¿Parece?
¿Parece?
Hay que hacer que quitarlo.
Toma uno.
Entre los años 68 y 73 era frecuente encontrar a Fernando Belet en el departamento de cine
experimental de la Universidad de Chile o en el canal 9 o en el Café Ití del Paseo
Mava. En ese tiempo usaba un sombrero uchaliano de altísimas alas y un abrigo con solapas
de piel. Fumaba cigarrillos con boquillas y conversaba con un entusiasmo aterrador.
Le decía del burro elé porque según él mismo explitaba sus puños golpeaban fuerte
como una patada de una.
El hombre que trabaja al sentirse ahora a partícites de su propio estino ha comprendido
que debe aportar mucho más en bien de la producción.
Fernando era un personaje que vivía en el institúo con el permanente, entonces lo nunca sabía
si efectivamente él era un director de fotografía de grandes capacidades como era.
Otra estaba tomando un pelo que tenía una suerte de sonrisa enigmática que te decía
y se reía y las cosas que te decía tampoco eran muy claras, algunas sí, otras no.
Llegó él a la mesa, se enamoró mucho porque de todas las mesas lo saludaban burro, burro,
y se sentó al lado mío y yo le digo, pero usted realmente, ¿cómo se llama el coche feo?
¿Cómo se llama? Entonces, Fernando me decía, a ver, yo a lo mejor no iba a ser el papá de mi hijo,
ningún inconveniente me contestó por supuesto.
Estoy tan, tan enamorada.
El ver un profesor que en el sentido de que te da un argumento,
y te ofició que tirara ideas, frases, sorpresas, me dijo, en un momento dije,
pero ¿estás seguro que debo cortar este muestreo?
Entonces, me dijo, cortar siempre fue.
La reja del calabozo, cubierta, derruto, tal.
Valenzuela, el señor director ha venido a verte.
Toma uno.
Fernando quería mucho, Miguel y Tin lo conoció joven.
Era un joven talentoso, era una promesa, Miguel.
Fernando lo quiso mucho, mucho, mucho.
Toma dos.
Y Miguel también siempre se expresó muy bien de Fernando.
Incluso decía que Fernando había sido su maestro de cine y su maestro en la vida.
Todo lo que le dije, lo dije mal.
O sea, fui su discípulo, lo amé mucho.
Lo quería como si fuera mi hermano mayor o muy padre.
De algún punto, hubo una relación muy profunda.
Para mí fue bien importante,
porque en algún momento, de mayor o menor, Lucidés miría, él me dijo que yo tenía talento para el cine.
Y como primera vez que me decían que tenía talento para algo.
El día fuimos a filmar, no soy grabado en esa época,
y fuimos a filmar a un terreno, a una tierra que tenía la Universidad de Chile cerca de Santiago.
Miguel, con la cámara, mire.
Y se empezó a mover el lente, el teleobjetivo.
Y lo que yo empecé a ver allí era la maravilla.
Era una hoja que se trastocaba en algo que no era una hoja, sino era un pájaro que volaba, una paloma.
Una lágrima, que era una gota de agua.
Algo que cambiaba, que se transformaba, y venía el verano y venía el invierno y venía la primavera.
Y toda la maravilla dije, pero si esto es lo que andamos buscando.
Y entonces él me dijo, sí, eso es el cine.
Ese es el punto de vista.
Lo que hicimos durante todo el día fue gimnasia.
Entonces este tele ha pasado aquí.
Uno cuando salía a filmar, en esos tiempos salía a filmar con más aparatos,
como que las máquinas te dan construyendo el concepto narcisipo.
Yo lo se siente como más bello, digamos, con una cámara al lado.
Y de arriba Fernando no estaba mirando.
Y seguramente se daba cuenta de nuestro mecanismo,
entre nerviosos y contentos de estar ahí vinculado a estos aparatos extraños
que la gente me daba con esa terminación.
Y nos grita de arriba y nos dice, cuidao con el narcisipo.
Y nosotros, como que miramos para arriba, vivimos a Fernando,
con el ego, weones, dijo después.
Bueno, la gracia a Fernando para todos nosotros fue esta primera etapa
en que realmente el que sabía más, el que sabía, era él.
Y entonces de alguna manera fue maestro de todos nosotros.
Entramos a trabajar los dos a la moviola
y en ese momento él me planteó que las cosas se repetían,
se retiran y que alguien te cortar.
Yo sé que la gente se le palpa en la oscuridad de la memoria,
en el esfuerzo de recordar siempre.
Os recuerdo con aprecio su discípulo.
Y acá abajo dice a Fernando con la estimación de un alumno.
Los otros no les están borrados.
Diciembre él 65, ¿cómo parece que dice?
No, 66, porque la Fernanda ya caminaba.
Fernando tendría ahora 99 años
y estoy seguro de que le encargaría enterarse
de las características de la época que se pierde.
Le habría fascinado contar sus aventuras de cineaste y soldado,
de confidencista, de profesor y de amigo,
a esta generación abundante de cineastas jóvenes
que en su época escaseaban.
Lo bueno de los muertos es que no saben qué tomar.
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