   Besa la madre al querubín dormido,
alma y vida vertiendo por su boca,
y aunque, ardiente, le estruja y le sofoca,
no le arranca un reproche ni un gemido.

   Las tiernas avecillas, en el nido,
también se besan con ternura loca,
y todo cuanto el beso de amor toca
queda santificado y bendecido.

   Mas, ¡ay!, que en el destierro de la vida,
donde crimen y dolo son azote,
no siempre con el ósculo va unida

   la savia de bondad, de amor el brote.
¡Cuántos siguen las huellas del deicida!
¡Cuántos besan lo mismo que Iscariote!