   Roma, cuyos excesos colosales
de grandeza e infamia, de heroísmo
y vileza, de orgullo y de cinismo,
su gloria y su baldón hacen iguales,

   prostituyó en las fiestas lupercales
la honra de sus matronas, con el mismo
desdén bufón y abyecto servilismo
con que adoró sus monstruos imperiales.

   Dueña del universo, henchida de oro,
servida por el orbe a su deseo,
de orgullo se embriagó tan sin decoro,

   que, ignuda meretriz, infame empleo
de su beldad haciendo y su tesoro,
ebria cayó al umbral del COLOSEO.