Antonia tiene 58 años, está separada y tiene un hijo, Daniel, de 17 años. Tiene estudios universitarios superiores (Economista) pero trabaja como empleada doméstica en varios domicilios y clínicas desde que se separó, cuando Daniel tenía 2 años. Cuando terminó la Universidad trabajó unos años en una delegación de la Hacienda Pública, puesto al que accedió por oposición. Cuando se casó, a los 40 años, abandonó su trabajo y cambió de ciudad. Al separarse (estuvo casada 2 años) comenzó a realizar su trabajo actual. Su separación matrimonial supuso un problema grave con su familia de origen, de fuertes convicciones religiosas y con normas morales muy estrictas que Antonia tiene muy interiorizadas. Desde entonces, ha dejado de mantener contacto regular con su familia (solo se han encontrado con ocasión del fallecimiento de su padre). Acude a nuestra consulta para la evaluación de su estado mental y capacidad para mantener la tutela de su hijo, a requerimiento de los servicios sociales y judiciales y, sobre todo, porque el cura de la parroquia en la que trabaja como limpiadora la ha convencido de ello: ha sido denunciada por la escuela a la que acude Daniel por reiteradas faltas de asistencia no justificadas, y por su ex marido ya que desde que se separaron Antonia no le ha permitido ver a Daniel más que en contadas y breves ocasiones. También ha rechazado sistemáticamente el pago de la pensión alimenticia ("porque no la necesito ni la quiero"), devolviendo los ingresos que le remitía su ex marido. Viene acompañada de su hijo, aduciendo que no se fía de "dejarlo solo en la casa, por si se escapa o lo raptan". Cuando le preguntamos quién puede raptarlo, responde que su ex marido. Y ante la pegunta de si se ha escapado alguna vez, dice que nunca "al menos que yo sepa". En los últimos cinco años ha cambiado de domicilio en 10 ocasiones por distintos motivos, siempre relacionados con sospechas y desconfianza hacia sus vecinos por los motivos más dispares ("me robaban la luz", "me rompían las bombillas del rellano", "hacían mucho ruido justo cuando nos íbamos a dormir", "había un drogadicto que vivía en la finca", o "se burlaban de mi hijo"), o por el temor a que su ex marido la encontrara y "raptara" a su hijo. Aporta escritos de las familias para las que trabaja en las que se elogia su dedicación, el cumplimiento de los horarios, su discreción, su educación, y su seriedad. Relata que nunca ha tenido amigas (ni amigos) íntimos "porque de joven siempre he sido muy adulta y no me encontraba a gusto con la gente de mi edad. Además, mis padres eran muy estrictos, y cuando salía del trabajo o de las clases, prefería irme a casa y estar con ellos. Y ahora no tengo tiempo para hacer amistades". Así pues, su vida social se redujo siempre a las relaciones con la familia nuclear (sus padres, un hermano mayor, y los abuelos paternos). Actualmente, su vida social se reduce a la convivencia con Daniel: no ha salido nunca de vacaciones ("es una pérdida de tiempo y además la gente se vuelve loca y no se puede ir en paz a ningún sitio") y pasa los días de fiesta en su casa con su hijo ("es donde mejor se está, y nadie te molesta"). Daniel se muestra sumiso y callado, pero Antonia nos dice que le ha resultado muy difícil de educar porque "es hiperactivo" (no hay diagnóstico que corrobore esta afirmación, y la apariencia y comportamiento del chico no la avalan en absoluto). Por otro lado, Daniel aparenta menos edad de la que tiene: va vestido con pantalones cortos, y su discurso y lenguaje empobrecidos no se corresponden con el esperable. Cuando le preguntamos por las razones de las faltas de asistencia de Daniel al colegio (va 3 cursos por detrás de lo que le correspondería), nos dice que únicamente ha dejado de asistir por enfermedad ("se resfría muy a menudo, y es asmático como yo") y que la demanda se la ha puesto una nueva Asistente Social que no la conoce pero que "es amiga de una ex vecina que fue la culpable de que me tuviera que cambiar de casa hace dos meses". Le pedimos el informe del médico sobre el diagnóstico de asma de Daniel, y nos dice que no lo tiene "porque el médico de atención primaria, que es nuevo y no conoce la historia de mi hijo, no lo ha querido hacer y está empeñado en que el chico está bien, pero yo sé que es asmático porque yo le oigo toser y tose como yo". Nos muestra, no obstante, un informe del pediatra que atendía a Daniel cuando tenía 8 años en el que consta diagnóstico de asma alérgica estacional. Con respecto a su negativa a que su ex marido visite a Daniel, dice que ella nunca se ha negado, pero que el padre "nunca ha respetado las condiciones". Entre esas condiciones están las siguientes: que lo visite en su casa (nunca fuera de ella) y siempre que ella esté presente. Estas condiciones no fueron las que se acordaron en el proceso de divorcio, y es una de las razones por las que el padre de Daniel ha interpuesto la demanda. Antonia admite que no siempre ha comunicado a su ex marido o a su abogado sus cambios de domicilio y que "puede que por eso algunas veces no lo haya encontrado cuando iba a buscarlo, pero yo no tenía tiempo para decirle dónde vivíamos: además, cuando ha querido, ha sabido encontrarnos. Y, su abogado nunca está y yo no voy a perseguirlo". Insiste por otro lado en que no se fía de su marido, y que tiene "pruebas suficientes" para eso: "es un mal hombre y un mal padre: la prueba está en que se ha casado otra vez y se ha vuelto a divorciar, porque se pasa la vida de juerga. Además, ha tenido que cerrar el negocio que tenía –una tienda de comestibles‐ porque no sabe trabajar ni cumplir con sus obligaciones". Posteriormente supimos que las opiniones de Antonia sobre su ex marido eran en parte ciertas: Había constancia de varios negocios fracasados por impagos, junto con denuncias de dos entidades bancarias por la misma razón. Se había casado y divorciado en cinco ocasiones (más de las que Antonia creía saber, por tanto), si bien mantenía buenas relaciones con sus hijos (tenía otros cinco) y sus ex esposas. Hay que destacar, además, que solo en contadas ocasiones no había cumplido con sus obligaciones económicas en relación con sus hijos. Al parecer, la mayor parte de sus problemas financieros se debían a una ludopatía por la que nunca había aceptado recibir tratamiento, unida a un consumo excesivo de alcohol en algunos periodos de su vida. Ninguno de estos hechos era conocido por Antonia. Antonia era consciente de que tenía un problema grave, pues corría el riesgo de tener que afrontar un juicio. A lo largo de la entrevista llegó a admitir que su hijo había faltado demasiado a la escuela sin justificación razonable, pero lo atribuyó a "que no puedo fiarme de mi ex marido, y además el chico está en una edad muy mala y las mujeres lo pueden manipular". 