De nuevo en Uamena buscamos un transporte que nos lleve a vuelo. A nuestros ojos occidentales la furgoneta estaba prácticamente llena, pero aquello era oceanía, siempre caben más, tantos como hasta 30 personas en una furgoneta de 11.
El transporte de Uamena buscamos un transporte que nos lleve a vuelo. A nuestro ojos occidentales la furgoneta estaba prácticamente llena, pero aquello era oceanía, siempre caben más, tantos como hasta 30 personas en una furgoneta de 11.
Bueno, me veo, nosotros hemos habido.
Dirigiéndonos hacia volo.
Y ahora estamos acompañando de nuestros lazarillos.
Que a ver que nos prepara, tampoco nos podemos demorar mucho por fin.
Luego no hay transportes para volver a Uamena.
El valle de Uamelo es hermoso, quizá no tan abrupto, ni tan profundo, ni espectacular, como el de Sugogmo, pero en cambio es más verde y accesible.
Todo el valle rebosa calma, tras dos horas de camino y después de subir una empinada cuesta llegamos a la población de Uamelo.
Una cuidada y bonita puerta tradicional da acceso al pueblo, famoso por estar prohibido fumar en su interior.
Los cuidados senderos que discurren en el poblado están flanqueados por flores y plantas de vivos colores.
Las cercas también están en perfecto estado, parece que un jardinero se ocupara expresamente de todo, pero no hace falta, en realidad son los propios habitantes los que se encargan de mantener impoluto el pueblo.
Uamelo es famoso también por poser una de las iglesias protestantes más activas del valle, fundada hace muchos años por un ciudad no suizo.
Cuando el potente todoterreno nos recoge para regresar a Uamena, está lleno de lugareños y barro a partes iguales.
Nos hacen un hueco en la parte trasera, el viaje es una odisea, sentados con el culo entre boniatos y las piernas colgando deshacemos el camino a una velocidad endiablada. En cada bache nuestros cuerpos se levantan medio metro para volver a caer, con la fuerza de la gravedad en nuestra particular y dura cama de boniatos.
Pero a pesar de la incomodidad, el dolor, el calor y por qué no decirlo, el miedo a salir despedidos no dejamos de reírnos junto a los lugareños.
Mientras el barro... ¡Pues nada! A seguir, ya está la carretera buena, que antes... A ver, ya la di aquí.
