Cuando volví a la vida, mi rostro estaba mojado, pero mojado de lágrimas, no sabré
decir cuánto duró este estado de insensibilidad, puesto que ya no tenía miedo de darme cuenta
del tiempo. Jamás soledad alguna fue semejante a la mía, nunca hubo abandonos tan completo.
Desde el momento de mi caída había perdido gran cantidad de sangre, me sentía inundado.
Cuánto lamenté no estar ya muerto y tener aún que pasar por este margotranse,
sin ánimos para reflexionar, rechacé todas las ideas que acudían a mi cerebro y vencido
por el dolor, rodé hasta la pared opuesta. Sentía ya que me iba a desvanecer nuevamente
y que el aniquilamiento supremo se apoderaba de mí, cuando llegó hasta mis oídos un
violento ruido, semejante al retumbar prolongado del tren. Logré percibir algunas hondas sonoras
perderse poco a poco en las lejanas profundidades del abismo. ¿De dónde procedía aquel ruido?
Sin duda de algún fenómeno que estaba verificándose en el esceno del gran macizo terrestre,
tal vez la explosión de un gas o la caída de algún poderoso obstáculo del globo.
Volví a escuchar, descioso de cerciorarme si se repetiría aquel ruido, por lo que pasó un
cuarto de hora. Era tan profundo el silencio que reinaba en el subterráneo que hasta los latidos
de mi corazón oía. De repente, mi oído, que por casualidad aproximé hacia la pared,
creyó sorprender palabras vagas, ininteligibles, remotas que me hicieron estremecer. Es una
ilusión, pensé. Pero no. Escuchando con mayor atención oí realmente un murmullo de voces,
aunque mi debilidad no me permitiese entender lo que decía. Hablaban, no me cabía a la menor duda.
Temí por un instante que las palabras de aquellos fuesen las mismas mías devueltas por el eco.
¿Habría yo gritado sin saberlo?
Se reconfuerza los labios y acerca nuevamente a la pared del oído.
Sí, no cabe duda. Hablan, hablan, murmuré.
Avancé algunos pies más a lo largo de la pared y oía más distintamente.
Llegué a oír palabras inciertes, incomprensibles, extrañas que llegaban a mí como pronunciadas
en voz baja. Como cuchichadas, por decirlo así. Oí repetir varias veces la voz fólora,
con acento de dolor. ¿Cuál era su significado? ¿Quién la pronunciaba?
Mi tío Hans, sin duda alguna. Pero evidentemente, si yo lo soía, ellos también podrían oírme a mí.
¡Socorro! Grité con todas mis energías. ¡Socorro!
Escuché. Esperé en la sombra una respuesta, un grito, un suspiro.
Más nada logré oír. Transcurrieron algunos minutos. Todo un mundo de ideas había germinado
en mi mente. Pensé que mi voz, debilitada, no podría llegar hasta mis compañeros.
¿Por qué son ellos? ¡No hay duda! me decía. ¿Qué otros hombres habrían descendido a
treinta leuas debajo de la superficie del globo? Me puse otra vez a escuchar. Al pasear al oído
a lo largo de la pared, hay un punto matemático donde las voces parecían adquirir su máxima
intensidad. La palabra forlora volvió a sonar en mi oído y oí después aquel fragor de trueno
que me había sacado de mi letargamiento. No. Me dije. Estas voces nos oyen a través de la pared.
Su estructura granítica no se dejaría atravesar por la más fuerte detonación.
Este ruido llega a lo largo de la misma galería, preciso es que existe en ella un efecto de
acústica especial. Escuché nuevamente. Y lo que es esta vez, o sí, esta vez oí mi nombre claramente
pronunciado. ¿Era mi tío quien lo pronunciaba? Hablaba con el guía y la palabra forlora era
una voz danesa. Entonces me lo expliqué todo. Para hacerme oír, era preciso que hablase a lo
largo de aquella pared que transmitiría mi voz como un hilo conduce la electricidad. No había
tiempo que perder. Si mis compañeros se alejaban algunos pasos, el fenómeno acústico quedaría
destruido. Me aproximé, pues, a la pared y pronuncié estas palabras con la mayor claridad posible.
Dio Leidenbrock. Y esperé presa de la mayor ansiedad. El sonido no se propaga con una
rapidez excesiva. La densidad de las capas de aire aumenta su intensidad, pero no su velocidad
de propagación. Transcurrieron algunos segundos que me parecieron siglos y, al fin, llegaron
a mi oído estas palabras. Axel, Axel, ¿eres tú? Sí, sí, respondí. Pobre hijo mío,
¿dónde estás? Perdido en la oscuridad más profunda. Pues si la lámpara apagada
y el arroyo ha desaparecido. Pobre Axel, hármate de valor. Esperé usted un poco. Estoy completamente
agotado y no me quedan fuerzas para articular las palabras, más no deje usted de hablarme.
Valor, prosigue mi tío, no hables, escúchame. Te hemos buscado subiendo y bajando la galería
sin que hayamos podido dar contigo. ¡Cuanto llorado hijo mío! Por fin, suponiendo que
te encontrarías al lado del Hans Back, hemos remontado su curso, disparando en nuestros
fusiles. En el momento actual, si por un efecto de acústica nuestras voces pueden oírse,
nuestras manos no pueden estrecharse. Pero no te desesperes, Axel, que ya tenemos mucho
adelantado con habernos puesto al habla. Durante este tiempo, yo había reflexionado. Yo nací
de esperanza, vaga, aún. Renacía en mi corazón. Ante todo, me importaba conocer una cosa.
Aproximé mis labios a la pared y dije. Tío, ¿qué quiero, hijo mío? Me contestó al
cabo de algunos instantes. Es precioso saber, ante todo, que distancia no separa. Eso es
bastante fácil. ¿Tiene usted su cronómetro? Sí, pues bien. Tomélo en la mano y pronuncio
usted mi nombre anotando con toda exactitud el momento en que lo pronuncio. Yo lo repetiré
y usted anota a sí mismo el instante preciso en que vea mi respuesta. Me parece muy bien.
De este modo, la mitad del tiempo que transcurre entre mi pregunta y tu respuesta será el que
mi voz emplea para llegar hasta ti. Eso es, tío. ¿Estás listo? Sí. Pues bien, mucho
cuidado, que voy a pronunciar tu nombre. Apliqué el oído a la pared. Y tan pronto como oí
la palabra Axel, repetí a mi vez Axel y esperé. 40 segundos, dijo entonces mi tío. Ha transcurrido
40 segundos entre las dos palabras. De suerte que el sonido emplea 20 segundos para recorrer
la distancia que nos separa. Calculando ahora a razón de 1.020 pies por segundo, resultan
20.400 pies, o sea, lego y media y un octavo. Lego y media. Murmure. No es difícil salvar
esa distancia, Axel, pero ¿te voy a marchar hacia arriba o hacia abajo? Hacia abajo.
Voy a explicarte por qué hemos llegado a una espaciosa gruta a la cual van a dar gran número
de galerías. La que ha seguido tú no tiene más remedio que conducirte a ella, porque
parece que todas estas vendas, todas estas fracturas del globo, convergen hacia la inmensa
caverna donde estamos. Levántate pues y emprende de nuevo el camino. Marcha, arrastrate si es
preciso, deslízate por las pendientes rápidas que nuestros brazos te esperan para recibirte
al final de tu viaje. En marcha, pues, hijo mío. Ten ánimo y confianza. Estas palabras
me reanimaron. Adiós, tío. Exclame. Parto inmediatamente. En el momento en que abandona
este sitio, nuestras voces dejarán de oírse. Adiós, pues. Hasta la vista, Axel. Hasta
la vista.
¿Dales fueron las últimas palabras que oí? Esta sorprendente conversación sostenida
a través de la masa terrestre, a más de una legua de distancia. Terminó con estas palabras
de esperanza y gracias a Dios para haberme conducido por entre aquellas inmencidades
tenebrosas al único punto, tal vez, en que podía llegar hasta mí la voz de mis compañeros.
Este sorprendente efecto de acústica se explicaba fácilmente por las olas de ellas físicas.
Pero venía de la forma del corredor y de la conductibilidad de la roca. Existen muchos
ejemplos de la propagación de sonidos que no se perciben en los espacios intermedios.
Recuerdo varios lugares donde ha sido observado este fenómeno. Podiendo citar, entre otros,
la galería interior de la cúpula de la catedral de San Pablo, de Londres y, sobre todo,
en medio de esas maravillosas cavernas de Sicile, de esas la tomía situadas cerca del
ciracusa, la más notable de las cuales es la denominada la oreja de Dionisio.
Todos estos recuerdos acudieron entonces a mi mente y vi con claridad que, supuesto
que la voz de mi tío llegaba hasta mí, no existía ningún obstáculo entre ambos.
Siguiente idéntico camino que el sonido debía, lógicamente, llegar lo mismo que él, si
antes no me faltaban las fuerzas. Me levanté, pues, y comencé más bien
a rastrearme a que andar. La pendiente era bastante rápida y me dejé resbalar por ella.
Pero pronto la velocidad de mi descenso creció en proporción espantosa. Aquello simulaba
más bien una caída y yo carecía de fuerzas para detenerme.
De repente el carreno faltó bajo mis pies y me sentí caer, rebotando sobre las asperezas
de una galería vertical de un verdadero oposo. Mi cabeza chocó contra una roca aguda y perdí
el conocimiento.
