   Pliegan las naves sus rendidas alas,
y de su garbo, Otoño, las despojas,
y al aire dando sus marchitas hojas
denudas a Natura de sus galas.

   De la pradera en las ardientes salas,
hálitos de letal pereza arrojas,
y cuando aquí, devorador, te alojas,
mortales soplos, por doquier exhalas.

   También de amor, el corazón se hastía,
y, por pasiones impelido, ciego,
en sus abismos hondos se desvía.

   Y al fin marchito y agostado luego
¡tenemos!, ¡ay!, en la vejez impía...,
marchito el corazón de tanto fuego...!