   No importa que carezca su semblante
del mágico primor de la hermosura,
ni que falte esbeltez a su cintura,
ni que sea endiablado su talante.

   Que toda su rudeza no es bastante
a deshacer la estúpida locura
con que admira Quijada su figura,
que juzga de belleza deslumbrante.

   Siempre en amores sucedió lo mismo;
yo nunca, para mar, encontré feas;
se vuela tanto en alas del lirismo

   por el mundo inmortal de las ideas,
que, en virtud de quimérico espejismo,
son siempre las que amamos Dulcineas.