   A su ley te rindió Naturaleza,
de la pasión irresistible al grito,
y huyes del mundo, juez de tu delito,
a ocultar tu desdicha y tu flaqueza.

   Un inocente que a vivir empieza,
sin nombre, sin hogar, quizás maldito,
yerto y temblando, cual jazmín marchito,
sobre tu pecho inclina su cabeza.

   Reanímale el calor de tus abrazos;
que si es acusador de tu caída,
tu alma sujeta con amantes lazos;

   y en tu misión augusta, ennoblecida,
sufriendo por su amor, desde sus brazos
puedes volver al mundo redimida.