Felipe Amador es un varón blanco, soltero, de 34 años de edad que acude a un programa de investigación de trastornos del ánimo y la personalidad porque una examiga le comentó en una ocasión que era «límite» y el Sr. Amador quería tener más datos sobre sus conflictos de personalidad. Durante las entrevistas diagnósticas, el Sr. Amador refirió situaciones habituales, casi diarias, en las que estaba convencido de que le mentían o le engañaban. Desconfiaba especialmente de las personas en puestos de autoridad y de las que habían estudiado psicología y, por tanto, «tenían formación sobre la mente humana» que empleaban para manipular a los demás. A diferencia de quienes tenía alrededor, el Sr. Amador creía que él podía detectar la manipulación y el engaño: «No soy de los que se lo tragan todo». El Sr. Amador era extremadamente detallista en el trabajo y tenía problemas para delegar y completar las tareas. Numerosos jefes le habían dicho que se fijaba demasiado en las normas, las listas y los detalles nimios, y que tenía que ser más amigable. Había tenido muchos trabajos a lo largo de los años, pero enseguida añadió: «Me fui yo las mismas veces que me despidieron». Durante la entrevista, defendió su comportamiento afirmando que, a diferencia de mucha gente, él comprendía el valor de la calidad sobre la productividad. El recelo del Sr. Amador había contribuido a su «mal carácter» y sus «altibajos» emocionales. Sus relaciones sociales eran meramente «superficiales» con un puñado de conocidos, y recordaba los momentos exactos en que «quienes se decían amigos y amantes» lo habían traicionado. Pasaba la mayor parte del tiempo a solas. El Sr. Amador dijo que no había sufrido traumas importantes, que ni tenía ni había tenido problemas por consumir sustancias, y que jamás había padecido traumatismos cerebrales ni había perdido el conocimiento. Tampoco había recibido diagnósticos ni tratamientos psiquiátricos, aunque dijo que creía que podía tener algún problema mental aún no diagnosticado. Durante el examen del estado mental se constató que el Sr. Amador iba bien vestido y se mostraba colaborador y bien orientado. El habla era variable; a veces hacía pausas y se quedaba pensativo antes de responder a alguna pregunta, lo que ralentizaba de algún modo la velocidad del discurso. El tono también cambiaba significativamente al hablar de situaciones que lo habían enojado, y muchas de las respuestas eran largas, divagantes y vagas. Sin embargo, parecía en general coherente y no mostraba alteraciones perceptivas. El afecto era a veces incongruente (p . ej., sonreía mientras lloraba), aunque.normalmente constreñido. Refirió apatía ante la idea de estar vivo o muerto, pero no tenía ideación suicida ni homicida. El Sr. Amador se irritó y se puso a discutir con el equipo investigador cuando le dijeron que, aunque podían comentarle verbalmente el resultado de las entrevistas, no podían darle copias de los cuestionarios e instrumentos diagnósticos que había cumplimentado. Comentó que anotaría en su documentación personal que el equipo investigador se había negado a entregarle los formularios.