   Duerme tranquilo, pensamiento mío,
en tu feliz y suave indiferencia,
y tus cándidas horas de inocencia
no perturbe jamás el hado impío.

   No aprisionado mires tu albedrío
por el vano oropel de la opulencia;
todo cuanto seduce la existencia
te encuentre siempre como el mármol frío.

   Y no despiertes nunca pensamiento
de tu sueño sublime y apacible,
y sé del mundo al engañoso acento

   roca en mitad del mar, dura y terrible,
que despreciando el espantoso viento
a su fuerza y pode res insensible.