El Api es el volcán más visible de la gran caldera de más de 7 kilómetros de ancho sobre la que se asientan las islas Vanda.
Aunque sobre la superficie del mar, este volcán se eleva hasta los 666 metros de altura, lo cierto es que su base se haya a 4000 metros de profundidad.
Así que matemáticamente estábamos ascendiendo a un monte de 4666 metros.
Aunque hay varios senderos para subir al cráter, solo se permite la ascensión por uno marcado, ya que seguir otros senderos conlleva el riesgo de poder ser asfixiado por una fumarola tóxica.
La ascensión es dura. Prácticamente el camino traza una línea vertical desde la base del volcán hasta la cima. Esto supone unas pendientes imposibles que nos obligan a ir a cuatro patas.
Hemos empezado un poco tarde la excursión y se está haciendo dura en cada aprieta. Las vistas son muy bonitas.
Poco a poco ascendemos y progresivamente las vistas van siendo cada vez más impresionantes.
El peor tramo es el último. Cuando la falta de vegetación nos deja totalmente expuestos al sol tropical y el calor del suelo nos regalienta los pies.
De hecho, no nos es posible tocar la tierra con la mano desnuda y mantenerla más de 30 segundos, sin que el calor nos obligue a retirarla.
Nos sentimos como en una sanguichera asándonos la cabeza y los pies, pero las vistas son tan excepcionales que no nos importa.
Desde la cima se puede apreciar perfectamente cómo las distintas islas de las bandas se alinean formando una gigantesca caldera sumergida. Es sencillamente precioso.
Por un lado tenemos las islas de Pulao, Neira y Vanda Besar, y por el otro la visión del Crátez, las enormes fisuras de ventilación de 20 metros de ancho que se crearon en la última erupción y más allá el enorme Maara Azul.
Se trata de un volcán activo que ha erupcionado al menos 6 veces en los últimos 400 años, la última en 1988. Hacía apenas un mes, la isla había sufrido un temblor de 6,3 grados así que la actividad sísmica sigue siendo alta como lo demuestran las pequeñas fumarolas de la cima y el aumento de la temperatura del suelo del volcán.
Bueno, hemos coronado, mirad los propósitos, el tiempo tardado más o menos, no hay cuestión de recursos.
¡Qué tienes ahí, qué tienes ahí!
Estamos a pocos metros de coronar la cumbre del volcán, el resto del grupo va un poquito más atrás. Voy a ser el primero.
Un terremoto, un terremoto, va a erupcionar el volcán. No subo, vámonos rápido. Va a erupcionar. ¡Qué peligro, qué peligro!
¡Qué peligro! ¡Que podemos morirnos!
¡Tú que así te caes!
Ya nuestro pesar, abandonamos las molucas para continuar nuestro viaje. Gustoso nos hubiésemos quedado otra semana o incluso un mes, pero nuestro deber nos llama.
Los aviones que unen Bandaneira con Ambon son una lotería. Hasta que uno no está volando, no sabe si el volcán está volando.
Esto no sabe si el volo partirá o no. Luego queda llegar a su destino, pero eso es otro cantar.
El avión aquí, a pie de pista.
Si me apetece meterme hasta el medio también y si me apetece cruzar con la moto, la cruz. ¿Qué pasa?
Yo no viene el avión.
Hace un poquito de retraso. Suponemos que traerá a nueve polacos y ya sabemos cómo son los polacos.
La compañía NVA, que durante muchos años tuvo denegada la licencia para volar por un accidente ocurrido en Serán, solo dispone de un pequeño avión de lices para cubrir la ruta.
Si el avión se estropea, no hay otro de repuesto, lo que significa que el servicio se suspende hasta nuevo aviso.
La línea está subvencionada, pero la gestión de NVA es tan nefasta que tiene una gran deuda con el principal suministrador de fuel del país y nunca se sabe cuándo ni dónde cortará el grifo del combustible.
El caso es que nosotros afortunadamente despegamos de las Islas Vanda con destino ambón y lo que es aún mejor, llegamos sanos y salvos.
