Y volviendo a la tarea suya como transitor,
han tenido alguna vez la posibilidad de interactuar con algunos de los autores que tradujo si eran contemporáneos.
Desgraciadamente.
Porque a veces el sueño del transitor es poder hablar con el autor, hacerle ciertas preguntas.
El sueño o la pensarella.
También.
Yo, si tuviese que recomendar algo a un transitor,
y me acuerdo de las recomendaciones, porque me parece siempre una impertidencia,
es de no traducir jamás a un escritor vivo.
Por esta razón,
los escritores
piensan que son los modios del texto.
Nunca por rara vez tienen la modestia de Dante,
que decía, yo soy un escriba, en el sentido de que tomo dictado.
Escribo lo que,
en ese caso, en el Tecnic Santo, por lo menos en el modo relabusa e inspiración,
los culoligas, me dictan.
Pero,
no asumo la inteligencia del texto.
Cuando al poetas T. S. Eliot,
le preguntaron en una lectura de poesía,
que había querido decir con el texto,
Two white leopards under a June for three.
No, pero no blanco.
Bajo, no sé cómo se dice, June for three.
Bueno, no me acuerdo.
Pero digamos un laborero.
Entonces, Eliot respondió,
con el verso,
dos leopardos blancos
bajo un árbol en abril.
Quise decir,
dos leopardos blancos
bajo un árbol en abril.
Es uno único que el escritor puede decir honestamente.
Más allá, es un lector como cualquier otro,
y tiene derecho a interpretar ese texto,
pero el mismo derecho que tengo yo,
que tiene usted, que tiene cualquiera.
Entonces,
cuando el traductor toma el texto,
y quiere transferirlo,
a transportar,
etimulógicamente,
a otro campo verbal,
tiene que, primero,
hacer una suerte de arqueología,
cosa que ningún escritor lo hace o lo hace mal.
Tiene que entrar en ese verso,
y decir,
William Eliot elige la palabra leopardo
con toda la connotación simbólica cristiana
del leopardo, de la asociación con Cristo,
y el exotismo del leopardo,
y también,
puede hacer, quizás,
esos figurines de porcelana
que, en la época victoriana,
había dos pequeños leopardos,
o galgos o leones
que la gente ponía en la mesa.
Supongamos que ese verso
se traduce a,
digamos, al Suagiri.
Los habitantes de un país
que habla Suagiri en África,
para eso el leopardo es otra cosa.
Entonces, no digo que el traductor
al Suagiri lo haga,
pero si realmente quiere traducir
el texto al Suagiri
para comunicar ese exotismo simbólico
del leopardo,
podría hablar, quizás,
de galgos que no existen en África.
Porque los lectores
tienen una superstición muy arbaillada
y que suele ser defacta.
Un lector piensa que un escritor
elige las palabras de su texto
por el sentido profundo que tienen,
significado que la lengua le está.
En 99% de los casos
el escritor elige una palabra porque suena mía.
Entonces,
un verso de Miguel Hernández,
la cebolla es escarcha,
cerrada y burla,
pero eso es resuelta horrible
en una traducción integral,
porque la palabra cebolla,
que es tan bella en castellano,
se traduce en inglés como anil,
que es una palabra casi grosera,
que suena feo.
Entonces, si uno quiere traducir
ese verso con la palabra anil,
se arruina al correto.
La superstición es la que hablaba.
El traductor no puede creer en ella.
No puede creer primero
que el escritor escribe
con pleno sentido de lo que hace.
No puede creer que el texto
quiere un sentido lógico absoluto.
Y más allá de eso,
el traductor no puede creer
que los idiomas son equivalentes.
No lo son.
Lo que puede pensarse en inglés
no puede pensarse en castellano.
A veces coinciden ciertas áreas,
pero cada lengua es
una criatura individual independiente
que crece por razones geográficas,
culturales, atmosféricas
que no tienen. Le doy un ejemplo.
Nosotros todos, como seres humanos,
conocemos la angustia existencial.
¿Qué hacemos aquí? ¿Y quién somos?
¿Dónde vamos?
Porque Shakespeare escribía en inglés
un idioma que hablaba inglés.
¿Puede resumir esa angustia
en la cita más célebre
de la literatura inglesa?
Ahí está todo.
Si Shakespeare hubiese escrito en castellano,
jamás hubiese escrito esa frase.
Porque en castellano no hay un verbo
to be, estar, ser y estar, estar.
Entonces hubiese tenido que elegir
o construir una frase de sordo
que sería ser o estar o no ser
y no estar.
Que le llevaría demasiado tiempo al presidente.
Los traductores en castellano de Shakespeare
suelen elegir ser o no ser
porque fundamentalmente piensan
en una existencia del individuo
que vive o no vive.
Elige la suicidio o no.
Pero Shakespeare para lo más allá,
la pregunta de Hamlet no es solo vivo o no vivo.
Es ¿me quedo aquí o no me quedo aquí?
¿Estoy aquí con mis pies en la tierra o no?
Y todo eso está en triunfo.
Entonces, yo creo que estos ejemplos
que son innumerables,
son la prueba de que nosotros pensamos
porque utilizamos el lenguaje
para pensar, para comunicarnos,
para hacer el amor, para insultar,
para vendar cosas.
Somos los dueños del lenguaje,
somos los que mandan.
Y claro que no es así,
es el lenguaje que nos manda a nosotros.
Es el lenguaje que nos permite tener ciertas ideas.
Incluso te diría que nos va esas ideas,
que pronuncia en nosotros esas ideas.
Entonces, ¿qué hace el pobre traductor
que sale de un campo
en el que el pensamiento es dictado
por una cierta forma de decir las cosas
a otro en donde hay un pensamiento distinto
donde las cosas se dicen de otra manera.
Hay un ejemplo muy interesante.
Los hay marados.
Tiene una lengua muy muy correja
en la cual el sentido del tiempo es muy distinta
de la de, por ejemplo, el castellano.
Porque nosotros
tenemos una noción del tiempo
en el lenguaje que usamos,
y por lo tanto el pensamiento,
que es la línea que va
del pasado al futuro,
pasado por el presente.
Entonces, yo estuve esta mañana en la aeroteca,
ahora estoy aquí, más tarde volveré a la aeroteca.
Para los hay marados el tiempo viene del futuro.
Lo que no podemos ver es el pasado,
que damos las espaldas al pasado,
y ellos miran hacia el futuro
y ven llegar las cosas del futuro.
Entonces, para una hay marada
la frase, por ejemplo, no sé,
el poema del verso de la luna.
Ya no la quiero, pero cuánto la quise.
No tiene ningún sentido.
Porque tendrían que colocar eso en el futuro.
El presente quiere igual,
pero el pasado es algo,
como si nosotros dijésemos,
ya no la quiero, pero cuánto la querré.
¿Cómo he visto para decir
que la taría del traductor es casi imposible?
Digo casi, porque yo creo que hay momentos milagrosos
que en las que el pasaje ocurre
y se crea algo equivalente al original.
En la metáfora de Borges de las Brasiones
la traducción se convierte
en una versión rosa de ese texto
que sigue cambiando.
Es más, yo creo que
uno de los mayores méritos del traductor
es que le otorga inmortalidad a una obra.
La obra que un escritor acaba,
abandona, por ejemplo, también en ese mismo ensayo
que la nación de texto definitivo
pertenece solo a la religión o alcancancio.
Uno se arrastra de corregir y se va.
¡Moví que no!
Pero en ese momento, cuando el escritor pone el punto final,
allí el escritor muere.
El texto queda en un limbo
hasta que el vector lo toma y lo lee.
Lo que el traductor hace
es brindar ese texto
en una nueva encarnación.
Los traductors son pitagóricos
para una nueva generación de lectores.
Por eso, los grandes textos necesitan
una retraducción constante.
Por más buena que sea
una versión, hay siempre otra
que los lectores de la nueva generación esperan.
La literatura depende de eso.
Si la literatura se cierra,
como se cierra, por ejemplo,
en la literatura del mismo inglesa,
la mayor parte de los lectores,
de la gente, de habla inglesa,
piensan que la cultura
acaba en las fronteras de su idioma.
Y entonces se condenan a la sorbrera
y a la ceguera.
A mí me resulta maravilloso
una feria como esta,
donde yo puedo recorrer,
no sé, 10 stands de los cientos que hay.
Y ya me encuentro con todo
lo que puedo imaginar,
los clásicos ucranianos,
los poetas contemporáneos americanos,
los pequeños escritores,
más o menos desconocidos de un anda,
todo se está traduciendo.
Todo no por su pueblo,
pero mucho, mucho más que al inglés.
Y lo mismo ocurre en italiano,
lo mismo ocurre en francés,
lo mismo ocurre en turco,
lo mismo ocurre en árabe.
La cultura de los azpones
sufre de su propio prestigio.
Entonces, nosotros tenemos la ventaja
de poder leer universalmente
y aprender a desarreglar.
Le cuento un anécdota.
Ahora con él,
este cargo que acepté
de director del Instituto Nacional,
también tengo otro cargo,
que es el director de la parte
del Entras del Fondo Nacional de las Artas.
Entonces,
en esa posición, por supuesto,
quiero prestigiar la traducción.
Entonces, vamos a proponer,
esta es una primicia que todavía
hayamos anunciado,
un concurso para el traductor de los jóvenes.
Traducción de muchos idiomas
y más consistible en esto,
el concurso.
Vamos a hacer una lista de clásicos
árabes, chinos, francés,
alemáries, ingleses, italianos.
Y vamos a proponer esa lista
quien quiera concursar,
quien quiera concursar va a elegir
uno de esos libros
y va a traducir un primer capítulo,
un primer canto,
unas primeras páginas
y va a presentar esas páginas.
Quien gane,
creo que a varios,
el fondo les pagará
la traducción del libro completo
y lo publicará.
Y de esa manera,
no solamente alimentaremos el
hondo de traductores que necesitamos,
sino también tendremos nuevas
versiones de los clásicos
para nuestra nueva generación.
¡Excelente previsión!
