   Cuando expiró el maestro, asombro de la gente,
por ser el prototipo del genio y la constancia,
yo sé que penetraron en la mortuoria estancia,
todos los personajes que concibió su mente.

   El lecho rodearon cubriéndolo de flores
-piadosa y delicada señal de sentimiento-
y no se oyó una queja, ni un grito, ni un lamento,
que sólo tienen llanto del alma los dolores.

   «Fortunata» y «Jacinta» cogidas de la mano
el coro presidían de la nocturna vela,
y próxima a este grupo, tan bello como humano

   de las protagonistas de la inmortal novela,
sin apartar los ojos del venerable anciano,
estaba de rodillas la pobre «Marianela»!...