Pero, creo que lo he sido siempre, independientemente de lo que haga o lo que deje de hacer, la cobardía forma parte de mí.
Perdona si te he molestado. Es que por un momento comprendí que estamos todos muertos.
Pregunto a mi amigo que está muerto, ¿qué discos traes?
Escucho Space Oddity y me siento totalmente identificado, me siento un puto astronauta volando fuera, lejos del mundo.
Sexto, que más era el cielo, la obsesión, la redención, por eso inalcanzable, escaso.
Entonces aparecían las putas, el sexo triste, el culo compungido, subterráneo.
La ciudad, la hembra, nunca satisfecha la que nos tiene en su vientre, nos maneja, nos manipula y sin embargo, nunca podemos poseerla.
Vivimos dentro de ella, simplemente, nada más.
Fue muy duro dejar, sobre todo, no hay más, mis películas, mis libros de fotografía, mis libros de literatura y mi música, nada más.
Las estanterías iban quedando vacías, ella me iba quedando en una habitación solo, pero bueno, pasó luego con todo lo demás.
También se fueron llevando los muebles y yo, la última noche antes de irme, dormí solo en la habitación sin luz, en el salón, sin luz, encima de una manta.
No había absolutamente nada en mi alrededor.
Me voy a Cochabamba y me voy por un motivo claro, es huida y no huida solamente de la ciudad, sino huida de una forma de vida que llevaba hasta ese momento.
Para mí es un cambio vital y es una apuesta vital muy fuerte, es decidir cambiar de vida.
León Arcoen, un auto que corre de Crepúsculo anoche, Solón Marían, me he desviado del camino, no sé cómo volver, no hay balisas para mi retorno.
He almorzado con mis fantasmas, amablemente, con tenedor y cuchillo, el arroz estaba en punto, la salsa de habanero también.
Hasta nos hemos pasado la servilleta y deseado las buenas noches.
Nada más efímero que la comida, es lo que mejor muestra el paso del tiempo, dura un instante, sin embargo el placer o el mal gusto que vinieran de ella queda en la memoria, eso es lo interesante.
La gente en Cochabamba no es feliz, hay una genética de la explotación en el pueblo boliviano, es un pueblo muy acostumbrado a ser explotado y a sufrir.
La no felicidad del boliviano radica ahí en esa carencia de horizontes, tienen una total de absolutas, carencia de horizontes, no ven más allá, no quieren ver más allá, no les interesa ver más allá, porque saben que no van a poder llegar, saben que no van a poder llegar más allá,
saben que siempre va a haber alguien que se les ponga por delante y les pise, entonces asumen, pero las asumen de una forma pelín contrariada, y eso es lo que provoca que no sea gente amable.
La ciudad como laberinto de nuestra memoria, así como este mercado de comidas ahora, cada olor, cada sabor, un instante que nos devuelve, otro instante pasado, el de la memoria escondido.
¡Moderita tiene un cementerio desde los más grandes de Europa, en Necropolis es una ciudad de muertos, y hay veces que es difícil distinguir de cuál es la...
quien está más muerto, si es que está a un lado o al otro de la de la tapia del cementerio.
La mayoría venía del trópico, del letal camino viejo, así el chapare, de belleza tan
sorprendente que escondía la muerte en sus rincones.
Cientos de despeñaderos y así en lugar para cruces que marcaran tragedias individuales
contribuían a hacer este lugar casi tan activo como un mercado.
El ruido de las ruedas, el chirriar de los frenos, anunciaban al barrio otro acontecimiento
luctuoso y festejo de los niños. Se congregaban estos en las afueras de la morgue y contemplaban
los cuerpos destrozados, mutilados, con fervor de gaviotas en busca de mar.
Perdona si te he molestado, es que por un momento comprendí que estamos todos muertos.
Dicen los historiadores de la cosa que hasta 1945 los fusilamientos contra las tapias del
cementerio de la almudena fueron moneda corriente con que comprar silencios, miedos y futuros truncados.
Prusco estallido de luz inauguraba un amanecer de sangre que similaba primigenio graffitti
en los muros de aflicción y penitencia del campo santo. Cargen, apunten, fuego.
Y la mañana de Madrid despertaba ante el canto del gallo de la ignominia, Goteleber
mellón descorchando la botella de vino agrio de los días, roja sangre de rojos salpicando
la piel de la madrugada. En esa calle embaldozada se detenían los camiones cada día con carga
de muertos. La certeza de la muerte es lo que nos hace vivir, es el impulso que nos
incita, excita a hacer las cosas, a continuarlas, a mejorarlas o a empeorarlas si se diera el caso,
pero es ella tan fuerte como la vida la que hace funcionar esto.
Claudio es literato incómodo, Claudio lo adoctrina desde sus páginas, no pretende dirigirse
al maestro de lectores, no se pliega a los dictados de los poderes establecidos, no ejercita
con sus letras ese músculo disfuncional denominado pensamiento único, no transcribe conversaciones
via chat, Claudio escribe como debe hacerlo quien ama la palabra, mimándola, no como
lo hace el vendedor de letras, el recolector de prevendas y aplausos de ida y vuelta.
Me he sentado con un café en la mano, escribo con un solo dedo en el ordenador y me doy
cuenta de que estoy perdiendo la vista, el índice tiene un ojo que busca las letras,
sabe donde están, pero si esta mirada se nubla, la cosa cambia, los errores en la página
hablan de que hoy en mi vida hay más pasado que presente y caben preguntas acerca de cuánto
futuro.
Algunas personas me gustan de bailar, y otras personas me gustan de trabajar, hay que verlo
y un día tengo conocimiento de que existe un tal Claudio Ferrufino, no sé cuántos,
hay una feria del libro en Cochabamba que es bastante patética, pero presentan su libro
y hablan de él como el Henry Miller Boliviano, esto hay que conocerlo, entonces me voy para
allá, él no está porque vive en Estados Unidos, presentan su libro, hablan maravillas
de él y bueno, lo compro, no llego a leerlo, no llego ni siquiera a leerlo porque creo
que a los pocos días, dos o tres días, muere Lurrid y sí que había pedido a Claudio amistad
día Facebook por tener un poquito más de conocimiento suyo, y el día de la muerte
de Lurrid yo escribo un texto en uno de mis blogs y casualmente Claudio escribe un texto
en uno de sus blogs y cuando lo leo me quedó totalmente fascinado y como teníamos esa amistad
día Facebook contactamos de inmediato, para mí era como encontrar el vínculo boliviano
que en Bolivia no tenía, era ese amigo boliviano que todavía no había encontrado, lo encuentro
en Claudio y a partir de ahí surge la relación y casi de inmediato la urgencia de escribir
algo juntos.
En Latinoamérica se escribe el día de hoy la mejor literatura, la mejor crónica periodística
a nivel mundial y los tenemos olvidados, siguen siendo los conquistados.
La escritura es un oficio y una necesidad, un oficio que no paga sin embargo, pero claro
no sirve para preservar nuestra memoria y la colectiva e intercalarlas si es necesario
en lo que estamos escribiendo.
Tú sabes que la ciudad vive en lo que escribimos sobre ella, hacer una crónica de la ciudad
es preservarla porque con el progreso la ciudad va cambiando, desarrollándose, destruyéndose
que es lo mismo y una manera de guardarla, de preservarla, no solo su memoria sino incluso
su estructura física es escribiendo sobre ella.
Aquí haciendo un trailer de mi libro, igualmente, perdón, si, si, si, si, si, si.
Finalmente, en 1971 reuní los 11 pesos que costaba que el Julio Verne y partí en otro
viaje inolvidable lleno de explosiones de rifle de aullidos de lobo y pieles.
Del libro, mi tesoro, lo vendió mi cuñado para comprarse una cerveza, con él vendía
una historia, la mía, miles de pasos y acechanzas que sortió en un amargo instantáneo trago,
la estupidez devorando la memoria.
Estrechamos el cariño en un abrazo ausente de palabras.
Las palabras, ese breve ejército de sensaciones en que, militando, nos habíamos conocido,
decidieron desertar en aquel momento.
Tampoco es grave, ya nacían faltapalabras.
Leímos blés central, acostados sobre una piel de oso que dijiste vino de los Pirineos.
Llevabas vestido, no calzón, y te cubrí un perfume cuyo nombre he olvidado, pero bien
podría llamarse obsesión.
Leeres adentrarse en un viaje sin fin.
En este lugar de libros usados he recorrido las estepas de Rusia, los lupanares, bonaerenses,
potosí, Moscú, todo lo que podía entonces imaginar y aún puedo.
Henry Miller publicó su primer libro a los cuarenta años.
Tastanto estuvo muerto de hambre dando tumbos, escribió muchísimo, pero nunca publicó.
Dije Pablo, a los cuarenta, si no publicas que te den por culo, déjalo, y a los cuarenta
años publicé los cuarentanos del Jaffa.
La mecánica del libro en principio fue definir los ejes, una vez marcados estos que son las
temáticas en las que se divide el libro, tanto Claudio como yo intentábamos profundizar
un poquito más y encontrar puntos en conexión, puntos de conexión.
A partir de ahí indiscintamente o él iniciaba un texto o iniciaba yo y nos los intercambiábamos
y vamos afinando.
Memborrache perdí el control que jamás había tenido y quise volar por los tejados coloniales
de mi ciudad arrastrando su mortaja.
Descubrimos entonces que el vino puede tener aromas de grosella, de paso descubrimos qué
cosa es la grosella, también que las notas no solan de ser musicales y que pueden arañar
sinfonías en la curva voluptuosa de un vidrio bien pulido.
Asimismo comprendimos que el buen vino exacerba el cintrifugado mirífico de los dulces y
amargos de ciruela y foa de oca, conjugados en el párrafo crujiente de un pan de gaza
recién horneado.
Y por supuesto que el alcohol al fin puede ser una lágrima que se desliza en el vientre
perfumado de una copa de talles de menino, tal vez por eso lloran tanto los borrachos.
En una chicharía antiquipaya, la calle no me acuerdo, no tenían nombre las calles.
La chicha viene de matrices escurias, departos bendecidos por la muerte, metanol, cráneos
de vaca, mierda de perro y excremento humano, cualquier cosa que aceler el proceso de fermentación
y el envenenamiento popular subsiguiente, pueblo de zombies.
Hoy puedo decir que comprendo el vino, solo me falta saber si alguna vez llegará él
a comprender mis noches de teclado loco y botellas suicidas.
Trasegábamos whisky de garrafón y orinábamos en los pilares del viaducto, revisitando a
polo con la rumbre sobrante de nuestras intoxicaciones etílicas.
Cuando yo me marcho a Bolivia, dejo el modo de vida que de alguna manera me he construido,
pero me ayuda muchísimo porque significa justamente eso, darte cuenta de que no es tan importante.
De que lo más importante es que dejas personas a las que quieres y ni siquiera te has fijado
en ello.
Parece que van a estar siempre ahí, pero cuando tienes que dejar, como yo, yo tuve que abrir
mi biblioteca, la abrí para los amigos y hice jornadas de puertas abiertas en tras
y llevaros absolutamente todo lo que queráis.
Si la escucho en mi cabeza, yo me emociono, me excito, me pone y no hace falta tener
el CD, no hace falta tener ni siquiera las ondas que me lleguen, está aquí y eso me
lo llevo.
Si no me lo puedo llevar a cuestas y que no preciso del objeto material para recordarlo,
es algo maravilloso.
Cuando llego a Bolivia, hablando de todo esto, del desprendimiento, el choque lo tienen los
que me reciben en Bolivia, que cuando me ven que aparezco con una sola mochila y me preguntan
no has traído nada más, no he traído nada más, la gente se extraña.
Una vez piso la ciudad y una vez tomo situación de donde me encuentro y de para qué he venido
aquí, el choque es brutal, porque todo ese desprendimiento que ya había hecho con mis
cosas materiales que pienso que era muy positivo, que me había vuelto un poco zen o algo así
y que bien, que buen rollo, va a ir todo bien, no es tan bonito y sigue habiendo un choque
cultural brutal que afecta muchísimo.
El sexo común brochazo de tinta negra, inmenso, cubriéndola entre piernas y escapando por
los costados, achicándose, mimetizando su exuberancia con la sombra, personas como
lanzas, pértigas de guardia suiza en el umbral de las cuevas del Vaticano.
Su vientre nunca voluminoso, nunca parido, vientre virgen cubierto de sol y baba y boca
y labios y baba y dientes.
Bestias perfumes que revitalizaban el olor viejo de tu piel niña, esparciendo aromas
frutales, efluvios de menta, tal vez de sándalo, texturas de champúes, geles, cosas, por aquel
salón familiar, desde cuyos rincones más imprevistos me observaban, con cierto punto
de recriminación tus padres y abuelos, hermanos, primos y otros familiares más o menos lejanos,
con su mirada sepia y sus rasgos de sur duro y doliente.
Madrid era un incendio de camisas de marca y combinados alcohólicos de nombre impronunciable,
un serial de coitos pretendidos y vomitonas aseguradas, un cascabel que muchos deseaban
poner al gato de la noche para descubrir su escondite y poder pasar allí el resto de
sus días.
Madrid es un desastre de nacionalidades vencidas o heridas, patrias que pierden por la cicatriz
del hambre, su hemoglobina de humanidades y su horizonte de desarrollo.
Somos la patrona de una pensión de miedo y silencio, y cualveatos féligreses decimolónicos
seguimos negando el origen de las especies, olvidamos que Madrid fulgura gracias al fulgur
en acarado de la sonrisa extangera y migrante, y que si Madrid existe es por ellos.
Madrid también es la ciudad de la supervivencia, regresado a Madrid yo me doy cuenta, tengo
que intentar sobrevivir para poder vivir sin llegar a todos esos límites que nos están
marcando en los que tenemos que estar y sabiendo que no voy a poder llegar y que ni siquiera
quiero.
Yo fui a Cochabamba a dirigir una ONG que trabajaba con Chavales de la Calle, cuando
llego allí me encuentro con niños que ni siquiera me miran a la cara, que son siendo
una cierta incapacidad incluso para jugar, para ser niños y que me cuesta mucho comunicarme
con ellos.
Yo intento hacer un trabajo para justamente, más que para sacarlos adelante o para crear
les un futuro para que puedan volver a jugar, para que puedan volver a sentirse niños.
Puse en ello absolutamente todo, absolutamente toda mi vida, mi futuro, mi familia y todo
mi convencimiento en que realmente se podían hacer cosas buenas por otro.
Y cuando descubro que no es así, descubro que estoy trabajando para el enemigo, descubro
que me están engañando, la frustración que tengo es tal, que en ese momento no me
vale Cochabamba, ni Madrid, ni Tombuktu, o sea, no sé dónde quiero perderme, directamente
me estaba en Bolivia de que me voy a salar y entiero la cabeza como una vestruz en la
sal, pero me olvido de todo esto, me olvido del mundo.
Scarlett es una de las personas a las que más amo en este mundo y es una de estas niñas.
Cuando llega el momento en que Scarlett se acerca a mí me abraza, cuando son totalmente
reacios a rozar a nadie, prácticamente todos estos chavales y me da la gracia si me dice
que está agradecida a la vida por tener un amigo como yo, eso es algo que vale por todo
el sufrimiento que haya podido pasar allí y eso me va a acompañar siempre.
Polvo amarillo y marrón de arena o de excremento en medio de asequias donde niños dejan correr
ramitas de mollet como si fuese en barcos flotando sus sueños.
Cochabamba sin flor, la ponsoña del progreso subió por las colinas, se adentró en los
espinosos matorrales, no hubo tierra que no se violentara, así se destrozó la niñez,
desde lo externo, presionando para que el mundo ilusorio se convirtiese en mercantil,
poco a poco nos fuimos haciendo hombres o deshaciendonos quien sabe, no sabe él que
la patria es puta, eso es.
Habría acá pero en realidad me impusieron la geografía, no tuve opción, no pude elegir,
quizá si hubiera tenido la posibilidad habría escogido otra cosa pero no hay manera de saberlo.
Desgracia y esperanza vienen asociadas con cualquier geografía, no hay vuelta a quedarle,
entonces hay una predeterminación que tenemos que aceptar, no importa si estamos contentos
con ello o no.
Una ciudad lo es por el latido de los perdedores que bosquejan su cartografía, más que por
el acuciante trassegar de la civilización y las monedas, y estoy seguro de que el lector
sabrá perder el rumbo en esta metrópoli bifronte que hemos sufrido, gozado, reconstruyendo
para ustedes en un puñado de páginas en que desarmamos coitos, extenuamos licores,
resignamos de cesos, despedazamos bulimias, acordonamos acordes, prostituimos excesos
y amamos mujeres que tienen nombre de ciudad, una se llama Madrid, la otra Cochabamba.
Ambas son tal vez las yamesas de navajazo y miel con quien siempre soñamos ya hacer
Claudio y un servidor en el lecho vespertino de la belleza.
La historia del desastre, porque efectivamente es un libro en el que hay mucha decepción
y mucho desastre, no se habla de la parte festiva ni de la parte alegre que también
la hay, pero en menor medida.
Nosotros sabemos del desarrollo, somos migrantes eternos, una suerte de gitanos desde España,
desde Bolivia, trasumando el mundo, buscando que ni lo sabemos, tratando de encontrar un
resquicio de felicidad o algo quizá menos grande que la felicidad algo más leve, más
sutil, pero que nos dé esa suavidad, esa tranquilidad, el bucolismo que quizá andamos buscando donde
sentarnos, tomar el sol, conversar con los amigos.
Una ciudad es un desastre en cuanto comienzas a amarla, todo amor es un desastre si es
verdadero, Madrid Cochabamba habla de ciudades que amamos y amores que sí lo son, es natural
que sus páginas destiren un cierto regusto amargo, la muerte que sobrevive y es así
que no es muerte o no tanta, la muñeca de trapo se levantaba como un cristo de bramantino
con sus ritus de muerte en la vida, de vida en la muerte, la muñeca socorre lo peor,
lo canalla, la ferralla, el último humo, pero se mueve y sin embargo se mueve, recorre
los refugios feos del hombre y apenas se le ve moverse y sin embargo se mueve.
¡Ay!
No voy.
