Nico se encuentra entre las montañas boscosas del norte de Tokio rodeado de antiguos cedros
y arces japoneses. Su historia se remonta al siglo VIII y desde entonces se conoce como
uno de los principales centros budistas del país. Lo primero que nos recibe es su sagrado
puente rojo que cruza el río Daiya, y aunque originalmente sólo podía ser cruzado por
miembros de la corte, hoy puede pisarlo cualquiera. Muchos templos se distribuyen por las montañas,
pero sin duda, el más famoso e importante es el santuario sintoísta Tojugu. La pagoda de
cinco pisos que nos da la bienvenida no tiene cimientos, pero dentro alberga un mástil en
suspensión que se balancea como un péndulo y mantiene el equilibrio en caso de terremoto.
Al santuario se entra por la magnífica puerta Omotemón, el patio principal alberga distintos
edificios. El almacén sagrado muestra en su front despicio unos imaginativos relieves
de elefantes realizados por un artista que tiene el mérito de que nunca vio uno en realidad.
El establo sagrado muesta en un friso la escultura de madera más famosa del mundo,
los tres monosabios, pero el edificio posee otros muchos relieves no tan conocidos.
Todos son representaciones alegóricas del budismo Tendai. La biblioteca atesora con
crecer los 7000 manuscritos aunque no entramos porque estaba cerrada al público. Como en todo
templo encontramos sendas torres que guardan el tambor y la campana. 15.000 artesanos acudieron
a la llamada del emperador y a Fekie hicieron un magnífico trabajo de banistería.
Caramón es la puerta más pequeña que el acceso al templo y su labrada madera es una verdadera obra
de arte. En el interior de otro pabellón se encuentra otra escultura muy querida por los
japoneses, un gato durmiente. Dicen que su fama se debe a su gran verisimilitud,
pero desde nuestra propia ignorancia no nos pareció para tanto. La tumba del gran leyesu
se aposenta en lo alto de una colina en la parte traseda del templo.
Las montañas que rodean la ciudad son merecedoras de una ruta de varias horas,
pero nosotros no disponíamos de tanto tiempo, así que nos tuvimos que conformar con un
corto paseo hasta el abismo de Gaman Gafuchi. Un hombre demasiado grandilocuente para este
pequeño y revoltoso río, pero cuya imagen más conocida es hulera de estatuas de Hisho,
el Buda Protector de Viajeros y Niños. Dice la leyenda que las estatuas se burlan de los
viajeros que tratan de contarlos cambiándose de sitio. Y en este maravilloso, tranquilo y otoñal
bosque nos despedimos de Japón. Nos íbamos con la sensación de haber raspado ligeramente la superficie,
de haber picoteado aquí y allá, de haber visto mucho e interiorizado poco. Definitivamente Japón
no es un país para viajes cortos. Volveremos.
