Calculó que serían entonces las diez de la noche. El primero de mis sentidos que volvió
a funcionar después de la sambullida fue el oído. Oí casi enseguida porque fue un
verdadero acto de audición. Oí, repito, reestablecerse el silencio dentro de la galería,
reemplazando los rugidos que durante muchas horas aturdieron mis oídos. Por fin llegó hasta mí
como un murmullo la voz de mi tío que decía. Subimos. ¿Qué, qué, qué quiero usted decir?
Éxtame. ¡Que subimos, sí, que subimos! Extendí entonces el brazo, toqué la pared con la mano y
la retiré en sangrentada. Subimos, en efecto, con una velocidad espantosa. ¡La entorcha,
la entorcha! Exclamó el profesor. Hans, no sin dificultades, logró al fin de encenderla y aunque
la llama de la luz se dirigió de arriba hacia abajo a consecuencia del movimiento ascensional,
produjo la claridad suficiente para alumbrar toda la escena.
Todo sucede como me lo había imaginado, dijo mi tío. Nos hallamos en un estrecho pozo que
solo mide cuatro tubes de diámetro. Después de llegar el agua al fondo del abismo,
recobra su nivel natural y nos eleva consigo. ¿A dónde? Lo ignora en absoluto,
pero conviene estar preparados para todos los acontecimientos. Subimos con una velocidad que
calculó en dos tubes por segundo, o sea, 120 tubes por minuto, a más de tres leuas y media por hora.
A este paso se adelanta bastante camino. Sí, si nada nos detiene, si tiene salir de este pozo,
pero si se ha atraponado, si el aire se comprime poco a poco bajo la presión enorme de la columna
de agua, vamos a ser aplastados. Axel, respondió el profesor con mucha serenidad.
La situación es casi desesperada, pero hay aún algunas esperanzas de salvación que
son las que examino. Si es muy cierto que a cada instante podemos percer,
no lo es menos que a cada momento podremos también ser salvados. Pongámonos pues en
situación de aprovechar las menores circunstancias. Pero ¿qué podemos hacer?
Preparar nuestras fuerzas comiendo. Al oír esas palabras, miré a mi tío con ojos espantados.
Había sonado la hora de decir lo que había querido ocultar.
Comer? Repetí. Sí, ahora mismo. El profesor añadió algunas palabras en danés.
¿Cómo? Exclamó mi tío. ¿Se habían perdido las provisiones? Sí.
He aquí todo lo que nos resta. Un trozo de asesina para los tres.
Mi tío me miró sin querer comprender mis palabras.
¿Qué tal? Le pregunté. ¿Cree usted que todavía podemos salvarnos?
Mi pregunta no obtuvo respuesta.
Transcurrió una hora más y empecé a experimentar un hambre violenta. Mis compañeros
podían también. A pesar de lo cual ninguno de los tres nos atrevíamos a tocar aquel miserable
resto de alimentos. Entretanto, subíamos sin cesar con terrible rapidez.
Faltándonos a veces la respiración, como los aeronautas cuando ascienden con velocidad excesiva.
Pero si estos sienten un frío tanto más intenso, cuanto mayor es la altura a la que se elevan en
las regiones aéreas, nosotros experimentábamos un efecto absolutamente contrario.
Cresí a la temperatura de una manera inquietante y en aquellos momentos no debía bajar de 40
grados centígrados.
¿Qué significaba que el cambio? Hasta entonces los hechos habían dado la
razón a las teorías de Davy y de Leidenbrock. Hasta entonces las condiciones particulares
de las rocas refactarias de la electricidad, del magnetismo, habrían modificado las leyes
generales de la naturaleza, proporcionándonos una temperatura moderada. Porque la teoría
del fuego central siendo, en mi opinión, la única verdadera, la única explicable. Y vamos a
penetrar entonces en un medio en que estos fenómenos se cumplían con todo sin rigor y en el cual el
calor reducía las rocas a un estado completo de fusión. Así me lo temía. Y por eso dije al profesor.
Si nos ahogamos o nos estrellamos y si no nos morimos de hambre, nos queda siempre la
probabilidad de ser quemados vivos. Pero él se contentó con encogerse de hombros y se abismó
de nuevo en sus reflexiones. Transcurrió una hora más y salvó un ligero aumento de la
temperatura. No vino ningún nuevo incidente a modificar la situación. Al fin rompió
el silencio emitido. Veamos. Dijo. ¿Preciso es tomar un partido? ¿T tomar partido? Replicé.
Sí, es preciso reparar nuestras fuerzas. Si tratamos de prolongar nuestra existencia
algunas horas, economizando ese resto de alimentos, permaneceremos débiles hasta el fin. Sí,
hasta el fin que no será esperar. Pues bien, si se presenta una ocasión de salvarnos,
¿dónde hallaremos la fuerza necesaria para obrar si permitimos que nos debilite el ayuno?
Y una vez que devoremos este pedazo de carne, ¿qué nos quedará ya, tío? Nada, Axel, nada,
pero ¿te alimentará más comiéndolo con la vista? Tus reazonamientos son propios de un hombre sin
voluntad, de un ser sin energía, pero ¿aún conservo usted esperanzas? Le pregunté irritado.
Sí, replicó el profesor con firmeza. ¿Cómo? ¿Creo usted que existe algún medio de salvación?
Sí, por cierto, mientras el corazón lata, mientras la carne palpite, no me explico que
un ser dotado de voluntad se deje dominar por la desesperación. ¿Qué admirabes palabras?
El hombre que las pronunciaba en circunstancias tan críticas poseía indudablemente un templo
poco común. Pero, en fin, dije yo, ¿qué pretende usted hacer? Comer lo que queda de
alimentos hasta la última migaja para reparar nuestras perdidas fuerzas. Si está escrito
que esta comida nuestra sea la última, tengamos resignación. Pero, al menos, en vez de estar
extenuados, volveremos a ser hombres. Comamos, pues, exclamé.
Tomó mi tío el trozo de carne y las pocas galletas salvados del fenúnofragio, hizo
otras partes iguales y las distribuyó. Nos cupó aproximadamente una libra de alimentos a cada uno.
El profesor comió con avidez, con una especie de entusiasmo febril. Yo, sin gusto, a pesar de mi
hambre y casi con repugnancia, Hans tranquilamente, Hans tranquilamente, con moderación, abocados
menudos que masticaba sin ruido y saboreaba con la calma de un hombre a quien el porvenir no le
inquieta. Uroneando bien, había encontrado una calabaza mediada de ginebra que nos ofreció,
y aquel licor benéfico logró renumarme un poco. ¡Fotraflige! dijo Hans, bebiendo su turno.
¡Excelente! respondió mi tío. Había recobrado algo a la esperanza, pero nuestra última comida
acababa de terminarse. Eran entonces las cinco de la mañana. La constitución del hombre es tal
que su salud es un efecto puramente negativo. Una vez satisfecha la necesidad de comer, es difícil
imaginarse los horrores del hambre. Es preciso experimentarlos para comprenderlos. Al salir
de prolongada abstinencia, algunos bocados de gallete y de carne triunfaron de nuestros pasados
dolores. Sin embargo, después de este banquete, cada cual se entregó a sus reflexiones. ¿En qué
sueña Hans, el hombre del extremo occidente, quien poseía la resignación fatalista de los orientales?
Por lo que me respecta, mis pensamientos se encontraban llenos de recuerdos, y éstos me
conducían a la superficie del globo que nunca hubiera debido abandonar. La casa de la Conestress,
mi pobre Grauven, la excelente Marta, pasaron coalvisiones por delante de mis ojos, y en los
lúgures, ruidos que se transmitían a través del macizo de granito, creía sorprender el ruido
de la ciudad desde la tierra. Por lo que respecta, mi tío, aferrado siempre a su idea, examinaba con
escrupulosa atención de la naturaleza de los terrenos. Trataba de darse cuenta de su situación,
observando las capas superpuestas. Este cálculo, o por mejor decir esta apreciación,
tan solo podía ser aproximada para un sabio que es siempre un sabio. Cuando logra conservar su
sangre fría, y hay que reconocer que el profesor Leidenbrock poseía esta cualidad en un grado poco
común. Le oía murmurar palabras de la ciencia geológica que me eran bien conocidas. Yo ésta
era causa de que, aún a mi pesar, me interesas en aquel supremo estudio. Granito eruptivo, decía.
No se llamó aún en la época primitiva, pero… ¿Cómo ascendemos sin cesar? ¿Quién sabe todavía?
¿Quién sabe? Aún no había perdido la esperanza. Palpaba con la mano la pared vertical,
y algunos instantes después proseguía. Me aquí los neis, e aquí los micaesquistos. Bueno,
pronto llegaran los terrenos de la época de transición, y entonces… ¿Qué quería decir el
profesor? ¿Podría medir el espesor de la corteza terrestre suspendida sobre nuestras cabezas? ¿Poseía
algún medio de hacer semejante cálculo? No. Le faltaba el manómetro, y la mera precesión no
podía suprir sus preciosas indicaciones. Sin embargo, la temperatura aumentaba en
progresión importante, y me sentía bañado de sudor en medio de una atmósfera abrasadora.
Sólo podía compararla al calor que despiden los hornos de una fundición cuando se efectúan
las coladas. Poco a poco, Hans, mi tío y yo, nos habíamos sido despojando de nuestras chaquetas y
chalecos. La prenda más ligera causaba un gran malestar por no decir sufrimiento.
¿Será acaso que subimos hacia un foco incandescente?
Exclamé en un momento en que el calor aumentaba. No, respondió mi tío, es imposible, imposible.
Sin embargo, insistí yo palpando la pared, esta moralla quema.
Al decir esto, rozó mi mano en la superficie del agua, y tuve que retirarlo toda prisa.
¡El agua abraza! exclamé. El profesor esta vez respondió solamente con un gesto de cólera,
un terror invisible se apoderó entonces de mi mente, y ya no me fue posible verme libre de él.
Presentía una catástrofe próxima, tan espantosa, como la imaginación más audaz no hubiera
podido concebir. Una idea incierta y vaga primero, se tornó en certidumbre en mi espíritu. La rechacé,
más tornó con obstinación nuevamente. No me atrevía a formularla. Sin embargo,
algunas observaciones involuntarias me hicieron adquirir la convicción.
A la dudosa luz de la antorcha, advertí en las capas eraníticas movimientos desordenados.
Iba, evidentemente, a producirse un fenómeno en el que la electricidad desempeñaba un papel.
Además, aquel calor excesivo, aquella agua en ebullición,
decidió observar la brújula, pero estaba como loca.
