   De la luna de miel el alborozo
durando aún y de la boda el ruido,
la muerte, de su ser con el destrozo,
la hundió en la eternidad, no en el olvido.

   Lloradla sin contén y sin rebozo
llorad a la mujer que habéis perdido;
que no amenguan la prez de Rey tan mozo
las lágrimas del Rey tan buen marido.

   Mientras su duelo el ánimo os destroce,
llorad con vuestro pueblo que la llora,
lloradla, Señor Rey Alfonso Doce;

   perlas son vuestras lágrimas de ahora,
y el pueblo que su precio reconoce,
para vos las recoge y atesora.