Paciente varón de 9 años referido por su pediatra para evaluación por múltiples quejas somáticas luego de haberse descartado patología orgánica en forma exhaustiva. La madre refirió que su hijo tenía dificultades para hablar, que había perdido peso, que se mareaba, le dolía el abdomen, que estaba segura que tenía una enfermedad rara y que seguro necesitaba "algunas biopsias". Tenía prácticamente un libro con todos los informes de urgencias, hospitalizaciones y visitas a las consultas de pediatría, gastroenterología, neurología, urología, oncología, etc. En todo momento se mostró enfadada por estar en psiquiatría, según ella, por la incompetencia de los médicos para dar con el diagnóstico de su hijo y recalcando que ya se encargaría de demandar a quien correspondiera por no haberle hospitalizado para estudiarlo a fondo, repitiendo constantemente que su hijo no estaba loco.

El niño permaneció en todo momento callado, retraído, apático respondiendo con monosílabos solo cuando la madre le preguntaba acerca de los síntomas que supuestamente tenía. Fue imposible evaluarlo por separado, ocasionando esto las quejas de la madre que decía que ella no era una ignorante porque había trabajado como secretaria en un centro médico y sabía de lo que hablaba. Cuando se le preguntaba por el niño, decía que todo estaba en los informes.

Dentro de los antecedentes, el paciente vivía con la madre de 35 años (el padre los visitaba cada 3 meses) y 1 hermano de 14 años, no tenía antecedentes de ingresos psiquiátricos ni contacto previo con psiquiatría-psicología. Tanto la gestación como el desarrollo psicomotor fueron normales. A partir de los 6 años comenzó a tener continuas visitas a las urgencias, por sintomatología múltiple e inespecífica (dolor abdominal, mareos, cefaleas, pérdida de conocimiento, etc.), y casi siempre se le daba de alta luego de que el exámen físico y las analíticas fueran normales.

Tuvo 2 ingresos a los 7 y 8 años, por supuesta hematuria y pérdida de conocimiento respectivamente. Durante el primer ingreso tanto el exámen físico, las analíticas y la evolución fueron normales, no volviendo a presentar la supuesta hematuria. Se describió a la madre como problemática, exigiendo la realización de más pruebas antes del alta. Al final le hicieron una urografía y cistoscopía que resultaron también negativas. El segundo ingreso (por pérdida de conocimiento) tuvo el mismo patrón, con exámen, analíticas, CT y RM normales.

Luego de revisar los informes, se les hizo salir para contactar a la pediatra.

Consulta con la pediatra: la pediatra refirió que la madre acudía muchas veces a la consulta con su hijo por sintomatología inespecífica que no cuadraba con ningún diagnóstico, reclamaba que se la hagan analíticas y/o pruebas invasivas a su hijo y que cuando no se accedía o se le decía que eran normales, se enfadaba, reclamando que se le derive a un especialista. Nunca dejaba que se evalúe solo a su hijo y dominaba algunos términos médicos. Durante los ingresos inicialmente se mostraba muy colaboradora con los médicos, quedándose todo el día en el hospital e incluso ofreciéndose a cuidar a otros enfermos, pero su actitud cambiaba cuando se le decía que todo estaba normal o se le daba de alta a su hijo. La madre tenía historia de múltiples quejas somáticas y visitas a las urgencias que remitieron luego del nacimiento de su hijo menor, siempre se había negado a ir al psiquiatra.

Nuevamente se hizo pasar a la madre quien manifestó que ya se tenía que ir porque no tenía el apoyo de nadie, que su marido nunca había cuidado de su hijo y que seguro el ahora necesitaba una tomografía. Se intentó preguntarle más por la historia de su hijo, pero repetía que todo estaba en los informes. Cuando se le pregunto si le podíamos evaluar solo, se enfadó y salió. Se le insistió que era necesario que vuelva a acudir, pero nunca regresó.