   Me arrulló como madre cariñosa;
me acarició sencilla y complaciente;
y hasta sentí en los rizos de mi frente
sus labios hechos de jazmín y rosas.

   De mi existencia en la mañana hermosa
aspiramos los dos el mismo ambiente,
y ambos bebimos en la misma fuente
de la inocencia el agua deleitosa.

   Mas una vez, en su amoroso exceso,
corrió a mi cuna, la encontró vacía,
lloró su amor perdido y su embeleso,

   y al sorprenderla, por desdicha mía,
ya casi avergonzada, me dio un beso,
y no la he vuelto a ver desde aquel día.