbólica del comportamiento ambiental
La relación entre narrativas tradicionales y prácticas de preservación ambiental ha sido objeto de creciente interés en la etnoecología y la antropología simbólica. Los mitos y leyendas no son meros relatos folclóricos desprovistos de función social; constituyen dispositivos de memoria colectiva que transmiten normas, advertencias y valores a lo largo de generaciones (Eliade, 2001). Desde esta perspectiva, un mito vinculado a una quebradapor ejemplo, la historia de una criatura protectora que castiga a quienes contaminan sus aguas o la leyenda de un ahogado que advierte sobre los peligros de bañarse en ciertos tramos opera como un mecanismo de regulación conductual que no requiere vigilancia externa ni sanción institucional, pues la amenaza o la promesa contenida en el relato está internalizada en la conciencia de los sujetos.
Al respecto, Eliade (2001) sostiene que "el mito es una historia sagrada, que narra un acontecimiento que tuvo lugar en el tiempo primordial, y que constituye el modelo ejemplar de todas las acciones humanas significativas" (p. 23). Aplicado al ámbito ambiental, ello implica que los mitos vinculados a lugares específicos como una quebrada, una montaña o un árbol sagrado establecen un modelo de relación con ese lugar que trasciende la utilidad inmediata y se inscribe en el orden de lo normativo y lo sagrado. Quien transgrede ese modelo no solo comete un error práctico (contaminar el agua), sino una falta simbólica que lo sitúa fuera del orden comunitario.
En el contexto latinoamericano, múltiples estudios etnográficos han documentado la presencia de mitos y leyendas asociados a cuerpos de agua: la Madre de Agua o Madre de Río en diversas tradiciones andinas y amazónicas, laSayona o el Silbón en los llanos venezolanos y colombianos, con versiones que vinculan estas figuras a la protección de fuentes hídricas o al castigo de quienes dañan el entorno (Tovar, 2015; Gutiérrez, 2018). Estas figuras no son meramente entretenimiento folclórico; incorporan una ética ambiental implícita: no te bañes tarde en el río, no contamines el agua, no maltrates a los animales, respeta los lugares sagrados.
Desde la antropología simbólica, Geertz (2003) plantea que los símbolos sagrados funcionan como modelos tanto de la realidad como para la realidad. Es decir, no solo representan cómo es el mundo, sino que prescriben cómo debería ser. Cuando una comunidad comparte la leyenda de que la quebrada está habitada por una entidad protectora que enferma a quienes arrojan basura o ensucian sus aguas, esa narrativa se convierte en un modelo para la acción: orienta el comportamiento, genera temor reverencial y moviliza prácticas de cuidado.
Sin embargo, la literatura también advierte sobre la fragilidad de estos sistemas simbólicos en contextos de cambio cultural acelerado. La migración de los jóvenes a centros urbanos, la escolarización formal que a menudo desestima los saberes locales como "supersticiones", y la influencia de los medios de comunicación masiva que imponen otros imaginarios desterritorializados han contribuido al debilitamiento de la transmisión oral de mitos y leyendas (Toledo & Barrera-Bassols, 2008). En el caso de la quebrada Los Araujo, podría hipotetizarse que las generaciones mayores aún recuerdan relatos asociados a esta fuente de agua, mientras que las generaciones jóvenes han crecido en un contexto donde esas narrativas ya no circulan con la misma intensidad, debilitando así el dispositivo simbólico que antaño regulaba la conducta de cuidado.
Educación ambiental crítica y revitalización de narrativas locales
La educación ambiental ha evolucionado desde enfoques conservacionistas centrados en la transmisión de información ecológica hacia perspectivas críticas que vinculan ambiente, justicia social, participación ciudadana y reconocimiento de saberes locales. Freire (2005) planteó que la educación debe orientarse hacia la concientización, entendida como un proceso reflexivo que permite a los sujetos comprender su realidad para transformarla. Aplicado al ámbito ambiental, ello implica que el aprendizaje no se limita a adquirir datos sobre el ciclo del agua o los efectos de la contaminación; busca generar praxis transformadora anclada en la experiencia vivida y en los repertorios simbólicos de la comunidad.
Sauvé (2005) identifica múltiples corrientes de educación ambiental, entre ellas la crítica, que promueve la reflexión sobre estructuras sociales y económicas que generan degradación ecológica, y la comunitaria, que enfatiza la construcción colectiva de saberes y la acción local. Según la autora, la educación ambiental debe fomentar una ciudadanía ecológica activa:
La educación ambiental no puede limitarse a la transmisión de conocimientos sobre problemas ecológicos. Debe ser un proceso de construcción de competencias críticas, de desarrollo de la autonomía y de fortalecimiento de los lazos comunitarios. La dimensión ética y la recuperación de los saberes locales son tan importantes como la información científica. (Sauvé, 2005, p. 28)
En Latinoamérica, la educación ambiental ha sido concebida como una herramienta para fortalecer procesos comunitarios y para resistir la imposición de modelos extractivistas. González Gaudiano (2012) sostiene que los desafíos ambientales de la región exigen enfoques participativos que integren saberes locales, cosmovisiones indígenas y campesinas, y construcción colectiva de soluciones. Esto resulta especialmente pertinente en espacios como el sector Pie de Sabana, donde la gestión de la quebrada es un asunto local que requiere la implicación activa de los habitantes.
La revitalización de mitos y leyendas como estrategia socio-comunitaria para el fomento de una cultura de preservación puede interpretarse como una forma de educación ambiental situada, que no parte de manuales externos sino de los propios repertorios simbólicos de la comunidad. Recuperar la historia de la quebrada Los Araujo, organizar sesiones de narración oral donde los ancianos transmitan sus relatos a los jóvenes, o vincular las festividades comunitarias con el cuidado del cuerpo de agua son prácticas que integran lo pedagógico, lo lúdico y lo identitario.
Sin embargo, la literatura también advierte sobre el riesgo de instrumentalizar los mitos y leyendas. No se trata de "usar" los relatos como anzuelos para transmitir contenidos ambientales predefinidos lo que reproduciría la lógica extractivista del saber sino de reconocer que los mitos ya contienen, en su propia estructura narrativa, una ética ambiental que puede ser actualizada y potenciada. Como señala Leff (2014): "El saber ambiental no se construye desde cero ni se importa de manuales externos; se teje desde las memorias, los sueños y las prácticas de los pueblos que habitan los territorios" (p. 112).
Memoria colectiva, transmisión oral y relación intergeneracional
La pervivencia de mitos y leyendas depende de procesos de transmisión oral efectivos y de la valoración social de quienes custodían esos relatos generalmente las personas de mayor edad en la comunidad. La psicología social y los estudios de memoria colectiva han demostrado que los relatos compartidos no solo informan, sino que cohesionan, generan identidad y orientan la conducta (Halbwachs, 2004). En el ámbito ambiental, la memoria colectiva vinculada a lugares específicos como una quebrada permite que las nuevas generaciones hereden no solo el territorio físico, sino también el entramado simbólico que prescribe cómo relacionarse con él.
No obstante, la transmisión oral es frágil. Requiere contextos propicios: espacios de encuentro intergeneracional, valoración social de los ancianos como depositarios de saberes, y tiempo para la escucha y la conversación. En contextos de crisis económica, migración y precarización de la vida cotidiana como el venezolano actual, estos espacios tienden a reducirse. Los ancianos pueden estar ausentes por haber migrado o por haber fallecido; los jóvenes pueden estar ocupados en la búsqueda de medios de subsistencia; y los espacios comunitarios de encuentro (plazas, patios, veredas) pueden haber perdido centralidad en la vida social.
En el sector Pie de Sabana, esta fragilidad de la transmisión oral podría ser un factor crítico. Si los relatos sobre la quebrada Los Araujo historias de apariciones, advertencias, personajes míticos no circulan activamente entre las generaciones jóvenes, el dispositivo simbólico que regulaba el cuidado de este cuerpo de agua se debilita, dejando sólo la dimensión funcional: la quebrada como fuente de agua, pero no como espacio cargado de significados, memorias y prescripciones éticas.La revitalización de mitos y leyendas como estrategia socio-comunitaria, por tanto, no puede limitarse a recopilar relatos en un documento escrito aunque ello sea valioso sino que debe generar espacios vivos de narración, escucha y apropiación intergeneracional. La oralidad secundaria mediada por grabaciones, talleres o actividades escolares puede complementar, pero no reemplazar, la oralidad primaria del encuentro cara a cara entre abuelos y nietos, vecinos y vecinas.
Organización comunitaria y patrimonio cultural ambiental
El reconocimiento de los mitos y leyendas como patrimonio cultural inmaterial ha sido impulsado por organismos internacionales como la UNESCO, que ha destacado el papel de las tradiciones orales en la sostenibilidad de las comunidades locales. En el caso venezolano, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999) reconoce en sus artículos 98 y 99 la protección del patrimonio cultural, incluyendo las tradiciones orales y los saberes locales, como parte del derecho a la identidad cultural.La Ley Orgánica del Ambiente (2006), por su parte, establece en sus artículos relacionados con la educación ambiental (arts. 16-20) la necesidad de promover "el conocimiento y respeto de los saberes y prácticas tradicionales de las comunidades en relación con el ambiente". Este marco legal ofrece un sustento normativo para la revitalización de mitos y leyendas como estrategia de preservación, pues sitúa los saberes locales no como reminiscencias del pasado, sino como recursos vigentes para la gestión ambiental contemporánea.
En el ámbito comunitario, la figura de los consejos comunales, las mesas técnicas de agua y las organizaciones ambientales de base podría ser el vehículo institucional para articular estas estrategias. Si la comunidad del sector Pie de Sabana reconoce sus mitos y leyendas como un valor a preservar y como una herramienta para el cuidado de la quebrada Los Araujo, podría resignificar estos relatos como parte de su proyecto de vida comunitario y de su agenda ambiental.
Sin embargo, la literatura sobre gestión comunitaria de recursos naturales ha señalado que la institucionalización de saberes locales enfrenta el riesgo de burocratización o folklorizaciónes decir, de convertir los mitos en espectáculo o en contenido escolar desvitalizado si no se mantiene su anclaje en la experiencia vivida y en la autoridad de los propios depositarios de esos saberes (Ostrom, 2011). La estrategia, por tanto, no consiste en que una entidad externa una ONG, una alcaldía o una universidad "recupere" los mitos para enseñarlos a la comunidad, sino en que la comunidad misma, reconociendo el valor de su acervo simbólico, decida activamente revitalizar sus prácticas narrativas como parte de su lucha por la preservación de su territorio.
MARCO METODOLÓGICO
La naturaleza del fenómeno investigado el significado vivido que los habitantes del sector Pie de Sabana atribuyen a los mitos y leyendas asociados a la quebrada Los Araujo, y cómo estas narrativas inciden en su cultura de preservación ambiental exige un abordaje metodológico coherente con su carácter experiencial, simbólico, contextual y narrativo. En consecuencia, la presente investigación se inscribe dentro del paradigma cualitativo-interpretativo, cuyo propósito central no es medir variables ni establecer relaciones causales generalizables, sino comprender la estructura de sentido que los sujetos atribuyen a su experiencia en el mundo de la vida (Schütz, 2003).
El enfoque cualitativo, según Denzin y Lincoln (2018), se orienta a estudiar los fenómenos en sus contextos naturales, intentando interpretar los significados que las personas les otorgan. Desde esta perspectiva, el rigor no se fundamenta en la replicabilidad estadística, sino en la profundidad interpretativa, la coherencia epistemológica y la transparencia reflexiva del investigador. Por ello, esta investigación asume como principio metodológico la epoché o puesta entre paréntesis, planteada originalmente por Husserl (2002), entendida como el ejercicio consciente de suspensión de juicios previos con el fin de aproximarse a la experiencia tal como es vivida por los participantes, sin imponer categorías analíticas externas que distorsionen el sentido emergente.
Este compromiso implica reconocer que el investigador forma parte del proceso interpretativo y que su reflexividad constituye un componente esencial del rigor metodológico. Gadamer (1998) advierte que toda comprensión está mediada por prejuicios históricos y por el horizonte de sentido del intérprete; no obstante, la conciencia de estos presupuestos en lugar de pretender eliminarlos permite someterlos a examen crítico dentro del círculo hermenéutico, enriqueciendo en lugar de limitando la comprensión.
Enfoque y diseño de investigación
El enfoque asumido es fenomenológico-hermenéutico. Esta elección responde a la intención de develar las estructuras de significado que emergen de la vivencia concreta de los habitantes del sector Pie de Sabana en relación con los mitos y leyendas vinculados a la quebrada Los Araujo, así como a la comprensión de cómo estas narrativas configuran sus prácticas y actitudes de preservación ambiental. A diferencia de diseños descriptivos o etnográficos centrados en patrones culturales observables desde una tercera persona, la fenomenología hermenéutica busca revelar la esencia del fenómeno tal como se manifiesta en la experiencia encarnada y narrada por los propios sujetos (Van Manen, 2016).
Desde la perspectiva de Heidegger (1997), comprender implica interpretar el ser-en-el-mundo de los sujetos, es decir, sus formas concretas de habitar, de relacionarse con las cosas, con los otros y con el territorio. Los mitos y leyendas, desde esta óptica, no son meros contenidos mentales o representaciones simbólicas desencarnadas; son modos de habitar el mundo: quien narra o escucha la leyenda de la quebrada está configurando su relación con ese lugar, está abriendo un mundo de sentido que orienta su acción. El diseño es, por tanto,enomenológico-hermenéutico no experimental, transversal y de profundidad interpretativa. No experimental porque no se manipulan variables; transversal porque el trabajo de campo se concentra en un período determinado (aunque la interpretación puede extenderse en el tiempo mediante sucesivas lecturas); y de profundidad interpretativa porque prioriza la riqueza del sentido sobre la amplitud de la cobertura empírica.
Muestreo y participantes
En coherencia con la orientación fenomenológica, el muestreo es intencional o criterial. Patton (2015) señala que el muestreo intencional permite seleccionar casos ricos en información que aporten comprensión profunda del fenómeno. En este estudio, se priorizarán sujetos de la experiencia cuya vivencia respecto a los mitos y leyendas de la quebrada Los Araujo haya sido intensa, significativa o, incluso, conflictiva. Se incluirán tanto experiencias que evidencien apropiación y transmisión activa de los relatos como aquellas marcadas por el escepticismo, el olvido o la ruptura generacional, pues estas últimas lejos de ser ruido metodológico pueden revelar con mayor nitidez las estructuras culturales que están en tensión o en proceso de transformación.Los criterios de inclusión serán:
1. Haber residido en el sector Pie de Sabana o en sus inmediaciones durante al menos diez años, de modo que se haya tenido exposición prolongada al contexto y a sus dinámicas narrativas.
2. Pertenecer a diferentes grupos etarios (mayores de 60 años, adultos de 30 a 59 años, jóvenes de 18 a 29 años), con el fin de captar variaciones generacionales en la memoria y transmisión de los relatos.
3. Reconocimiento comunitario como conocedores de las historias del lugar (para los casos de personas mayores) o, alternativamente, reconocimiento como actores clave en dinámicas actuales de organización comunitaria (para adultos y jóvenes).
4. Voluntariedad y disposición a participar en entrevistas en profundidad y a compartir sus narrativas de manera reflexiva.
Técnicas de captura del significado
Las técnicas empleadas están diseñadas para acceder al significado profundo de la vivencia, evitando respuestas estandarizadas o socialmente deseables, y privilegiando el relato situado, la anécdota densa y la narración evocadora.
Entrevista fenomenológica centrada en la vivencia
La estrategia central será la entrevista fenomenológica de significado vivido, inspirada en la propuesta de Van Manen (2016), quien plantea que la entrevista debe invitar al participante a narrar experiencias concretas, situadas en tiempo y espacio, enfatizando momentos específicos más que opiniones abstractas o juicios generales sobre "la cultura" o "la comunidad". Las preguntas estarán orientadas a provocar la evocación de situaciones reales vinculadas con los mitos y leyendas de la quebrada. El interés se centrará en los detalles densos de la experiencia, atendiendo a los matices emocionales, relacionales y simbólicos: tono de voz, emociones manifestadas, gestos, silencios, contradicciones. La entrevista se realizará en el lugar preferido por el participante su vivienda, el patio, un espacio comunitario y se grabará en audio previo consentimiento informado, con garantías de confidencialidad y anonimato en la difusión de los resultados.
Análisis del lenguaje y del habla comunitaria
Desde la perspectiva heideggeriana, el lenguaje es la "casa del ser" (Heidegger, 1997), lo que implica que los cambios en el vocabulario, las metáforas y las formas de nombrar el territorio reflejan transformaciones en la forma de habitar el mundo. Se analizarán expresiones, modismos y narrativas espontáneas relacionadas con la quebrada Los Araujo, con el agua, con el cuidado, con el riesgo y con lo sagrado o peligroso. Por ejemplo, se prestará atención a si la quebrada es nombrada como "la quebrada", "el río", "el agua", "el caño" o mediante algún nombre propio vinculado a una leyenda; a si se usan expresiones como "ahí duerme la madre de agua", "cuidado con bañarse tarde" o "allí se aparece la Sayona".
Observación participante y notas de campo
Complementariamente, se realizarán jornadas de observación participante en la comunidad, particularmente en espacios de encuentro como la toma de agua, los caminos que bordean la quebrada, las tiendas locales o las asambleas comunitarias. El propósito es registrar prácticas cotidianas de relación con la quebrada quién va, para qué, cómo se comporta así como interacciones verbales que puedan contener referencias implícitas o explícitas a relatos tradicionales. Las notas de campo reflexivas documentarán impresiones del investigador, fortaleciendo la transparencia analítica y permitiendo rastrear la evolución de las interpretaciones (Denzin & Lincoln, 2018).
Protocolo de análisis hermenéutico
El análisis seguirá el método del círculo hermenéutico, entendido como un movimiento constante e iterativo entre la parte y el todo del texto (Gadamer, 1998). Este proceso implica una lectura atenta, repetida y reflexiva de las transcripciones de las entrevistas y de las notas de campo, permitiendo que el sentido emerja progresivamente sin forzar las categorías previas.
A MANERA DE CIERRE
Los esfuerzos desarrollados en este trabajo se orientan a comprender los mitos y leyendas asociados a la quebrada Los Araujo del sector Pie de Sabana como una experiencia socio-simbólica situada, no meramente como un conjunto de relatos folclóricos desprovistos de función ambiental. Analizar cómo estas narrativas son vividas, interpretadas, transmitidas o silenciadas, olvidadas, disputadas en el entramado cotidiano de la comunidad implica reconocer que los cambios en la relación con el ambiente no se producen exclusivamente mediante campañas informativas o dispositivos legales, sino también en el terreno denso de la memoria colectiva, de las emociones territoriales y de las prescripciones éticas contenidas en las historias que se cuentan de generación en generación.
Estudiar los mitos y leyendas desde la experiencia concreta de quienes los recuerdan o los han olvidado, de quienes los transmiten o han cesado de hacerlo, permite desplazar la mirada de los discursos generales sobre sostenibilidad hacia los significados que emergen en la vida diaria de una comunidad rural trujillana cuando se enfrenta a la pregunta por el cuidado de su quebrada. Las negociaciones familiares en torno a qué relatos merecen ser contados a los niños, las percepciones de temor o respeto que aún moviliza la mención de una "madre de agua", las posibles transformaciones en la organización del espacio doméstico para evitar arrojar residuos a la quebrada, y las dinámicas de reconocimiento o cuestionamiento entre vecinos cuando alguien actúa de manera descuidada constituyen dimensiones que este estudio busca capturar, develar e interpretar.
En el plano académico, la investigación aspira a enriquecer el debate sobre educación ambiental comunitaria y sobre preservación de cuerpos de agua incorporando una perspectiva fenomenológico-hermenéutica que dialogue con los enfoques conductuales y normativos predominantes. Sin desestimar la relevancia de las campañas de limpieza o de las ordenanzas municipales, se plantea que la sostenibilidad ambiental de espacios como la quebrada Los Araujo podría depender también y quizás principalmente de cómo las personas dotan de sentido a esos lugares, de cómo los mitos y leyendas anclan en sus emociones y memorias, y de cómo estas dimensiones simbólicas se integran o entran en tensión con sus formas previas de habitar, consumir y relacionarse con el agua. Explorar estas dimensiones podría contribuir a ampliar las categorías desde las cuales se estudian los procesos de cambio socioambiental en contextos comunitarios venezolanos.
En el ámbito social y comunitario, comprender los mitos y leyendas desde su vivencia cotidiana podría ofrecer insumos para el diseño de estrategias de preservación más contextualizadas, sensibles a las realidades locales y a las dinámicas simbólicas del territorio. Reconocer que los hábitos de cuidado no se transforman únicamente por prescripción o por sanción, sino mediante procesos graduales de resignificación cultural anclados en la memoria colectiva, podría abrir posibilidades para fortalecer iniciativas ambientales que dialoguen con la identidad y la historia organizativa del sector Pie de Sabana y de la parroquia José Leonardo Suárez.
Dado que esta investigación se encuentra en fase de desarrollo —o constituye una propuesta teórico-metodológica que aguarda su implementación empírica en el campo—, las reflexiones aquí expuestas no constituyen conclusiones definitivas, sino proyecciones comprensivas que orientan la indagación futura. La profundización en las narrativas de los habitantes del sector, el trabajo de campo con los sujetos de la experiencia y el análisis hermenéutico de sus relatos permitirán matizar, ampliar o incluso reconfigurar las comprensiones iniciales aquí esbozadas.
Lejos de clausurar el debate, este cierre mantiene abierta la indagación sobre los mitos y leyendas como práctica vivida, como experiencia compartida y como estrategia en construcción dentro de un territorio el de la quebrada Los Araujo cuya preservación no es solo un asunto hidrológico o sanitario, sino una cuestión de memoria, de identidad y de justicia simbólica para la comunidad que lo habita. En esa apertura reside tanto su potencial interpretativo como su relevancia social: la posibilidad de que una quebrada no sea solo un curso de agua, sino un territorio narrado, habitado por historias que, mientras se cuenten, seguirán cuidándolo.
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