Querido espectador, espectadora, describo mientras descanso de uno de mis paseos por el bosque de Dinn, concretamente por los alrededores de Ruardin.
Me gusta pensar que por aquí caminaron Tolkien y Arthur Conan Doyle en busca de inspiración, aunque me gustaría saber exactamente cuáles fueron los caminos que siguieron para caminar sobre sus pasos.
Eso es lo que cuentan aquí en la zona, aunque cuando he buscado información sobre ello, parece que fue más abajo, en Hampshire, donde Conan Doyle se inspiró para el perro de los Basterville, más arriba de donde vivo, en el bosque de Sherwood, hay la leyenda de Robin Hood.
Es agradable vivir entre autores, leyendas y ficciones.
Ahora que paseo, recuerdo. Recuerdo, como diría George Perek, uno de los paseos de este año, juntados voluntarios. Fue especial porque encontramos una casa abandonada en medio del bosque y me recordó a la zona de Stalker, de Tarkovsky.
También encontramos un pájaro moribundo y no pude dejarlo morir sin más. Al cogerlo en mis manos, recordé las horas de Stephen Daldry, donde se explica el proceso de trabajo de Virginia Gulf y las escribía la señora Dalloway.
En una de las escenas, ella también acompaña a un pájaro moribundo, creando para él un lecho en la tierra. Así como Virginia, yo también le hice uno, y para mi sorpresa, uno de los voluntarios vino y colocó al lado una flor, como hace Virginia en la película.
Me gustan estos puentes entre realidad y ficción, copiarla para tratar de vivir en ella. Recuerdo también que meses más tarde, una de las voluntarias encontró otro pájaro y lo trajo a casa para cuidarlo. Le puso el nombre Kanim Venim, que en turco significa mi tesoro. A los dos días acabaría muriendo.
Es pensar en ficciones, romantizar la vida en el bosque, idealizarla, ver sólo su cara amable.
Laura, me dices que no he dejado en la ciudad, que aún estoy en Barcelona. Quizás sí, quizás esta correspondencia me ate a la ciudad. Eso me recuerda a Hulebeck y a su nihilismo en la película que protagoniza.
Near this experience, donde habla de este tema desde el humor negro, desde el irante, ya que decide dejar la ciudad para suicidarse en la montaña.
Él asegura que nos llevamos nuestra idea de naturaleza al bosque y no ve el sentido de vivir en ella. Una vez que hemos quedado tantas comodidades, ¿por qué renunciar a ellas? La naturaleza le parece áspera, poco cómoda.
Leó a Walt Whitman, hojas de hierba, y pienso en las contradicciones. Que yo me contradigo, pues sí me contradigo y qué. Yo soy inmenso, contengo multitudes.
Me dirijo a quienes tengo cierta y aguardo en el umbral. ¿Quién ha acabado su trabajo del día? ¿Quién terminó su cena? ¿Quién desea venirse a caminar conmigo? ¿Os vais a hablar después de que me haya ido, cuando ya sea muy tarde para todo?
Hay cosas que no entendemos, como te comentaba en una carta anterior, que no logramos explicar, y como Jule de que en la película de la que te hablaba, donde decide que quiere suicidarse en la montaña, pienso en el pingüino que Werner Herzog grabó en encuentros en el fin del mundo,
donde mientras sus compañeros de grupo caminan hacia el océano, y decide girarse y caminar solo hacia las montañas, hacia una muerte segura, sin un por qué.
Poéticamente habita el hombre en la tierra, reza Holderlin, mientras Heidegger se cuestiona si realmente es así.
Para Holderlin, poetizar es dejar que el mundo acontezca, para Heidegger el hombre no sería hombre sino poético.
Es posible vivir alejándose la representación, interpretamos la realidad y la naturaleza, no podemos escapar de nombrarla, de interpretarla, de su romantización.
Habitamos a través de la palabra, fabulamos el mundo, y al poetizar hacemos que el mundo denenga fábula.
Me dejo de metafísica y te dejo por hoy. Contestame si quieres, dejando tu carta en el buzón rojo de afuera.
Te veo pronto. Abrazos desde el bosque, bárbara.
