Querido espectador o espectadora, hola de nuevo desde el bosque. He estado pensando en la carta anterior y en cómo te explicaba mis referentes.
Y realmente parece que todo esté relacionado o conectado a veces, como reza un apostal que compre en la Tate Mother.
Y es que Tarkovsky, uno de mis referentes, habla de Zuró citando a Walden en Esculpir en el Tiempo. Habla de la pasión de leer como aquella que nos hace mantener horas de vigilia.
Y es curioso porque José Luis Guerín, en sus vídeos correspondencias con Jonas Mecas, exposición que ha sido mi referente principal para este proyecto, también nombre a Zuró mientras visita en Lago Walden.
¿Qué fue primero, pues? Mi pasión por el bosque, Walden o los referentes que me llevaron a él.
Simplemente hay cosas que no sé explicar, aunque analice una y otra vez. Eso es lo que me gusta de John Falls y su ensayo sobre la naturaleza, el árbol.
En él, Falls consigue explicar con palabras lo inexplicable e inabarcable de una vida en la naturaleza. Recurre para ello a su infancia y a un padre que ido la traba al jardín de su casa.
Mientras para él, eso era algo artificial, atrapado, no real. En contraposición a esto, para Falls, el bosque era lo real, lo espontáneo, un caos verde.
Debo confesar que mi interés real se centra más en la composición que forman los árboles, en su conjunto, en los complejos paisajes internos que se crean cuando crecen a su antojo en cualquier paraje.
En ese organismo colonial, ese coral verde que descubro en los bosques o en las arboledas, reside para mí el auténtico significado de la experiencia, de la aventura, del placer estético.
Una de las cosas que más me gusta del bosque es su misterio. El bosque te arropa, te esconde, a diferencia de cómo pueden hacer otros parajes, como desiertos o playas.
Ese misterio hace que el bosque siempre sea en la literatura el lugar de escondite perfecto. En las películas, siempre sean los protagonistas escondiéndose de los villanos detrás de los árboles.
También todo aquello oscuro, como rituales o acciones que no pueden ser vistas, se dan en él. El bosque da refugio. Ese misterio intrínseco de la naturaleza está muy bien reflejado en Pinck, en Hanging Rock, en su película homónima.
En ella, un colegio de jóvenes decide pasar un día de discusión al aire libre. Durante el film vemos cómo las chicas viven la naturaleza de una forma especial.
Las sienten, se extasían, tanto que desaparecen en ella, se desvanecen, mientras compañeros y profesoras las buscarán en vano.
Lo bonito de esta obra es que explica sin palabras lo inexplicable de la naturaleza, su misterio. Es quizá por eso que nos asusta y por lo que la mayoría de la gente la ignora o la desprecia.
Porque les habla de la parte inexplicable de su ser, la inutilidad y el caos, y eso genera hostilidad. Lo desconocido, lo vasto, lo inabarcable, lo inexplicable genera miedo.
Situa Falls. No es el poco saber lo que genera necesariamente la ignorancia. Saber demasiado o querer saber demasiado puede producir el mismo resultado. Hay algo en la naturaleza, en su inmediatez, en su fugacidad aparente, en su fermento creativo y su potencial oculto, que en nuestra sique queda vinculado directamente al hombre verde o al hombre salvaje.
Quizá lo que nos asusta del bosque y de la naturaleza en sí es, volviendo a Tarkovsky y a Stanislav Lem, en Solaris, es que esta funciona como un espejo, refleja nuestros límites, nuestra humanidad, nuestro fin.
La naturaleza, diferencia de la ciudad, expone sus mecanismos, su magia, pero también la muerte y sus procesos, y eso nos asusta. Quien quiere ser consciente a cada instante de su propósito, que no es otro que sobrevivir, y de su final, que no es otro que fenecer.
Eso es lo que la naturaleza nos muestra a cada momento, y no siempre se está preparado para ver y sentir.
Por otro lado, no quiero caer en lo negativo, y quiero observar la parte positiva de este pensamiento, y es que siempre me ha gustado mucho observar una imagen común en la ciudad, la de una grieta por la que la naturaleza se ha colado o ha nació en forma de hierba o de flores.
Detrás de algo muerto, como el cemento, siempre aparece ese caos verde. Detrás de la costumbre, lo natural, como tú me dices, mirella, y esto me recuerda a una cita que siempre está conmigo, y que leí en un libro sobre Ingmar Bergman, y es que él solía decir, la vida se cuela por todas partes, estás obligado a reaccionar.
Si más dilación te dejo por hoy, contestame si quieres enviándome una carta depositándola en el buzón rojo de afuera.
Te veo pronto. Abrazos desde el bosque, bárbara.
