   Agosta el campo, desde el ígneo cielo,
del sol la lumbre que vivaz fulgura
y abrasador de la feraz llanura
la flor marchita y descolora el suelo.

   Detiene el águila caudal su vuelo,
buscando amiga sombra en la espesura,
y entre las breñas de la selva oscura
da tregua el pastorcillo a su desvelo.

   Así, es un campo el corazón humano;
amor, un sol que, fulgurante, quita
las sombras de su cielo soberano.

   Mas nada agosta, en su feliz alarde:
¡qué el sol de amor, si como Agosto arde,
jamás la flor del corazón marchita...!