Es la llamada de la selva la que nos conduce a descubrir nuestro lado más salvaje.
Cuando el espeso verde de la naturaleza te rodea tus pies se convierten en raíces que no quieren volver a pisar el asfalto.
El constante sonido del vibrar de las chicharras inunda la atmósfera que nos rodea de un misticismo que evoca peligro.
Tu piel absorbe el calor y la humedad del entorno. Los mosquitos ya no son un problema.
Y en tu alma, aprende un ardiente deseo por adentrarte cada vez un poquito más hacia el corazón de la selva.
¿Qué ha hecho Antonio?
Hemos robado una canoa.
Bueno.
Agitando una ramita vamos caminando y evitamos así enredarnos en las telas de aranjas.
Las frondosas copas de los árboles se esconden numerosos pájaros que no cesan de cantar.
Son fáciles de oír pero no de ver.
Lamentablemente es poca la selva primaria que queda en Ecuador.
Y después de una larga caminata entre árboles jóvenes aparecen joyas centenarias.
Árboles que son testigos del tiempo y la desforestación.
Pero también son testigos del poder de la naturaleza por recuperar su sitio.
Atención a mi style.
¡Hey! ¡Oh! ¡Hey! ¡Oh!
Al capricho del agua se modela el paisaje.
Eso y el imparable paso del tiempo crearon esta maravilla bajo el suelo de la selva.
El cabernal de Jumandi.
Lugar donde se protegieron los pobladores de la mazanía
mientras guerrero y amazana hicieron frente a los españoles.
A su paso por la región en busca del dorado.
Vamos a pasar la única y la parte más complicada de la cuerda.
Es un lugar cargado de historia pero también de misticíneros.
Estas cascadas surcaráneas eran lugares sagrados
donde los chamanes practicaban la curantería
y se adoraba la madre tieta.
Hoy somos nosotros quienes comprobamos
que exista energía mística en este lugar
y dejamos que se alimente nuestro espíritu
para el fin de la estudiante del agua medicinante.
Nos enamoramos de sus playas.
Y luego de pelear con cientos de mosquitos
y disfrutar de sus maravillas gastronómicas
decidimos adentrarnos en un zig-zag hacia el sur
en el rico y variado ecuador.
Su capital, Quito, nos dio un aliento de civilización.
Luego continuamos con paisajes verdes y croar de ranas
en Archidona, Puerto de Misaguayí y el Navo,
afluente directo del río Amazonas.
Logramos rosar un pulmón del mundo
que con dificultades todavía respira.
Vibramos en el comienzo del Amazonas
una extensión magnífica de selva
que cada día se ve disminuida
para terminar en Puyo
y los resabios de una endia sorprendente.
¡Ay, ya habría que tirarse!
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