Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires hacen sentir más la soledad,
busca un suburbio en el crepúsculo.
Y entonces, a través de un brumoso territorio de medio siglo,
lo enriquecido y devastado por el amor y el desengaño,
miro hacia que el niño que fui en otro tiempo.
Elencólicamente me recuerdo sintiendo las primeras gotas de una lluvia
en la tierra reseca de mis calles sobre los techos de zinc.
Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva
hasta que los pájaros cantaban y corríamos descalzos a largar los barquitos de papel.
Tiempo de las cintas de Tom Mix, y de las figuritas en colores,
de tesorieri, multisividoblio.
Tiempo de las calecitas a caballo,
de los manises calientes en las tardes invernales,
de la locomotora chiquita de su silbato.
Mundo que apenas se entrebemos cuando estamos muy solos
en este caos del ruido del cemento.
Ya sin lugar para los patios con glicinas y claveles,
donde una chica casadera cantaba algo de un pañuelito blanco
mientras planchaba la ropa de su hermano.
Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires hacen sentir más la soledad,
salgo a caminar por esos barrios que tímidamente, con vergüenza,
conservan algún minúsculo tesoro de un pasado menos duro.
Una maceta con malvones, alguna reja resalada.
Pero ya Voedo no es el que cantó de caro, ni chiklana la calle de estercita,
ni puente al cine el de la vieja barriada que vio nacer al poeta callejero.
En vano buscaremos a las muchachas en torno del gringo y su organito,
ansiosamente mirando la cotorra,
esperando de su pisco la buena suerte o el amor.
Genis de voz, o mi romance que te fuiste a tiempo,
cuando aún era posible escribir esas canciones de trenzas y almacenes,
cuando todavía los espíritus no estaban ressecados por la ferozidad y la violencia.
Ya no hay novias detrás de las persianas,
esperando al gringo y su monito, ya murió al último organito.
