Es momento de volver al tren para seguir recorriendo las fantásticas montañas dingalesas. El vagón observatorio es una típica trampa para turistas, que la compañía nacional de Ferrocarriles se ha inventado para hacer pagar a un turista en cauto diez veces más.
Supuestamente ofrece magníficas pistas, pero en realidad, de los 24 pasajeros, solo cuatro las disfrutan.
Bueno, se supone que estamos en primera clase, porque nosotros viajamos a todo lujo. Ya explicaremos por qué. En voz en off lo dirá.
Al final, como siempre, pasamos más tiempo de pie en la puerta del vagón que los asientos, menos mal que en nuestro caso tan solo pagamos 200 rupias en la reventa.
La locomotora de Gasol se arpentía entre montañas y valles, ofreciéndonos un paisaje realmente hermoso, lleno de campos de té, cascadas, túneles y pequeños pueblos asomados a vertiginosos alcantilados.
Nos despedimos del tren en Japutale, antes de dirigirnos a nuestro siguiente destino, el Lipton Sitt.
En 1890, Sir Lipton invirtió toda su fortuna en esta plantación de té, que se extiende por todo el valle. Esto le hizo aún más rico, y dicen que para asegurarse que sus empleados no vaguearan, se sentaba en el punto más alto de la plantación, a casi 2.000 metros, y desde allí, tomando una taza de té, les vigilaba.
Todo muy british, que bonito debió de ser el colonialismo.
Estamos a un paso de las famosas vistas de los campos de té de la empresa Lipton. Vamos a ver desde donde él se ponía para contemplar todas sus plantaciones.
¡Qué increíble! ¡Qué vistas! Vamos al otro lado punta, que se ve mejor todavía.
Pues no, desde el otro lado tampoco se ve nada. En cualquier caso, el paisaje merece la pena. Las nubes que ascienden por la ladera alamiendo la plantación, le otorga un aspecto realmente bucólico e inspirador.
Uno puede pasarse horas recorriendo los senderos entre los arbustos, disfrutando de su geometría, de su homogeneidad, un paisaje perfecto para todo buen neurótico del orden.
La cascada de Lombaracanda es la más alta de Sri Lanka, y la dudó centésima, nonogésima, novena cascada más alta del mundo.
Es decir, la número 299, con 263 metros de altura. En su base hay una pequeña poza apta para el baño, aunque el día no invite a ello.
