﻿Un hombre de 53 años sin antecedentes médicos ni psiquiátricos acudió al servicio de urgencias tras un aparente intento de suicidio, al ingerir una cantidad desconocida de lejía de una botella. Durante la exploración inicial, estaba consciente y orientado, aunque poco colaborador a causa de dolor epigástrico. Se negó a responder a la mayoría de las preguntas del equipo de atención primaria. La exploración de la boca reveló abrasión del labio inferior derecho, sin lesiones orofaríngeas. La esposa, que lo acompañaba, afirmó estar desconcertada por la acción de su marido. La mujer informó que su esposo había estado «bien de salud, normal, contento y nunca había hecho nada parecido». También afirmó que no se había quejado de fiebre, tos ni tenía ninguna enfermedad reciente. No sabía por qué razón su marido podría haber ingerido lejía. El paciente no colaboró durante la entrevista psiquiátrica a causa de su estigma cultural aparente. Repetía que «no necesito ningún loquero; no estoy loco». El análisis toxicológico de orina dio resultado negativo. Nuestra recomendación inicial fue hospitalización psiquiátrica tras autorización médica. Mientras se hallaba en urgencias presentó fiebre (temperatura: 38,7 oC), taquicardia (pulso: 120 l.p.m.) y aumento de transaminasas y nitrógeno ureico. La radiografía torácica reveló una opacidad en el lóbulo superior del pulmón derecho, indicativo de posible neumonía por COVID-19. El paciente fue trasladado a la planta de hospitalización para su tratamiento. Se inició un tratamiento con 1000 mg de ceftriaxona i.v. cada día, 250 mg de azitromicina por vía oral cada día y 200 mg de hidroxicloroquina por vía oral dos veces al día. Durante los 5 días siguientes continuó no colaborativo, rechazó las comidas y refirió falta de apetito; también rechazó la medicación i.v. en ocasiones. El personal de enfermería observó que el paciente «cantaba para sí mismo» pero se le podían dar indicaciones verbales. Negaba haber planificado o intentado el suicidio. La infección con síndrome de dificultad respiratoria aguda por coronavirus 2 (SARS-CoV-2) quedó confirmada mediante una RT-PCR en tiempo real a partir de frotis nasofaríngeo. No había carencias neurológicas focales ni afectaciones cognitivas aparentes. El día 6 de hospitalización se realizó un Test de Evaluación Cognitiva Montreal. El paciente obtuvo un resultado de 26 sobre 30; perdió un punto en la prueba visuoespacial, un punto por no nombrar el rinoceronte, un punto en la resta de 7 en 7 y un punto en el recuerdo diferido. Se le administró un total de 3 dosis de 5 mg de olanzapina intramuscular de manera intermitente, para gestionar el nerviosismo del paciente, en los días 3, 7 y 8. El día 6 de hospitalización, presentó insuficiencia respiratoria hipoxémica a causa de la COVID-19. También presentó escalofríos y continuó con hipertermia. Empezó a mejorar el día 10 de hospitalización, con menos requerimientos de oxigenoterapia, y fue más colaborador durante las exploraciones. El día 12 de hospitalización se le realizó una TAC craneal sin contraste, con resultados irrelevantes. No se practicó ninguna punción lumbar. El día 12 de hospitalización pudo comentar sus alucinaciones auditivas en detalle. Refirió que su síntoma inicial fue una alucinación auditiva en forma de orden repetida por una única voz no reconocible, que empezó un día antes de su ingestión de lejía. No estaba seguro del sexo de la voz, pero señaló que sonaba «demoníaca» y que la oía externamente. La voz inicialmente le decía «Tírate del puente» y luego «Ve a la cocina y bebe lejía». Refirió sentirse confuso y aterrado. Explicó que, al final, ingirió lejía no para suicidarse, sino porque «la voz cada vez gritaba más y era más insistente». Negó haber sufrido alucinaciones auditivas en el pasado, así como la repetición de las alucinaciones durante la hospitalización. También negó haber consumido drogas, alcohol o tabaco. Negó haber tenido ideas o intentos de suicidio, en la actualidad o en el pasado. Se mostraba consciente de objetivos y situaciones futuras y afectivamente reactivo. Negó síntomas pasados o actuales de alteraciones del estado de ánimo o ansiedad. Desde la aplicación de las directivas de confinamiento, refirió que había podido proseguir su trabajo como oficinista; su esposa, una maestra de escuela, y su hijo de 21 años, desarrollador web, también trabajaban desde el hogar. Antes de la hospitalización, había experimentado cierta angustia sobre la COVID-19, pero afirmó que se sentía afortunado de poder estar en casa e intentaba «mantener ocupada su mente y su cuerpo». Negó tener factores de estrés agudo en sus relaciones personales, por el trabajo o por la situación económica. La anamnesis del paciente y la ausencia de enfermedades psiquiátricas anteriores fue confirmada mediante información obtenida a partir de su esposa y de su médico de cabecera. El equipo de psiquiatría autorizó su alta para pasar a un centro de rehabilitación subagudo. La impresión diagnóstica al alta fue de trastorno psicótico asociado a otro proceso médico.
