   Del sublime ideal enamorado,
constante adepto, paladín ferviente,
si, púdico, en amor fue consecuente
en nobles aventuras, esforzado.

   Con los grandes, correcto, delicado;
con los chicos, magnífico, indulgente;
tan sabio en el hablar, como prudente;
tan católico viejo, como honrado.

   Así aparece la inmortal figura
del hidalgo manchego de Cervantes,
cuyos hechos motejan de locura

   los que no los admiran por gigantes;
y no falta algún sandio que asegura
que así los españoles fueron antes.