Varón de 35 años, técnico de informática, casado y padre de dos hijos. Usualmente su esposa lo amonestaba por su higiene y hace dos años él empezó a notar un olor especialmente fétido proveniente de sus pies: al inicio creía que sólo era percibido por personas del hogar pero gradualmente notó que dicho olor fue más intenso. Hace nueve meses advirtió en la calle y en su centro laboral que varias personas se incomodaban con el olor de sus pies: lo demostraban desviando la mirada, tocándose la nariz, carraspeando o alejándose de su lado; incluso creyó que murmuraban a sus espaldas. En el bus se confinaba a los asientos del fondo y rehusó asistir a convites sociales. En su centro laboral solía ir al baño para lavarse y cambiarse de calcetines pues notó que el olor de sus pies era más repulsivo al usar zapatos -en cambio, con sandalias y en casa era más tenue, como también al dormir-. Advirtió asimismo que ante las mujeres, por sentirse más ansioso, el olor era más intenso. Repetidas veces efectuaba pediluvios con queroseno y lejía diluidos, como aconsejaban en internet, y aplicó a sus pies ácido bórico, alcanfor u óxido de cinc: incluso colocaba por la noche sus zapatos en la nevera para "matar los hongos". Nuestro paciente enfatizaba con total convicción que él sí podía percibir su olor -"de calcetines sucios, como queso añejo"-, que éste podía difundirse hasta seis metros de distancia y asumía que era debido a alguna patología dermatológica de sus pies. Su agobio por este problema mermó su rendimiento laboral: se distraía asediado por la idea de que su fetidez podal mortificaba a los demás. Su flexión anímica solía ser fluctuante pero, un mes antes del ingreso, su pareja canceló la relación sentimental y se marchó con uno de los hijos. El paciente se tornó lacrimoso y se lanzó desde un segundo piso sobre unos trastos, aparentemente durante un estado crepuscular, sin sufrir lesiones. Fue hospitalizado.Al examen hallamos a una persona aliñada, alerta, que aparentaba menor edad a la real y cuyo lenguaje era fluido y coherente. Afectivamente lucía preocupado y hasta desamparado pero con ánimo fácilmente reactivo durante la entrevista. La ideación suicida había desaparecido. Su discurso giraba monótonamente alrededor del juicio falso sobre el olor de sus pies, juicio que ostentaba convicción delirante, y sobre su alucinación olfativa –fenómenos ambos a los que no criticaba. No detallaba otras alucinaciones ni exhibía alteraciones formales del pensamiento, tampoco había alteraciones en su conciencia del yo. Cognitivamente estaba indemne y su nivel de conciencia eranormal. No hubo anomalías en el examen físico ni en los análisis rutinarios de laboratorio, tampoco en el electroencefalograma y la tomografía cerebral. En la evaluación psicológica se halló una personalidad dependiente e insegura, con inmadurez afectiva; su cociente intelectual fue 89.El paciente era el menor de seis hermanos por parte materna (de ellos, una hermana devino esquizofrénica y otro fue un alcohólico con depresiones recurrentes e intentos suicidas varios), y provenía de un hogar sin padre, donde la madre constituyó una figura ruda y dominante. Su personalidad estuvo signada por la sumisión y el apocamiento. Nunca abandonó el hogar materno y allí convivió durante 15 años con su pareja, descrita como "obsesiva por la limpieza", y quien tomaba todas las decisiones por él. Dado que no reunía criterios de esquizofrenia ni trastorno afectivo así como tampoco de organicidad, se le diagnosticó un trastorno delirante de tipo somático (según el DSM-IV), y se instaló tratamiento con 600 mg. de sulpirida y 20 mg. de fluoxetina diarios. Luego de cinco semanas salió de alta deseoso de reintegrarse a sus actividades y manifestando que casi no percibía el olor supuesto de sus pies. En el seguimiento por seis meses mostró remisión del delirio olfativo aunque prefería no hablar de ello pues "ya estaba mucho mejor". Había retomado la relación con su pareja y vuelto a trabajar.