   No quema el sol: alumbra suavemente,
el claro monte, el prado sin cultivo,
y rumosoro, alborozado y vivo
corre entre guijas el veloz torrente.

   ¿Qué impulso lleva, en su caudal latente,
que a las bellezas del paisaje esquivo,
cruza, cual descubierto fugitivo
al vago ruido que a su espalda siente?

   De pronto el lecho a su corriente falta,
por el boquete de una roca hendida,
como airoso bridón, se yergue y salta,

   ruge entre espumas, pero ruge en vano,
y muere cual las ondas de la vida
del infinito en el revuelto océano.