En este trabajo presentamos el caso de un varón de 36 años, con catorce años de evolución de esteatohepatitis no alcohólica -confirmada por biopsia, sin indicar el grado de la misma-, sin más tratamiento durante ese periodo que las recomendaciones generales dietéticas y de práctica de ejercicio físico recreativo de tipo aeróbico. En los dos últimos años el sujeto participó en un programa individualizado de prescripción de ejercicio bajo nuestra supervisión, además de seguir su control médico habitual.
Antes de su incorporación al programa, el sujeto presentaba las características antropométricas y fisiológicas que se resumen en la tabla I. El sujeto declaró: a) ser físicamente activo -realizando dos sesiones a la semana, de dos horas de duración, de pádel, así como rutas cicloturistas de larga duración en fines de semana, sin controlar la intensidad de ninguna de ellas-; y b) seguir una dieta baja en lípidos, sin ingesta de alcohol o fármacos de manera habitual. A su incorporación al programa se estudió su condición física cardiorrespiratoria -mediante una ergometría submáxima (conforme al protocolo de la YMCA) (8)- y su fuerza muscular (conforme al protocolo de Brzycki) (9), estimándose con ello la intensidad a la que prescribir el entrenamiento, tanto de resistencia aeróbica como de fuerza, respectivamente. Se animó al sujeto a seguir manteniendo su práctica autónoma de ejercicio y se le instruyó para el uso de un pulsómetro durante la misma, así como para recoger los datos de cada sesión en un "diario de entrenamiento" digital. Se diseñó un programa de entrenamiento -complementario al ejercicio auto-reportado por el paciente-, consistente en dos sesiones de una hora al día, en dos días no consecutivos, a realizar en gimnasio bajo supervisión de un instructor. Se intentó con estas sesiones complementarias ajustar la carga de entrenamiento del sujeto para que, sumada a la realizada espontáneamente por él, se cumplieran las recomendaciones del American College of Sports Medicine (10). Periódicamente se reevaluaba la condición física del paciente, con el fin de reajustar las intensidades de entrenamiento a las mejoras funcionales que se iban consiguiendo progresivamente con el mismo. En un análisis post hoc se identificaron cuatro grandes periodos según el porcentaje promedio de carga de trabajo de la sesión que se dedicaba a mejorar la resistencia cardiorrespiratoria y la fuerza muscular. Durante el periodo de intervención no se realizaron ajustes de la dieta, sino que el sujeto siguió manteniendo las pautas nutricionales que le eran indicadas en sus controles médicos periódicos.
Tras dos años de este entrenamiento complementario se pudo objetivar un incremento de la función cardiorrespiratoria y de la fuerza muscular lo que indica que tanto la intensidad, como la periodización y planificación de las sesiones complementarias de ejercicio fueron los correctos como para desencadenar y mantener las adaptaciones fisiológicas buscadas. Los parámetros analíticos registrados en las revisiones periódicas realizadas mostraron un importante cambio de tendencia en los valores de colesterolemia y de trigliceridemia -datos no mostrados- en el periodo de intervención. Del mismo modo, los valores plasmáticos de transaminasas, aunque siguieron elevados, mostraron una tendencia a ser inferiores al periodo anterior a la entrada del sujeto en el programa, así como a mostrar menor dispersión. No se observó, sin embargo, ninguna reducción del peso corporal o del porcentaje de masa grasa que, por el contrario, tendieron a elevarse. De todo ello se puede concluir que con las adaptaciones fisiológicas que se logran con el ejercicio adecuadamente "dosificado", puede alterarse el curso natural de la enfermedad. Por el contrario, la realización autónoma y recreativa de ejercicio no lograría dichas adaptaciones, por lo que resultaría ineficaz en el tratamiento de la enfermedad.
