De Altona, verdadero Raval de Enburgo, arranca el ferrocarril de Kiel, que debía conducirnos
a la costa de los Belts, en menos de 20 minutos penetramos en el territorio de Holstein.
Una vez que todo estuvo listo y cerrada la maleta, bajamos el piso interior.
Durante todo el día no había cesado de llegar los abastecedores de instrumentos de física
y de aparatos eléctricos, y de armas y municiones.
Marta no sabía que pensar de todo aquello.
¿Es que se ha vuelto loco el señor?
Me pregunto por fin.
Yo le hice una dimana afirmativa.
¿Le lleve a usted consigo?
Le repetí al mismo signo.
¿Y a dónde?
Entonces le indiqué con el dedo el centro de la Tierra.
¿Al sótano?
Exclamó la antigua criada.
No, le contesté, más abajo todavía.
Llegó la noche, yo no tenía conciencia del tiempo transcurrido.
Hasta mañana temprano, me dijo mi tío, partiremos a las seis en punto.
A las diez me dejé caer en mi lecho como una masa inerte.
Durante la noche, mis terrores me saltaron de nuevo.
La pasé soñando con precipicios enormes, pérase de un espantoso delirio.
Me sentía vigorosamente hacido por la mano del profesor y precipitado y hundido en los
abismos.
Me veía caer al fondo de insondables precipicios con esa velocidad creciente que van adquiriendo
los cuerpos abandonados en el espacio.
Mi vida no era otra cosa que una interminable caída.
Desperté las cinco rendidos de emoción y fatiga.
Me levanté y bajé al comedor.
Mi tío se hallaba y asentado en la mesa y comía con devorador apetito.
Lo contemplé con un sentimiento de horror.
No despegué mis labios ni me fue posible comer.
A las seis y media se detuvo el carruaje delante de la estación.
Los numerosos vultos de mi tío, así como sus voluminosos artículos de viaje, fueron
descargados, pesados, rotulados y cargados nuevamente en el furgón de equipajes y, a
las siete, nos hallábamos sentados frente a frente en el mismo coche.
Se voló a lo como tóra y el convoy se puso en movimiento.
Ya estábamos en marcha.
Iba resignado o no.
Sin embargo, el aire fresco de la mañana, los detalles del camino, renovados rápidamente
por la velocidad del tren me distrajeron de mi gran preocupación.
La mente del profesor avanzaba más a prisa que el convoy, cuya marcha se la antojaba
lenta a su impaciencia.
Ibamos en el coche los dos solos, pero sin dirigirnos la palabra.
Mi tío se registró los bolsillos y el saco de viaje culminó su atención y observé
que no le faltaba ninguno de los mil requisitos que exigía la ejecución de esos arriesgados
proyectos.
Pude ver, entre otras cosas, una hoja de papel cuidadosamente doblada que ostentaba el membrete
de la Cancillería de Anesa, con la firma del señor Christian Sena, cónsul de Dinamarca,
Namburgo y amigo del profesor.
Esta carta debió facilitarnos, en Copenhague, la tarea de obtener recomendaciones para
el gobernador de Islandia.
Observé el famoso documento, cuidadosamente guardado en la más oculta división de su
cartera.
Lo maldije desde el fondo de mi corazón y me dediqué otra vez a contemplar el paisaje.
Constituía en este una extensa serie de yanduros sin interés, monótonas, senagosas y bastante
fértiles.
Una campiña en extremo favorable, atendido de una línea ferre y que se prestaba de un
modo maravilloso a esas rectas que son las delicias de las empresas explotadoras de los
caminos de hierro.
Cuando esa monótonía no llegó a fatigarme porque tres horas después de nuestra partida,
el tren se detenía en Kiel, a dos pasos del mar.
Como nuestros equipajes habían sido facturados hasta Copenhague, no tuvimos que ocuparnos
de ellos para nada.
No obstante, mi tío no les quito la vista de encima mientras los transbordaron al vapor,
en cuyas bodegas desaparecieron.
Mi tío, en su precipitación, había calculado las horas de correspondencia del ferrocarril
y del buque de un modo tan detestable que teníamos que perder un día entero.
El vapor, el enora, no salía hasta la noche.
Esta esperano prevista hizo que se apoderase del irasible viejo una fiebre de nueve horas,
entre las cuales envió a todos los diablos a las administraciones de vapores y ferrocarriles
y a los gobiernos que toleraban abusos semejantes.
Yo tuve que hacer coro cuando la emprendió con el capitán del enora, a quien quiso obligar
a elevar anclas y serpar inmediatamente.
El capitán lo envió a paseo.
En Kiel, como en todas partes, es preciso buscar la manera de matar el tiempo.
A fuerza de pasearnos por las verdes costas de la bahía, en cuyo fondo se eleva la pequeña
ciudad, de recorrer los espesos bosques que le dan el aspecto de un nido colocado entre
un grupo de ramas, de admirar las quintas, provistas todas ellas de su caseta de baños
de mar y de correr y aburrirnos, sonaron por fin las diez de la noche.
Los penachos de humo del el enora se elevaban en la atmósfera, su cubierta retemblada bajo
los estertores de la caldera, estábamos a bordo, instalados en dos literas colocadas
en la única cámara que poseía el vapor.
A las dos y cuarto largó el buque sus amarras y avanzó rápidamente sobre las sombrías
aguas de gran bélte.
La noche estaba oscura, la brisa soplaba fresca levantando imponente marejada, algunas dulces
de la costa se distinguían en medio de las tinieblas.
Más tarde, no sé qué fueron los enviosos de estellos por encima de las olas, he aquí
cuanto recuerdo de aquel primer viaje.
A las siete de la mañana desembarcamos en Córsor, pequeña ciudad situada en la costa
occidental, donde transbordamos a otro ferrocarril que nos condujo a través de un país no menos
diano que las campañas de Holstein.
Aún faltaban tres horas de viaje para llegar a la capital de Dinamarca, mi tío no había
pegado los ojos en toda la noche, creo que en su impaciencia empujaba el vagón con los
pies.
Por fin, se descubrió un brazo de mar, el sun, excremento sesmado, había en esta izquierda
un vasto edificio que apareció en hospital, es un manicomio, dijo uno de nuestros compañeros
de viaje.
Muy bien, pensé, he aquí un establecimiento donde debremos de concluir nuestros días,
por muy grandes que sensos dimensiones no serán nunca lo suficientemente amplio para
contener toda la inmensidad de la locura del profesor Leidenbrock.
Por fin, a las diez de la mañana, descendimos en Copenhague, los equipajes fueron cargados
en un coche y conducidos con nosotros al hotel del Fénix, en Bredgate.
En esto se invirtió media hora, porque la estación está situada fuera de la ciudad.
Después de asearse un poco y de cambiarse de traje, mi tío me mandó que le siguiese.
El portero del hotel hablaba alemán e inglés, pero el profesor, en su calidad de políglota,
le interrogó en Dinamarquez correcto y en este mismo idioma le indicó el otro la situación
del Museo de Antiguidades del Norte.
El director de este curioso establecimiento, donde se hayan acumuladas tantas y tales maravillas
que permitirían reconstruir la historia del país con sus viejas armas de piedra, sus
cuencos y sus joyas, era el profesor Thompson, un verdadero sabio, amigo del consul de Hamburgo.
Mi tío llevaba para él una carta muy eficaz de recomendación, por regla general, los
sabios no se acogen muy bien unos a otros, pero en el caso actual ocurre todo lo contrario.
El señor Thompson, un hombre servicial, nos dispensó una favorable acogida.
No creo necesario decir que mi tío tuvo bien cuidado de no revelar su secreto al director
del museo, puesto que deseábamos sencillamente visitar Islandia en viaje de recreo.
Sin otro objeto que admirar las numerosas curiosidades que este lugar encierra.
El señor Thompson se puso en nuestra disposición por completo, y juntos recorrimos los muelles
buscando un buque que fuese a partir en breve, aún abrigaba yo la esperanza de que en absoluto
no hallásemos medio alguno de transporte, pero no fuese por desgracia.
Una pequeña goleta danesa, la Valkyria, debía hacerse a la vela el 2 de julio con rumbo
a Reykjavik, su capitán, el señor Bjarne.
Se encontraba a bordo, y su futuro pasajero le estrechó la mano hasta casi estrujársela
con enorme júbilo.
El viejo lago de mar se sorprendió en tetanxtemporánea alegría, pareciéndola la cosa más natural
del mundo el ir a Islandia, toda vez que aquel era su oficio.
Pero como mi tío le parecía una cosa sublime, el Taimado del Capitán aprovechó su entusiasmo
para cobrarnos el doble de lo que el pasaje valía de ordinario.
El profesor, sin embargo, pagó sin regatear.
¡He estado a bordo el martes a las 7 de la mañana!
dijo el señor Bjarne, después de embolsarse una respetable suma.
Dimos enseguida las gracias al señor Thompson por todas sus atenciones y regresamos al
hotel del Fénix.
Hasta ahora todo no sale bien, dice el profesor, dudo marcha a pedir de boca, que feliz casualidad
de habernos encontrado este buque que se dispone a partir.
Ahora almorcemos y vamos a visitar la ciudad.
Nos trasladamos a Conjes-Nayetov, placer regular donde existe un cuerpo de guardia con dos
inofensivos cañones fijos que no asustan a nadie.
Muy cerca, en el número 5, había un restaurante francés, establecimiento dirigido por un
cocinero llamado Vincent, en el cual almorzamos por la módica suma de 4 marcos cada uno.
Recorrido después de la ciudad, con el entusiasmo de un niño, seguió de mi tío, que aunque
se dejaba arrastrar, no fijó su atención ni en el insignificante palacio real, ni en
el hermoso puente del siglo XVII, tendido sobre el caudal delante del museo, ni en el
inmenso palacio de Dr.
Wilson, donde se conservan las obras de este escultor y cuyas pinturas murales son horribles,
ni en el casi microscópico castillo de Rosenborg, ni en el admirable edificio de la bolsa de
estilo renacentista, ni en su campanario, formado por las colas entrelazados de cuatro
dragones de bronce, ni en los grandes molinos instalados en las murallas cuyas dilatadas
alas se hinchan, cual las velas de un buque al soplo de la brisa del mar.
Qué deliciosos paseos habría dado con mi bella culandesa por los muelles de aquel
puerto, donde dormían tranquilos navíos y fragatas bajo sus rojas techumbres, junto
a las verdes orillas del estrecho en medio de las espesas sombras entre las cuales se
oculta la ciudadela, cuyos cañones asoman sus negras bocas a través de las ramas de
los saucos y sauses, pero qué lejos estaba mi graven, y ni a una esperanza se tenía
de volver a verla jamás.
Sin embargo, aunque ninguno de estos deliciosos parajes llamaron la atención de mi tío,
le causó a vive impresión la vista de un campanario que se erguía en la isla de Mac,
que forma parte del barrio SEO de Copenhague.
Llegamos por la densuya en dirección hacia él, nos embarcamos en un vaporcito que transportaba
pasajeros a través de los canales, para algunos momentos después atracarnos en el muelle
de dockyard.
Después de atravesar algunas calles estrechas en donde los galiotes, con pantalones amarillos
y grises por partes iguales, trabajaban bajo la amenaza de los cabos de varas, llegamos
delante de Bore-Fressel's Kick.
La iglesia no ofrecía nada notable, pero su campanario había llamado la atención
del profesor, porque, a partir de su base, una escalera exterior subía dando vueltas
alrededor de su cuerpo central, desarrollándose sus espirales al aire libre.
«¡Subamos!» dijo mi tío.
«¿No nos acometeré el vertigo?» replique, razon de más, «es preciso que nos habituemos
a él.
Sin embargo, vamos, no perdamos tiempo», insistió el profesor con alemán imperioso.
Tuve que obedecer.
Un guardia, que parmercía apostado en el otro lado de la calle, nos entregó una llave
y comenzó la ascensión.
Mi tío me precedía con paso lento.
Yo le seguía no sin cierto terror, porque se me solía ir la cabeza con facilidad deplorable.
No me llevaba dotado de la plomo de las águilas, ni de la insensibilidad de sus nervios.
Se desmarchamos por la hélice interior que formaba la escalera, todo fue bien.
Pero después de haber subido 150 peldaños, el aire me sotó la cara.
Habíamos llegado a la plataforma del campanario donde comenzaba la escalera aérea, que no
tenía más resguardo que una frágil barandilla y cuyos escalones cada vez más estrechos
parecían subir hasta el infinito.
Es imposible subir, exclamé medioterrado, pero tan cubar de heres, subí inmediatamente.
Me respondió el cuello profesor.
No tuve más remedio que seguirle, haciéndome la barandilla con ansia.
El viento me atolondraba, sentí el campanario osilar bajo sus ráfagas, las piernas me
flaqueaban, no tardé en subir de rodillas y acabé por trepar arrastrándome con los
ojos cerrados.
El vértigo de las alturas se había apoderado de mí, por fin, con la ayuda de mi tío,
que tiraba de mí haciéndome por el cuello de la chaqueta, llegué cerca de la cúpula.
Mira, me dijo mi verdugo, y fíjate bien en todo, es preciso aprender a contemplar el
abismo sin la menor emoción.
Entonces abrí los ojos y vi las casas como aplastadas por efecto de una terrible caída
en medio de la niebla, producida por los humos de las chimeneas.
Por encima de mi cabeza pasaban desgarradas las nubes y, por una ilusión óptica que
invertía los movimientos, me parecen inmóviles, en tanto que el campanario, la cúpula y yo
éramos arrastrados con una velocidad vertiginosa.
Lo lejos se extendía por un lado a la campiña, tapizada de verdura y brillaba, por el otro
el asulado mar bajo unas de rayos luminosos.
El Sund se descubría por la punta del El Senor, surcado por algunas de las blancas, que se
mejaban gaviotas, y entre las brumas del este, se esbozaban apenas las ondulantes costas
de Suecia.
Toda esta inmensidad se remolinaba confusamente entre mis ojos.
A uno de lo anterior, tuve que ponderme de pie y pasear en derredor la mirada.
Mi primera lección de vértigo duró una hora.
Cuando, al fin, me permitieron bajar y sentar mis pies en el sólido piso de las calles,
estaba desfallecido.
Mañana repetiremos la prueba, me dijo el profesor, y en efecto, durante cinco días tuve
que repetir tan vertiginoso ejercicio, y de grado por fuerza hice sencillos progresos
en el arte de las altas contemplaciones.
