   De la Virtud, y del deber el ruego
halló tu corazón débil y frío;
más de liviano amor el desvarío
le encontró, por tu mal, esclavo ciego.

   Y recibes con ira y con despego
al débil ser que acusa tu extravío,
y lo desprendes de tu pecho impío,
y al ignorado azar lo arrojas luego.

   Para olvidar cuanto el honor merece
invocaste ese amor, y hoy no te grita
que es vida de tu vida el que perece.

   La clemencia de Dios, aunque infinita,
ante culpa tan vil desaparece:
para ti no hay perdón, estás maldita.