El tren es la mejor manera de desplazarse por el país y al igual que en la India es parte del viaje,
aunque la red ferroviaria no abarca todo el país si cubre las zonas más importantes.
Carecen de lujos y ahí radica su encanto. En Europa ya no es posible viajar asomado por la ventanilla
mientras se disfruta de la brisa y el paisaje a partes iguales ni qué decir tiene la posibilidad
de ir sentado en la puerta de acceso al vagón. Todos esos placeres inherentes al viaje en tren
se han perdido en pos de la seguridad y la comodidad. Es un legado de la época colonial y de
aquella misma época podría decirse que son los trenes. Mirando por la ventana se pueden admirar
los paisajes que tuvieron ante sus ojos ilustres viajeros como Mark Twain o Sir Thomas Lipton.
En un rada pura cayó tras haber ostentado durante 15 siglos de la capitalidad del país y fue por
lo narúo a quien tomó el relevo. A pesar de mantenerse en pie tan sólo tres siglos,
el legado que dejó a sus espaldas es considerable. A lo largo de los ocho kilómetros se suceden
las construcciones de un complejo arqueológico considerado como uno de los más impresionantes
de Asia. Desde edificios civiles a religiosos, en este espacio se pueden contemplar los restos
de magníficas obras que en su día albergaron a monarcas importantes reliquias. Todo el conjunto
tiene un cierto aroma ancoriano con ruinas y estanques parcialmente devorados por la selva.
Uno de los más impresionantes debió ser el Palacio del Rey Paracrama Bajú que según las
crónicas contaba con siete plantas. A su izquierda aún quedan restos de esa sala de
audiencias que destaca por los frisos profundamente decorados con elfantes y leones.
Pero las grandes obras no sólo se centraron en la esfera religiosa sino también en importantes
infraestructuras civiles, con el mayor lago artificial de la época que perdura hasta nuestros días.
En otra zona de este conjunto arqueológico se levanta el cuadrangulo donde destaca el Batadas o casa de
las reliquias. Este edificio, que formaba parte de un monasterio, contiene en su centro una estupa
con cuatro imágenes de Buda. Aquí se guardaba la reliquia más sagrada del país, el diente de Buda,
que posteriormente fue trasladado a Kandy junto a la capitalidad. Es sin duda la estructura más
icónica del complejo debido a toda la magia que desprende esa circunferencia abierta, donde Buda
parece esperarte serenamente desde hace una eternidad. Las sublimes ninfas, los detallados
frisos y su deslumbrante piedra de luna no hacen más que resaltar la belleza del complejo.
Aquí también se encuentra el edificio mejor conservado de todo el complejo, el Tuparama,
que su techo de piedra se haya conservado integral durante todos estos siglos da una idea de la
calidad y perfección arquitectónica de la construcción. El templo de Lanca Tilaca no
puede pasar desapercibido. El Buda de Capitado, que puede verse al final del templo, impone no
sólo por su tamaño, sino también por la comunión con el resto del edificio.
La Dagova Rancoc Bihara se alza sobre las demás construcciones, con 54 metros de altura no parecía
más que una colina cubierta de vegetación cuando fue redescubierta. Elevada sobre una
plataforma, ya no conserva su encalado blanco y está coronado por el característico hataláreco
tubua, una estructura cuadrangular que en tiempos antiguos era relicario y de la que brota el parasol
sagrado en forma de cono. Pero el conjunto escultórico más sobresaliente de todo el complejo es
Galbihara, aquí se levantan cuatro esculturas de Buda esculpidas en una roca de granito.
La factura es prodigiosa y representan el cenit escultórico del arte zingales.
El Buda sentado en posición de meditación posee un rostro perfecto de meditación. El Buda de
pie representa dos singularidades, por un lado la tristeza que parece reflejar su rostro y por
otro la posición de los brazos, una posición poco común en Buda.
El Buda tumbado es un ejemplo más de la dedicadeza escultórica del conjunto,
como queda reflejado en el cojín sobre el que se apoya la cabeza que parece ceder al peso del granito.
