   Cólmame, Juana, el cincelado vaso
hasta que por los bordes se derrame,
y un vaso inmenso y corpulento dame
que el supremo licor no encierre escaso.

   Deja que afuera por siniestro caso
en son medroso la tormenta brame,
y el peregrino a nuestra puerta llame,
treguas pidiendo al fatigoso paso.

   Deja que espere, o desespere, o pase;
deja que el recto vendaval sin tino
con rauda inundación tale y arrase;

   que si viaja con agua el peregrino,
a mí, con tu perdón cambiando frase,
no me acomoda caminar sin vino.