Bárbara Rey es una mujer blanca de 51 años de edad que fue llevada a la sala de urgencias por su marido por repetir «Tengo ganas de matarme». La Sra. Rey había comenzado a «perder el interés por la vida» unos 4 meses antes. Durante ese tiempo, refirió estar deprimida todos los días, la mayor parte del día. Los síntomas habían ido empeorando a lo largo de meses. Había adelgazado 5 kg (ahora pesaba 48 kg) sin hacer dieta, porque no tenía ganas de comer. Le costaba dormirse casi todas las noches y se despertaba a las 3:00 de la mañana varias veces a la semana (normalmente se despertaba a las 6:30). La energía, la concentración y la capacidad de hacer su trabajo administrativo en una fábrica de comida para perros habían menguado. Estaba convencida de que había cometido un error que llevaría a la muerte a miles de perros. Creía que pronto la arrestarían y prefería quitarse la vida antes que ir a la cárcel. El médico de atención primaria había detectado el ánimo deprimido de la paciente 1 semana antes, le había prescrito sertralina y la había derivado al psiquiatra. La Sra. Rey dijo no tener antecedentes psiquiátricos. Una hermana tenía depresión. La Sra. Rey refirió no tener antecedentes de hipomanía ni de manía. Bebía normalmente un vaso de vino en la cena y había empezado 82 a servirse un segundo vaso antes de irse a la cama, con la esperanza de dormir bien. Llevaba 20 años casada con su marido y tenían 3 hijos en edad escolar. Hacía 13 años que trabajaba en su actual empresa. Negó que tomara drogas. En la exploración física realizada 1 semana antes por el médico de atención primaria no se encontró nada reseñable. Todos los análisis eran normales: hemograma completo, electrólitos, nitrógeno ureico en sangre, creatinina, calcio, glucosa, función tiroidea, folato y vitamina B12

Al examinar el estado mental, la Sra. Rey se mostró colaboradora, con agitación psicomotriz. Contestaba a casi todas las preguntas con respuestas breves, a menudo con un simple «sí» o «no». Hablaba a una velocidad y en un tono normales, sin tangencialidad ni circunstancialidad. Dijo no tener ni alucinaciones ni pensamientos raros. Describió los errores que pensaba que había cometido en el trabajo e insisrió en que pronto la detendrían por la muerte de muchos perros, recalcando que todo ello era verdad y no «un delirio». La memoria reciente y la remota estaban prácticamente intactas. 