Niña de diez años, sin antecedentes de interés, que, sin recordar traumatismo previo, consulta refiriendo una tumoración dolorosa en el muslo izquierdo advertida dos días antes. No presenta fiebre, pérdida de peso ni otra sintomatología. En la exploración física se palpa una tumoración dolorosa de 7 × 11 cm en el tercio medio-distal del muslo izquierdo. La extremidad está mínimamente aumentada de tamaño respecto a la contralateral. La piel presenta coloración y temperatura normales. El resto de la exploración física es normal.
Ante los hallazgos clínicos se solicita radiografía simple del fémur izquierdo que evidencia una masa calcificada. Posteriormente se solicita ecografía del muslo, que pone de manifiesto una imagen oval con múltiples imágenes hiperecogénicas en su interior que provocan sombras acústicas posteriores, lo que no sugiere un diagnóstico definitivo. Para concretar el diagnóstico se solicita una tomografía computarizada (TC), que pone de manifiesto una masa calcificada que no engloba estructuras neuromusculares, de características aparentemente benignas, pero que no permite descartar que se trate de un condroma de partes blandas.

Ante la posibilidad de patología maligna, se deriva a un hospital de tercer nivel para su valoración, donde se reevalúa el caso. Un familiar recuerda un traumatismo con el manillar de la bicicleta unos cuatro meses antes de la consulta inicial, seguido de dolor e inflamación los siete días posteriores. El caso se orienta inicialmente como un hematoma calcificado y se sugiere un tratamiento conservador y una visita de seguimiento tres meses después. Pasado ese tiempo, solicitan una radiografía simple de control que no muestra cambios respecto a la previa. Ante la evolución clínica, revaloran la TC inicial y reorientan el diagnóstico como miositis osificante traumática (MOT). Cuatro años después la lesión apenas ha disminuido su tamaño, pero la cirugía no se plantea ya que clínicamente la paciente está asintomática.

