   Tiende la mano Scévola, arrogante,
sobre el carbón en ascuas convertido,
y no exhala su boca ni un gemido,
ni oscurece una sombra su semblante.

   Lleno de fuego el pecho palpitante,
a un combate glorioso, decidido,
es un volcán que brota enfurecido
la hirviente lava de su amor triunfante.

   Tiembla a su aspecto el mísero tirano,
y su futura suerte comprendiendo
cobarde rompe el cetro soberano;

   y allí entre tanto, Scévola, sonriendo,
le muestra altivo su abrasada mano,
al monarca, y al mundo confundiendo.