   Cuando robó Plutón, enamorado,
de los bosques de vívida esmeralda
a Proserpina, que la blanca falda
violas robada del florido prado,

   ardió de gozo en brazos de su amado;
y lanzadas las flores a su espalda,
lloró perdida la nupcial guirnalda
que en el suelo natal había segado.

   Así, el ardiente espíritu del hombre,
que desatar anhela las cadenas
que le sujetan, y volar al cielo,

   aunque al llegar la muerte no se asombre,
siente, no obstante, punzadoras penas
al perder los placeres de este suelo.