   Hay en el palpitar de la enramada,
al suave soplo de la brisa leda,
el deslumbrante brillo de la seda
por los rayos del sol iluminada.

   Y la luz al filtrarse tamizada
por la tupida red de la arboleda,
sus mallas de oro en el follaje enreda
y tiembla en la sombrosa encrucijada.

   Es la tarde. Con cárdenos reflejos
el verde bronce del ramaje enciende
y la corteza de los troncos dora.

   Y al ir desvaneciéndose a lo lejos,
la llama por los árboles asciende
y al fin en Occidente se evapora.