Presentamos el caso de un paciente varón de 45 años de edad que refiere dolor intenso, supuración e inflamación unilateral en la región parotídea. Refiere mal olor y sabor de boca, entre salado y amargo. Este cuadro se suele presentar en el momento de las comidas, remitiendo en un periodo de tiempo relativamente corto, nunca superior a dos horas. El paciente refiere la aparición del cuadro en los últimos nueve días, y éste en ningún cursó con fiebre ni sintomatología general.
En la exploración intraoral se visualizó un abultamiento, que a la palpación era fibroso no adherida a planos profundos. El diagnóstico de sospecha de una sialolitiasis obstructiva resultó negativo al realizar una ortopantomografía, pero al realizar una placa simple sí se visualizó el sialolito en el conducto excretor, pudiéndose confirmar la naturaleza del cuadro. La técnica radiológica consiste en la colocación de una placa radiográfica en el vestíbulo a nivel de este abultamiento y el haz de rayos perpendicular a la placa, con lo que toda estructura calcificada localizada en la mejilla se verá reflejada en ésta.
La primera medida que adoptamos fue tratar la sintomatología del proceso. El dolor se trató mediante analgésicos-antiinflamatorios (ibuprofeno, 600 mgr cada 8 horas durante 7 días) y la infección bacteriana mediante antibióticos (amoxicilina 875 mgr y ácido clavulánico 125 mgr cada 8 horas durante 7 días). Se recomendó al paciente llevar una dieta rica en proteínas y líquidos y que incluyera alimentos o bebidas ácidos que favorecieran la salivación. Una vez controlado el proceso llevamos a cabo la planificación del tratamiento. Valorando la localización del cálculo y su tamaño se descartaron las técnicas médicas que intentan conseguir la expulsión espontánea del sialolito y optamos por la eliminación del sialolito mediante una técnica quirúrgica.
El primer paso de nuestro tratamiento quirúrgico, una vez localizado el sialolito, fue la inmovilización de éste mediante un punto de sutura, que impidió su movilidad a lo largo el conducto durante la intervención. Una vez inmovilizado se procedió a la incisión sobre la zona indurada, y una simple presión en la mejilla a este nivel, hizo que el sialolito emergiera a través de la incisión. Comprobamos que el tamaño del sialolito era el esperado y detectado en la radiografía.
Tras retirar el sialolito el problema radica en la cicatrización y reparación del conducto. Las dos posibles soluciones que se barajaron fueron la anastomosis del conducto con microcirugía o bien la creación de una nueva comunicación del conducto con la cavidad oral gracias a una fístula salival. Optamos por esta segunda técnica debido a su sencillez, eficacia y a que los resultados obtenidos son totalmente satisfactorios para la función de la glándula.
De esta forma optamos por separar los márgenes de la herida ayudándonos para ello de unas tijeras de disección. Se dificulta de esta forma la cicatrización del conducto, evitando su obliteración y favoreciendo la formación de una fístula salival, con lo que obtuvimos de este modo nuestra nueva comunicación con la cavidad oral. En las revisiones sucesivas comprobamos la total desaparición de la sintomatología, la efectividad del nuevo drenaje salival, así como el normal funcionamiento de la glándula parótida.

