Sí, sí, estaba como loca. La aguja saltaba de un polvo al otro con bruscas acudidas. Recorría
todos los puntos del cuadrante y giraba como si se hallase posída de un vértigo. Sabía
que, según las teorías más aceptadas, la corteza mineral del globo no se encuentra
jamás en estado de reposo absoluto. Las modificaciones originadas por la descomposición de las
materias internas, la agitación producida por las grandes corrientes líquidas, la acción
del magnetismo, tienden incesantemente a conmoverla, aunque los seres diseminados en su superficie
no sospechen siquiera la existencia de estas agitaciones. Así pues, por sí solo, este
fenómeno no me habría causado susto, o por lo menos no me habría hecho concebir una
idea tan terrible. Más otros hechos. Ciertos detalles suigeneris, no pudieron engañarme
por más tiempo. Las detonaciones se multiplicaban con una espantosa intensidad. Sólo podía
compararlas con el ruido que producían un gran número de carros arrastrados rápidamente
sobre un brusco empedrado. Era un trueno continuo. Después, la brújula, enloquecida, sacudida
por los fenómenos eléctricos, me confirmaba en mi opinión, la corteza mineral amenazaba
con romperse, los macizos graníticos juntarse, el vacío llenarse, el pozo rebozar en nosotros,
pobres átomos, y vamos a ser triturados en aquella formidable comprensión.
Tío, tío, exclamé, ahora sí que estamos perdidos. ¿Qué motivo tu nuevo terror? Me respondió
con calma sorprendente. ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? ¿Qué tengo? Observe usted de esas
paredes que se agitan, ese macizo que se disloca, esa agua en ebullición, los vapores que se
espesan, esta aguja que oscila, este calor en su fibra, indicios todos de tan enorme terremoto.
Mi tío sacudió la cabeza en con calma. ¿Un terremoto has dicho? Me preguntó. Sí,
ciertamente, no hijo mío, me parece que te engañas. ¿Cómo? ¿No son estos los signos
precursores de un terremoto? No, espero algo más grande. ¿Qué quiero usted decir? Una
erupción, Axel. ¿Una erupción? Exclamé. ¿Los hayamos en la chimenea de un volcán
en actividad? Así lo creo. Dijo el profesor sonriendo. Y creo que es lo mejor que pudiera
ocurrernos. Lo mejor que pudiera ocurrernos. Pero entonces mi tío se había vuelto loco.
¿Qué significado tenían sus palabras? ¿Cómo explicar su sonrisa? ¿Cómo? Exclamé. ¿Los
hayamos envueltos en una erupción volcánica? La fatalidad nos ha arrojado en el camino
de las labas incandescentes, de las rocas encendidas, de las aguas sirvientes, de todas
las materias eruptivas. Vamos a ser repelidos, expulsados, arrojados, vomitados, lanzados
al espacio entre rocas enormes, en medio de una lluvia de cenizas y descorias, envueltos
en un torbellino de llamas. ¿Y aún se atreve usted a decir qué es lo mejor que pudiera
sucedernos? Sí. Dijo el profesor mirándome por encima de las gafas. Porque es la única
probabilidad que tenemos de volver a la superficie de la tierra. Renuncié a enumerar las mil
ideas que cruzaron entonces por mi mente. Mi tío tenía razón en todo absolutamente.
Y jamás me pareció ni más saudaz, ni más convencido que en aquellos instantes en que
esperaba y veía venir con calma las temibles contingencias de una erupción.
Entretanto, seguíamos subiendo, no cesando en toda la noche en nuestro movimiento ascensional.
El estrépito que nos rodeaba crecía constantemente. Me sentía casi asfixiado y estaba convencido
de que mi última hora se acercaba. Sin embargo, la imaginación es tan rara que me entregué
a una serie de reflexiones verdaderamente pueriles, pero lejos de dominar mis pensamientos
me centraba subordinado en ellos. Era evidente que subíamos empujados por un aluvio en el
obtivo. Debajo de la balsa había aguas sirvientes y debajo de estas una pasta de labas, un conglomerado
de rocas que, al llegar a la boca del cráter, se dispersarían en todas las direcciones.
Nos encontramos, pues, en la chimenea de un volcán. Sobre esto no había duda.
Pero en esta ocasión no se trataba de las nefres, volcán ha pagado ya, sino de otro
volcán en plena actividad. Por eso me devanaban los cesos pensando cuál podía ser aquella
montaña y en qué parte del mundo íbamos a ser vomitados. En las regiones del norte,
sin duda de ningún genero. Antes de volverse loca la brújula, nos habían dedicado siempre
que marchábamos hacia el norte y a partir del cabo Sagniusen, habíamos sido arrastrados
centenares de leuas en esa dirección. Ahora bien. Nos hallábamos otra vez debajo de Islandia
y vamos a ser arrojados por el cráter de Lecla o por uno de los siete montes signívomos
de la isla. En un radio de 500 leuas al oeste, no veía bajo aquel paralelo más que los
volcanes mal conocidos de la costa noroeste de América. Al este, solo existía uno en
el 80 grados de la atitud del ESC en la isla de Juan Mayan, no lejos de Spiesberg. Cráteres
no faltaban, ciertamente, y bastante espaciosos para vomitar un ejército entero, pero yo pretendía
adivinar por cual de ellos íbamos a ser arrojados. Al amanecer, se aceleró el movimiento ascensional.
El hecho de que aumentar el calor en vez de disminuir al aproximarnos a las superficies
del globo, se explica por ser local y debido a la influencia volcánica. Nuestro género
de locomoción no podía dejar en mi ánimo la más ligera duda sobre este particular.
Una fuerza enorme, una fuerza de varios centenares de atmósferas engendrada por los vapores
acumulados en el seno de la Tierra. Nos impulsaba con energía irresistible, pero ¿a qué innumerables
peligros nos exponíamos? No tardaron en penetrar en la galería vertical que iba aumentando
la anchura, reflejos amarillentos, a cuya luz distingía a derecha a izquierda, profundos
corredores que semejaban túneles inmensos de los que se escapaban espesos vapores y largas
lenguas de fuego, la mía anchis por rotiendo sus paredes.
¡Mira usted! ¡Mira usted, tío! ¡Extramé! No te importe, son llamas sulfurosas que no
falten en ninguna erupción, pero ¿y si nos envuelven? No nos envuelverán, pero ¿y si
nos asfixian? No nos asfixiarán. La galería se ensancha y, si fuera necesario, abandonaríamos
la balsa para aguarecernos en alguna grieta. ¿Y el agua? ¿Y el agua que sube? Ya no hay
agua alguna, áxel, sino una especie de pasta de lava que nos eleva consigo hasta la boca
del cráter. En efecto, la columna líquida había desaparecido,
siendo reemplazada por materias eruptivas bastante densas, aunque hirvientes. La temperatura
se hacía insoportable y un termómetro expuesto en aquella atmósfera habría marcado más
de 70 grados. El sudor me inundaba, y si la ascensión no hubiera sido tan rápida,
nos habríamos asfixiado sin duda. No insistió el profesor en su propósito de abandonar
la balsa, e hizo bien. Aquel puñado de tablas mal unidas ofrecieron a superficies sólidas,
un punto de apoyo que, de otro modo, no hubiéramos hallado.
A eso de las ocho de la mañana, sobrevino un nuevo incidente. Se hizo el movimiento
ascensional de improviso, y la balsa quedó completamente inmóvil.
¿Qué es esto? pregunté yo, sacudido por aquella parada repentina que me hizo el efecto
de un choque.
Un alto, respondió mi tío, es que la erupción se calma, me parece que no. Me levanté y
traté de averiguar lo que ocurría en torno a nuestro. Tal vez la balsa, detenida por
alguna roca saliente, oponía una resistencia momentánea a la más eruptiva. En este caso,
ya preciso apresurarse a librarla cuanto antes del tropiezo, más no había obstáculo alguno.
La columna de cenizas, escorias y piedras había dejado de subir de una manera espontánea.
¿Se habrá detenido la erupción por casualidad? Dije yo, ah, exclamó mi tío, apretando los
dientes.
Si tal es tu temor. Tranquilízate, dijo mío. Esta calma no puede prolongarse. Hace cinco
minutos que dura y no tardaremos en reanudar nuestra ascensión hacia la boca del cláter.
Al hablar así, el profesor no se sabía de consultar su cronómetro y tampoco esta vez
se equivocó en sus pronósticos. Pronto volvió a escribir a balsa un movimiento rápido y
desordenado que duró dos minutos aproximadamente y se detuvo de nuevo. Bueno, dijo mi tío mirando
la hora.
Dentro de 10 minutos nos pondremos en marcha nuevamente. 10 minutos, sí, nos hallamos
en un volcán de erupción intermitente que nos deja respirar al mismo tiempo que él.
Así sucedió, en efecto. A los 10 minutos justos fuimos empujados de nuevo con una velocidad
más sombrosa. Era preciso asirse fuertemente a las tablas para no ser despedidos de la balsa.
Después cesó otra vez la impulsión.
Más tarde he reflexionado acerca de este extraño fenómeno sin poderme lo explicar
de un modo satisfactorio. Sin embargo, me parece evidente que no nos encontramos en
la chimenea principal del volcán, sino en algún conducto accesible donde repercutía
en los fenómenos que en aquella tenían efecto. No puedo precisar cuántas veces se repitió
esta maniobra. Lo que sí puedo decir es que cada vez que se reproducía el movimiento
éramos despedidos con una violencia mayor recibiendo la impresión de ser lanzados dentro
de un proyectil.
Mientras permaneciamos parados, me asfixiaba y durante las ascensiones el aire abrazador
me cortaba la respiración. Pensé un instante en el placer inmenso de volverme a encontrar
súbitamente en las regiones hiperboreales a una temperatura de 30 grados bajo cero.
Mi imaginación exaltada se paseaba por las llenuras de nieve de las regiones árticas
y anhelaba el momento de poderme revolcar sobre la helada alfombra del polo. Poco a
poco mi cabeza, tranzornada por tan reiteradas acudidas, se extravió y a no ser por los brazos
vigorosos de Hans en más de una ocasión me habría destrozado el cráneo contra la
pared de granito.
No he conservado ningún recuerdo preciso de lo que ocurrió durante las horas siguientes.
Tengo una idea confusa de detonaciones continuas, de la agitación del macizo de granito, del
movimiento giratorio que se apodó de la balsa, la cual se balanceaba sobre las olas de lava
en medio de una lluvia de cenizas. La envolvieron ya más crepitantes. Un viento huracanado,
como despedido por un ventilador colosal, activaba los fuegos subterráneos. Por ves
postrera vi el semblante de Hans alumbrado por los resplandores de un incendio y no experimenté
más sensación que el espanto siniestro del hombre condenado a morir atado a la boca de
un cañón, en el momento en que sale el tiro y dispersa sus miembros por el aire.
