Nadia es una chica de 15 años de edad cuya madre la lleva a una evaluación psiquiátrica para ayudarla con su timidez de hace ya mucho tiempo. Aunque Nadia se mostró al principio poco dispuesta a hablar de sí misma, dijo que se notaba tensa a todas horas. Añadió que la ansiedad había sido «horrible» desde hacía años y que a menudo se acompañaba de episodios de mareos y llanto. Normalmente era incapaz de hablar fuera de casa o de clase. Se negaba a salir de casa sola por miedo a verse obligada a hablar con alguien. Le causaban ansiedad sobre todo los demás adolescentes, pero se había vuelto también «demasiado nerviosa» como para hablar con los vecinos adultos que conocía desde hacía años. Dijo que le resultaba imposible entrar en un restaurante y pedirle algo «al desconocido de la barra» por miedo a que la humillasen. También estaba constantemente en guardia para evitar la posibilidad de ser atacada, táctica que en realidad solo funcionaba cuando estaba sola en casa. Nadia trataba de ocultar su enorme ansiedad a los ojos de sus padres, diciéndoles normalmente que «no tenía ganas» de salir. Al sentirse atrapada e incompetente, Nadia dijo que pensaba en el suicidio «a todas horas». Nadia siempre había sido «tímida» y se habían metido con ella en los recreos desde el jardín de infancia. Las burlas habían crecido hasta convertirse en un verdadero acoso cuando estaba en séptimo grado. Durante 2 años, día tras día, los compañeros de Nadia la trataron «como una manada de lobos hambrientos», llamándola «estúpida», «fea» y «loca». No era raro que alguno de ellos se la quedara mirando y le dijera que lo mejor sería que se suicidase. Una chica (la cabecilla del grupo, anterior amiga suya en primaria) la golpeó en una ocasión, poniéndole un ojo morado. Nadia no se defendió. Del suceso fue testigo un vecino adulto que se lo dijo a la madre. Cuando esta le preguntó a Nadia por el incidente, Nadia lo negó, diciendo que se había caído en la calle. Sin embargo, sí le mencionó a su madre «de pasada» que deseaba cambiarse de colegio, aunque lo dijo dándole tan poca importancia que, en aquel momento, la madre lo desaconsejó con indiferencia. Nadia siguió sufriendo, sollozando hasta dormirse casi todas las noches. Llena de esperanza, Nadia se cambió a una escuela de arte para cursar el noveno grado. Aunque el acoso cesó, los síntomas de ansiedad empeoraron. Se sentía incluso más incapaz de aventurarse en espacios públicos y cada vez estaba más avergonzada por ser incapaz de adquirir la clase de independencia que es típica a los 15 años. Dijo que había empezado a pasar fines de semana enteros «atrapada» en casa y que hasta le daba miedo sentarse a leer ella sola en el parque de al lado. Por las noches tenía pesadillas con los matones del colegio anterior. Sus inquietudes suicidas aumentaron. Los padres habían pensado que la timidez se le pasaría con la edad y solo se decidieron a buscar ayuda psiquiátrica después de que un profesor les comentara que la: ansiedad y el aislamiento social le impedían a Nadia sacar las notas y realizar las actividades extraescolares necesarias para ir a una buena universidad. Nadia refirió que su madre era chillona, nerviosa y agresiva, y que «daba un poco de miedo». El padre era un asesor fiscal de éxito que trabajaba a todas horas. Nadia lo describió como una persona tímida en sociedad («se parece más a mí»). Nadia dijo que ella y su padre a veces bromeaban con que, por las noches, el objetivo era «no cabrear» a la madre. Nadia añadió que «no le gustaría parecerse jamás a su madre».