Un varón afroamericano que aparentaba treinta y tantos años fue llevado al servicio de urgencias (SU) por la policía. El volante de derivación indicaba que estaba esquizofrénico y era una «persona perturbada emocionalmente». Uno de los policías dijo que el hombre les había ofrecido d inero a cambio de sexo estando en el asiento trasero del coche patrulla. Se llamaba a sí mismo «Nuevo Jesús» y se negaba a dar ningún otro nombre. No quiso sentarse y se puso a correr por el SU. Le colocaron medios de contención y le administraron por vía intramuscular 2 mg de lorazepam y 5 mg de haloperidol. Se preparó la inyección intravenosa de 50 mg de difenhidramina (Benadryl) por si aparecían efectos secundarios extrapiramidales. El equipo encargado del ingreso escribió que tenía un «trastorno del espectro de la esquizofrenia u otro trastorno psicótico no especificado» y lo derivó al equipo de psiquiatría presente en el SU. A pesar de la contención, seguía muy agitado y decía que recibía mensajes de Dios. Al preguntarle por la última vez que había dormido dijo que ya no necesitaba dormir, lo que era señal de que «el Cielo» lo había elegido. El discurso era rápido, desorganizado y difícil de entender. Se realizaron un hemograma completo, una bioquímica sanguínea y una criba toxicológica. Después de transcurridos 45 minutos más de agitación, recibió otra dosis de lorazepam. Esto lo calmó, pero aun sí no dormía. Se le retiró la contención. Un repaso de su historia clínica electrónica reveló que había tenido un episodio parecido 2 años antes. En aquel momento le hicieron pruebas toxicológicas que dieron negativo. Lo ingresaron 2 semanas en un servicio de psiquiatría y al alta le dieron el diagnóstico de «trastorno esquizoafectivo». Entonces le recetaron olanzapina y lo derivaron a una consulta ambulatoria para su seguimiento. La historia hacía referencia a dos ingresos previos en el hospital comarcal, pero el historial no podía consultarse fuera del horario lectivo. Una hora después de haber recibido las dosis iniciales de haloperidol y lorazepam, el paciente fue entrevistado, sentado en una silla en el SU. Era un varón afroamericano con sobrepeso, desaliñado y maloliente, aunque no olía a alcohol. Miraba escasamente a los ojos, fijándose en cambio en la gente de alrededor, un reloj de pared, el examinador, una enfermera cercana . .. , es decir, en cualquier cosa o persona que se moviera. El discurso era desorganizado, rápido y difícil de seguir. Movía la pierna rápidamente arriba y abajo, pero sin levantarse de la silla ni amenazar al entrevistador. Describió su estado de ánimo diciendo que «no está mal». El afecto era lábil. A menudo se reía sin motivo aparente y luego se enfadaba, frustrado, cuando creía que lo habían entendido mal. El curso del pensamiento estaba desorganizado. Tenía delirios de grandiosidad y destacaba la percepción de que «Dios me habla». Dijo no tener otras alucinaciones, ni ideas de suicidio u homicidio. Al preguntarle por la fecha respondió con una larga explicación sobre el significado oculto esta, no acertando por un solo día. Recordaba los nombres de los dos policías que lo habían llevado al hospital. Se negó a hacer otras pruebas cognitivas. La introspección y el juicio parecían escasos. La hermana del paciente llegó 1 hora más tarde, después de que la llamase un vecino que había visto a la policía llevarse a su hermano, Mark Hill, en un coche patrulla. La hermana refirió que su hermano había estado raro 1 semana antes, discutiendo con familiares durante una reunión festiva, lo que no era típico de él. Dijo que, en aquella reunión, había dicho que no tenía necesidad de dormir y que luego estuvo hablando de sus «dones». Había tratado de contactar con el Sr. Hill después de aquello, pero este no había respondido ni al teléfono, ni al correo electrónico, ni a los mensajes de texto. Añadió que a él no le gustaba hablar de sus problemas pero que, en dos ocasiones, había visto un frasco de olanzapina en su casa. Sabía que al padre de ambos lo habían tildado de esquizofrénico y bipolar, pero no lo había vuelto a ver desde niña. Explicó también que el Sr. Hill normalmente no tomaba drogas, que tenía 34 años de edad, que era profesor de matemáticas de enseñanza media y que acababa de concluir un semestre docente. Durante las siguientes 24 horas, el Sr. Hill se tranquilizó considerablemente. Seguía pensando que no se le comprendía y que no tenía por qué estar hospitalizado. Hablaba deprisa y en voz muy alta. Los pensamientos saltaban de una idea a otra. Decía tener una conexión directa con Dios y «una misión importante en la Tierra», aunque negó que conociera a alguien llamado «Nuevo Jesús». Seguía tenso y nervioso, pero afirmaba no tener paranoia ni miedo. Las exploraciones físicas en serie no mostraron anomalías, aparte de ampollas en los pies. El paciente no estaba tembloroso y los reflejos tendinosos profundos eran simétricos y de grado 2 (de 4). No presentaba asimetrías neurológicas. Las pruebas de toxicología eran negativas y el nivel de alcoholemia era igual a cero. En los análisis clínicos iniciales destacaban una elevación del nitrógeno ureico en sangre y una hiperglucemia de 210 mg/ dL. El volumen corpuscular medio, el cociente entre aspartato-aminotransferasa y alanina-aminotransferasa, y el nivel de magnesio eran todos ellos normales. 