Mujer de 56 años de edad enviada por su médico de cabecera por estado de ánimo triste. La paciente refiere decaimiento, apatía, pesimismo y labilidad emocional relacionados con su cuadro orgánico de base. La paciente es la cuarta de 5 hermanos. Parto y desarrollo psicomotriz normal, infancia y adolescencia normales, escolarizada hasta los 14 años. Aún con corta edad, fallece su padre, la familia sufre problemas económicos y cambia de domicilio, entonces la paciente comienza a trabajar en una fábrica de calzado. A los 22 años se casa y se dedica a las tareas de la casa y a sus tres hijos. Cuatro años después comienza a trabajar en un supermercado familiar como dependienta. Tras una situación económica difícil, el supermercado se cerró y ella dejó de trabajar fuera de casa. En todos estos años tan difíciles la paciente de define como una persona perseverante, luchadora y emprendedora. Actualmente vive con su marido. Desde hace unos 15 años, coincidiendo con su desempleo, la paciente presenta quejas inespecíficas como algias en diversas zonas, molestias visuales, sensación de plenitud abdominal, dificultad respiratoria, dolor torácico y quejas sexuales. Hace 9 años es diagnosticada de Síndrome de Sjogren. Tras recibir este diagnóstico, la paciente reinicia con más empeño una demanda itinerante de atención médica y exploraciones diagnósticas repetidas en varios centros hospitalarios y pasando por múltiples especialistas (traumatología, reumatología, neumología, digestivo, ginecología, urología), sin resultados que justifiquen la sintomatología referida por la misma. Aunque los resultados negativos de las pruebas y las explicaciones de los especialistas no consiguen aliviar su preocupación, produciéndose en ocasiones deterioro de la relación médico‐paciente. A pesar de ello, fue recibiendo numerosos diagnósticos, como por ejemplo, pérdida de visión sin especificar o fibromialgia. Durante los últimos 3 meses de seguimiento en salud mental aparece de forma brusca un cuadro de ataxia de la marcha, con pérdida de sensibilidad en varias partes del cuerpo, por este motivo es ingresada en dos ocasiones en el servicio de neurología para estudio siendo diagnosticada de trastorno del habla pendiente de diagnosticar. Absolutamente todas las pruebas son normales: analítica con bioquímica, hemograma y coagulación, marcadores tumorales, ECG, radiografía de torax, TAC cervical y torácico, EMG y potenciales evocados, Angio ‐RMN de TAS y polígono de Willis, RMN encefálica. Tras estudio por ORL se descarta toda patología de las cuerdas vocales o tic fonatorio, y la paciente es enviada al logopeda sin ningún cambio durante este tiempo. Hay que destacar la mejora de la distonía cuando la paciente es distraída. La evolución de la paciente permite apreciar un aumento de la negación, no aceptando la contribución de los aspectos emocionales en sus síntomas somáticos. Además, se evidencia gran suspicacia, enfado e incluso cólera, cuando se le confrontaba con la normalidad de las pruebas solicitadas, respondiendo "no me encuentran lo que tengo, se empeñan en que no tengo nada". A pesar de las numerosas pruebas realizadas sin hallazgos y los numerosos tratamientos sin mejora de su estado, la paciente insiste en realizarse nuevas pruebas y tratamientos "quiero que me pongan células madre". A pesar de ser un cuadro muy invalidante, la paciente prefiere ir sola a todas las consultas, refiriendo que "esto no puede mejorar porque lo tengo todo muerto por dentro", contado sin ninguna angustia e incluso jactándose av eces. No manifiesta sintomatología afectiva mayor ni gran angustia. Refiere insomnio y pérdida de apetito. No manifiesta sintomatología psicótica. Pensamiento lógico y coherente con ideas sobrevaloradas de minusvalía e ideas perseverantes relacionadas con sus síntomas somáticos.