de alguna cana que alguna vez también fueron pensamientos y hoy las raíces y florecidos árboles que son el cana de pensamientos.
Y ahora viene a Jerusalén un poema hecho en conjunto por Jorge Corrón.
Los árboles plateados susuran al oído. El viento, como un niño más criado, recorría las calles de Jerusalén.
De vez en cuando, el drope de un caballo rompía silencio, judíos, musulmanes y cristianos, dormían profundamente con sus sueños de amor y de paz.
Los gritos, el dolor y la muerte cambiaron el tiempo de verbo. La carreta del dolor la guía del fantasma del pasado, que huía de la ciudad santa sin mirar atrás.
La guerra salía muy bien desde adentro, que esta vez, gracias a Dios, no había triunfar.
Estas poesías todas son preciosas.
Y ahora les quiero convocar a mi estimada flora.
Bueno, ante todo, muchas gracias por venir a los parientes, a los amigos, a los que conocieron a Fernando.
Y después, gracias a Jorge por la generosidad, por recordarlo, por hacer un culto de esa amistad.
Y bueno, voy a recordar dos cosas nada más, que tienen que ver con la poesía y tienen que ver con este momento.
La primera es cómo lo conocí. A Fernando lo conocí en un lugar de encuentro y lo primero que me dijo para levantarme fue una poesía,
que al parecer era una cosa que la hacía en forma continua el hombre, era su recurso, el verbo rágico.
Pero a mí me mató. De pronto alguien, a una mujer linda, no le ofrecía ni una salida, ni una poesía, fantástico, la verdad me desnucó.
Y empecé a ver a ese hombre muy extraño, que venía con tres chicos, con toda una familia y con toda una historia.
Y todo fue fantástico.
Y la otra cosa que me acuerdo, justo ese poema de Jerusalén que leíste voz, cómo se peleaban.
Eso de que los dos escritores escribían fácilmente. No, no, no, esto mentira, es mentira.
Se peleaban.
Y para poner dos palabras, a veces estaban media hora. Cada poesía no era fácil, era difícil.
Ya con Adá, Jorge. Bien. Esa de Jerusalén, para poner las palabras ahí, fue tú una tortura.
Es más, por momentos decían, un renglón cada uno y no tenía nada que ver.
Eso era lo terrible. Cuando lo lian, también se volvían a pelear porque era horrible, quedaba feo.
Pero en el fondo, los dos esperaban estar juntos, los dos esperaban ese momento.
Estoy segura. Y estoy segura que Agamando le encantará esto como recuerdo y como recuerdo para los hijos, para nuestra generación y para las siguientes.
Muchas gracias.
Bueno, me toca mi zarar.
Rodolfo me agarró en un momento dado en que yo no quería escribir más.
Pensabas que había dicho todo.
Y él me dijo, me emitó a su estudio. Primero me puso un libro de gramática.
Y me dijo, me quiso dar una clase de gramación con gramática, no tengo nada que ver.
Así que, si me querés poner gramática y de esas cosas, empezamos mal. Hagámoslo libremente.
Después empezamos a escribir y estábamos en la pelea si queríamos. Dos renglones, un renglón.
Bueno, pero la cosa es que después que salieron las poesías, yo no sé, algunas veces la pesco, pero nos plasmamos también los dos.
Que no se sabe quién escribió el primer renglón y el segundo renglón. Solo la se dará cuenta, pero yo no me doy cuenta.
En muchas de las poesías, los dos estamos muy estrechamente ligados, tales así que no se sabe quién escribió uno y quién escribió el otro.
Y lo logramos. Eso es muy importante.
Después lo que siento, bueno, que Dios se lo ha llevado, porque hubiera gustado escribir mucho más libros con él.
Y bueno, y esto es lo que quedó. O sea, de una amistad quedó algo lindo como un libro.
Le doy gracias a Rodolfo por este momento, a Flora, a su familia, a sus amigos, a sus hijos, a sus nietos.
Y bueno, esto ha sido todo. Muchas gracias.
Bueno, y ahora que nos toca estar, nos toca acercar el libro para pedir a Jorge y a Flora que lo filmen.
Flora, el nombre de Fernando. Yo digo Rodolfo, Rodolfo Fernando. Así que acercen su libro y que nos filmen a cada uno visual encima de los dos años.
Y gracias por estar acá con nosotros desde atrás.
Música
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