Elena Bravo es una auxiliar administrativa de 27 años de edad, soltera, que acude a someterse a una evaluación psiquiátrica en busca de tratamiento antidepresivo. Recientemente había empezado un programa intensivo ambulatorio, después de haber sido hospitalizada, por primera vez en su vida, a causa de una sobredosis impulsiva tras la ruptura de una relación de 2 años. Dijo que, previendo la ruptura, se había ido poniendo cada vez más triste y desesperada durante 1 o 2 meses. Más o menos 1 mes antes del ingreso empezó a acudir a un nuevo psicoterapeuta que le dijo que tenía «rasgos límite» y «cambios de humor situacionales». Durante estas 48 semanas, el estado de ánimo de la Sra. Bravo había estado moderadamente deprimido a todas horas casi todos los días, sin variaciones diurnas y con una reactividad afectiva intacta. Hacía poco había engordado unos 5 kilos por «comer demasiados caprichos y porquerías». Negó tener irritabilidad Trastornos depresivos prominente y discutir por todo. Describió su autoestima como «nula» y le resultaba difícil sentir alguna motivación o concentrarse en las tareas rutinarias. En cambio, a veces tenía «rachas» en las que no dejaba de pensar en su antiguo novio y de buscar la manera de «recuperarlo», que alternaban con el «dolor de haberlo perdido». Dijo que a veces la abrumaban las estrategias para recuperar su interés (incluso dirigirle una «carta abierta» a toda página en un periódico) y que desde hacía poco permanecía despierta hasta las 5:00 o las 6:00 de la madrugada, anotando sus pensamientos o llamando a sus amigos en plena noche «en busca de ayuda». Después se «arrastraba durante el día siguiente» sin estar cansada por haber dormido tan solo 2 o 3 horas. Estos síntomas habían empezado antes del ingreso. Negó que hubiera consumido drogas o alcohol y dijo que no había intentado hacerse daño. Hasta esta ruptura en concreto, dijo que no había tenido relaciones especialmente intensas o caóticas, ni pensamientos o gestos suicidas. En efecto, la Sra. Bravo parecía horrorizada por su propia sobredosis, que había tenido lugar en el contexto de una depresión. Anteriormente, la Sra. Bravo había visto en el instituto a un orientador por parecer «malhumorada» y sacar malas notas. En la universidad llegó a estar «deprimida». En aquel momento empezó a tomar escitalopram y a acudir a una psicoterapia, pero mejoró enseguida y dejó ambas cosas al cabo de unas semanas. Mientras estaba ingresada a raíz del intento de suicidio, empezó a tomar vilazodona y quetiapina por las noches «para dormir». La Sra. Bravo era la menor de tres hermanos crecidos en un hogar situado en una zona residencial de clase media. Fue a un colegio público y a un instituto estatal, sacando «casi siempre notables», y esperaba poder entrar algún día en la facultad de Derecho. Dijo de sí misma que había sido una niña «callada y ansiosa», no una «»alborotadora». El hermano mayor era adicto a varias sustancias, aunque la Sra. Bravo afirmó que ella nunca había probado ninguna droga. A la hermana la habían tratado por tener «ataques de pánico y depresión», y la Sra. Bravo sabía de varias tías y primos que creía que eran «depresivos». En la exploración, la Sra. Bravo resultó ser una mujer agradable, de buenas maneras, vestida de manera informal pero correcta y con moderado sobrepeso que aparentaba la edad que tenía y hacía un buen contacto ocular. Hablaba de forma algo rápida y ampulosa, pero interrumpible y sin premura. No presentaba movimientos anormales, pero gesticulaba de forma dramática y con excesiva vivacidad. Tenía el ánimo deprimido y el afecto aparecía tenso y disfórico, pero sin restricciones y con reactividad normal. Los procesos de pensamiento de la Sra. Bravo eran algo circunstanciales, pero en general coherentes, lineales y lógicos. En el contenido del pensamiento destacaban pensamientos pasivos de que mejor estaría muerta, pero sin intenciones ni planes; no tenía delirios, alucinaciones ni pensamientos homicidas. La función integradora superior estaba prácticamente intacta, igual que la introspección y el juicio.