Andres Molero, un hombre de negocios de 60 años de edad, volvió a ver a su psiquiatra de siempre 2 semanas después de la muerte de su hijo de 24 años. Al joven, que se había enfrentado a la depresión mayor y al abuso de sustancias, lo habían encontrado rodeado de varios frascos de pastillas vacíos y una nota de suicidio incoherente. El Sr. Molero se había sentido muy próximo a su maltrecho hijo y quedó enseguida destrozado, como si la vida ya no tuviera sentido. En las 2 semanas siguientes veía imágenes constantes de su hijo y le «obsesionaba» pensar cómo podría haber impedido el abuso de sustancias y el suicidio. Le preocupaba haber sido un mal padre y haber dedicado demasiado tiempo a su carrera y demasiado poco a su hijo. Se sentía constantemente triste, se retiró de su vida social habitual y era incapaz de concentrarse en el trabajo. Aunque nunca había bebido anteriormente más de unos cuantos vasos de vino a la semana, ahora se bebía media botella de vino todas las noches. En ese momento, su psiquiatra le dijo que estaba en pleno duelo y que esa reacción era normal. Concertaron una cita como terapia de apoyo y para evaluar la evolución clínica. El Sr. Molero siguió viendo a su psiquiatra semanalmente. Hacia la sexta semana después del suicidio, los síntomas habían empeorado. En lugar de pensar en lo que podría haber hecho de forma distinta, empezó a angustiarlo la idea de que debería ser él quien hubiera muerto, y no su hijo. Le seguía costando trabajo dormirse, pero también tendía a despertarse a las 4:30 de la madrugada, mirando el techo y sintiéndose agobiado por el cansancio, la tristeza y los sentimientos de inutilidad. Estos síntomas mejoraban durante el día, pero notaba también una pérdida persistente e inusual de la confianza en sí mismo, el mterés sexual y el entusiasmo. Le preguntó al psiquiatra si aquello seguía siendo un duelo normal o si era una depresión mayor. El Sr. Molero tenía antecedentes de dos episodios depresivos mayores anteriores que habían mejorado con psicoterapia y medicación antidepresiva, pero no había vuelto a padecer ningún otro episodio importante desde los treinta y tantos años. Dijo no tener antecedentes de abuso de alcohol u otras sustancias. Sus dos padres habían sido «depresivos», pero no se habían tratado. Nadie se había suicidado anteriormente en la familia. 